Adiós precoz

Lunes

Había un silencio abrumador. No había nadie en el pasillo. Lo único que pensaba era como vacilar a la jefa de estudios cuando me viese ya la cuarta vez en el día. Esta vez Mariano, el profesor de música, me había expulsado por interrumpir la clase constantemente y falta de respeto al profesor. Eso era lo que ponía en el cuarto parte de expulsión que me habían dado en el día de hoy. Lo mejor es que no había hecho nada. Solo le había preguntado que por qué se quitaba las gafas y se ponía el papel a dos centímetros de la cara cuando no conseguía ver el nombre de la lista. Puede que le hubiese imitado un par de veces, pero no era para tanto, sobre todo sabiendo por lo que me había culpado sin motivo alguno el profesor de Inglés, Juan, que se había inventado que le había dicho que me daba igual lo que dijese y que no me podía mandar un niñito de mamá el que no dejaba la mano de su madre cuando le dejaba en la puerta del instituto.

-¡Pablo, que sorpresa tú aquí!-me vaciló la jefa de estudios.

-¡Hey!- la contesté.

-¿Qué has liado ahora?-me suspiró entre dientes.

-¿Yo? Yo nada. Lo que pasa que el borde de Mariano me ha dicho que venga y te dé este papel.

Se puso las gafas de ver y leyó lo que ponía en el parte. Me empezó a mirar con esa cara de perro que a veces pone cuando se enfada. A lo mejor era porque imité su gesto, que me recordaba al de Mariano.

Me estuvo dando una charla de algo de mi futuro, pero la verdad es que no hice mucho caso. En ese instante sonó el timbre, momento que ella aprovechó para mirar la hora, pero cuando supongo que fue a seguir diciéndome algo ya no estaba allí. Me encontraba en la calle prendiendo un cigarro.

-¡Pablo, el viernes a las tres!-me chilló John desde la otra acera. Cruzó la carretera y me cogió el mechero para prender un cigarro del grosor de mi brazo-Kevin se encarga de las bebidas, yo de la música y Mario de la comida.

-Ahí estaré, primo.

Ya estaba saliendo toda la gente del instituto. Marché para casa

Al llegar a casa saludé Truenos, mi perro, y entré en el chalet negro en el que vivía. Es un chalet no muy grande, que suele oler a Marihuana y que generalmente hay algún estupefaciente desperdigado por el suelo. Estaba cansado y además el viernes tenía que estar a las tres de la mañana en los pisos abandonados, así que me tumbé en el sillón y no me desperté hasta las 11 de la noche, momento que aproveché para prender otro cigarro y quedarme dormido hasta las nueve de la mañana.

Martes

Volvía a llegar tarde a clase. En verdad era mejor, ya que así no tenía que aguantar al profesor de Historia, Federico. Ya su propio nombre descubría que era un profesor al que se le podía vacilar fácilmente. Podría haber ido a su clase, pero su forma de dar las clases-se cogía la misma americana y el mismo pantalón que llevaba siempre como si se le fuese a caer y daba tres pasos para adelante levantando el talón izquierdo y tres pasos para atrás levantando la punta del pié derecho-. Era muy aburrido. Luego tocaba Física y Química. El profesor era un profesor mayor, al que le era imposible verse los pies y que cuando te miraba, era mejor que te mirase enfadado ya que así fruncía el ceño, si no, te deslumbraba con la luz que tenías detrás de ti. Ahora iba a llegar a la clase del pesado del profesor inglés, ese niñito de mamá. Mejor llegaba tarde, al recreo, y así no tenía que aguantarle.

-Pablo voy al bar a comprar algo, espérame-soltó un pardillo al verme-por cierto, ¿Por qué no has venido las primeras tres horas?

-No quería-zanjé

Acabó el recreo, tocaba Lengua, con una profesora que me tenía demasiada manía. La clase fue mejor de lo que esperaba, ya que me la pasé hablando a través de la ventana con el instituto de al lado. La profesora, harta de mi <<insolencia>> como ella decía, me dio un último aviso y me cambió a la otra esquina de la clase. Enfadado y aburrido la lancé algún avión de papel y algún trozo de plástico de mis bolis Bic. No me vio en ningún momento, pero, sin embargo, no acabé la clase. Bueno, en verdad si la acabé, pero en dirección. Cuando llegué, la jefa de estudios me miró sorprendida.

-Vas mejorando, Pablo-me comentó-solo te han mandado una vez en todo el día.

-Es que soy un máquina-contesté.

Tocaba Valores Éticos, clase que me pasé durmiendo, y, la siguiente, Música, más de lo mismo, solo que esta vez con algún que otro ronquido.

Acabé las clases y me dispuse a ir a casa. Todavía no había coches esperando a sus hijos. Puede que sea porque supuestamente estaba en el baño y quedaban veinte minutos para acabar la clase. Como no llevaba mechero encima decidí ir a casa a por uno. Al llegar noté que mi casa estaba como muy apagada, demasiado para ser mi casa. Al entrar vi a mi padre, que estaba en el sillón en el que yo había estado durmiendo todo el día de ayer, llorando como si la vida le fuera en ello. No sabía cómo reaccionar. Iba a decirle algo, pero vi que un chico joven con un poco de perilla, estirado como si fuese una sardina, que llevaba un traje de urgencias le negaba con la cabeza a mi padre. En ese momento mi padre rompió a llorar descaradamente. El chico joven le intentó calmar pero era imposible. Yo veía la escena desde la puerta. No sabía que pasaba pero creo que me calló una lágrima del ojo derecho, digo creo porque un tipo duro como yo nunca llora aun la peor situación. El chico se alejó, y en ese momento me pareció que mi padre se dio cuenta de mi presencia. Siguió llorando más intensamente.

-Hijo-plañó-ma… ma… mamá nos ha dejado.-soltó por fin.

En ese momento un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, desde mi dedo gordo del pie hasta mis orejas. No me lo creía.

-Mamá,-prosiguió, aunque le costó-nos ha dejado por consumo de demasiados estupefacientes.

Me quería morir. Lo quedaba de día lo habría dedicado a llorar si mi padre no me hubiese dicho que mañana tenía que ir a clase que iba a venir algún psicólogo. Me fui a dormir con una botella de Vodka para ahogar las penas, pero no conseguí que me pasara la garganta. Lo único que me acuerdo de la noche es que me pareció ver a mamá diciendo que deje las drogas. Me levanté rápido para tocarla, pero en eso momento se desvaneció.

Miércoles

-¡Pablooooo levántate que llegas tarde a clase!-chilló mi padre.

-¿En serio me lo dices?

Me miró con una cara que entendí que lo decía enserio. Me vestí y fui a clase. Creo que era el primer día que llegaba pronto a clase. No me gustó nada esa sensación. Había examen de mates. No había ido a las clases así que no lo sabía.

-¿Pablo, quieres el examen o me pones el nombre y me lo das?-me preguntó más serio de lo que solía estar el profesor de mates.

No contesté, así que me dejó el examen en la mesa. Me quedé mirando el papel, en otro momento habría hecho un avión y se lo habría tirado, pero en ese momento no me apetecía nada. En el papel la posición de los ejercicios y las operaciones me recordaron un rostro familiar. Me quedé mirando el horizonte por la ventana. Estaba tan empanado que no paré hasta mitad de segunda hora, cuando el profesor de química me preguntó si estaba bien.

-Sí-afirmé

Él sabía que no estaba bien pero siguió con la clase. La segunda hora me la pasé dentro de mi cabeza. Cuando llegó la profesora de Lengua se sorprendió de que estuviese en clase. Nos dijo que hoy tocaba una clase especial que solo había los lunes y miércoles en la que nos dedicábamos a hacer redacciones. Teníamos que escribir una redacción. Tenía que ser una redacción que expresase nuestros sentimientos. Mi redacción decía así:

Desearía ser como el Ave Fénix, poder resurgir de mis cenizas, o ser un luchador como Mandela. O pacífico y generoso como Gandhi. Sin embargo soy Pablo. Nada de eso soy. Soy un poco interesado, agresivo y vago, desagradecido y egoísta. Todo lo que tengo me lo he ganado. Lo bueno y lo malo. No lo puedo cambiar. El pasado no se puede cambiar, el futuro, cuando lo nombras ya es pasado, y el presente va y viene.

Desearía que me perdonen como Jesús, o tener los valores de la gente humilde. Sin embargo soy Pablo. Nada de eso soy. Difícil de cambiarlo era.

Desearía ser como el ave fénix, poder resurgir de mis cenizas.

Cuando la profesora lo leyó me miró incrédula. Me preguntó si estaba bien. Yo asentí. Me enteré que teníamos que ir yendo a casa porque tenían que usar el instituto para hacer no sé qué pruebas del gobierno, por lo tanto fui a casa.

En casa me pasé el resto del día encerrado en mi cuarto. Escribiendo todo lo que me gustaría haber dicho a mi madre antes de que me dejase.

-Pablo las 10. Vete a la cama.

No dije nada. Pero, sin embargo, hice algo que nunca pensé que habría hecho. Obedecer.

Me levanté y me dispuse ir a clase. Cuando estaba yendo al instituto vi que unos chicos de unos 13 años pataleaban a otro chaval. Me crucé y la panda de chicos huyó. El chico pequeño me miró con miedo. Le di la mano, y, asustado, salió corriendo. Levante los hombros extrañado.

Estaba en clase de Federico, el profesor de Historia. La gente me miraba ya que no había lanzado todavía ningún avión de papel. Yo seguí a lo mío, sin apenas hacer ruido y comportándome. La verdad es que estaba sorprendido hasta yo. Cada vez que daba esos pasos tan suyos me miraba para ver si me reía y me miraba extrañado. Tocó el timbre.

-Pablo, ¿te has cagado?-me comentó un compañero de clase.

-¿Qué pasa?-preguntó otro-¿Te riñen tus padres?

Algunos se rieron. Fruncí el ceño y me quedé mirándole fijamente. Se puso nervioso y se fue hablar con otros.

-¡Ya estoy, cada uno a su sitio!-gritó belicoso el profesor de mates.-Hoy damos las potencias.

La clase fue un poco aburrida, y la siguiente, inglés, lo mismo.

-Pablo, tengo aquí partes de expulsión preparados y recién salidos de la impresora-me avisó el profesor de inglés.

Asentí con la cabeza. Al acabar la hora, el profesor de inglés me felicitó porque mi comportamiento había mejorado mucho. Me dijo que es como si hubiese pasado algo muy importante en mi vida, algo que me hubiese dolido. Yo solo miré al suelo en ese momento y me quedé petrificado. Creo que se dio cuenta que había dado en el clavo, así que me dio una palmada en el hombro y se fue. Tocaba recreo. Yo compré un bocata de tortilla de patata con bocas de mar, muy rico, por cierto, y fui al pabellón a ver de qué había hoy torneos. Estaban jugando un partido de balonmano 2º ESO B contra 3º ESO C. El partido estuvo bien. Ganó tercero por tan solo un gol. Miré hacia la izquierda y vi a John con dos amigos.

-John-le saludé.

Me miró y pasó de mí completamente. Era como si no me conociese. Tocaba Educación Física y después Valores Éticos. No pasó nada interesante. A última tocaba Música.

-Paula, sí,…Mario, también,-susurraba Mariano a sí mismo pasando lista.

 Mis compañeros me miraban como presionándome para que dijese algo respecto a su forma de pasar la lista, querían que le criticase. Yo pasé, hasta que me empezaron a llover bolas y aviones de papel. Me tapé como pude. Cuando acabó de pasar lista, dejaron de volar bolas y aviones de papel por la clase, pero estaban todas en mi sitio.

-¡Pablo, ya no te soporto, a dirección!

Ya casi ni recordaba la voz de la jefa de estudios. Cuando me vio suspiró. Leyó el papel.

-Explícamelo-me pidió.

-No hice nada. Todos me empezaron a mirar y a presionar para que me riese a Mariano, y como no hice nada me empezaron a lanzar todos bolas de papel. Por eso estaban todas en mi sitio.-intenté explicar.

-Ya veo-me comentó. Me iba a dar una de sus charlas. Justo cuando iba a empezar leyó otra vez el papel.-Vale, te creo

-Gracias-agradecí.

Estuve hablando con ella de que mi comportamiento había mejorado considerablemente, hasta que tocó el timbre.

Cuando llegué a casa comí y me puse a ver la tele. Estuve todo el tiempo viendo la tele. Apenas me centraba en otra cosa que no fuese la tele. Digo apenas porque vi a mi padre fumando y bebiendo en la cocina sentado en una silla con los pies encima de la mesa, como si todo le diese igual.

Me fui a la cama dispuesto a ir al instituto al día siguiente.

Viernes

Iba a entrar en clase. Abrí la puerta. En el momento en el que entré todos se me abalanzaron sobre mí. El profesor miraba la escena incrédulo. Lo único que podía hacer era aguantarme el dolor de los puñetazos. En ese momento vi pasar toda mi vida. En toda ella las drogas estaban presentes, ya fuera de forma directa o de forma indirecta. Vi a mis amigos, mis familiares, mi padre,… pero lo que más me llamó la atención fue cuando vi a mi madre enfrente de mí. Empecé a llorar. Me arrepentí de todo. Me costaba respirar. Si no hacía nada me iban a matar a puñetazos. Solo habría sido un adelanto de mi muerte. Ya que mi cáncer de pulmón iba a acabar conmigo en apenas tres días. Todo por los cigarros. Me dio vergüenza solo pensarlo. Después de todo el pasado no se puede cambiar, el futuro, cuando lo nombras ya es pasado, y el presente va y viene. Difícil de cambiarlo era. Por eso desearía ser como el ave fénix, poder resurgir de mis cenizas.

Cosgui



 

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