Cuidado con lo que deseas

¿Nunca has pensado lo que pasaría si pudiéramos pedir un deseo? Nosotras sí. Y no solo eso, sino que se nos cumplió. Somos Cristina y Marina y esta es la historia de cómo aprendimos por las malas el dicho de “Cuidado con lo que deseas”.

Nosotras éramos unas niñas normales: teníamos un hermano mayor, un perrito y unos cariñosos padres. Un sábado de verano decidimos ir a pasear por la playa con nuestro perro. Íbamos tranquilamente andando cuando nos tropezamos con una hermosa cajita decorada con conchas, perlas y coral. Nuestro perro empezó a olerla y, justo cuando iba a morderla, la caja vibró. Nosotras nos asustamos, pero como somos muy curiosas la cogimos y la abrimos. De ella salió un tornado de color azul brillante. Cuando se hizo más grande que una casa, salió de ella un dragón azul con las garras y los bigotes amarillos, unos hermosos ojos color esmeralda y una especie de llama dorada con ribetes anaranjados en la punta de su cola.

Nos quedamos con la boca abierta y hasta gritamos cuando él nos dijo:

-Yo soy un dragón mágico procedente del océano que baña las playas de China y os concederé cuatro deseos.

Nosotras estábamos tan eufóricas que no sabíamos que pedir. Pasaron unos segundos hasta que yo tuve claro mi deseo, mientras mi hermana seguía indecisa. Mi deseo fue poder hablar con los animales y se me lo concedió, tras lo que el dragón volvió a meterse en su caja. Felices fuimos corriendo a nuestra casa, con la cajita en mi bolsillo y el perrito en brazos. Al llegar pedimos a nuestros padres si nos podrían llevar al zoo.

Ya en el zoo, empezamos a ver a los animales. Cada vez que parábamos delante de uno de ellos, yo podía hablarles y entenderles, fue una experiencia ¡emocionante! hasta que llegamos al recinto de las serpientes, donde una de ellas nos dijo:

-Yo vengo de una isla lejana, y me encantaría poder regresar para volver a ver sus árboles y sus animales, descubrir cada día un sitio nuevo…, pero sobre todo para poder reencontrarme con mis amigos y mi familia.

Nosotras la escuchamos y empezamos a pensar que sería muy divertido poder vivir en una isla. Pero esta vez decidimos que lo pensaríamos bien antes de desear algo, ya que nos quedaban tres deseos.

Siguieron pasando los días y no acabábamos de decidir que deseo pedir, pues aunque parecía divertido, también era peligroso ya que nunca habíamos estado en una isla desierta y mucho menos solas. El último día de colegio, una niña de nuestra clase, que no era especialmente agradable, empezó a contarnos lo que iba a hacer ese verano.

-Pero vosotras seguro que no entendéis lo que os estoy contando -dijo con una creída sonrisa.

-¡¡ A no!! ¡¿ Y eso por qué?!- le contestamos al unísono.

-Porque sois unas “don nadie” que seguro que nunca habéis ido a lugares como China, India, Indonesia, una isla tropical….- dijo con aires de superioridad y con mucha convicción.

-Pues nosotras…

Ella nos interrumpió diciendo:

-No me dirijáis la palabra, no quiero hablar más con vosotras. El día que viajéis como yo, me podréis hablar ¡¡ja, ja, ja, ja, já!! –dijo mientras se iba.

Estábamos muy enfadadas. ¡Cómo alguien podía ser tan mezquino, irritante y tener tanto ego! Ese día nos fuimos tristes y enfadadas a casa. Cuando llegamos, le contamos a nuestro hermano lo que había pasado e incluso lo de los cuatro deseos. Él se quedó con la boca abierta y nos dijo que, si queríamos, podíamos gastar un deseo en pedir que toda la familia pudiera viajar a algún lado. Nos miramos y supimos lo que íbamos a hacer, así que, sacamos la cajita y cuando salió el dragón le dijimos al unísono:

-Deseamos que este verano, toda nuestra familia tenga unas espectaculares vacaciones viajando por el mundo.

Él nos sonrió y nos lo concedió. Justo antes de que desapareciera Marina preguntó intrigada:

-¿Qué pasará contigo cuando pidamos nuestro último deseo?

El dragón respondió sin vacilar:

-Seré libre y podré hacer lo que me plazca.

Nosotras asentimos y en ese momento oímos a nuestros padres decirnos:

-¡¡Chicas haced las maletas nos vamos de vacaciones!! ¡¡Tú también Jorge!!- Nos dijeron a mis hermanos y a mí.

Rápidamente hicimos las maletas y nos fuimos al aeropuerto. En el avión, charlamos, vimos películas y dormimos hasta llegar a nuestro primer destino: Indonesia. Allí nos instalamos en un hotel y nos fuimos a la playa. Mientras nos bañábamos, mi hermana gemela deseó con todas sus fuerzas poder respirar bajo el agua para poder ver el fondo del mar con sus multicolores peces y sus espectaculares arrecifes de coral. En ese momento tras volver a abrir la caja, le pidió el deseo y él se lo concedió, pudiendo así disfrutar de esta maravillosa experiencia.

De vuelta al hotel, nuestro hermano nos dijo que le encantaría vivir en una isla desierta, donde poder disfrutar de la naturaleza, ser más independiente y no tener preocupaciones. Nosotras, que ya habíamos pensado en este deseo y llevábamos la cajita con nosotras, viendo que ya no iríamos solas, decidimos pedir nuestro último deseo; así que la abrimos y dijimos:

– Deseamos que los tres vivamos en una paradisiaca isla desierta, que tenga comida y agua que podamos tomar para siempre. Y que así tú puedas volver a ser libre.

El dragón se sorprendió un poco con nuestro último deseo, pero nos lo concedió y decidió acompañarnos a la isla.

Y esta es nuestra historia.

Aunque es muy divertido estar en esta maravillosa isla con nuestro hermano y el dragón, echamos de menos a nuestros padres, amigos y a nuestro querido perrito. Esperamos que quien reciba esta botella con nuestra increíble historia aprenda la lección. Y recordad esto: ¡¡¡Tened cuidado con todo lo que deseáis!!!

Casiopea.

 

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