Amaneceres Tempranos Sobre Monroeville

― ¡Joder, joder, joder!

― ¡Con cuidado! Me gustaría conservar la cabeza…

―Tú cállate, y no te muevas. Espera un segundo.

―Si me lo pides de ese modo…

Cruza las piernas para sentarse sobre el suelo, sin necesidad de sacar las manos de debajo de la tela, donde respira con cierta dificultad la atmósfera que se ha ido comprimiendo a lo largo de la carrera. No puede esperar a quitarse la manta de encima, pues nunca había llegado a ser invitado más allá de la entrada de esta casa; todas estas sensaciones que experimenta le resultan tan novedosas que apenas puede contener la emoción. A juzgar por el número de peldaños, y el frío metálico de lo que parecía una escalerilla de mano, han debido de subir hasta la buhardilla, el ático, o como quiera que lo llame el dueño. Puede sentir la madera empolvada bajo sus botas, discernir cada pequeño crujido y chirrido que provoca el Chico, quien se está moviendo frenéticamente de un lado a otro de la habitación, seguramente apuntalando la única entrada y cerrando a cal y canto todo tipo de aberturas que pudieran dar al exterior. Tras una serie de bisbiseos plastificados, el color de la atmósfera cambia de negro a amarillento, mientras los pasos del Chico vuelven hasta su posición.

―Vale, ya puedes destaparte.

Lo cual es irónico, porque es el aludido quien le quita la manta de encima de la cabeza, revolviéndole los mechones negros a la altura de los ojos. El Otro se queda paralizado en su posición, con la cabeza ligeramente agachada, escrutando con la mirada cada pequeño recoveco de la estancia. Una buhardilla, sí, sin ninguna duda, con sus paredes apolilladas, sus crujidos vejados, sus trastos apilados y cubiertos por las empolvadas sábanas de los fantasmas. Una pila de cajas colocada sobre la escalerilla, ahora recogida, hace las veces de apuntalamiento, y las cortinas echadas ante la única ventana tapan todo rastro de luz natural. El Chico, arrodillado frente al Otro, le tiende una linterna, ya que aunque haya un par de bombillas colgando del techo como murciélagos en su cripta, sus esfuerzos no parecen suficientes para combatir la oscuridad. Huele a casa.

― ¿Te has hecho daño?

El Otro baja la mirada hacia sus manos, analizando las arrugas enrojecidas que se han formado sobre sus nudillos, con perladas ampollas incrustadas como joyas de corona. Unos segundos más, y éstas se hubieran carbonizado hasta el hueso; por suerte la manta apareció por encima justo a tiempo de evitar que sus carnes se convirtieran en la parrilla de una barbacoa.

―Sólo unos rasguños ―miente―. Se me pasará.

El Chico no parece conforme con la respuesta, teniendo que analizar las quemaduras por su cuenta, con detenimiento; no tienen buena pinta, desde luego. Sólo espera que no tarden demasiado en curarse. Por primera vez en lo que le ha parecido una eternidad, se ve capaz de soltar un largo y extenuado suspiro, cerrando los ojos por un instante; un segundo en el que desearía poder viajar a cualquier otro lugar del planeta con tan sólo un pestañeo. Una pena que cuando vuelva a levantar los párpados, todavía siga aquí, en esta asquerosa buhardilla, en esta asfixiante penumbra. Lo primero con lo que se encuentra, son los irises expectantes del Otro. Puede que no todo sean desventajas.

―En el fondo me está bien empleado ―admite éste con una sonrisa, abriendo más las pupilas―. A veces olvido que ya no estamos en invierno…

En cualquier otra situación, el Chico hubiera soltado una de sus estruendosas carcajadas, haciendo retumbar las paredes hasta los cimientos. Pero como esto es el ahora, se ve obligado a contraer sus propias palabras, exhalando un breve murmullo que bien podría significar cualquier otra cosa, mientras su mirada cae hacia las vetas de madera, sin poder dejar de mirar las quemaduras en las manos del Otro. También tiene en la cara, pero no encuentra el valor suficiente como para decírselo.

― ¿Por qué coño lo has hecho? ―suelta de pronto, sin el valor para alzar la cabeza―. ¿En qué momento te pareció una buena idea?

El Otro frunce el entrecejo, buscando una explicación en el rostro escondido del Chico; una razón para comprender por qué eso es una duda, cuando para él existen pocas cosas en el mundo que estén tan claras. Duele, pero también es cierto que el tiempo es el mejor maestro del valor de la vida. La vida. Qué irónico.

―En el momento en el que quisieron dañar a quien que más me importa.

―Sólo eran palabras, joder. Todavía soy capaz de aguantar eso. ¡Mira la que se ha armado por una gilipollez!

―Claro, sólo palabras ―gruñe el Otro, arrugando las fosas nasales al recordar esos rostros que ya no será capaz de perdonar―. Siempre son sólo palabras. Y luego esas palabras sólo serían puños, sólo patadas, sólo sangre y huesos rotos. Sólo, sólo, sólo… ¿Pues sabes qué? Esto son sólo colmillos, esto sólo garras, y pienso utilizarlas siempre que haga falta, hasta que me los arranquen.

― ¡No tenías por qué soltarlo! ―prorrumpe en un arranque de nervios, dándose cuenta del tono que ha alcanzado su voz y volviéndose a esconder en la seguridad de sus pensamientos―. ¿Es que no había más maneras de evitarlo? ¡Es de lógica!

El Otro aprieta los labios, comprendiendo la alteración que brota del corazón del Chico. Es algo natural, se recuerda, por mucho que su corazón ya se haya asentado lo suficiente como para dejar de reaccionar ante cada pequeño desvío que tome el río. Si en su río todavía manase agua que no fuera oscura. Adelanta la mano hasta colocarla debajo del mentón del Chico, atrayendo su mirada hacia la suya, donde sus ojos aguardan como faros en plena tormenta.

―Nada que tenga que ver conmigo es de lógica.

Ojalá no fuera verdad. En cierto sentido, eso es lo que hace interesante todo lo que rodea al Otro; es precisamente el motivo por el cual ahora se encuentran apuntalados en una buhardilla mohosa, aguardando en la oscuridad, protegiéndose de los gruñidos de las alimañas que huelen su sangre, deseando dar la voz de alarma para poder darse un festín con sus restos. Esperando hasta que la última luna ilumine el camino de regreso. Rezando para que las baterías de las linternas aguanten tantas horas. Puede sentir el hambre tomando el control de sus pensamientos, pero eso es algo que el Otro no dirá en voz alta.

― ¿Qué hacemos ahora? ―pregunta el Chico con inquietud, algo que el Otro parece ignorar.

―Esperar.

―Ya, claro. ¿Y qué hay de toda la marabunta que nos persigue? ¿Ellos también van a esperar?

―Antes tendrán que encontrarnos…

El Chico trata de mantenerle la mirada, pero al final la risa nerviosa es la que puede con él, obligándole a levantarse del sitio, porque no se ve capaz de mantener la compostura en un mismo punto sin llegar a quebrarse de algún modo.

―No puedo creerte… Estás tan calmado…

― ¿Por qué no? Esta no es la peor situación en la que he estado metido… Ya se les pasará.

― ¡Es que no se les pasará! ¡No van a parar, no ahora que lo saben! Nos buscarán, día y noche, no descansarán, y en el primer momento en el que te descuides, ¡pam! ¡Se acabó!

―Me cuesta creerte, pero eres tú quien los conoce mejor que nadie…

―Lo tenías todo tan bien montado… ―lamenta el Chico, cruzándose de brazos ante la cortina que cubre la cristalera. Empieza a hacer calor aquí dentro, pero por algún motivo no se ve con las fuerzas suficientes como para quitarse la gabardina―. Has pasado todo este tiempo perfectamente escondido, podrías haber proseguido así hasta el final… No me creo que yo sea tan valioso como para que renuncies a tu libertad de esta manera. Por culpa de todo esto, ya no vas a poder cerrar los ojos con tranquilidad.

El Otro alza la mirada hacia una ventana que jamás será capaz de ver, tratando de adivinar los rayos invisibles, el panorama que se dibuja al otro lado. Tantas son las posibilidades, que sólo con imaginarlas se le abruma la mente.

―No has pensado en que puede que estuviera harto de esconderme… ―murmura sin darse cuenta, con la mirada perdida más allá de donde el Hombre es capaz de viajar con su cuerpo.

El Chico lo mira por encima del hombro, descubriendo su figura afligida, lejana; la misma que ha podido contemplar otras tantas veces, que oculta un secreto que todavía no ha querido compartir con nadie. La misma que tanto desearía desentrañar. La misma que tanto odia.

―Estoy harto de tanta oscuridad… ―prosigue el Otro, con los ojos ligeramente brillantes―. Se vuelve muy monótona. Y luego te olvidas de que empieza a amanecer temprano, de que amanece siquiera, y acaban pasando estas cosas.

¿Cuándo fue la última vez que vio al sol brillar? ¿Hubo siquiera una primera vez? Hace tanto de eso, que ya apenas lo recuerda. No tiene nada en contra de la noche, pero mentiría si dijera que no le pica la curiosidad de cuando en cuando; el peligro siempre le ha llamado la atención.

―Lo que no quería era que se enfadaran contigo, sino conmigo… Lo siento.

―Ya, bueno ―gruñe el Chico, cruzando los brazos a la altura del pecho―. Supongo que eso me pasa por juntarme con la gente inapropiada…

En ese instante, una idea aparece en la cabeza del Otro, cuyo pecho se hinche con repentino interés, igualmente aliviado y consternado por haber encontrado una posible salida. Una solución que en el fondo siempre había conocido, pero que nunca creyó que sería necesario llevar a cabo. Qué parodia que es la vida; cuán equivocado estaba.

―De modo que, si yo desapareciera, tú estarías a salvo…

―Cállate, no te vas a ir a ninguna parte. Esperaremos aquí a que llegue la noche.

―Si es que llega… si es que no llegan ellos antes.

El Chico no es capaz de contener una afilada sonrisa:

―Antes tendrán que encontrarnos…

― ¿Es que no los sientes? ¿No los oyes? ―insiste el otro, adelantándose hacia su compañero―. De todo puto Monroeville, este será el primer lugar que vengan a investigar.

― ¡Qué querías que hiciera! ¡Estabas ardiendo, y no iba a colarme en cualquier sitio! Además, he dejado las llaves puestas por dentro, así mi padre no podrá entrar…

―Tienen piedras, Jake. Tienen piedras, y ventanas, y pistolas, y mecheros, y todo lo que te puedas imaginar. ¿Crees que una maldita cerradura los va a detener?

― ¿Crees que mi padre prendería fuego a su propia casa?

―Después de lo que ha tenido el valor de escupirle a su propio hijo, ya no me sorprendería nada.

El Chico se ve obligado a evitarle la mirada por un instante, pero no por las palabras del Otro, sino por la aparición de esos ecos que no ha conseguido acallar. No desde que le alzaron la voz por primera vez. Siempre supo, desde el momento en que decidió entrar en este juego abrasador, que algo así llegaría a pasar; que sería extraño si esa no hubiera sido la reacción esperada. Pero una cosa es imaginarlo, y otra muy distinta vivirlo en la carne. Una sólo deja cicatrices en el pecho, la otra hace saltar al sufrimiento. Esas mismas palabras son las que han provocado que la sangre del Otro hirviera como aceite incandescente, cerrándole los dientes e impulsándole a dar el paso que ha decidido dar. Incluso cuando ha sido su instinto más animal el que tomó en su momento el control de sus movimientos. Pero que le parta un rayo si le pillan diciendo que se arrepiente de todo lo sucedido.

De pronto, una risa risueña brota en el ambiente, rompiendo con toda atmósfera de opresión. Las bombillas se mueven a su son; los murciélagos han despertado.

―Somos un par de idiotas…―admite el Chico, riéndose por no llorar.

―Un par de idiotas que no han cometido ningún crimen.

―Sólo uno ―añade, volviendo a coger con firmeza las manos del Otro, pasando por alto las heridas―. Querer ser libres.

En este instante, ni un segundo más, el Otro tira de sus manos, asiéndolo hasta que las puntas de sus narices apenas quedan separadas. Lo que va a decir a continuación es de una seriedad tal, que no puede decirse a grandes distancias. No puede perderse ni el más tenue de los sonidos. Tal es su peso.

―La oscuridad no tiene nada de liberador. Créeme, la conozco mejor que nadie.

― ¿Y por qué es el único sitio en el que me gustaría estar ahora?

El Otro sonríe, malicia pintando sus labios enrojecidos por el calor y la sangre.

―Sólo hace falta que apagues la luz.

Es tan poca la distancia que los separa, que sus alientos no tienen otro remedio más que intercambiarse, haciendo que las cabezas caigan hacia un lado, que los corazones golpeen el pecho, arrastrándose mutuamente para llegar al otro lado, queriendo sentir los latidos ajenos. Pero el espacio nunca llega a fundirse; jamás llega a convertirse en uno, pues tan pronto como la última grieta que separa sus labios está a punto de cerrarse, un profuso estruendo tiene lugar más allá de las paredes de madera. Su sonido es lejano, pero la vibración ha sido tal, que han sido capaces de sentirla en cada fibra de sus huesos. Todo lo que antes parecía estar lleno de vida, vuelve a su inerte realidad.

El Otro murmura bajo su aliento las palabras más fatídicas que su labios pronunciaron.

―Están aquí.

En un acto reflejo, el Chico abre el espacio, retrocediendo y llevándose las manos a la cabeza, donde enreda los dedos entre sus mechones, tratando de soltar la tensión que se ha apoderado de su mandíbula, dejándolo sin habla. Mientras que el Otro se queda inmóvil cual estatua de mármol, tratando de percibir las voces que aguardan más allá de las puertas, el chico comienza a pasearse por la buhardilla a paso de tigre enjaulado, cada parpadeo de forma más frenética, dejando la marca de sus zapatos sobre cada tablón del parqué.

― ¡Joder, joder, JODER! ―prorrumpe a cada paso, terminando por derribar en un violento golpe una lámpara de pie que aguardaba ajena a las sábanas de los fantasmas. Puede que provocar tanto escándalo no sea lo más apropiado para aquellos que pretender permanecer escondidos, pero hay que ser gilipollas si uno piensa que sus cazadores no saben que se encuentran aquí, que no lo llegarían a averiguar.

―No creo que tarden en subir… ―calcula el Otro, deduciendo que todavía están teniendo problemas buscando la manera de entrar.

―Pues que intenten pasar de esa puta trampilla ―proclama el Chico con firmeza, sacando de su cinturón su pistola plateada, quitándole el seguro para poder apuntar con firmeza hacia la única entrada humanamente posible.

El Otro lo mira entre asombrado y atónito; por una parte deseando poder sujetar un arma igual entre las manos, por otro recordando que, esas en concreto, no sería una buena idea, al menos no al descubierto. Para un día que se deja los guantes en casa, y es cuando más falta les hacía. Sus ojos viajan de la funda del arma hacia el otro lado del cinturón, donde asoma un breve destello plateado a través de la gabardina del Chico, uno del que ya se había olvidado, por su bien. De pronto, nuevos golpes que hacen saltar el polvo del techo y bailar a las bombillas le hacen recordar, le hacen relacionar las cosas, y es cuando se da cuenta de lo más terrible:

―No tenemos tiempo.

―Claro que sí, todo el que queramos.

―No ―insiste, sujetándole de la muñeca que sostiene el arma con una firmeza que limita con lo doloroso―. No lo hay.

―Nos las arreglaremos…

― ¿Es esa tu solución para todo?

―No me importa cargármelos ―acepta el Chico con la misma seguridad en la voz. Un temblor le recorre el pecho. No sabe si es cierto, pero está dispuesto a convertirlo en una realidad.

― ¿A todos? Tendrías que ser muy preciso. Y aun así no tendrías suficientes balas…

―Y tú sólo tienes tus colmillos y tus estúpidas garras.

―Si nos pillan aquí, nos matarán a los dos ―prosigue el Otro, tratando de hacerle entrar en razón―. Sólo hay una salida.

Y en un abrir y cerrar de ojos, con la mano que tiene libre, introduce los dedos hacia el cinturón del Chico, sacando ante sus ojos la estaca de madera, con la punta bañada en plata pura. Lo único de todo su arsenal que puede sujetar sin abrasarse las palmas de las manos. Éste tarda en comprender a qué se refiere, pues en el fondo no quiere hacerlo, abriendo el rostro con horror cuando las intenciones del Otro aparecen reflejadas en sus pupilas.

― ¿Qué coño haces?

―Sabes que no puedo hacerlo por mi cuenta ―recuerda, colocando a la fuerza una de las manos del Chico sobre el mango tallado en madera de pino, arrastrándolo hacia el lado izquierdo de su pecho―. Tendrás que hacerlo tú.

― ¿Qué?

―Es mejor que incinerarme o arrancarme la cabeza…

― ¡Estás loco! ―espeta asqueado ante la idea, retrocediendo varios pasos y desviando la pistola de la trayectoria que debería seguir―. ¡Ni de coña!

― ¡Sólo así se olvidarán de todo lo que ha pasado! Sólo así te dejarán en paz. Tengo que desparecer.

― ¡Pues desaparece! ¡Escóndete, si llegan les diré que te has pirado, que te has desvanecido! ―le grita a la cara con los dientes doloridos―. Así podremos esperar hasta que anochezca, y nos largaremos de esta puta ciudad. De este puto país de mierda. Tenemos que pirarnos de aquí…

En realidad, tuvieron que haberlo hecho mucho antes de que todo esto llegase a tener lugar, pero quién iba a decirles que su historia acabaría de una forma tan inmediata. El otro niega rotundamente. Huir. La palabra que ha regido su vida. Una palabra que le pesa, que le agota, que le entierra con cadenas y le echa la tierra por encima. Huir, siempre huir. Ya no tiene ninguna gracia.

―Necesitarán pruebas…

―Prendemos fuego a cualquiera de estas mierdas, las haremos pasar por tus cenizas…

―No será suficiente ―asegura el Otro―, no se lo tragarán…

Entonces aferra la mano del Chico, esta vez fuerza cariñosa, arrastrando la estaca hasta que la punta de plata se apoya contra su chaleco, haciendo que brote una pequeña e insignificante media de humo negro.

―Tienen que verme muerto.

―Entonces que nos vean a los dos.

―No puedo, ya he sido demasiado egoísta ―niega con suavidad―. He vivido todo lo que tenía que vivir, pero tú… Tienes demasiado por delante como para perdértelo.

―Lo único que no quiero perderme es lo que tengo delante, así que olvídalo ―prorrumpe, bajando la estaca con un profuso tirón que logra librarse del agarre del Otro―. Hoy no va a morir nadie. Encontraremos otra solución.

Los golpes son cada vez más intensos, más cercanos. Ya pueden distinguirse las voces más graves sin necesidad de escuchar hablar a las paredes, las pisadas son más fuertes sobre la moqueta de la escalera. Ya están aquí. El Otro se ríe por lo bajo:

― ¿Qué te hace tanta gracia?

―Tú, yo, lo nuestro, todo esto… ―asegura entre carcajadas angustiadas―. Somos una ironía andante. No creo que haya polos más opuestos, mundos más contrarios, y aun así…

―Eso tiene fácil arreglo ―afirma el Chico con sutileza, acercándose hasta sujetarle del cuello de la camisa―. Hazlo ahora, antes de que sea tarde. Ya no tengo nada que perder.

El Otro sólo logra rodar los ojos, recordando en orden todas las otras veces que esa misma propuesta fue soltada al aire. Siempre acaba surgiendo, por muchas explicaciones que trate de dar a su negación. No hay nada de fascinante en la condena eterna, y mucho menos estaría dispuesto a dársela a alguien que no merece tal castigo, a no ser que no quedara otro remedio. Pero queda, queda y lo prefiere mil veces antes que condenar otra existencia. Como él fue condenado.

―No es tan sencillo.

―Es tan sencillo como que me des una puta dentellada, ¿qué complicación hay?

―No se cambia de la noche a la mañana, estarías varios días con la peor gripe que conocerás en tu vida, porque literalmente estarás muriendo. En este mundo se muere. Tu padre te encontrará titiritando en el suelo, y te matará. No habrá servido de nada. Morirás en agonía.

― ¿Qué te hace pensar que haría eso?

El Otro rueda los ojos con venenosa tirria.

― ¿Por dónde quieres que empiece?

Los golpes ya resuenan en la trampilla de la buhardilla. Las cajas que la bloquean saltan ligeramente en el aire, pidiéndoles que se den prisa con su decisión. El sol prosigue con su ascensión al otro lado del ventanal tapado. El calor comienza a ser insoportable.

― ¡Me da igual, tú hazlo! ―implora el Chico, cerrando los ojos con nervio, los hombros encogidos. Ojalá no estuvieran aquí. Ojalá estuvieran en cualquier otra parte. Cualquier otra realidad.

El Otro tiembla.

―No quiero convertirte en un monstruo.

― ¡No ves que no lo eres! ¡Que me da igual cómo ellos nos llamen! ―prorrumpe desde lo más profundo de sus entrañas, donde las ideas encuentran su tumba―. No quiero seguir existiendo bajos sus estúpidas convenciones. ¡No si ello conlleva tanto odio, tanta violencia, tantos gritos! ¡Joder, no dejan de gritar, por todo! ¡Ya no lo soporto!

Las cajas comienzan a desplazarse sobre el suelo, las voces graves se abren paso a través del suelo, solicitando su invitación no deseada, dispuestas a arrancarla de sus gargantas si es necesario. Los murciélagos quieren escapar de sus cordeles. Pueden oler la pólvora caliente desde esta distancia. ¿Las balas de plata dejarán quemaduras a su paso?

―Acabarías arrepintiéndote ―sonríe el Otro, estirando sus finos labios. ¿Cómo coño puede sonreír en un momento como este?―. Pasarías horas observando a los que todavía conservan su humanidad, su libertad. Preguntándote, tratando de recordar cómo era el tenerla. En qué momento la abandonaste, si es que alguna vez la llegaste a poseer.

―Esa mierda está sobrevalorada, no la echaría de menos.

―En realidad, no somos diferentes ―insiste el Otro, llevando su preocupación hacia sus pupilas―. Es lo que ellos no entienden, y a este paso nunca lo harán. Una vez fui considerado uno de los vuestros.

―Les haremos cambiar de opinión…

―Ya tendrían que haberlo hecho.

Entonces se acerca con sutileza hacia el Chico, manteniendo el contacto con su mirada, ligeramente por debajo de la suya. No sabe cómo es capaz de mantener la tranquilidad a raya, cuando dentro de su pecho se bulle tal tormenta huracanada, pero ha de hacerlo por el bien de la cordura del Chico. Los golpes comienzan a levantar la tapa de la trampilla. Hay blasfemias, griteríos. Las cortinas de las ventanas parecen vacilar por un instante.

―En todo el tiempo que llevo así, sólo he sido capaz de encontrar una diferencia, algo que hace de la vida algo valioso, algo humano… ¿Sabes el qué?

A cada palabra, acorta la distancia entre sus pechos; a cada sonido, sus miradas penetran un poco más allá, llegando a rozar el alma, o lo que queda de ella. Y en este estado de trance, en este seductor engaño en el que el Chico se deja caer, es el momento en el que el Otro aprovecha para sujetar con ambas manos la muñeca ejecutora del Chico, atrayéndolo con fuerza hasta que siente la estaca hendirse en su pecho con absurda facilidad, atravesando lo que en un tiempo anterior fue su corazón, hasta que los nudillos del Chico golpean el chaleco y la punta de plata le sobresale por detrás de las costillas. En los labios del Otro brota como la amapola un hilo rojo, que florece cuando sus comisuras se extienden hacia los lados; varios alambres de sangre caen sobre su barbilla cuando abre la boca, enseñando sus afilados colmillos.

Susurrando:

―La muerte.

El Chico observa con horror la acción que jamás hubiera querido cometer, sustituyendo el miedo por el temblor, el temblor por el pánico, y soltando este último en constantes murmullos que aumentan hasta volverse alaridos, y esos gritos en auténticas perjuras que envenenan sus ojos, a medida que siente el peso del Otro caer sobre sus brazos, empujando a ambos hacia atrás. Trata de arrastrarlo con suavidad sobre el suelo polvoriento, con la estaca sobresaliendo y toda esa sangre ajena borboteando fuera de su cuerpo, empapando su camisa, su cuello, llegando a repasar las vetas del parqué como el mapa del inframundo. Sus manos flotan temblorosas sobre todo su pecho, sin saber cuál debería ser su próximo movimiento. Sin saber si sería lo mejor, decide probar a quitarle la estaca, pero tal y como demuestran los tirones que intenta dar, está demasiado hendida como para hacer el camino de regreso sin causar un tremendo dolor en el Otro.

―Déjala estar, está bien así…

― ¡La madre que te parió! ¡Qué has hecho! ¡Qué coño has hecho…!

―Lo que tenía que hacer ―sonríe, de la forma más amarga que sus labios jamás confeccionaron―. Devolverte la vida que me habías prestado.

El veneno en los ojos del Chico encuentra su salida a través de los lagrimales, que comienzan a emprender su camino de descenso, cayendo sobre la laguna de sangre, fundiéndose entre el óxido y el polvo, como gotas de placebo tratando de hacer sanar un agujero negro.

― ¿Por qué…? No… no lo entiendo…

―Algún día lo harás. Algún día me lo agradecerás.

Los hipidos que se forman en el pecho del Chico parecen querer decir todo lo contrario. No hay por qué culparle, todavía es joven. Todavía no es capaz de aceptar estas cosas. Algún día será capaz de verlo. Ya lo comprenderá, algún día. Todos acaban comprendiéndolo.

―Te odio…

Y el Otro no puede evitar soltar una dolorida carcajada.

― ¿Ves? Hasta en eso somos opuestos…

Y aun con las abrasiones emponzoñadas de las manos y la cara, aun con los ríos plateados del Chico cayendo sobre su cuerpo, con la sangre que no deja de manarle por la boca, no encuentra mejor forma de gastar las últimas fuerzas que le quedan en acercar sus rostros para fundir por fin ese espacio hasta convertirlo en uno; el mismo que, por muy lejos que los distancie el tiempo, jamás volverá a ser el mismo. Jamás volverá a dividirse. Y aun en la separación, aun en la agonía y la inminente despedida, todavía encuentran un momento en el que sonreír. Siempre hay tiempo para sonreír en la muerte.

― Hazme un último favor… ―susurra el Otro, con la voz cada vez más lejana―. Descorre esas cortinas.

El Chico titubea por unos instantes, sabiendo que de todas las malas decisiones, esa es una de las peores. Pero tampoco encuentra el valor para negarse ante esa mirada socorrida, suplicante, que aguarda paciente hasta que él se levanta para arrancar la tela del ventanal de un tirón, atrayendo la luz natural hacia el interior de la estancia, bañando de arriba abajo la figura del Otro quien, aunque reacciona al principio con un pequeño espasmo de sobresalto, al instante se deja llevar por los destellos dorados que se alzan cada vez más altos sobre el reborde recortado de la pequeña ciudad de Monroeville. El Chico recoge los pedazos de todas sus fuerzas para encontrar el valor necesario con el que acercarse y sentarse a su lado, dejando que el Otro se apoye contra su hombro, que se adormezca sobre él. Finas medias de vapor comienzan a salir de las superficies descubiertas de su piel, pero no parece importarle. El dolor ya no es más que un recuerdo lejano. Un viejo compañero de viaje dispuesto a dar su último adiós.

― ¿No lo ves? ―inquiere el Otro, con una amplia sonrisa dibujada en los labios ensangrentados―. ¿No es mil veces mejor que la oscuridad?

Al Chico le gustaría asentir, pero no se cree capaz de ello. Simplemente permanece con la mirada fija a la ventana, lágrimas corroyéndole las mejillas, dejando surcos que jamás serán capaces de sanar. De pronto, un agarre, unas manos ardientes que se entrelazan con las suyas, trasmitiéndole todo el calor que a él le está abandonando.

―…te quiero.

Y quién iba a decir que una frase tan sencilla, tantas veces repetida y tan resonada dentro de su cabeza, tan absurdamente simple, pudiera empeorar tanto las cosas. Pues en el momento en el que el Chico logra ponerlas a la altura de su garganta, el instante en el que gira la cabeza con el valor suficiente como para enfrentarse a ese destino, es el momento en el que descubre unos ojos vacíos, blanquecinos, abrasados por el amanecer prematuro, mientras pedazos de la piel del Otro se trasforman en ceniza, se desprenden sobre la sangre.

Un estruendo toma lugar, levantando las cajas por el aire, invitando a pasar a todos los convidados que se apresuran a introducirse por el agujero, con los puños en alto, las gargantas bien recargadas y las balas dispuestas. Los mismos que se detienen a pocos pasos, cuando descubren la escena que se dibuja sobre el cuadrado iluminado que el sol pinta en oro contra el suelo. Nadie dice nada. Al Chico no le importa. No le importa, porque nadie más sabe lo que acaba de tener lugar. A nadie le preocupa, nadie jamás se va a dar cuenta, porque nadie admitirá lo que ha pasado. Porque a estas alturas ya nada afecta a nadie, ni la sangre, ni los amaneceres, ni la plata, ni la luz, ni la oscuridad. Ni que el amor sea amor sin importar su forma, ni que las balas no sean capaces de destruirlo. Ni siquiera esas palabras que se han quedado suspendidas en el aire, capaces de tocar un único corazón, esas que nadie escuchará jamás. ¿Qué importa, en realidad, aquello que no puede cambiarse? ¿Qué importa, en fin, el cadáver de un monstruo? Porque eso es lo que son, aberraciones. Él también. Y con orgullo, porque al menos él es capaz de decir que amando, fue amado. Pero eso que importa. El polvo sigue siendo polvo. La libertad sigue siendo oscura.

Los amaneceres siempre son tempranos sobre Monroeville.

-SIUXXA-

 

Dejar un comentario