Rotary Club Torrelavega
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Cuestión de colores


Vivía en el Barrio Blanc, entre un parque y una pequeña plaza con una fuente tan antigua que se creía que al fundar la ciudad ya estaba allí. Mi ciudad, Licht, estaba a unos escasos treinta kilómetros de la capital del reino: Brillante. 

Como podréis observar por su título, era brillante. La más brillante del planeta, no solo por el día, sino también por la noche, pues la blancura de las paredes de los edificios era iluminada con miles de diminutas bombillas, creando un nuevo halo brillante en la oscuridad.

Mi padre, que era embajador del rey y estaba a su servicio, había viajado por todo lo ancho y largo de este mundo. Siempre dijo que no había país tan puro, limpio y luminoso como el Reino Blanco. Ciertas eran sus palabras, pues no había país alguno que pudiera igualar nuestra obsesión por el blanco y la pureza. Bueno sí, estaba el Reino Negro. 

Ellos eran todo lo contrario a nosotros. Su reino buscaba la oscuridad y la negrura más pura. Dicen que crean espesas nieblas negras para no dejarse ver entre ellos. Quieren vivir como sombras, sin que nadie llegue a saber lo horrorosos que son. Solo se esconden, tapan lo que son por cobardía, mientras que nosotros nos mostramos al mundo tal cual somos: buenos, puros y sin nada que esconder. Al menos, eso dicen las gentes. 

Acompañé aquella mañana de julio a papá al Palacio Real, el Palacio Wit. Nunca obra arquitectónica pudo superar la pureza de sus muros de mármol blanco, tan pulidos, que los rayos del Sol se reflejaban en ellos proyectando toda la luz que recibían. En todas partes había esculturas en mármoles claros que combinaban con los suelos llenos de mosaicos de colores pastel o los ricos telares y cuadros que colgaban de las paredes. Toda esta decoración con materiales de colores suaves daba la sensación de no estar en un edificio muerto y sin vida que se asemejaba más a un hospital.  

El rey había llamado a mi padre por un asunto de estado, de nuevo una afrenta del Reino Negro, casi seguro. Recibiría a mi padre donde recibía a todos sus consejeros de estado: la Sala del Trono. 

También era conocida como la sala E1 por los criados del palacio. Distribuían las salas del palacio de acuerdo a una letra y un número en grado de su importancia. Las de número uno como el Salón del Trono y los aposentos de los reyes eran las principales y a las que tenían que atender primero en caso de un pedido, luego las de dos, y así sucesivamente hasta llegar al ocho. Además, todos debían de seguir un protocolo para actuar. Los caballeros y jinetes actuaban ante el rey de una manera diferente a la de los consejeros (alfiles). Todos estaban obligados a cumplir su papel en la corte, ya que los finales que uno podía tener al desobedecer al rey no eran muy agradables. Así fue siempre nuestra sociedad desde que fue creada los reyes reemplazan a los reyes y los peones a los peones. Y si alguien no seguía con las leyes de la sociedad era tachado de inservible y eliminado de una manera u otra. 

Tal vez, el rey quería hablar de eso con mi padre, de leyes. Esperaba que fuera de leyes y no de la horrible guerra que llevábamos peleando durante décadas. 

Durante siglos, el Reino Blanco y el Reino Negro se habían enfrentado en una guerra que los más sabios decían que nunca tendría fin. Había épocas de paz y épocas de enfrentamiento. La última época de paz se vivió hace tres años y se terminó cuando un hombre del Reino Negro fue visto y atrapado en los huertos reales. Los alfiles supusieron que querían matar al rey o al futuro heredero de la corona. Así que no tardaron en juzgarle y encerrarle por sus crímenes contra la corona. 

Todo el mundo, en algún momento, desea la paz, hasta los propios reyes que siempre buscan satisfacer su honor a toda costa, Se pudo demostrar cuando hace sesenta años, el rey del Reino Blanco y el del Reino Negro disputaron un partido de fútbol amistoso. Todos los ciudadanos creyeron que acabaría ahí de una vez por todas las diferencias entre ambos reinos, pero la felicidad duró poco, puesto que poco tiempo después ambos murieron y los reinos se culparon de las pérdidas mutuamente. 

Esto nos lleva hasta el día de hoy, en el que todavía siguen luchando. 

La Sala del Trono estaba llena de alfiles que corrían de aquí para allá llevando mapas, tratados, ensayos y demás rollos de papel. Era un día totalmente normal en la sala E1. El rey hablaba con un alfil de pelo rubio antes de vernos a mi padre y a mí. Se levantó con una sonrisa y le saludamos con una reverencia. 

–A su servicio, rey Nicolás–dijimos mi padre y yo al unísono. 

–Por favor, por favor, levantaos. Levantaos.

Se acercó a nosotros antes de que nos incorporásemos. 

–Blanca, Clara está jugando en el jardín, ¿por qué no la acompañas? 

–Claro, majestad. 

Aunque ya tenía quince años, el rey Nicolás siempre me pedía que fuera a jugar con su hija de siete años o que vigilase que hacía su hijo de nueve, pero nunca me dejaba permanecer al lado de mi padre para aprender el oficio que heredaría algún día. ¿Cómo iba a hacer bien mi trabajo como alfil si nunca podía demostrar mi potencial?

Los jardines verdosos estaban salpicados por flores blancas: margaritas, rosas, jazmines, narcisos, etc. A diferencia de mis libros, que representaban jardines fantásticos de lugares con flores innombrables, los jardines, al igual que el palacio estaban desprovistos de viveza y se parecían más a flores de plástico, es decir, el jardín era una naturaleza muerta. 

Clara jugaba con una pelota en el camino principal. A su lado, daba vueltas su perrita Luna que tiraba de su vestido de vez en cuando para llamar su atención. 

–Buenos días, Clara. ¿Cómo estás?

–¡Blanca!

Chilló y vino corriendo hacia mí junto con su perrita. Emocionada comenzó a contarme su juego y cómo era que Luna y ella jugaban a perseguir un tesoro escondido, siendo la pelota una de las trampas mortíferas. Jugué con ellas simulando ser una exploradora más. Nos escabullimos entre los arbustos, nos escondíamos tras los árboles para que las flechas no nos alcanzasen y seguimos corriendo hasta un pequeño riachuelo que atravesaba la zona oeste del jardín, además era un límite natural del palacio. 

–Y la joven Clara probó las aguas del dulce río y conoció en esos momentos todos los conocimientos del mundo, sabiendo entones que ese era el mejor tesoro de todos. 

–¡Bien! –rio y comenzó a aplaudir–. Otra historia, otra historia, otra historia. 

–A ver… Déjame pensar… 

El silencio se apoderó de la zona. Solo el curso del riachuelo lo rompía. Yo en esos momentos estaba distraída pensando cómo poder distraer a Clara y cuando quise darme cuenta, ella ya estaba a unos veinte metros buscando algo en los arbustos. 

–Te he dicho mil veces que no te alejes de mí, Clara. ¿Qué estás buscando?

–Creo que hay alguien ahí. 

–¿Alguien?

Unos sonidos similares a sollozos salían de allí. En un primer momento pensé que podría ser un peón que se había hecho daño o algún animal herido. Con un palo, intenté hacer un agujero para ver si era cierto lo que Clara decía, pero el espesor de estos, hacía difícil ver en esa oscuridad. Terminé haciendo un agujero por el que podía pasar con facilidad. 

–Quédate aquí.

Gateé en la oscuridad sin llegar a ver más allá de mi nariz hasta que pasé encima de algo blando que comenzó a sollozar del dolor. 

–¡Perdón! ¡Perdón!

En la oscuridad no era capaz de distinguir que ser estaba oculto por el manto de oscuridad. Pude diferenciar una figura humana. Eso hizo las cosas más fáciles, ya que podía tirar de ella por las axilas hasta sacarla de allí. Se complicó un poco la tarea de rescate por el escaso espacio que había para sacarla entre los arbustos espinosos, pero al final conseguí sacarla de allí. 

–¿Quién es? –preguntó Clara.

De momento sabía lo mismo que ella. Era una persona enrollada en capas de tela negra. 

–No lo sé. Pero esto no me gusta. Retrocede, por favor, Clara. 

Ella obedeció y se colocó detrás de mí. La di la vuelta con cuidado y comencé a quitar todas estas telas que dificultaban su respiración. Todas desaparecieron una a una hasta dejar ver una cara humana. 

Era una chica de piel negra, de pelo negro como una noche en la que las luces no brillen y cara ovalada. Eso no era del todo un problema, comparado con sus ropas cubiertas de sangre. 

–¿Por qué es negra?

Por suerte para mí, y para la chica que acababa de descubrir, Clara aún no sabía exactamente lo que significaba ser negro en el Reino Blanco. 

–Es así de nacimiento, supongo– la miré–. Rápido, Clara, tienes que traerme de donde sea una gasa limpia, alcohol y algodones. Y por favor, no le digas a nadie a quién hemos encontrado. Seguiremos con el juego. Ella es una exploradora perdida, ¿vale?

Mientras Clara no estaba, no podía aparentar calma. Acababa de encontrar una negra en los jardines reales. ¡Una persona del Reino Negro en el Reino Blanco! Si cualquiera se enterase de ello, ella sería encerrada o peor. Incluso yo también podría acabar como ella. Me distraje al intentar frenar la sangre que emanaba de su pierna. El salvar una vida distrae bastante de los malos pensamientos. 

Clara me trajo todo lo que le pedí en su mochila rosa. Agradecida de que nadie la hubiese seguido procedí a curarla lo antes posible. Una vez vendé su herida adecuadamente, le pedía a Clara que trajese el carretillo del jardinero para transportar a una zona segura a la chica. Decidimos instalarla de manera rudimentaria en un cobertizo. Allí la llevamos de todo por si despertara: agua, comida, medicamentos, vendas, etc. 

No la faltaba de nada. Podría sobrevivir allí hasta mañana. O eso me gustaba pensar. No quería pensar en qué pasaría si escapaba de allí y alguna torre blanca la encontraba. Sería su fin. 

Le prometí a Clara que volvería mañana para jugar con ella y con la chica nueva. <<Será nuestro secreto>>, le dije. Eso sería. Por el bien de todos hasta que me asegurase de que no era mala. 

Quería creer que no todos los negros eran malos, al igual que todos los blancos eran buenos. Si en los demás países ocurría eso, que las personas no eran de una forma u otra, ¿por qué con el Reino Negro no iba a pasar? Papá pensaba que ese tipo de ideas podrían costarme caro si quería llegar lejos, pero no me importaban. Yo lucharía de otra manera, lucharía por la igualdad, por el bien de todos. Yo sería el primer escalón con el que se acabaría la guerra. 

A la mañana siguiente, apenas teniendo tiempo para saludar al rey, corrí junto a Clara al cobertizo. Ella me había dicho que estaba muy emocionada por conocer a la chica y poder jugar a los exploradores en nuevos lugares. Yo no la llevé la contraria y me gustaría que así fuera y que el resto de personas del Reino Blanco se equivocase sobre los del Reino Negro. 

Recé para que no nos matase al abrir la puerta. 

Al contrario. 

Estaba en una esquina, asustada y bañada en lágrimas. Sus ojos eran marrones oscuros y estaban rojos e hinchado de tanto llorar. Se había envuelto en una manta. Más que un ser maligno o peligroso parecía un animal atemorizado que había sido atrapado por unos cazadores. 

–No te haremos daño…

Ella tenía en las manos un palo. Lo levantó en señal de amenaza. 

Clara la ignoró y salió corriendo emocionada hacia ella para abrazarla. No tuve tiempo de advertirla. Clara estaba intentando esconderse entre los pliegos de su ropa cuando ella la empujó. Clara comenzó a llorar por el golpe, pero lo más extraño fue que, antes de que yo pudiese consolarla, la chica la tomó en brazos y comenzó a acunarla para que se calmase. 

No sabría decir quién terminó clamando a quién, pero lo importante es que ambas se tranquilizaron y comenzaron a jugar y a reír. 

–¿Cómo te llamas? –preguntó Clara.

–Me llamo Nocturna…

–Nocturna, ¿quieres jugar con Blanca y conmigo a las exploradoras? 

Ella sonrió débilmente. Miró con tristeza su herida de la pierna.

–No puedo… Me duele mucho. 

Clara comenzó a acariciarla.

–Sana, sana, sana…

–Ten, –dije acercándola un vaso con agua y medicinas disueltas–, te aliviará el dolor.

Nocturna cogió el vaso con recelo y se tomó todo lo que contenía. 

–Gracias.

Nocturna nos contó que venía de la capital de su reino, Dark. La capital estaba formada por altos edificios de obsidiana y otros minerales brillantes. Pero todos eran oscuros, no se permitía ningún tipo de luz natural. Con las nuevas tecnologías, incluso, había comenzado a construir edificios bajo tierra. Era sin duda el mundo al revés.

Allí todos estaban en contra de los blancos. Deseaban acabar con ellos y así terminar con la guerra, sobre todo, su padre, el rey. Él rey Teodosio era el padre de Nocturna, y desde hacía años buscaba alternativas a la guerra que no tenían solución. Sus alfiles le decían que dejase de buscar otras alternativas que no fuesen acabar con la vida de la familia real del Reino Blanco. Pero Nocturna, al igual que su padre, no creía que todos los blancos fuésemos malos. 

No obstante, hacía un par de días, ella terminó siendo herida por alguien que la cegó y lanzada al río Nero que pasa por el Reino Blanco como el río Branco. Este río se ramificaría hasta llegar aquí. 

Clara prometió ayudarla en todo lo que pudiese para devolverla a su casa y yo también. 

Pasaron los días y las semanas, y aún no sabíamos cómo sacar a Nocturna del palacio sin que nadie la viese. 

Una tarde, hablé con Nocturna de aquellos que habían cruzado el límite de los dos reinos. Le hablé de los dos buenos reyes y del último chico que había cruzado la frontera. Todos los casos llevaban al mismo lugar: a la eliminación. Todos aquellos que no saben su lugar en la sociedad terminan siendo eliminados. 

–¿Y le mataron? –preguntó Nocturna. 

–No, aún está encerrado en las mazmorras del palacio. 

–Tengo que ir a verlo–dijo poniéndose de pie–. ¿Qué? ¿Por qué? 

–Puede que a él le pasase lo mismo que a mí. Puede que alguien le obligase a venir aquí. ¡O que le hubiesen secuestrado! 

–Puede que no… ¿Y si en verdad quiso matar a…?

–¿Tú crees que yo quiero matar al rey?

–¿Qué? ¡No! Es solo que…

–¿Cómo es un negro no puedes confiar en él?

–No es eso. 

–Pues demuéstrame lo contrario acompañándome. 

Al final, hizo que la acompañara, aunque con sucios trucos. 

Era fácil llegar a las mazmorras. Nadie se acercaba allí a no ser que fuese realmente necesario. Estaban muy oscuras, no sé si para que los encarcelados se sintiesen como en casa o porque para los blancos que nos quitasen la luz era un castigo. Casi todas las celdas estaban vacías. Sin embargo, hubo una en la que sí había alguien.

–¿Princesa Nocturna?

–¿Julien?

–¿Os conocéis?

Supuse que fue el preso que asaltó el palacio hacía tres años. Me gustaría afirmar que así era, pero ni veía nada en esos momentos ni le conocía. 

–¿Qué hacéis aquí majestad?

–¿Alguien me trajo aquí? No sé por qué. Parece que alguien disfruta creando motivos para que siga existiendo una guerra. 

–Debéis iros. Antes de que Él os encuentre. Es demasiado poderoso. 

–No tengo miedo al rey Nicolás. 

–No es del rey de quién hablo. 

Una luz apareció de pronto cegándonos a ambas. 

–No, no, no. Así no es como se juega, niñas.

En cuestión de tiempo, mis ojos comenzaron a acostumbrarse a la luz. Estábamos en una sala extraña. El techo estaba pintado de añil con estrellas mientras que el suelo era morado brillante. 

–No podéis saltaros las reglas. El movimiento de un peón es siempre adelante y en uno o dos movimientos.

Un hombre de unos dos metros se puso de pie y caminó hacia nosotras. Su barba casi llegaba a rozar el suelo al caminar. Su pelo por otro lado estaba corto y despeinado. Sus ojos inyectados en sangre demostraban lo loco que podía verse una persona sin dormir. Sus ropas eran amarillas y holgadas. 

–¿Quién eres tú? ¿Y de qué estás hablando? –preguntó Nocturna. 

–Tranquila princesa Nocturna, todo está bien. Soy un viejo amigo. 

–¿Amigo? ¡Tú fuiste quién me trajo aquí!

–Correcto. Yo planeé todo. 

–¡Ajá!

–Al igual que lo llevo planeando todo desde hace milenios. 

–¿Milenios?

–Sí, querida Blanca. Yo soy el Creador. Lo sé todo acerca de vosotras. Por ejemplo, Nocturna nació el tres de marzo y tú el diecisiete de agosto. Sé lo que pensáis y por qué os movéis. Sé vuestras rutinas y gustos. Os conozco mejor que vosotras mismas. 

–Está loco…

–No, Nocturna. Yo planeé todo esto. Llevo años disfrutando de las peleas de vuestros antepasados. Yo muevo los hilos. Yo ordeno atacar a los caballos y a las torres, moverse a los peones, incluso a tu padre, el rey. 

–¡No oses…! 

–Siéntate.

Nocturna se sentó en el suelo por la orden inminente. 

–Yo creé este juego y el tablero. Y no solo este, sino muchos otros. ¿El reino de Oros, Bastos, Espadas y Copas? Fui yo. ¿El condado de los colores? Un servidor. ¿El país de los Dados? ¡Solo pude ser yo! 

Estaba aterrorizada. No sabía qué creer. Este hombre decía habernos creado a todos. Su función era la de controlarnos… ¡No! Esa era su diversión. Su diversión era arrebatarnos nuestra libertad. 

–Todo país tiene unas reglas y las creé yo. Yo las impuse en cada sociedad y estamento para que todo funcionase según fuese necesario. Yo inicio las guerras y yo las termino. ¿Cómo sería si no divertido? Si todo el mundo ganase y nadie perdiese, ¿cómo sabríamos lo importante que es la victoria? ¿Y la satisfacción de obtenerla? 

–¿Y la paz qué sentido tiene?

–La paz y el juego no son compatibles. Vosotras mismas sois la prueba. Sois peones que aún no tienen función. Vuestra función no es otra que servir a vuestros reyes… Pero teníais que saliros de las reglas… Vaya, es una pena. Porque ya no pintáis nada en este juego. Por eso… –Una imagen de un campo de batalla se hizo presente de la nada–. Habéis sido elegidas como cebo para la jugada final. 

–¿Cómo? –pregunté yo.

–Estoy cansado de este juego. Quiero ya un vencedor. Así que os he utilizado como excusa para la batalla final. ¿Cómo creéis que se pondrían ambos reyes al saber que un miembro cercano a ellos ha desaparecido? Le declararía la guerra abiertamente al otro, ¿verdad? El rey del reino que muera antes pierde.

–¿Y si mueren los dos a la vez? –pregunté asustada. 

–¡Ups! Ese ya no es mi problema. 

–¡Te detendremos! –gritó Nocturna. 

–Podríais, claro está. Pero el campo de batalla está tan lejos… Unos simples peones no van a alterar mi juego. 

La sala maravillosa se desvaneció y aparecimos en la habitación de Clara. 

–Debemos irnos –dijo Nocturna. 

Nos deslizamos hasta las caballerizas y robamos dos caballos para llegar hasta el campo de batalla. Solo rezaba para que aún no hubiesen entrado en combate, mas mis súplicas no fueron oídas. Los caballeros y las torres de ambos bandos peleaban sin piedad tiñendo el suelo de un rojo escarlata. 

–No nos escucharán…

–Sígueme.

Corrimos hasta el campamento negro el cual atravesamos llamando la atención de todos repitiendo la misma acción con el blanco. Los reyes, siguieron nuestro camino hasta alejarles lo suficiente de la batalla. 

–¡Nocturna! ¡Hija! ¿Qué estás haciendo? ¡Aléjate de ellos!

–Tú también Blanca. Son gente peligrosa. 

–Os equivocáis los dos –dijo Nocturna–. Toda esta guerra ha sido un engaño del Creador. 

–¿Quién? 

–Es el que ha inventado este mundo y todas sus reglas. Somos sus marionetas. Y estaremos siempre postrados ante él si no os reveláis y dejáis de pelear los unos contra los otros. 

–Siempre lo hemos hecho. 

–Que una cosa siempre se haga no significa que esté bien, padre. Míranos... Luchando por tontas excusas que no sabemos en qué momento iniciaron. ¿Es tanto el color que nos diferencia que sois incapaces de ver lo que nos hace iguales? 

–Aunque seamos por fuera diferentes, por dentro somos iguales. Mirad –les señalé el campo de batalla–. Todos sangramos bajo la piel. ¿Acaso podríais diferenciar la sangre de un negro y de un blanco ahora que mancha el suelo? Siempre es la misma. Es el mismo color, ni blanco ni negro, rojo. Ese es el color de la igualdad siendo destrozado por la barbarie. ¿Por qué color queréis que se os recuerde? Os advierto de que va a ser tan solo por el rojo de la sangre de las vidas arrebatadas. Así es como termina esta absurda cuestión de colores. 

–Decidnos pues monarcas, ¿es el juego y la guerra tan irresistible que no puede haber paz en vuestros corazones? 

–Si no es así acabad con nosotras. Pues solo somos peones que rompen las normas. 

Los reyes callaron en un estado de jaque mate mientras la batalla seguía rugiendo a sus espaldas. 

Post date: 2019-04-01 17:47:58
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