Aparentemente…

El silencio se apoderaba de la habitación como la luz de una vela lo hace de la oscuridad. Del teléfono emanaba un ligero pitido agudo que resultaba chirriante, a la vez que reconfortante. Sara recostada en el sofá, recordaba los buenos momentos que había pasado con él, pero ahora la espera parecía incesante, su estómago se revolvía de solo pensarlo, qué la pasaba, era el miedo, la frustración o quizá el despecho lo que se apoderaba de ella. Puede que fuera simplemente el temor a la soledad, nunca había estado sola pero ahora en uno de los momentos más importantes de su vida sentía que nadie la acompañaba. Pero a lo mejor nada de lo que digo tiene sentido, será mejor que empecemos por el principio.

Nadie se conoce, nadie profundiza en las relaciones, vivimos aislados unos de otros, somos humanos deberíamos ser los únicos “animales” capaces de llevar a cabo relaciones más allá de los meros instintos biológicos. Sin embargo era ella la única capaz de fijarse en los pequeños detalles de las personas, esas cosas en las que nadie se fija pero que sin darnos cuenta son las que mejor nos caracterizan. Estas ideas dominaban los pensamientos de Sara, una chica de 18 años, que cursaba su último año de instituto, un año transcendental en el que dibujaría su futuro laboral el que marcará su vida para siempre; sus opciones eran psicología o medicina todo dependería de su nota. Sara no entendía como sus, llamémoslas amigas fingían conocerse, entre ellas, y compartían sus secretos con plena confianza, con gente que tan siquiera sabía lo que habían comido el día anterior. De un modo u otro veía como algo sorprendente que la gente no valorara la confianza y el respeto, una cuestión básica de principios. Muchos compañeros creían que era rara, que no encajaba, aunque ella hacía un esfuerzo tremendo por reírse con bromas estúpidas a las que no encontraba el sentido y otras muchas cosas de las que ahora se arrepiente. Su rareza radicaba en un pasado que nadie más que ella y su familia conocían; y dado que uno de los principales motivos para caracterizar a las personas son las apariencias ella como bien creían no pertenecía a ese conjunto.

La vida de Sara había sido complicada su padre, era soldado. Cuando se marchaba ella lloraba durante una semana, y rezaba todos los días pidiendo por favor que regresara sano y salvo. Pero un día alguien llamó a la puerta, un ruido armonioso procedente de la puerta cambio para siempre su destino. Ese ruido, ese momento, aún resuenan en su cabeza. Es el recuerdo de tan trágica noticia el responsable de su odio, o quizá miedo hacia los timbres, su mero sonido provoca que Sara se levante sobresaltada, que un escalofrío la recurro su fino cuerpo en menos de un segundo y un sudor frío invada su nuca como una fiebre que no termina. Desde entonces su vida nunca volvió a la normalidad. Su madre, enfermera de profesión, cayó en una profunda depresión; además su incapacidad para pagar las facturas hizo que se viera obligada a trabajar día y noche en el hospital para conseguir así unos ingresos extra, por lo que su hija quedo en un segundo plano. En realidad, y a pesar de su corta edad, Sara en ese momento lo afrontó sin ningún reparo; lo que la mantenía en vela cada noche era si la volvería a ver al día siguiente, pues dado su estado de salud no se extrañaría demasiado si cometiera una locura. Nunca conoció a su abuelo; pero será precisamente su abuela quien la críe; su visión del mundo era crítica y dogmática quizá eso influyó en la visión de Sara de las cosas. La educación que recibió se basó por tanto en una libertad moderada. Su abuela intentó enseñarla a comprender el mundo de manera objetiva, a desarrollar pensamiento crítico, a reflexionar antes de actuar, y sobre todo a intentar ver el mundo como debería ser y no como es, a través siempre de la crítica constructiva. Todo ello para no caer en el conformismo y para evitar que cualquier situación la influyera o cohibiera en su forma de actuar.

Su rutina era aburrida: se levantaba, desayunaba, siempre lo mismo, un cola cao y cuatro galletas, ni una más ni una menos, hacia su cama, cogía la mochila y antes de marcharse estampaba a su abuela un beso en la cara, tan sonoro que se podía apreciar el amor a kilómetros. Cuando llegaba a clase se mimetizaba con su grupo de amigas y fingía ser amable y comprensiva, aunque ella no sintiera ninguna de ambas; además mentía cuando la preguntaban acerca de cosas que ella no había hecho, para intentar “encajar” dentro de no saltarse el consejo de su abuela de dejar de ser uno mismo para que la sociedad te acepte. Pues como ella misma afirmaba si por selección natural fuere la mayoría no existiera pues copia, imita lo ajeno cuando la mayor riqueza, la mayor novedad está en uno mismo; y en vez de aprovecharlo lo aparta y acepta otra imposición del exterior, pues es más fácil guiarse por el conjunto que ser el grito en un mundo de sordos; pero -concluía- no hay más ciego que el que no quiere ver ni más sordo que el que no quiere oír.

Pero este año estaba decidida a que fuera distinto, su último año de instituto tenía que ser a lo grande, nada importaba ya. Unos meses la separaban de la universidad, momento en el que Sara creía que podría encontrar relaciones y personas más maduras que concordaran mejor con su visión del mundo, no que solo se preocuparan por su imagen y porque el chico popular o guapo se fijara en ellas. Precisamente era Sara la chica más guapa del instituto, aunque ella lo ignoraba por completo, era, precisamente eso, por lo que sus amigas la trataban como una más aunque no encajara; pensaban que si la dejaban sola seria vulnerar sus propias posibilidades, ante los chicos. Su cabello pelirrojo, rizado, atado en un moño perfecto de bailarina, y decorado por un pañuelo del color de su ropa, cautivaba a cualquiera que lo mirara, su sonrisa blanca hacia que sus dientes parecieran perlas, decoradas por un pintalabios del color de la sangre; pero todo se perdía con su mirada penetrante, sus ojos azules como el mar, parecían hechos a medida, eran el detalle perfecto para su tez blanca como la nieve. Era alta y su estilo único, en general, bastante pin up se basaba en los lunares y los vestidos estrambóticos pero nunca en ropa provocativa, ni faldas demasiado cortas, que era en lo que se inspiraban sus amigas.

Su sueño era ser psicóloga, aunque dadas las dificultades económicas de su familia, la incertidumbre se hacía clara y algunas noches la impedían conciliar el sueño. Se esforzaba en cada actividad, en cada trabajo, era ejemplo de esfuerzo, de motivación y persistencia. Se presentaba como una chica enigmática, pero de sus trabajos emanaba una esperanza irrefrenable por ser la mejor y lograr una beca que la cubriera sus estudios; motivo por el cual su vida social era bastante limitada, pues su falta de interés por mantener relaciones pocos profundas, se completaba con una falta de tiempo considerable en la que Sara demostraba que era la excepción que anula la regla. Procuraba que nada la distrajera de su objetivo, ni siquiera la persistencia de algunos chicos de su clase. Pero entonces el primer día de instituto, de su último año apareció él, un chico que cautivaba con solo mirarlo, y que de un modo u otro sus actos denotaban excepcionalidad, sus comportamientos, sus gestos no se parecían a los de los demás, y Sara con extrañeza se preguntaba qué le hacía diferente. Por qué tuvo que ser en ese momento, el punto de inflexión en la vida de cualquiera, (el último año de instituto, la selectividad…) que en algunos casos se dibuja más decisivo que en otros y en el de Sara era completamente determinante.

Cuando el muchacho entró por la puerta, todas las chicas se arremolinaron y comenzaron a colocarse el pelo como si un torbellino las hubiera despeinado en un ínfimo espacio de tiempo, al cruzar el pasillo. La expectación, la especulación, se convirtió de pronto en el centro de todas las conversaciones. Ante la llegada de aquel extraño joven, los chicos mostraron un fuerte rechazo, pues sintieron que sus posibilidades ante las chicas quedaban reducida a la nada, eran ínfimas las posibilidades que tendrían, si solo con su llegada todos habían pasado a un segundo plano, mientras que él sin conocer, ni hablar con nadie ya había creado furor entra las chicas. Por su parte las muchachas, cada una creyéndose más guapa y mejor a la otra se disponían a entablar conversación con el joven que se mostraba una actitud pasiva e indiferente. Estas actitudes son derivadas de los instintos, y permiten apreciar que muchos comportamientos que se desarrollan a determinadas edades, no son debidos a cuestiones biológicas o de la edad, como se suele decir; sino simplemente se debe a que nuestro instinto egoísta nos impulsa a creernos mejores y a intentar acabar con aquellos que vemos nos puedan suponer una rivalidad. Esto reflexionaba Sara mientras analizaba la situación, quien aunque también cautivada por la belleza de aquel joven parecía mantenerse neutral como si nada hubiera cambiado, mantenía la rutina de todos los años, y trataba la situación como si fuera un estudiante más sin valorarlo por su aspecto físico. Para Sara las relaciones no deberían basarse en la belleza, pues acaso somos nosotros quienes decidimos como ser, se preguntaba ella; es obvio que no, sin embargo como entes racionales podemos determinar nuestro comportamiento y actuar acorde a lo que creemos apropiado, apuntaba. Es por ello que veía de un modo irracional tratar a las personas de un modo u otro, según su aspecto físico.

Al entrar en clase las chicas desfilaron, una por una, por la mesa de aquel joven, que se había sentado en última fila para evitar cualquier atracción, objetivo que claramente no logró. Así los chicos supuestamente más guapos, catalogados hasta el momento como los más populares, del instituto, cada vez más enfadados (o quizá desesperados o frustrados), al haber perdido su habitual “club de fans”, esperaron pacientemente al momento del recreo, para defender y asegurar el mantenimiento de su popularidad. Fue en ese momento cuando amenazaron a aquel joven, como si hubiera asesinado a alguno de sus familiares. Sara aunque renegada al principio, intuyo la situación, se excusó de sus “amigas” diciendo que necesitaba ir al servicio, y allí encontró al muchacho sentado solo en la escalera de al lado del baño. Quizá ella debería haber intentado controlar la situación, mostrarse como una amiga y dar apoyo ante una situación de necesidad. Sin embargo se quedó ensimismada viéndolo de perfil; su estatura era lo primero que destacaba, claramente por encima de la media, su cara parecía de un hombre de más edad de al menos unos veinticinco años, y su sonrisa era como un destello de alegría y paz, por otra parte, sus ojos negros eran contrapuestos a los de Sara, y manifestaban cansancio, madurez y tristeza, aunque él intentaba aparentar felicidad aunque en realidad era obvio que no la sentía, sino que vivía en un estado de falsedad a probablemente para evitar dar más explicaciones que las, estrictamente, necesarias. Sara, obnubilada, perdió así la mejor oportunidad que tendría de hablar con él en al menos tres meses, el timbre sonó y despertó de ese falso sueño a Sara, que afrontó el resto de la mañana con unas ansias irrefrenables. Entusiasmada, al llegar a casa desbordaba alegría y sentó en su mesa de estudio con más inspiración que nunca. Su abuela viendo la situación en seguida se percató de que algo ocurría pero prefirió dejarla espacio.

Los tres meses siguientes se convirtieron de nuevo en rutinarios pero Sara encontraba en ellos más inspiración, emoción, motivación, para seguir luchando por entrar en la universidad. Durante estos tres meses Daniel, que así era como se llamaba el muchacho, había desarrollado un club de fans que abarcaba hasta los primero cursos del instituto; aunque a medida que pasaba el tiempo, él permanecía distante, y cada día parecía más entristecido a pesar de esa popularidad que se supone a cualquier hombre motiva. Entonces sucedió, se produjo una de esas ocasiones, uno de esos momentos efímeros que intentas coger pero se te escapan entre los dedos, ese momento en el que le tiempo se detienen o al menos a ti te encantaría que se congelara pues es uno de los mejores de toda tu vida. Uno de esos momentos que cuando recuerdas encuentras en ellos inspiración y motivación para continuar esforzándote y luchando aunque las fuerzas te flaquean. Una ocasión que no te planteas y que sin embargo constituirá una de las más trascendentales de toda tu vida. Pues así fue este instante, en el que Sara se sintió por primera vez en plenitud. El profesor de literatura propuso un trabajo, en él los estudiantes deberían interpretar una obra de teatro por parejas, además dichas parejas debían ser mixtas. Viendo el revuelo que esto ocasionó, especialmente en torno a la figura de Daniel, dijo en palabras textuales:

– Viendo vuestra incapacidad para poneros de acuerdo y actuar de manera racional seré yo quien forme las parejas y designe las obras.

Sus palabras resonaron en la cabeza de Sara, era obvio que ella no quería que la tocara con ninguno de los chico populares, cuya persistencia y sus muestras de interés por ella eran constantes, aunque las barreras que ella imponía eran prácticamente inquebrantables; aunque sus deseos de nada importaban pues nada dependía de ella. El profesor Aurelio comenzó a decir una lista que parecía interminable. A medida que avanzaba el ritmo cardiaco de Sara se aceleraba, comenzó a sudar de un modo que ni ella misma sabía que podía ocurrir. Fue en ese momento en el que Sara lo sintió. Sintió que ese instante seria de esos en los que presientes, que de un modo u otro, te van a cambiar la vida. Un instante ínfimo, que cambiará para siempre tu existencia. Son, por lo general escasos pero fácilmente reconocibles: tu cuerpo se siente profundamente extasiado, te falta el aire y lo único que haces es contar hasta tres, porque a la vez que con un mano quieres sostener ese instante de adrenalina, mantenerlo y apretarlo fuerte para que se prolongue lo máximo posible, con la otra le quieres empujarle para que acabe, antes de que tus sistemas fallen y te desmayes de la emoción. Entonces Aurelio dijo:

-Sara tu interpretarás Romeo y Julieta con… Daniel

Sus caras eran todo un poema, Sara más entusiasmada que en toda su vida dibujó en su rostro una sonrisa que no acabo en todo el dial. Por su parte la cara de Daniel era bastante enigmática y agachó la cabeza para evitar interpretaciones. En ese momento Sara se dió cuenta que había alguien aún más enigmático, menos expresivo que ella. Aunque todos parecían conocerle Sara creía que Daniel intentaba aparentar modestia y buenos modales, como hacía ella, y se entusiasmó con la idea de intentar conocerle durante los ensayos; al fin y al cabo quería ser psicóloga y esto podría ser un buen entrenamiento.

En el camino de vuelta a casa, su cabeza solo podía dar vueltas a las numerosas preguntas que quería hacerle a Daniel, una retahíla tan larga que la preocupaba no la llegaran las horas o perder demasiado el tiempo y no sacar un trabajo bien hecho. Ideó numerosos encuentros y ensayos en los que el romanticismo y la tensión eran los protagonistas. Su imaginación fue mucho más allá de su control, lo que provocó que se viera inmersa en un estado de plenitud, alegría y esplendor. Sin embargo nada ocurrió como ella esperaba.

El día siguiente fue un completo caos, el ensayo estaba programado para las cuatro pero Daniel no se presentó sin previo aviso, por lo que Sara estuvo dos horas esperándole con la esperanza de que en cualquier momento cruzara aquella puerta, sin embargo sus esperanzas fueron vanas. Sara no paraba de preguntarse porque alguien puede faltar a un encuentro del que no solo dependes tu sino también otra persona, era egoísmo, o simplemente ella era una ilusa que solo veía en las personas lo que la gustaría o esperaba encontrar; el enigma seguía abierto y al llegar a casa se la presentó otro imprevisto su madre y su abuela debían marcharse para arreglar unos problemas de las deudas y no sabían cuando iban a volver ni siquiera si llegarían para la graduación. Resulta que su Padre antes de morir había hecho un seguro médico, su muerte cercana a la fecha de contratación podría suponer un problema, pues la aseguradora intentaría no cumplir su parte del acuerdo, alegando que él ya sabía que se iba a morir. Sin embargo, si su madre y su abuela encontraban en la capital a un buen abogado que las ayudara a ganar el caso, eso significaría poder pagar las deudas y lograr llevar de nuevo una vida más despreocupada, en cuanto a asuntos económicos. Sara al conocer la noticia tuvo sentimientos encontrados por un lado felicidad pues la economía familiar no estaba en muy buen lugar. Y por otro lado tristeza, por un lado su única familia no iba a estar uno de los días más importantes de su vida, su graduación. Y además no entendía como la aseguradora, tan mísera y despreciable podría aprovecharse de una situación que tan tristeza y pesadumbre provoca a toda una familia; siendo su padre militar que hacen una labor de gran riesgo para defender los intereses comunes y mantener La Paz.

Y como lo que no mejora empeora, Sara se vio inmersa en una rutina de despropósitos en los que día tras día, Daniel no se presentaba a los ensayos o, los días escasos que se presentaba, no se sabía el guion. Así los sueños e ideales de Sara poco a poco se fueron tornando en frustración y odio, pero un día todo cambio.

Era un soleado jueves de abril cuya mañana ya se intuía como la de un gran día. Sara decidida a cambiar el destino de su trabajo de literatura estaba convencida, había reunido el valor suficiente para ponerse enfrente de Daniel y preguntarle qué ocurría. Sin esperar ni un segundo más, al llegar a clase se puso en frente suyo y le dijo en tono inquisitivo:

– Ya sé que somos humanos, el único ser que depende de las relaciones y no las cuida, el único ser capaz de pasar por al lado de otro e ignorarle por completo o el único capaz de degradar y humillar a otro de su misma condición. Pero no te entiendo, no te relacionas, no hablas y te muestras esquivo ante los demás. Al principio te creía enigmático e interesante, pero no alcanzo a comprender qué te pasa, entiendo que quizá el trabajo no te importe pero para mí es fundamental, pues intento cumplir mi sueño. Puede que, simplemente, seas egoísta, pero no me gusta juzgar a las personas sin conocerlas; entonces -concluyó- ¿a ti qué te pasa?.

– Él la respondió con actitud pasiva: luego hablamos

Sara se sentó en su sitio enfadada, con rabia, reprimiendo su ira que parecía vida a estallar en cualquier momento. La mañana se hizo, al contrario que muchas, eterna, parecía que las horas no pasaban y las esperanzas de ser la mejor de su clase se desdibujaban para Sara que solo pensaba en su ensayo. Ansiaba que Daniel la diera explicaciones, pero necesitaba que fuese ya porque si no iba a explotar de un momento a otro. Su estado anímico era tan frágil, como la cáscara de un huevo cualquier expresión, comentario o actitud fuera de lugar, suscitaba en Sara una reacción de rechazo inconsciente, pues su rabia invadía todo lo que la rodeaba. Pero era esa forma de actuar, qué la estaba pasando, qué hacía, en qué pensaba era despecho, miedo al fracaso, incertidumbre o quizá todo iba más allá.

Llego por fin el ansiado momento del ensayo, como todos los días, programado para las cuatro. Como cada jueves, era el único día que Daniel llegaba puntual, pero en este caso el ensayo se convirtió en una conversación profunda.

– ¿qué es lo que te ocurre? – dijo Sara- yo solo quiero ayudar

– No importa es mejor que no lo sepas entonces cambiará tu parecer sobre mí y eso no quiero que ocurra – dijo Daniel con voz melancólica

– Eso tendré que decidirlo yo, además te aseguro que no quieres saber lo que pienso de ti en estos momentos – respondió Sara con voz inquisitiva, a la vez que intrigada.

– Está bien – dijo él- solo dos condiciones: la primera no se lo cuentes a nadie y la segunda no quiero ver la mirada que veo en todos lo que lo saben

– De acuerdo -afirmó Sara

– ¡Me muero! – dijo Daniel con lágrimas en los ojos- tengo cáncer bastante avanzado y no estoy muy seguro de si funciona lo que me hacen. Intento no encariñarme con las personas nada más, pues eso solo traería dolor para los demás y para mí. Solo espero que esta nueva terapia funcione y quizá algún día sea como los demás.

Sara se quedó atónita no sabía que responder, decir, hacia donde mirar, como reaccionar una situación completamente desconocida para ella. Entonces Sara guardó la compostura y dio normalidad a la situación. Así entablaron una conversación que duró horas, en la que Daniel le explicó que se habían trasladado recientemente más cerca del hospital para poder recibir la atención que necesitaba, que por eso faltaba a los ensayos y que por eso había empezado ese año en el instituto pues no era una coincidencia fortuita un cambio en el último curso escolar. Se miraban uno a otro como si nada pasara. Sara sintiéndose en confianza también contó lo más relevante de sus dieciocho años de vida a Daniel. Así en unas pocas horas establecieron una confianza que ninguno de los dos había tenido nunca, una amistad que va más allá de los límites racionales, algo que todos de un modo u otro queremos tener.

La incredulidad dominó a Sara durante unos cuantos días; pero mereció la pena conoció a Daniel su “conciencia”; desde aquel día no se separaron. Ella iba al hospital en sus ratos libres para hacerle compañía durante la terapia y daban paseos imaginando historias de fantasía y aventura mientras ensayaban su obra. Uno de los días Daniel recibió la gran noticia: una operación que podría salvarle la vida, sería la misma fecha de la graduación pero dado el caso eso carecía de importancia. La noticia conmovió a los amigos que lloraron de la emoción.

Un encuentro fortuito resultado del azar por idea de un profesor hizo que ambos lograran lo que muchos no encuentran en toda su vida la verdadera amistad, sin prejuicios ni malas interpretaciones. Pasaron así los días previos a la graduación, con grandes nervios y sentimientos encontrados, por un lado el temor a la muerte de Daniel en la operación, y por otro la emoción del gran día de la vida de Sara en la que sabría se podría cumplir con su sueño de ser psicóloga.

El momento anterior al discurso fue ese momento, la sala estaba oscura, en la mesa un teléfono rojo y a su lado un sofá, era el lugar en el que debía esperar su turno para leer el discurso. El miedo se apoderaba de ella no sabía que hacer quería estar con Daniel pero a la vez ansiaba estar donde estaba. Su corazón latía al compás de una música de rock y sus piernas temblaban tan rápido que parecía fuese a caerse. Su nerviosismo la obligó a recostarse en el sofá; repasó mentalmente, una vez más, el discurso, y comenzó a recordar los buenos momentos que había vivido con Daniel para relajarse. Aunque había transcurrido poco tiempo desde que se conocieron, había innumerables detalles que merecía la pena ser recordados, como el momento de la vuelta casa cuando se enteró de lo que ocurría, en la que se sintió como una idiota por enrabietarse como una niña en una situación tan delicada como la que él vivía; o la emoción que vivieron el día que recibieron la noticia de la operación ,que ambos celebraron con gran entusiasmo, a pesar del miedo que esta imponía y que se dejaba entre ver entre abrazos y llantos. En ese instante Sara realizo una última reflexión de las muchas realizadas, en la que muestra su arrepentimiento por juzgar, finalmente, a Daniel. Pues aunque en un principio se mostró neutral, la explicación que encontró a sus faltas en los ensayos las basó en una visión egoísta y aparente de la realidad. La incoherencia de la sociedad nos marchita nos enfoca a pensar y actuar de una manera aunque nosotros desde la objetividad seamos contrarios a ello, así las apariencias determinan nuestra condición y un primer encuentro puede dibujar un futuro ficticio que no deje posibilidad a ninguna demostración posterior. Es por ello que todos deberíamos abolir esa incapacidad para mostrar interés por los demás, y hacer un esfuerzo pues como en el caso de Daniel puede que lo único que nos ocurra es que tengamos miedo e intentamos evitar nuestro dolor y el de los demás. Así una sociedad basada en la hipocresía, como la actual, no puede funcionar pues es inviable, pero transformarla requeriría que los hombres dejaran de ser tan autodestructivos para, así, poder alcanzar un estado de confianza, que permitiera a las personas compartir sus momentos e impresiones. Pero para ello son necesarias dos condiciones abolir el egoísmo y dejar de tratar la sociedad como un ente ajeno a nosotros pues todos formamos parte de ella y tenemos el deber de mejorarla, pues creernos ajenos a ella reafirma la visión individualistas de cada cual. Pero cada uno tiene que desarrollar pensamiento crítico, para ser capaz de deducir sus propias conclusiones, puesto que lo aparente…

Hipócrito.

 

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