Al borde de la trayectoria

—¿Sabes? A veces se me olvida por qué estamos aquí —comentó la muchacha tras un enorme silencio, con la vista fija en la infinita carretera que se extendía ante ella. —¿Puedes refrescarme la memoria?

—Claro que puedo —afirmó él, tras incorporarse sobre el techo de la furgoneta. —Estamos de camino a la capital, en medio de una protesta.

—¿Por qué protestamos?

—Porque el mundo es injusto.

—Pero eso lo saben todos.

—Sí, lo saben —convino él.

—¿Entonces?

—El mundo ha sido particularmente injusto con nosotros: hemos visto vidas siendo cercenadas y hemos sentido el miedo a que hicieran lo mismo con las nuestras.

—Yo sé quién ha sido —afirmó entonces la chica, sombría. —Fue alguien ahí arriba, en el gobierno; por ponerle el arma en bandeja de plata al asesino.

—Has utilizado unas palabras muy bellas —observó el joven. —Es un auténtico talento, de verdad.

La conversación se consumió con esa frase, como las últimas gotas de gas de un mechero. Un silencio quieto la sustituyó, como un arrullo enviado por el aire en humilde compensación por los horrores que acababan de relatar. Se trataba de la segunda noche que los muchachos pasaban en la carretera, en un viaje improvisado para escapar de los malos recuerdos que encerraba su ciudad y cuyo objetivo último era unirse a una manifestación organizada en contra del libre uso de armas en su país, ya que una de ellas, en manos de un antiguo estudiante, había matado a casi una veintena de sus compañeros de instituto pocos días atrás.

En realidad, no esperaban ser escuchados. No en una nación donde los rifles eran considerados regalos de Navidad y donde se creía que para luchar contra las pistolas había que introducir aún más. Pese a todo, iban a dar hasta el último golpe de su voz en la protesta, pues ahí, en sus gargantas, residía el arma más poderosa a su disposición: la palabra.

Los dos chicos habían visto de cerca lo atroces que podían resultar un cañón y un puñado de balas. Como todos a su alrededor, estaban acostumbrados a ver reportajes en televisión sobre tiroteos y asesinatos a sangre fría, pero no esperaban protagonizar los titulares de la semana ni ver su mueca de verdadero terror en primer plano en un telediario.

La imagen de la sangre, los gritos ahogados de sus compañeros de clase arrastrándose bajo las mesas y escondiéndose en los armarios, los disparos, que se oían más y más cerca, balas perforando las puertas y paredes, más sangre, la alarma de incendios entonando un patrón nunca antes oído, gemidos, chillidos… No era un simulacro. La muchacha se despertó súbitamente, empapada en un sudor helado: otra pesadilla.

—¿Ángela? —a través del retrovisor, su compañero de viaje la miró preocupado. —¿Estás bien?

—Sí. No pasa nada; solo era un mal sueño.

—¿Estás segura? —preguntó él. —Me puedes contar el sueño, si quieres. Yo tampoco duermo bien últimamente.

—Ya —convino ella. —No ves gente muriendo todos los días.

—No deberías pensar en ello ahora —reprendió su compañero, al tiempo que se inclinaba hacia delante, pasando el tronco por encima de su amiga.

—¿Qué haces? —Ángela lo miró, desconcertada.

—Ahora lo verás.

El muchacho sacó de la guantera un enorme clasificador de CDs lleno a rebosar, forrado de tela negra gastada. Abrió la cremallera y empezó a navegar entre las fundas, con el ceño fruncido en señal de concentración mientras su amiga observaba.

—Sabía que te negabas a aceptar la llegada del siglo veintiuno, Mario —comentó ella, entre divertida y burlona. —Pero incluso conociéndote desde que no levantábamos un palmo del suelo, me cuesta creer que todavía uses discos.

—¡Aquí está! —sonrió el interpelado, ignorando completamente la puya de su amiga. Giró la llave del contacto, dejando el motor al ralentí y encendiendo así el reproductor de CD. Acto seguido, abrió la bandeja de este y colocó el disco en ella. Después, pulsó el botón de reproducir y avanzó hasta la pista número siete: unos acordes rápidos y alegres de guitarra rompieron la quietud en el interior de la furgoneta, trayendo consigo ecos del nuevo milenio, frescura y rebeldía.

“Celebra tu propia decadencia” rezaba el estribillo.

—No me esperaba algo así —reconoció Ángela. —Es un bálsamo.

—Me alegro que te haya gustado, de verdad.

La joven se reclinó sobre el asiento del copiloto y se arrebujó en su manta, quedándose dormida escasos instantes antes de terminar la canción.

—Buenas noches, Ángela —dijo Mario cuando terminó la canción.

El muchacho reprodujo el álbum desde el principio, intuyendo que iba a tardar largo rato más en dormirse.

***

Hacía ya largo rato que el sol había sacado sus rayos a pasear por encima del horizonte cuando Ángela despertó a su amigo. La fría luz de invierno se colaba entre el cabello rubio de la chica, iluminando su sonrisa. Llevaba consigo dos vasos de cartón llenos de café y unos dulces que había comprado en la estación de servicio donde habían pasado la noche.

—¡Buenos días! —saludó. —Vamos a desayunar pronto para salir cuanto antes; hoy hace un día precioso para viajar.

—Sí, lo que tú digas —murmuró Mario, incorporándose.

No entendía cómo su amiga podía encontrarse tan bien después de haber dormido en el asiento de un coche; él tenía la boca seca y la espalda dolorida. Salió del coche y cogió la parte del desayuno que Ángela le ofrecía. Lo comió de pie, caminando en círculos mal dibujados alrededor de su vetusta Volkswagen California. La muchacha hizo lo propio sentada en el asiento trasero de esta, con las piernas colgando por fuera, más allá de la portezuela.

La furgoneta salió a la carretera pocos minutos después, con el joven Mario al volante. El cielo azul estaba manchado de pequeñas nubes sesgadas por el viento helador que correteaba entre ellas. En la radio del coche, se escuchaba la única emisora que pudieron sintonizar en medio de aquella carretera perdida entre campos de cultivo. En ella, un locutor de voz aguda y monótona llevaba una eternidad comentando unas estadísticas sobre la producción agraria en la zona.

—No sabía que el campo necesitase tantas matemáticas —reconoció Mario. —¿No se suponía que la radio tiene que ser mínimamente entretenida?

—En teoría, sí —dijo su amiga. —Este programa me aburre tanto que podría jurarte que si en media hora no encontramos otra cosa, me explotan los sesos.

—Eres una exagerada —respondió el joven. —Si te apetece, puedes sacar algún CD; están en el mismo sitio de anoche.

—Dudo que conozca alguno, pero no pasa nada por intentarlo…

Ángela abrió la guantera y sacó el desproporcionado clasificador de la guantera, no sin esfuerzo. Lo colocó sobre sus rodillas y empezó a ojear los discos, fijándose en el diseño dibujado en cada uno de ellos. Por espacio de diez minutos se sumió en la tarea de ir pasando las fundas de plástico que contenían los CD, con sumo cuidado.

—Este me gusta —anunció, pasado ese tiempo.

—¿Cómo es?— preguntó Mario. —Descríbelo, por favor.

—A ver… Es blanco, pero tiene un estampado, como si fuera una pared de ladrillo pintada, y encima hay letras como de graffiti, pero me cuesta entender lo que pone… ¿Pink Floyd?

—Mételo en el reproductor. Creo que ya sé de qué me hablas.

La muchacha hizo lo que su amigo le pedía y acto seguido pulsó el botón “Reproducir”. Las primeras notas se desplegaron, extendiéndose por la polvorienta atmósfera de la furgoneta.

—¿Cómo se llama el disco? —preguntó la chica.

—Es “The Wall”, El Muro —respondió Mario.—De Pink Floyd, como acabas de decir. Es uno de mis álbumes favoritos.

—Oh.

—¿Habías oído hablar alguna vez de él?

—Mi padre suele escuchar grupos del mismo estilo, pero nunca habla mientras suena su música; lo considera un sacrilegio.

—Comprensible —comentó el chico. —Bueno, te voy a resumir la historia que contiene el disco.

—¿Tiene una historia?

—Sí; muchos álbumes tienen, de hecho. Este narra cómo un cantante de rock fracasado se va encerrando en sí mismo y cayendo en la depresión, a través de un muro metafórico.

—Parece muy triste.

—Lo es, pero eso no quita que sea una obra maestra. Hay una canción que me gusta especialmente, mira.

El muchacho adelantó hasta la pista cinco. Una melodía extraña pero agradable empezó a oírse, con sus estrofas cortas y sus coros de niños.

—¡Yo he oído esta canción! —exclamó Ángela. —A veces la ponen en la radio.

—¿Sabes de qué habla?

—No, la verdad.

—Es una especie de crítica al sistema educativo británico de los años sesenta, por la opresión y la falta de libertad de expresión.

Ángela esbozó una tétrica sonrisa, cuyo reflejo fue interceptado por Mario en el retrovisor.

—¿Por qué te ríes? —le preguntó a la joven.

—Porque, en realidad, las cosas no han cambiado mucho— dijo, enigmática.

—Ya veo —comprendió el chico. ¿eficiencia y eficacia?

—Eso es. Aspiramos al anonimato, a la mediocridad.

Involuntariamente, decidieron extinguir la conversación en ese punto, cediendo la posesión del aire a la música.

***

El anochecer violeta les engulló sin darles tiempo a abandonar el paisaje de llanuras y latifundios que llevaban recorriendo todo el día. Tuvieron que conducir varias millas más por la solitaria calzada hasta llegar a un sitio seguro donde dormir.

La oscuridad casi se podía tocar cuando una luz distinta a las largas de la furgoneta la partió en la distancia. Provenía del letrero luminoso de un hotel de carretera. Mario tomó la salida y aparcó la furgoneta en la plaza más cercana al edificio, que se erigía como un cascarón muerto sobre un mar de asfalto quebradizo. Ángela contuvo un escalofrío: el lugar daba miedo. La mujer que les atendió, sin embargo, hizo recordar a los dos amigos la lección donde pone que las apariencias engañan. Pese a ser ya bastante tarde, les atendió cordial y amistosamente. Se presentó como Adela, dueña del pequeño establecimiento. Los chicos la siguieron hasta la habitación que ella les había asignado.

—No tenemos más gente esta noche —comentó mientras giraba la llave de la habitación.

—Espero que no seamos una molestia —dijo Ángela.

—No, claro que no —respondió Adela, al tiempo que la puerta se dejaba abrir. —Esta es vuestra habitación. Os dejo acomodaros tranquilamente.

Mario cogió la llave que le ofrecía la mujer y entró al dormitorio, seguido por Ángela. Sin embargo, un detalle en el mobiliario hizo que se detuviera a tres pasos del umbral, provocando que su amiga se chocara con él.

—Mira la cama —pidió el sorprendido joven.

—Oh, vaya.

En el cuarto había una sola cama, de matrimonio, vestida con un pulcro juego de sábanas blanquísimas y escoltada por dos mesillas gemelas.

—Yo creo que ha pensado que somos pareja —caviló Mario.

—Ya…

—¿A ti te importa que durmamos juntos?

Ángela se sonrojó visiblemente.

—No. ¿A ti te importa?

—A mí tampoco.

Sin pronunciar palabra, se dieron la espalda para cambiarse de ropa. Después, se tumbaron, cada uno por un lado de la cama, dejando un océano de sábanas y colchas entre ellos. Y así, con las luces apagadas y sus cansados cuerpos formando dos líneas muy quietas y paralelas, los dos amigos pusieron la mirada en el techo. La muchacha entonces dijo:

—A veces se me olvida por qué estamos aquí. ¿Podrías refrescarme la memoria?

Su amigo respondió de manera idéntica a la noche anterior y, sin que ninguno se diera cuenta, la conversación terminó como un reflejo de la acontecida un día antes. También regresó la canción de cuna que el silencio les cantaba, con una sola excepción: aquella vez fue interrumpido:
—¿Por qué hemos hecho esto otra vez? —se preguntó Mario, en voz lo suficientemente alta para que su amiga lo oyera.

—No lo sé, me ha salido solo.

—Ha sido raro.

—Sin duda —convino la joven. —De todas maneras creo que deberíamos repetirlo todos los días.

—¿Por algún motivo en especial?

—Sí. No podemos olvidar nuestro propósito, Mario.

—Entiendo.

Se durmieron enseguida, sumidos en la paz de su primera noche libre de pesadillas desde el tiroteo, mientras sus cuerpos inconscientes extrañaban acercarse.

Ángela se despertó cuando las vetas de luz que manaban entre los huecos de la persiana acariciaron su rostro. Se encontró abrazando a Mario, que todavía la rodeaba con sus brazos, de dormido. Con cuidado de no despertarlo, se levantó y entró al pequeño cuarto de baño para darse una ducha.

A Mario no le sorprendió la extraña postura en la que despertó. Tampoco lo hizo el hecho de que su amiga no yaciera a su lado. Hacía años que la conocía y, en ese tiempo, no había sido testigo de un solo atisbo de pereza en la muchacha. Por un momento la vio, diminuta y sonriente, corriendo por su jardín mientras él la seguía, a una distancia considerable de sus rizos dorados que revoloteaban. No pudo evitar sonreír ante aquel luminoso recuerdo infantil.

El chico se incorporó lentamente, semienterrado en las sábanas para no perder el calor y la comodidad de la primera cama que tocaba en sus tres días de viaje, mientras esperaba pacientemente a su turno para la ducha. Diez minutos después, el agua dejó de correr y Ángela salió del baño, con el pelo envuelto en una toalla y el cuerpo envuelto en vapor.

—¿Tú sabes cuántas leyes cósmicas has roto con ese cucurucho que llevas en la cabeza?

Ella rió.

—Buenos días a ti también.

Enseguida, el muchacho desapareció tras la puerta del baño y se volvió a oír el agua corriendo. Mario, a diferencia de su amiga, dejó que el vapor caliente lo rodeara con tranquilidad. No le preocupaba el tiempo. Metió la cabeza bajo la cascada de agua y se dejó empapar por un instante de casi media hora de duración.

Cuando terminó, Ángela lo esperaba para salir a desayunar, sentada en el borde de la cama, muy erguida, como un animal alerta y con ese ligero tic nervioso en la pierna que se disparaba cuando pasaba mucho tiempo inmóvil. Se levantó como si la sola presencia de Mario hubiera accionado un resorte.

—Ya era hora —dijo.

Desayunaron en la pequeña cafetería del motel, hablando de trivialidades y sacando a flote recuerdos de su niñez. Después se separaron, para repostar la furgoneta y comprar agua y aperitivos para seguir con su viaje.

Justo cuando la muchacha salía de la pequeña tienda de la gasolinera adyacente al hotel, vio a Mario, andando muy deprisa hacia ella. Un gesto preocupado ensombrecía su delgado rostro.

—¿Qué pasa?

—No me queda casi dinero —informó, alarmado. —Estaba pagando en la tienda y la cajera me dijo que a mi tarjeta no le quedaba saldo.

—No puede ser… A mí tampoco me debe quedar mucho después de pagar la gasolina. Tenemos un problema.

—¿Te queda algo de metálico?

—No más de quince dólares ¿a ti?

El joven hurgó en sus bolsillos.

—Yo tengo doce dólares con setenta y tres céntimos —dijo, mostrando dos billetes arrugados en una mano y un pequeño puñado de monedas en la otra.

—Ni juntando todo nuestro dinero llegaríamos a los treinta dólares… —contó Ángela. —¿Cómo hemos podido ser tan poco previsores?

La chica se sentó en el bordillo, inundada por un sentimiento de derrota.

—Vamos a salir de esta —afirmó su amigo. —Sé que no nos queda dinero ni para desandar el camino a vuelta a casa por la interestatal, pero vamos a seguir adelante.

—¿Cómo? —ella había enterrado su rostro entre sus brazos.

Mario pensó largo rato, mientras consolaba a su amiga.

—Voy a ver si está la mujer que nos atendió anoche en el motel; igual nos deja quedarnos a trabajar unos días. Parecía simpática.

El muchacho entró a la recepción, donde Adela, la propietaria, se sentaba tras el mostrador.

—Disculpe, ¿Adela?

—¿Sí?¿Ocurre algo?

—Mi compañera de viaje y yo tenemos en grave problema… —le contó, mirando al suelo. —No creo que nos sea posible pagarle el alojamiento. Lo siento.

—Oh —la mujer lo miró compasiva. —¿Os habéis quedado sin dinero?

—Sí —reconoció el joven. —Nos preguntábamos si podríamos trabajar aquí unos días, para compensar.

—Oh, sin problema —sonrió ella. —De hecho me vendría bien algo de ayuda; esta semana solo estamos mi sobrina y yo para ocuparnos del sitio.

—Muchísimas gracias, de verdad —dijo el muchacho, tomando las manos de Adela.

Mario salió a buscar a su amiga, para contarle la buena nueva. Entró de nuevo en la recepción, donde Adela les explicó las condiciones de su trabajo:

—Podéis quedaros en la habitación donde dormisteis anoche, pero la tendréis que limpiar vosotros. Os vais a ocupar del mantenimiento y de la cocina de la cafetería, porque sabéis cocinar, ¿no?

—Un poco —sonrió Ángela.

Los dos chicos pasaron todo el resto de la mañana organizando la habitación y trayendo algo de su equipaje, pues la noche anterior habían llevado lo justo para dormir y asearse. Después comieron junto a Adela y a otra mujer, bastante más joven que se presentó como Eva, sobrina de la propietaria.

Esa misma tarde comenzaron con sus nuevas tareas: Ángela siguió a Adela hasta la cocina mientras que Mario y Eva se repartieron la limpieza y el mantenimiento de las habitaciones.

—Habéis tenido mucha suerte de encontraros con mi tía —comentó la chica mientras doblaba toallas en el baño que estaban limpiando.

—Disculpa —respondió Mario, que estaba dando la espalda a la muchacha. —¿Qué acabas de decir?

—Que habéis tenido mucha suerte de encontraros con Adela.

—Ah, sí —el joven estaba limpiando el espejo del baño, a través del cual seguía a Eva con la mirada. —Ha sido muy amable con nosotros.

Ambos continuaron con sus tareas durante el tiempo suficiente para que el silencio se tornara incómodo; al menos para la locuaz Eva. El chico, por su parte siguió fregando el espejo y el lavabo, buscando el ritmo oculto entre las pasadas de bayeta y el leve restallido de las toallas siendo dobladas.

—Mario, perdona por la indiscreción, pero me gustaría hacerte una pregunta.

—No hay problema. ¿Qué querías preguntar?
—¿De dónde sois Ángela y tú?

—De Florida —explicó. —Vamos con la marcha nacional en contra de las armas.

—Pero la marcha no sale hasta principios de marzo, ¿no? —levantó la cabeza de golpe, como si acabara de recordar algo muy importante. —Un segundo…

—¿Sí?— inquirió Mario, con cierta reserva.

—No seréis estudiantes del instituto del tiroteo, ¿verdad?
Mario apartó la vista del espejo y, por consiguiente, de Eva.

—Pues… sí.

Y se volvieron a precipitar en el incómodo compás de trapos frotando y toallas rozándose, sin voces humanas que lo aderezaran.

Poco menos de una hora después, Eva recibió una llamada de su tía, que los llamaba a Mario y a ella a cenar. En la sencilla y pulcra cafetería del hotel, Adela y Ángela los esperaban ante una mesa puesta; la primera con su cordial y apacible gesto y la segunda, balanceando el peso de su cuerpo de una pierna a otra con evidente nerviosismo. En sus rostros se reflejaban el cansancio y la satisfacción por un trabajo bien hecho.

Los cuatro se sentaron a la mesa, cubierta de la luz cálida que emanaban las bombillas incandescentes repartidas por el pequeño comedor. Se sirvieron de la humeante olla que estaba colocada entre los cuatro servicios.

—Supongo que no sea lo que os esperaríais de un sitio como este, en medio de la nada— opinó Adela. —Pero mi nueva ayudante y yo hemos hecho todo lo que hemos podido para que os sintieráis lo más cómodos posible mientras cenábamos.

—Muchas gracias por todo, Adela —cortó Ángela, con una sonrisa. —Nos has ayudado sin siquiera conocernos: dándonos un trabajo y un lugar para dormir, preparando este guiso tan rico… Y todo ello, sin esperar nada a cambio.

Un súbito rubor inundó el redondo y bronceado rostro de la mujer.

—Oh, no. Es lo mínimo que podía hacer por vosotros.

—Es usted un ángel, Adela —añadió Mario. —Nos ha recordado que todavía existe la gente buena en este mundo.

—Chico, tutéame, por favor —pidió la mujer. —Y repito: no es nada, de verdad.

El joven tenía la vista fija en su vaso, lleno de agua, mientras lo giraba lentamente con sus manos.

—¿Pasa algo? —preguntó Eva.

—No, tranquila. Mario es así —dijo Ángela. La vista que la joven mejor conocía de su amigo era el perfil. En contadas ocasiones miraba a la gente a la cara, y mucho menos a los ojos.

El resto de la velada transcurrió, como hacen todos los momentos felices, rápidamente. También se esfumaron con celeridad las dos semanas que los dos amigos acabaron pasando allí; el tiempo huyó tan veloz que ninguno de los dos se dio cuenta.

—Mario, ¿qué día es? —preguntó Ángela una noche, la última que pasarían allí.

El interpelado murmuró la fecha, desde el otro lado de la cama.

—No me lo puedo creer: la marcha nacional salió hace dos días. Tenemos que irnos por la mañana o no podremos llegar a tiempo.

—Sinceramente, si tuviera que elegir, pasaría de largo. O me quedaría aquí.

—¿Por qué?

—Solo vamos a dar problemas y espectáculo suficiente para cubrir los telediarios de un solo día —respondió, resignado. El joven podía ocultar a todos su mirada, pero no era capaz de esconder sus palabras. —Además, nadie nos va a escuchar.

Ángela se quedó en silencio unos segundos, indignada por las palabras de su amigo. Sin embargo, decidió responderle con el mismo tono relajado que él había utilizado en sus argumentos:

—Mario, a veces se me olvida por qué estamos aquí. ¿Podrías refrescarme la memoria?

—Vamos camino a Washington, la capital —afirmó él, de manera casi automática. —Estamos en medio de una protesta.

Todo encajó con la misma conversación de todas las noches, paralela pero nunca igual.

***

Al día siguiente, los dos muchachos se levantaron al amanecer, para recoger sus bultos, y limpiaron la habitación lo mejor que pudieron, con mimo. Después de tantos días allí, era lo más mínimo que podían hacer.

Al despedirse de Eva y Adela, ellas no les retuvieron, si no que se deshicieron en abrazos y buenos deseos para con los jóvenes. Cuando montaron en la furgoneta, que había estado dos semanas esperando como un animal dormido, la dueña del pequeño hotel les pasó un pequeño sobre.

—No es mucho —dijo. —Pero es lo que os merecéis por todo lo que habéis hecho aquí.

Ángela lo cogió con reticencia, como temiendo que al rozar el papel, el sobre y su contenido se esfumaran.

Acto seguido, bajo un cielo del color del acero, la furgoneta arrancó. De banda sonora, “Hotel

California”, de Eagles, y sus recuerdos de la polvorienta carretera del desierto. Sobre el ronroneo del motor, siete álbumes distintos giraron en el reproductor de la Volkswagen California antes de que ninguno de los dos amigos pudiera avistar la cortina de niebla contaminada que precedía a la ciudad. Ocultos por la polución, los altísimos edificios que perforaban el cielo, les recordaron a guardianes pétreos. El atasco en el que se veían atrapados les proporcionó una imagen de lo que les aguardaba más allá del humo y el aire sucio.

Entre los edificios discurría algo más: los enormes rascacielos traían consigo recuerdos teñidos de rojo y un silencio impuesto. Entre sus siluetas, se tendían cuerdas y correas; cepos y mordazas figurados que imponían su orden y conformismo. Y Ángela, Mario y todos los que habían marchado desde la poco significativa ciudad de Jacksonsville pensaban deshacerse de ellos a golpe de grito y pancarta.

El día siguiente era el decisivo, era el día en el que pensaban hacerse oír, proyectar sus ideas y su posición todos juntos, uniendo sus voces para hacerlas llegar muy lejos.

—No me creo que todo esto se acabe ya —dijo Ángela, mirando a la ciudad con los ojos muy abiertos.

—Yo tampoco me veo capaz de volver a mi vida de antes —Mario se volvió hacia su amiga, buscando su mirada. —Pero esto no tiene por qué acabarse aquí. ¿Te gustaría continuar el viaje conmigo?

La muchacha encontró la mirada de su amigo y sonrió emocionada. Asintió.

—Hasta que hayamos escuchado el último de tus CD, y más allá.

Y, sin más testigo que la música de fondo que era el sonido de tres mil motores al unísono, el rebaño de coches siguió su perezoso avance hacia su redil, la ciudad.

Isabella Sempere

 

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