El amor siempre será la mejor cura

Hola a todos, me llamo Jack, tengo 12 años y soy un niño sin familia; mis padres me abandonaron nada más nacer por tener una enfermedad rara, muy extraña que ningún médico sabe diagnosticar. Con Lucía paso los mejores momentos de mi vida. Lucía es una de esas personas que ayudan sin esperar nada a cambio, que la coges cariño solo estando con ella medio segundo, que me entiende y sabe sacarme una sonrisa cuando me dan malas noticias… Ella es mi cuidadora aunque yo, desde bien pequeño, la llamo “súper mami “. Ella me cuida todos los días del año: cada hora, cada minuto y cada segundo. Sé que no es cómodo cuidar a un niño como yo, con una enfermedad que ni siquiera nadie sabe cuál es. Ella me cuida voluntariamente en el centro en el que vivo desde que nací. No es una casa como la de cualquier niño pero es mi casa y me gusta estar aquí. Sin embargo, a veces sueño con tocar los verdes prados que veo desde mi ventana, o bañarme en el mar y hacer como si fuese un pez, volar hasta las estrellas para ver la tierra pequeñita desde allí… Sólo puedo soñar porque no puedo salir siempre que quiero… Lucía, desde que nos conocimos, me ayudó a relacionarme con esas personas que en el centro también lo pasan mal y tienen que adaptarse a este hogar y, sobre todo al principio, no tienen a nadie que les pueda ayudar. Gracias a ella conocí a Amaya. Sé que lo que te voy a contar puede sonar ridículo y súper extraño: Amaya llegó al centro el mismo día que yo, tampoco puede salir al exterior pero imagina cómo sería su vida fuera. Somos vecinos de planta, compartimos mesa en las comidas y las cenas y ahora, somos compañeros de mesa en la clase en la que estudiamos 1º de ESO, aquí en el mismo centro, en nuestra casa. Sin embargo, lo que más me sorprendió cuando la conocí fue que ella tampoco sabía quiénes eran sus padres y que, como yo, tiene una enfermedad no diagnosticada. Desde hace un tiempo, cuando estoy con Amaya algo cambia en mí. Siento que me escucha, que le importo, que le preocupan mis problemas… Siento que me quiere. Juntos pasamos momentos tristes pero el otro siempre tiene su hombro dispuesto a soportar las lágrimas; dificultades que permiten que nos ayudemos mutuamente; la tensión cuando hay un examen o el cabreo cuando no nos salen los problemas de mate; también vivimos momentos felices y entonces reímos y disfrutamos. Somos como almas gemelas, como hermanos y sabemos lo que siente el otro en cada momento. Esta relación con Amaya ha conseguido que en muchos momentos nos olvidemos de nuestras enfermedades. Es verdad, hemos creído que no padecíamos ninguna enfermedad. Sin embargo, los años pasan y seguimos sin tener ningún diagnóstico sobre nuestra enfermedad y eso también nos preocupa. Como otros compañeros del centro, queremos salir a la calle, buscarnos una pandilla, ver una peli en el cine, comer pipas en un banco del parque, pasear por las calles del centro de la ciudad mientras comes un helado…pero eso todavía no es posible. Esta semana, Amaya y yo hemos tenido una idea: nos apetecía probar todas esas cosas prohibidas. El martes, nos levantamos más temprano, mucho antes de que se levantaran nuestros compañeros, y aprovechamos el momento en el que nuestros cuidadores de guardia se encargaban de abrir al panadero por la puerta de la cocina. Entramos en la portería y cogimos la llave que abre la puerta principal. Cuando abrimos aquella puerta tan grande de la entrada, nos paramos unos minutos para ver todo un mundo nuevo y bastante descocido para nosotros. Intenté imaginar cómo había sido mi entrada por esa misma puerta tantos años antes. Noté como por primera vez el aire, fresco de aquella mañana de febrero, acariciaba mi cara y como alteraba mi pelo. Oí la voz de Amaya que me animaba a continuar nuestra aventura. Estábamos solos, sin nada material, sin dinero y sin destino. No había ningún sitio al que ir pero quería ver todos: la calle, el cine, el parque,.. Sólo queríamos salir. De repente Amaya empezó a no poder respirar y su piel empezó a amoratarse. Ya no me sonreía y su mirada estaba perdida. Decidí avisar a súper mami, era la única que podía ayudarnos y entender nuestra aventura. Llegó rápido y cogió a Amaya antes de que se cayera al suelo. El médico atendió a Amaya. Para mí fueron los minutos más largos de mi vida. Amaya había tenido una crisis al salir a la calle. Su cuerpo no estaba preparado para la contaminación de fuera. Ese día me di cuenta de que aunque siempre había deseado salir y ser como cualquier otro chico de mi edad, el vértigo que sentí de perder a Amaya me hizo comprender que mi sueño está en vivir junto a ella, sin importarme dónde y disfrutando de todas esas cosas que tengo y que voy a procurar no perder nunca.

Sol y Luna.

 

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