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Gala iba leyendo por la calle Burgos, muchas niñas de su edad estaban de compras, iban de tienda en tienda, mirando ropa y comprando accesorios.

A ella no le gustaba ir de compras. No era pija, ni presumida, ni le gustaba ir muy arreglada, es más, siempre llevaba una coleta mal hecha y unos vaqueros rotos, con cualquier camisa. Gala era guapa, pero no le gustaba fardar, y no se daba cuenta: tenía los ojos verdes claros, el pelo rizado y castaño, y un puente de pecas que pasaba por su nariz de mejilla a mejilla. Sus bonitos ojos apenas destacaban, ya que llevaba unas gafas redondas y casi nunca se las quitaba. Cómo ya he dicho, Gala no vestía especialmente bien, ni iba guapa a todas partes. A diferencia de muchas niñas de su edad, le gustaba leer, la historia y las películas psicodélicas. También le gustaban los gatos, de hecho, tenía una gata.

Pero centrémonos en lo importante; Gala iba leyendo por la calle Burgos, cuando chocó con un niño. El niño tenía el pelo negro, unas gafas de sol negras y ropa más bien sencilla, aún así bonita. En la mano llevaba un bastón blanco con la punta de goma negra, en la otra mano, llevaba un reloj, el cuál cayó al chocar con Gala y se partió en pedazos, al ser atropellado por un coche. Gala se apresuró a pedirle disculpas, e insistió en comprar uno igual, o al menos invitarle a algo para compensarle. El chico soltó una carcajada y tranquilizó a Gala.

– No pasa nada, ¿sabes? Era ya muy viejo, funcionaba mal, hasta me has hecho un favor.- dijo con sorprendente tranquilidad- Por cierto, soy Jorge, estoy aquí de vacaciones, ¿cómo te llamas tú?.- Gala estaba sorprendida, le rompía el reloj y él sólo le había preguntado su nombre.

– Me llamo Gala, encantada.- dijo con la voz temblorosa y estirando la mano a modo de saludo. Luego recordó que era ciego y la bajó en seguida. Se rascó la nuca incómoda- ¿Te invito a un helado?- Estaba tan nerviosa que no pudo decir otra cosa. Jorge sonrió.

– ¡Por supuesto!, pago yo.

– Ni hablar, yo pago, he sido yo la que te ha roto el reloj.- dijo avergonzada.- Vamos, se una heladería estupenda al lado de los Jardines de Pereda.- Le cogió de la mano y le llevó hasta la parada del autobús, donde cogieron la línea 1, que llevaba directa a los Jardines de Pereda. Bajaron del autobús y cruzaron la calle en dirección a la heladería. Entraron en el establecimiento, un chico joven de unos veinte años les atendió.

– ¡Gala!, ¿a quién me traes por aquí?- preguntó el chico con una sonrisa de oreja a oreja.

– Hola Isaac, este es Jorge, le he roto el reloj sin querer, así que le he invitado a un helado.- Hizo una pausa, luego giró la cabeza hacía Jorge.- ¿De qué lo quieres?- preguntó recitando los sabores que había. Acto seguido miró a Isaac- Yo, lo de siempre: Un helado de yogur y mango…

-Con trozos de melocotón.- Isaac terminó la frase con una pequeña risa, mientras se giraba a preparar el pedido. Jorge había escuchado la conversación hasta el momento que decidió intervenir, más que nada por que ya había decidido que su helado sería de yogur con chocolate y sandía. Los dos niños se sentaron en una mesa y estuvieron un rato callados, saboreando el suave sabor de sus respectivos dulces. De vez en cuando, Gala empezaba una conversación de la nada y rompía el silencio que se acomodaba entre los tres. Cuando acabaron, se despidieron de Isaac y caminaron hasta Los Jardines de Pereda, dónde se sentaron en un banco.

Gala sacó su libro discretamente y se puso a leer. De vez en cuando se oía el roce de las páginas, o un suspiro de Gala. Jorge también lo oyó.

– Estás leyendo, ¿verdad?- preguntó el niño. Gala dejó de leer y cerró el libro en seguida. Un sudor frío apareció en su frente.

– Lo siento. No debería haberlo hecho.- susurró la chica. Jorge se giró con expresión confusa.

– ¿Qué dices? No me refiero a eso. Es que…- pausó un momento su voz para elegir las palabras y continuó.- Yo nunca he leído nada, claro. Solo me leían algunos cuentos de pequeño.- suspiró cabizbajo. Gala se tapó la boca con la mano.

– Eso es terrible. Leer es tan bonito.- hubo unos segundos de silencio y luego sonrió cómo si hubiera tenido una idea magnífica.

– Tú no puedes leer.- le dijo a su amigo.

– Pues no, es lo que te acabo de decir…- empezó Jorge, pero Gala lo interrumpió.

– Pero yo sí.- dijo sonriendo, aunque él no lo vio, entendió perfectamente la intención de Gala.

– ¿Quieres leerme tu los libros? ¿De veras harías eso por mí?- preguntó el chico emocionado. Gala rió de emoción y asintió, pero se dio cuenta de su error y le dijo que sí. Después de leerle la sipnósis de varios libros, Jorge eligió uno y Gala sonrió, abriendo un libro por la primera página y empezando a leer.

Pasó la tarde leyendo y leyendo, estuvieron paseando por el parque, se sentaron en el puerto y leyó con las olas de fondo, leyó bajo un árbol y en dónde se les ocurrió, hasta que llegó la noche y no hubo más luz que la de las farolas amarillentas que iluminaban las aceras, y se tuvieron que ir a sus casas. A Jorge le había gustado tanto el libro, que quería terminarlo, así que Gala le leyó de camino a su hotel, hasta que se tuvieron que ir cada uno por un camino.

Las semanas siguientes de verano se resumieron en batidos de la heladería de Jardines de Pereda, libros de la biblioteca municipal, y largos paseos por la bahía. Les gustaba alejarse un poco del ruido de la ciudad, así que se iban de punta a punta del puerto, paseando por la playa o los muelles donde atracaban los barcos. Gala leía pacientemente todas y cada una de las líneas de los libros, y Jorge iba tanteando el camino con su bastón blanco. A veces iban a la playa simplemente a bañarse, o iban a alguna exposición, incluso quizás a las ferias o algún concierto.

Un día caluroso de Agosto, cuando no podían pasear por la playa abarrotada de turistas, se cobijaron bajo un enorme árbol en el parque de la Magdalena y disfrutaron de las vistas a la playa. Estaban cansados, hacía calor, y tenían mucha, mucha sed. Por suerte, aún conservaban su batido, que agradecieron bajo el tremendo sol que azotaba. Se recostaron en el tronco del árbol, Gala suspiró y se quitó el sudor de la frente.

– Hace un calor terrible.- dijo mientras miraba a Jorge. Este se quedó callado.- Gala se extrañó.

– Hace un calor terrible.- repitió un poco más alto. Pero no obtuvo respuesta alguna. Se reincorporó y posó la espalda en el árbol.

– Oye, ¿me estás escuchando?- le dijo algo molesta a su amigo, que no había movido un músculo.

– Jorge, eh, vuelve.- murmuró Gala. Jorge inclinó la cabeza y comenzó a llorar. Gala abrió mucho los ojos, y cómo un auto reflejo, le abrazó.

– Jorge, ¿qué sucede?, ¿algo va mal?- Gala estaba preocupada por él. Jorge levantó la cabeza, se secó las lágrimas y suspiró profundamente.

– Me voy. A final de verano. Vuelvo a Barcelona.- Jorge volvió a hundir su cabeza en las rodillas y comenzó a llorar de nuevo. Gala estaba paralizada: nunca había entablado una amistad con nadie como lo había hecho con Jorge, y ahora se iba a marchar. Y a Barcelona, estaba muy lejos, no le volvería a ver en una eternidad, o lo que era peor, nunca. Las lágrimas no tardaron en acudir a sus ojos. Estuvieron abrazados unos minutos, llorando en silencio. Ambos sufrían por el otro, no querían separarse, sin embargo, Gala alzó la cabeza y se levantó.

– ¿Nos vamos a separar en una semana y estamos aquí llorando? Quiero que sea la mejor semana de todo el verano.- Jorge sonrió, tenía los ojos rojos e hinchados de llorar, pero aún así se levantó y le dio la mano a su amiga. La semana transcurrió lentamente y los dos estuvieron más unidos que nunca, se pasaban los días juntos, desde por la mañana, hasta el anochecer. Gala le leía de camino a la heladería, de camino a la playa, de camino a su casa y en todo momento. Fue la semana más larga, y la mejor sin duda de todo el verano. Lo pasaron en grande: fueron a la playa, salieron de fiesta el viernes, y cenaron juntos en un restaurante de comida rápida. Pero el verano tocaba a su fin, y cada uno tenía que volver al colegio. El día antes de marcharse, salieron a cenar a una pizzería, y luego fueron a la playa. Pasearon largo rato y luego se tumbaron en la arena. Las luces de la ciudad se reflejaban en el mar y el cielo estaba recubierto de estrellas. Gala se sentó en la arena y miro a Jorge, él no veía, pero sabía que le estaba mirando, así que hizo lo mismo y dirigió su cabeza hacia ella también.

– Te vas mañana. ¿Hay algo que quieras decirme?- dijo Gala sin dejar de mirarle. Jorge aguantó la respiración por un momento, y finalmente, habló.

– Pues sí… Creo que en todo este tiempo me has empezado a gustar.- cuando dijo esto bajo la cara. Gala sonrió tímidamente.

– Jorge, creo que a mí también me gustas.- dijo mirándole aún. Jorge volvió a alzar la mirada. Se miraron y Gala se acercó más a él, puso su mano en la mejilla de su amigo con dulzura. Y Se besaron. Fue un beso ciego y torpe, era de noche, así que ninguno de los dos veía nada, pero fue tan bonito como si alumbraran mil luces a su alrededor. Fue un beso largo y estuvieron largo rato en la playa, bajo el cielo estrellado, hasta que se durmieron.

Despertaron en la playa y era de madrugada, los dos se levantaron y caminaron de la mano hasta el hotel de Jorge, cogieron la maleta y caminaron hasta la estación. Jorge subió al tren y se acomodó en un asiento. Gala le miraba desde el andén con los ojos brillantes, a punto de volver a llorar. Jorge lo habría dado todo por verla aunque fuera sólo una vez y poder despedirla sin estar a ciegas.

Lo más probable era que no se volvieran a ver, así que Jorge no se lo pensó dos veces; bajó corriendo del tren y la besó de nuevo, ésta vez con prisa pero sin pausa, cómo queriendo parar el tiempo y quedarse así por siempre, con mil lucecitas de colores a su alrededor, con esa sensación que les recorría por dentro. Por un momento solo estaban ellos dos en el mundo, pero cuando se separaron lentamente, volvieron a ver el andén y oyeron el silbato del tren. Sonrieron, se abrazaron, y Jorge se volvió a subir al tren. Jorge se despidió desde la ventanilla de su asiento y Gala corrió hasta que perdió de vista el tren. Jorge agitaba la mano en el aire enérgicamente a modo de despedida. Sólo cuando notó el sonido del túnel a su alrededor dejó de agitar la mano. Revisó su mochila para coger los auriculares y palpó un libro, cosa que le extrañó porque no tenía ningún libro. Pero no era cualquier libro, era un libro con relieve, un libro en braile. Jorge rozó la portada del libro con las yemas de los dedos y sonrió. Al principio del libro había grabada una frase en braile:

“Yo te leí libros en todos los caminos de Santander, ahora lee tú, y crea tu propio camino. Gala.”

FIN.

Lunnaris.

 

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