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Celda X

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Nuestra historia comienza en la vieja ciudad de Berlín, Alemania. Ojalá sepa haceros

entender lo que sentía yo compartiendo momentos con ella. Ella, una persona cuyos ideales,

fuerza e inteligencia la elevaban a un nivel superior. La conocí por casualidad; pero, en fin,

las mejores cosas llegan sin buscarlas y por casualidad.

Recuerdo cómo ella se encontraba comprando rosas, de esas rojas que siempre nos llaman la

atención, aunque lo que llamó la mía fue Violet. No era propio en mí pero, decidí hablarla,

sentí ese famoso impulso provocado por el "ahora o nunca". Me observaba con esos ojos

grandes, profundos y brillantes. Aquellos ojos te contaban su vida entera, una historia

profunda. Para mi sorpresa y quizás más para la suya porque, no es usual que un desconocido

te aborde de esa manera mientas haces recados, acabamos entablando conversación.

Una conversación tonta, pero que nos llevó a entablar muchas otras en diferentes ocasiones,

es decir, nos dio pie a más veladas, a cada cual más interesante. Cada vez me atrapaba más.

Constantemente yo quería aprender de ella, saber más acerca de su vida. Por una vez, después

de tanto tiempo volví a sentir calor en mí. Recuperé esas ganas de enamorarme, de compartir

mi vida, mis ilusiones, mis expectativas… en mi cabeza todo era idílico. Sin embargo, no me

parecía que este sentimiento fuese mutuo. Violet se mostraba entretenida hablando conmigo,

agradecida porque alguien se interesase y preocupase por ella, pero había algo que impedía

que nuestra relación terminase de fraguar.

Esto me suponía algo de frustración. Era muy duro para mí ver cómo encontraba a mi otra

mitad. Una persona que era libertad. Su mente, inusual, con aires locos y firmes creencias, era

como una casa para mí. Una casa en la que dispones de todo lo necesario para ser feliz. Pero

me temo que esta no era época para sacar a relucir una mente como la de Violet.

En Alemania corrían tiempos muy difíciles. No había libertad de ningún tipo, no había una

democracia, no había igualdad y los ideales humanistas estaban muy perdidos. Las

dificultades que atravesaban nuestro país incitaron al odio y la intolerancia, Grandes

movimientos totalitarios calaron hondo entre la gente desesperada. Gente que no quería

recapacitar y pararse a pensar, sólo buscaban culpables a los que señalar y hacerles pagar.

Mi relación de amistad con Violet seguía adelante, pero ella parecía cada vez más preocupada

y entristecida. Intentaba por todos los medios que fuese lo más sincera conmigo y que se

sincerara. No conseguí sacar nada en claro. Se limitaba a lanzarme una sonrisa de las suyas,

de esas que te dicen que todo va bien.

Quedábamos todos los fines de semana, lo recuerdo perfectamente. Me dirigía a nuestro

punto de encuentro habitual, una vieja cafetería que se encontraba entre su casa y la mía. No

llegó. Ni ese fin de semana, ni el otro, ni el otro. La busqué, la llamé, intenté saber de ella

más sólo conseguí saber que Violet se había marchado de Alemania.

La desesperación dejaba huella en mí. Su ausencia y lo que provocaba en mí se empezó a

hacer notable en mi apariencia. Cada vez me notaba más débil, desganado, sin motivación.

Violet era como ese viento que te empuja y te hace avanzar, y yo sin ese viento no era nada.

Una mañana, mi padre entró escandalizado y con el periódico en la mano. Antes de proceder

a contar lo sucedido debería aclarar que vivo en una familia extremadamente conservadora, lo

que normalmente llamamos ser de extrema derecha. Como iba diciendo, la furia consumía a

mi padre. Ninguno en mi casa terminaba de comprender lo que le sucedía a mi padre, se

escandalizaba tanto cuando leía el periódico… Al fin mi padre comenzó a hablar. Una mujer

estaba llevando a cabo una gran expansión de las ideas comunistas por Rusia, contando con el

apoyo de grandes masas trabajadoras. No sois conscientes de lo que significaba para mi padre

ver a una mujer emprendedora e independiente y encima de ideología comunista. Esta noticia

sólo agravó su odio hacia dicha ideología. Dejó caer el periódico al suelo y se marchó a

dormir.

Yo, con el fin de distraerme decidí coger el periódico y revisar la noticia. Lo abrí, y nada más

hacerlo y buscar el famoso artículo acerca de aquella mujer vi una foto. Nunca jamás hubiera

imaginado lo que mis ojos estaban viendo. Era Violet. Aquella foto le plasmaba a ella en la

famosa Plaza Roja de Moscú dando un discurso, y a un montón de gente escuchándola. Esa

imagen transmitía puramente su esencia. La mujer libre, revolucionaria, valiente,

inteligente… se había marchado por defender sus ideales. Se había marchado a despertar el

espíritu revolucionario que se encuentra en el interior de las personas. Se fue sola, sin miedo,

y con su convicción y su fuerza como única defensa. A pesar de que ella no me dio ningún

tipo de explicación acerca de su viaje a Rusia, cada vez la admiraba más.

No supe cómo reaccionar ante todo esto. No sabía si ir hacia donde ella, si dejarla ir. No sabía

qué hacer. No sabía qué decir a mi familia. Pasé varios días meditando, con el artículo

encima de la mesa, leyéndolo miles y miles de veces. Definitivamente, mi cabeza loca

decidió ponerse de acuerdo con mis sentimientos. Ambos me dictaron que tenía que ir con

ella, que tenía que estar a su lado. En este momento empecé a comprenderlo todo. Fue aquí

cuando conseguí ver que aquello que la frenaba y distanciaba de mí eran las diferentes

corrientes ideológicas. Por fin pude verlo. Ella sabía perfectamente a qué partido pertenece

mi familia, y comprendo su miedo perfectamente. Se acabó, tengo que prepararme e ir.

Si revelaba todo esto a mi familia supe que no conseguiría nada más que complicar mi

camino, Me fui sin decir nada. Me marché al igual que se va una estación, sin hacer ruido y

dejando mi notable ausencia.

Emprendí mi viaje la noche de un domingo, completamente sólo. La verdad que mi problema

no era llegar a Rusia, tenía el suficiente dinero para permitirme un buen tren que me llevara;

mi problema era encontrar a Violet una vez estuviese allí.

El viaje en tren fue tranquilo, cómodo y reconfortante. Nunca había viajado tan lejos de casa

y mucho menos solo. El recorrido comprendía unas cuantas paradas y debido a la nieve se

nos avisó de que en algunas ocasiones el tren tendría que detenerse, por lo que mi llegada

estaba prevista para dentro de unos tres días aproximadamente. Durante mi trayecto, estuve

planeando qué lugares visitar en busca de Violet, lugares donde poder investigar e

informarme.

Por fin, llegué a Rusia. Nada más bajar del tren vi una ciudad preciosa, fría pero a la vez

ardiente, discreta pero con mucho potencial; me encajaba tan bien con Violet… Empecé mi

recorrido en busca de información. Los primeros tres días no conseguí gran cosa salvo saber

de la existencia de una persona que iba a todos los discursos que daba Violet. Tras muchos

esfuerzos, conseguí ponerme en contacto con dicha persona. Se llamaba Giorgio, era un

comunista exiliado de Italia y compañero de Violet en la universidad. No podía decirme

dónde se encontraba Violet para garantizar su privacidad y protección, más aseguró que

terminaría llevándome con ella en cuanto tuviera oportunidad.

Empecé a verme con Giorgio todos los días. Poco a poco fuimos haciéndonos buenos

compañeros. Se encargó de enseñarme Rusia, enseñarme cómo estaba funcionando todo y

cómo vivía la gente. Desde que Violet consiguió expandir sus ideas y dar esperanza al país

todos se sentían más fuertes y unidos que nunca. Yo siempre la vi capaz de llevar adelante

todo lo que se propusiera.

De mi amistad con Giorgio conseguí informarme un poco más acerca de Violet. Me enteré de

que estuvo trabajando unos cuantos meses en la universidad como profesora de Ciencias

Políticas. También me enteré de que creó una asociación para gente sin recursos y ella se

encargaba de distribuir alimentos, ropa, mantas… Pero, a diferencia de otras asociaciones, ella

no discriminaba a nadie por su ideología, raza, país… eran ayudas al margen de todo esto. La

impotencia recorre mi cuerpo. Me duele en el alma ver como ella vive para los demás, para

ayudar; sin pedir nada a cambio. ¿Por qué no sabemos ver más allá de la política? ¿Por qué

esta tendencia a etiquetar a las personas? ¿Acaso es más importante esto que todo lo bueno

que puede aportar una persona? Lo peor, es que todos pecamos de este error en mayor o

menor medida. Ojalá poder parar todas estas diferencias. Qué tristeza formar parte de la

"cultura del envase", donde sólo sabemos apreciar el exterior de una persona, y las primeras

impresiones que nos causa.

Por fin llegó el día, Violet iba a dar otro discurso cerca de donde yo me alojaba. Fui a todo

correr y me incluí entre la multitud. Yo no veía hombres, veía ideales hechos personas. Veía

gente dispuesta a luchar por sus derechos costase lo que costase.

De repente se hizo el silencio, entró un hombre alto y fuerte y se puso sobre el pequeño

escenario ante el que estábamos reunidos. Comenzó a recitar un discurso en ruso, y todo el

mundo le seguía. Yo, al desconocer aquel idioma no supe muy bien qué estaba pasando. El

hombre abandonó el escenario y se volvió a hacer silencio. Pasaron unos cuantos minutos y..

de repente entró, era ella, era mi Violet. Comenzó a hablar. Al poco de esto, vino Giorgio;

por suerte él sí sabía ruso y me lo pudo resumir un poco todo. En verdad a mí todo esto no me

hacía falta, porque ver la energía que demostraba, su valentía y la pasión con la que hablaba

me era suficiente para que su discurso calara hondo en mí.

Una vez acabó de hablar, bajó junto con los demás y estuvo hablando con la gente,

escuchándoles, informándose de qué les hacía falta. Yo la veía a lo lejos, la gente me impedía

llegar hacia ella. A medida que Violet dialogaba con sus oyentes, podía acercarme un poco

más e intentar hablarla. Tras mucho tiempo de espera conseguí tocarla para que me hiciera

caso. Me miró, no se creía lo que estaba viendo; no dábamos crédito. Es maravillosa esa

sensación. Volver a mirar fijamente sus ojos era como volver a casa después de la guerra,

como refugiarte de una tormenta, como encontrar miles de diamantes. Aquel reencuentro fue

inolvidable. Nos alejamos de la zona y nos dirigimos hacia las oficinas donde Violet lo

organizaba todo. Una vez llegamos y pudimos estar solos y tranquilos, aprovechamos para

ponernos al día. No me contaba nada nuevo, Giorgio me había contado muchas cosas,

sumado a la investigación que hice hasta llegar a Violet.

Clara estaba una cosa, quería estar con ella, no quería separarme de ella otra vez. Preocupado

por nuestra situación, le saqué el tema. Me daba igual cuándo, cómo, y dónde, pero quería

irme lejos de los conflictos y poder vivir la vida que nos merecíamos y que el tiempo egoísta

nos había arrebatado. Ella no lo tenía tan claro, una vez más, sus ideales volvían a estar por

encima de todo. Se había hecho tan fuerte, había logrado tantas cosas. Pero, mientras ella me

hablaba yo no paraba de mirarla fijamente a los ojos. En ellos seguía viendo convicción y

fuerza, pero esta vez poseían un brillo que pedían calma, normalidad; el dilema quedaba

reflejado en su mirada. Dicha cuestión no fue aclarada pasados unos días.

Violet por fin tomó una decisión, quería venirse conmigo. Trajo todo planeado, quería

marcharse a Ámsterdam, allí ella tenía familiares con los que alojarnos. Además de esto nos

consiguió trabajo, ambos trabajaríamos en el conservatorio de la ciudad, ella como profesora

de piano y yo de guitarra y violoncello. Había muchos aspectos en los que nos

distanciábamos, pero la música siempre le puso remedio. Partíamos esa misma noche.

Antes de irnos, Violet fue a despedirse de Giorgio y de sus camaradas. Recogimos lo poco

que teníamos y, con nuevas esperanzas y ansias de un futuro mejor, partimos. El trayecto era

un tren. No disponía de tantos lujos como el tren que tomé hasta Rusia pero al lado de Violet

ese tren me parecía el paraíso. Nos esperaba un largo viaje.

La noche era fría, tranquila y silenciosa. Violet estaba acurrucada a mi lado. Me levanté y me

dirgí a comprobar si nuestro equipaje seguía en su sitio. No hice más que llegar al cuarto de

equipajes cuando escuché un fuerte grito. El tren se detuvo tan bruscamente que me caí y mi

cabeza impactó contra la puerta del cuarto, quedándome inconsciente. A la mañana siguiente

desperté, el tren se encontraba vacío, estaba claro que la gente había huído. Violet no estaba.

Otra vez la había perdido. Por suerte, el tren apenas había avanzado, asique me dirigí otra vez

a Moscú. Una vez llegué, estaba completamente vacío. No entendía nada. Fui a casa de

Giorgio y él tampoco estaba. Me dirigí a la oficina de Violet. En el despacho tampoco había

nadie, lo que sí que había era una carta. Estaba firmada por Giorgio, lo cual me resultaba

curioso. Por lo que se ve Giorgio también estaba en el tren, quería protegernos. Violet estaba

secuestrada por los servicios de extrema derecha alemana. Giorgio consiguió escapar y volver

a Italia. La noticia me dejó destrozado. Por suerte Giorgio antes de marcharse me dejó todos

los medios necesarios para volver a Alemania. Me dejó dinero, billetes de tren, ropa de

invierno y comida para el viaje. Nunca volví a verle.

Sin pensarlo volví a la estación y cogí el primer tren que me llevara a Berlín. Me subí

dispuesto a encontrar a Violet, la encontré una vez puedo encontrarla otra. Pasaron dos días

hasta que conseguí llegar. Una vez pisé suelo alemán me sentía un extraño. Ya no sentía que

aquella ciudad, la que me vio crecer, fuese mi hogar. No me atreví ni por asomo pisar la casa

de mis padres. No sabía por dónde empezar a buscar a Violet. Ante la duda, me dirgí a la sede

central del gobierno alemán. Estaba demasiado bien protegido y viendo las tensiones

existentes y los tiempos que estaban corriendo, no me quedaba otra que intentar colarme.

Giorgio por suerte me había dejado un traje seminuevo entre la ropa que me dejó. En un

momento me cambié, me arreglé un poco el tupé y me dispuse a infiltrarme. Aunque en estos

últimos días hubiera perdido algo de peso, el traje me quedaba como la seda, siempre tuve la

altura y la planta necesarias para saber lucir un traje.

Tenía que aparentar tranquilidad. Una vez estuve dentro no supe dónde buscar. Procuré

mantener la calma y así mantener la calma. Exploré todos los pasillos, todas las salas, hasta

que elevé la mirada y vi un pasillo más oscuro que todos los demás.

Ante mi desesperación, decidí entrar. El sombrío pasillo constaba de 12 puertas metálicas,

anchas, pequeñas y numeradas. No se oía nada. Me imaginé que serían celdas, aunque más

tarde acabé descuriendo que se trataban de cámaras de tortura.

No era de mi agrado estar en aquel pasillo. Fui avanzando, en cada puerta me tomaba unos

minutos para apoyarme e intentar escuchar alguna señal de vida. A medida que avanzaba,

dejaba atrás la puerta 1, la puerta 2… así sucesivamente. Mi ansiedad por indagar por aquel

pasillo iba en aumento. Finalmente en la puerta número 10 di con la bufanda que portaba

Violet la noche que desapareció. Dentro se oían un sinfín de llantos. No había duda, ella

estaba dentro.

No me quedaba otra que actuar. Retrocedí hasta un gran salón que se encontraba en el centro.

Estaba abarrotado de gente. Disimuladamente, me acerqué a una mesa con abundante comida

y bebida y cogí una pequeña botella de cristal. Me alejé un momento, junto con esa botella y

otros artefactos que llevaba encima fabriqué un cóctel molotov. Vuelta al salón, me aseguré

de encontrarme cerca de la chimenea, la cual tenía cerca enormes cortinas las cuales eran

perfectas para iniciar un incendio. La gente se empezaba a percatar de mi presencia, asique,

sin más dilación lancé el cóctel contra la chimenea.

Fue inminente, la gente corriendo espantada, las señales de alarma, el desastre, el caos… el

edificio empezaba a quedarse desierto por momentos. Para no levantar sospechas, permanecí

escondido en un pequeño cuarto alejado del fuego, Esperé unos minutos para poder salir y me

dirgí otra vez hacia las celdas. Todo estaba saliendo a la perfección.

Las celdas se encontraban abiertas, los prisioneros estaban tan destrozados que no tenían

fuerzas para huir. Llegué a la celda 10, y ahí estaba mi amada Violet. Era horrible. Estaba

llena de moratones, extremadamente delgada, llena de sangre. No me demoré mucho en

contemplar aquel horror, asique la cogí y rápidamente salimos de aquel edificio.

Era de noche, cargué con Violet durante un par de horas por las vías del tren hasta que

encontramos una cabaña. Entramos, no había nadie a pesar de que la cabaña estaba cuidada.

Cerramos con pestillo y nos dispusimos a reposar en tranquilidad. Aproveché para asear a

Violet. Estaba demasiado agotada. Le curé las heridas y la dejé durmiendo mientras velé la

cabaña durante toda la noche. Al día siguiente Violet despertó de buen humor y con mejor

aspecto. Volví a cargar con ella y nos dirgimos a la estación. Fue todo muy rápido. Esta vez

nos dirigíamos a Bruselas, con unos familiares. Todo había acabado.

Nuestra lucha no fue en vano, en absoluto. Aunque rescatase a Violet ella jamás estuvo

atrapada en aquella celda, no. Los ideales no se pueden tocar, no se pueden ver… y mucho

menos encarcelarlos. Violet era ideal. Nunca conocí la valentía hasta que la conocí a ella. Ella

luchó por ella y por los demás, desde siempre. Luchaba contra hombres, guerras,

persecuciones… e incluso, a veces, luchaba consigo misma.

Fuimos muy felices en Bruselas. Han pasado ya 34 años desde esta historia. En Bruselas

dejamos todo atrás. Violet trabajó durante muchos años impartiendo clases de historia en un

instituto. Yo, me dediqué a criar a nuestro hijo Álvaro.

No cambiaría absolutamente nada de nuestro pasado. Hemos tenido una vida maravllosa llena

de alegrías, de emoción y sobretodo de amor.

"Cuando el poder del amor supere el amor al poder, el mundo conocerá la paz".

 Jimmy Hendrix.

 

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