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EL ASESINO DE VITRUVIO

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El acompasado repiqueteo de mis viejos zapatos de charol

retumbó en el amplio pasillo de la universidad. Podía

escuchar los murmullos procedentes de la sala al final del

corredor.

“Quizás no debería haber respondido a aquellos golpes en

mi puerta a altas horas de la madrugada” pensé, tendría

que haber ignorado al policía que había insistido en que

necesitaban mi ayuda.

Caminé detrás del inquieto policía hasta llegar a la puerta

de madera que abrí provocando un estruendoso chirrido. En

la lejanía se podía oír el barullo de periodistas que había en

la calle esperando para saber lo ocurrido. Metí las manos en

los bolsillos de la avellanada gabardina y caminé con paso

seguro hacia el interior de la sala.

La biblioteca de mi casa resultaba diminuta comparada con

aquella. Las altas paredes recubiertas por baldas con libros

eran iluminadas únicamente por lámparas de gas que poco

a poco iban disminuyendo su potencia.

Los discretos murmullos que antes eran casi imperceptibles

se habían acallado. Los policías intentaban sacar huellas en

las baldas, en los pomos de las puertas y en los libros,

aunque yo sabía que, en realidad, no sabían cómo hacer su

trabajo y que se dedicaban a ensuciar la escena del crimen.

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Muchos me inspeccionaban de arriba abajo otros

simplemente continuaban con su “trabajo”. Sabía que me

odiaban, pero, se podría decir, que era un sentimiento

mutuo. Aunque, claro, ¿quién no odiaría a alguien como yo?

Llegar a mi puesto era un camino largo y difícil mientras

que su puesto era una simpleza. Yo era un detective

cuarentón que simulaba tener diez años menos, una

persona seca, suspicaz y analítica, quizás demasiado buena

para trabajar con gente como aquella.

Quince, quizá más miradas, se posaban en mí expectantes,

pero a mí solo me interesaba la mirada de una persona. Me

dirigí al jefe de policía que se encontraba recostado contra

la pared fumando un cigarro. Un sombrero denegaba el

paso de la luz a su rostro y un gabán oscuro cubría su

cuerpo, pero le había identificado a la primera.

Desde que había entrado en la escena me había mantenido

frío, relajado. Los agentes se encontraban rodeando el

tercer cuerpo que había aparecido aquel mes de invierno en

la universidad inglesa. Un carraspeo profundo y persistente

me hizo girar de nuevo hacia el agente López que se

encontraba serio mirando hacia el joven sin vida.

-El tercero en quince días –murmuró-. Nunca había visto

algo así –dijo dirigiéndome una efímera mirada-, no

tenemos nada, Wells. Ninguna huella, ningún jirón, ni una

mota, nada.

-Deja las lamentaciones para otro momento –apremié

tajante-. Abrevia.

Como si encontrar cadáveres fuese algo habitual sacó otro

cigarro y le dio una calada. López apretó los puños hasta

dejar sus nudillos blancos, su mirada retornó al cuerpo sin

vida y volvió a mí alternativamente.

-Bueno, verás,…

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-Sí que va a ser largo el día… -admití poniendo los ojos en

blanco-. Dime, ¿Qué tiene este cuerpo de singular?

-¿Singular? Pues… porque no lo ves tú mismo –respondió

dirigiéndose al cuerpo-. Tenemos a un varón, según sus

papeles es un tal Michael Brown. Murió asfixiado y

después… bueno, ya verás su pie izquierdo. Fue encontrado

a medianoche por una estudiante que se dirigía al baño de

la biblioteca. Le hemos preguntado a la testigo y, según

ésta, la víctima estudiaba psicología aquí, en Cambridge, y

este era su último año. Tomaros un descanso, chicos.

Venga fuera –dijo señalando la puerta a sus compañeros-.

Le advierto que no es algo… bonito… digamos.

López tiró de la sábana blanca dejando a la vista el cuerpo.

“Pobre crio”. Sus brazos y piernas se encontraban en la

posición de una cruz, sus ojo desorbitados fijaban su vista

en el techo y su boca, todavía abierta, parecía exhalar un

último grito de auxilio. Su pie izquierdo se encontraba

separado de su cuerpo en un charco de sangre, una cosa

que no se veía todos los días y, justo en el comienzo de la

faringe, sobresaliendo levemente se veía un rabo de

cereza.

-¿Qué demonios es esto? –dije mientras me colocaba los

guantes negros de cuero-.

Intenté meter mi mano en la boca de la víctima sin mover

mucho su posición. Al llegar a la cereza la extraje de un

tirón, tirando fuertemente de ella y sosteniéndola a la

altura de mis ojos. La, ahora, tenue luz de las lámparas

alumbró la fruta carmesí. Era una cereza, normal y

corriente.

-¿Una cereza? –dije divertido-. ¿Esto es una broma?

Nuestra víctima se asfixió ¿con una cereza?

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-No, no se asfixió con la cereza. Fue asfixiado por alguien

–dijo señalando unas marcas moradas en la parte superior

del cuello-, pero, después, esa persona le introdujo esa

cereza en la garganta para, acto seguido, mutilarle el pie.

¿Ahora entiende por qué le hemos llamado con tanta

urgencia? Las otras dos víctimas eran también varones

–dijo rebuscando en su gabán-. Este –dijo sacando una foto

arrugada en blanco y negro de un joven- se llamaba Robert

Phills, fue encontrado a una hora similar, asfixiado, con una

mano amputada, en la misma posición y con una flor en la

otra mano. Por no añadir que también en esta universidad

–dijo mientras sacaba otra foto de peor calidad en la misma

tonalidad-. Este se llamaba Alan White misma posición,

misma hora, mismo lugar, con una oreja cortada y con un

huevo en su boca. Tenemos a un asesino en serie, o mejor

dicho, el asesino nos tiene a nosotros. No sabemos nada de

él, pero él sabe todo de nosotros; nuestra forma de

trabajar, nuestro equipo,… así que dígame señor Wells

cómo cogemos a este asesino –indagó con una mirada

suspicaz-.

Avancé entre la multitud recibiendo recibiendo codazos,

empujones y, de vez en cuando, una disculpa. Los

profesores se amontonaban como locos alrededor del

director que no hacía más que sosegar a la muchedumbre.

-¡Podría estar entre nosotros! Cualquiera podría ser el

asesino y cualquiera podría ser la siguiente víctima. Me

niego a continuar, dimito –dijo lanzando su bata blanca al

suelo de madera.

-¡Tranquilícense por favor! Tómense el día libre y

descansen. Mañana decidiremos que hacer al respecto.

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El director avanzó hasta mi haciéndose paso entre el

espeso gentío. Un dulzón olor a perfume penetró mis fosas

nasales.

-¡Por fin señor Wells! –dijo tendiéndome su mano que

acepté gustosamente-. No sabe que duro es perder a tres

estudiantes en un mismo mes –alegó mirando hacia la

puerta-. Ellos son los que peor lo llevan. Necesitamos algo

para defendernos y yo lo único que tengo es una mini

pistola que, quizás, ni dispare –observé el arma sobre su

escritorio. Avancé y la analicé. Era una buena arma-.

Bueno, ¿qué era eso tan importante que tenía que

preguntarme?

-Verá, según los informes forenses, el asesino es alguien

con carácter flemático; alguien frío, puntual, meticuloso…

se podría decir que es alguien, un poco, antisocial y

calculador. Los únicos datos que tenemos son simples

teorías y sé que es difícil, pero, ¿podría relacionar este

carácter con alguien de esta universidad? Un profesor, un

conserje,…

El director se quedó pensativo y con pasos firmes avanzó

hacia el cuadro de un bodegón llenó de frutas que colgaba

en su pared. Una amplia cristalera permitía el paso de la luz

diurna a la sala en la que destacaban pocos muebles; un

escritorio de madera, no muy antiguo, con algún que otro

cenicero, alguna lámpara, un pequeño armario y dos

desinteresados sillones que rebosaban polvo.

-Nunca pensé que me harían esa pregunta… -susurró el

director lo suficientemente alto como para oírle-. Sabe

señor Wells, acaba de preguntarme si conozco a un

asesino… nunca me había planteado esta situación –dijo

maravillado mientras observaba el bodegón que, por mucho

que observase, continuaría en la misma posición con las

mismas pinceladas-.

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Un golpe seco sonó en la puerta del despacho del director,

segundos después otros seis golpes apresurados sonaron.

El director, que seguía ensimismado con su pintura, cruzó

el despacho hasta la puerta haciéndome una seña de que

no me levantase del viejo sillón. En el umbral de la puerta

apareció un niño moreno, no muy alto y con la cabeza

gacha.

-¡Tommy! –dijo el director mientras le indicaba que entrase

a la estancia-. Te presento al señor Wells –dijo

señalándome-. Este es Tommy, nuestro alumno interno

más joven. Tiene 9 años y supera la media de muchos

estudiantes de esta universidad. Tommy, ¿porque no vas a

mirar el cuadro que tanto te gusta? –el niño no despegó

sus ojos de mí hasta que tuvo el cuadro delante de sus

ojos-. Tommy es huérfano, como su hermano Michael, y

me temo que, ahora, no tiene a nadie. Su hermano es

Brown, Michael Brown –susurro lo más discretamente

posible- el joven de la biblioteca. Decidimos que era buena

idea tener a un joven autista en nuestra universidad,

obtendríamos la fama que nos merecemos y, además, el

niño no se pasaría el día solo en una casa de acogida. Aquí

podría vivir con su hermano.

Cuando nos giramos Tommy se encontraba en el suelo de

la habitación garabateando algo frenéticamente con una

tiza sobre la madera.

-Tommy te he dicho decenas de veces que no pintarrajees

el suelo –murmuró el director-. A veces creo que debería

tomar un poco el aire.

-Creo que para eso sí que tengo una solución. Tommy,

¿quieres dar un paseo?

Sin decir una palabra se levantó del suelo y con paso firme

caminó hasta la puerta donde giró sobre sus talones y se

quedó mirándome, indicándome, que me estaba esperando.

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Habíamos subido y bajado aquellas escaleras de caracol

cinco veces, pero Tommy parecía querer continuar. Que

fuese detective no significaba que estuviese preparado para

subir y bajar cuatro plantas sin descanso detrás de un niño.

-Dime, Tommy, ¿Por qué te gustan tanto estas

endemoniadas escaleras? –dije sentándome en el suelo al

llegar al último escalón de la planta baja. No contestó por lo

que decidí intentar crear un tema de conversación, aunque

fuese complicado-. ¿Qué dibujabas antes en el despacho

del director?

-Será justo aquí –dijo posicionándose en el centro de la

escalera de caracol. Miró hacia el lejano techo-. Y ahí estará

mi número favorito otra vez –señaló el centro de la bóveda

mientras se sentaba en el suelo con su tiza y comenzaba a

pintarrajear números-.

-¿Cuál es tu número favorito? –pregunté amigable-. El mío

el dos.

Me fijé que Tommy había pintarrajeado un montón de

números seguidos con la forma de una espiral.

-Uno, seis, uno, ocho, cero, tres,… espero que sean los

números de la lotería, porque no nos vendrían nada mal,

chico.

-Ustedes nunca se dan cuenta… -susurró el niño absorto-.

Son unos ciegos…

-Sé que soy detective, chico, pero se me dan fatal los

acertijos –bromeé cuando vi que había dibujado una

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cereza-. ¿Es tu fruta favorita? –pregunté, ahora, un poco

alarmado-.

-Es su fruta favorita.

-¿La fruta favorita de quién? –cuestioné mientras me

acercaba a su posición-.

-Son unos ciegos…

-Los ciegos tienen lazarillos.

-Está en todas partes, pero ustedes no lo ven. Él lo

aprovecha y juega con ustedes dejando las pistas allí donde

va. Está llegando la hora –apremió levantándose y

dirigiéndose de nuevo escaleras arriba-.

Me encontraba en la biblioteca de mi casa rebuscando entre

los libros de mi difunto padre. Al fin y al cabo, él era el

matemático de la familia y a mí los números no me

gustaban. Las brasas al rojo vivo calentaban la habitación

que había sido presa del gélido invierno. Mi reloj de cuco

marcaba la una y cinco de la mañana pasadas, pero seguía

sin poder dormir. Hacía días que había hablado con el

pequeño Tommy, y a causa de nuestra conversación no

había podido conciliar el sueño.

– Uno, seis, uno, ocho, cero, tres,… Uno, seis, uno, ocho,

cero, tres,…

Tres golpes en la puerta hicieron que me levantase irritado

hasta la puerta de la entrada, tras la cual un policía

congelado esperaba una respuesta. En mis manos

descansaban varios libros de números y otros de

especialidades matemáticas, la mayoría tenían hojas

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descolocadas que no deberían estar ahí, pero las pasé por

alto y abrí la puerta.

-¡Señor Wells! Tiene que ver esto. Ha vuelto a ocurrir, pero

esta vez lo ha visto media universidad.

-Espero que esta vez encontremos algo, joven- dije

mientras me colocaba mi gabardina-. No perdamos más

tiempo.

-Sam Johnson –dijo el agente López mientras recorríamos

los laberínticos pasillos de la universidad-, como las otras

tres víctimas, es un varón, hora similar y, como ve, en la

misma universidad. Le encontró media universidad

colgando de la barandilla de una escalera –me frené de

golpe-. ¿Qué ocurre, Wells?

-Esa escalera no será, por casualidad, la escalera de caracol

que conecta los cuatro pisos –indagué conociendo mi

respuesta-.

-P- Pues si –dijo, ahora pálido-. ¿Te lo ha contado el policía

que te acompañaba?

-Ya te lo explicaré, López. No seas impaciente, viejo amigo.

Cruzamos la sala que llevaba a la escalera de caracol en la

que varias personas trabajaban. El cuerpo de un joven

colgaba tétricamente en el centro de la escalera,

borbotones de sangre seca se amontonaban en su boca y

en su mano derecha había una caja de cigarrillos verde.

-Parece ser que a nuestro “amigo” le gusta eso de decorar

y dejar pistas por todas partes, que detallista por su parte.

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-Verás, Wells. Hemos interrogado a alguno de sus

compañeros y todos ellos han afirmado que este chico no

fumaba ni bebía. Su lengua está desaparecida, pero

tampoco es que hubiese querido verla.

Me fije en que su mochila estaba tirada en el suelo con

todos los libros esparcidos. Me acerqué y, con mis guantes

puestos, comencé a rebuscar entre las cosas de la víctima.

Un libro destartalado de matemáticas se encontraba abierto

en una página llena de dibujos y explicaciones de tipos de

números. Lo que llamó mi atención fue el símbolo

redondeado a lápiz en la esquina superior del libro. Un

óvalo, quizás demasiado alargado, era cruzado por una “i”

en mayúscula, el símbolo estaba coloreado en una

tonalidad de amarillo y en la parte superior del dibujo

aparecía, escrito a mano, un nombre que sólo había oído

quizás dos, tres, veces “El Número Áureo”. Garabateado a

su derecha con letra infantil aparecía aquel número por el

que tantas veces se había roto la cabeza uno, seis, uno,

ocho, cero, tres…

-¿Nos sirve de algo? –indagó el agente López a mi espalda-

.

-Más de lo que crees. Creo que hay alguien que nos puede

ayudar con este caso.

-¿De verdad crees que unos cuantos números y unos libros

nos van a ayudar a resolver este caso?

-No lo sé, López. Los asesinos tienen mentes excepcionales,

buscan complejidades y cosas inimaginables, cosas que no

entendemos. Dime, ¿cuantos matemáticos asesinos has

visto a lo largo de tu carrera? –un silencio respondió a mi

pregunta-.

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Indiqué a Tommy que se acercase. Éste acudió obediente

hasta mi posición en el escritorio improvisado que había

creado en las escaleras de caracol. Encima de los escalones

de mármol se encontraban amontonados todos los papeles

y los libros pertenecientes a la mochila del difunto Sam.

-¿Sabes, Tommy? He encontrado ese número que tanto te

gusta. Mira –indiqué entregándole el libro-.

El niño abrió el libro por la página exacta y nada más ver su

letra sonrió para sí mismo.

-P- Pensé que no se acordaría –admitió sonriente-. Lo deje

bien escondido.

-¿Cuándo encontraste a Sam, Tommy?

-Es fácil, sólo tengo que contar unos pocos números y

buscar el lugar adecuado. Encontré a Sam igual que

encontré a Michael, Alan y Robert.

-¿Qué me dices de esto? –pregunté señalando el número de

diversas cifras-.

Tommy se agachó recogiendo el libro entre sus diminutas

manos. Lo analizó lentamente y al finalizar la página posó

el libro de nuevo en su sitio.

-Es un número. Sus cifras se relacionan con cada víctima

–dijo señalando la primera-. Uno, seis, uno, ocho,… solo

tienes que seguir las agujas hasta que se paran en el

número indicado.

-Pero, ¿Por qué aquí, chico? ¿Por qué ellos? No entiendo

nada de lo que sale por tu boca.

-El número también está aquí ¡Mire! –dijo asomándose a la

barandilla.

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Mi vértigo no había mejorado con los años y asomarme

desde una barandilla en un cuarto piso no era el mejor

remedio, pero que otra forma…

¿No lo ves? Las curvas son perfectas, las medidas lo son,

pero ellos no lo eran. Me tengo que ir, es hora de la

merienda –dijo brincando escaleras abajo-.

El reloj de la universidad marcó las nueve de la noche. Mi

hora de volver a casa había llegado, pero, después de

haber mantenido aquella conversación, necesitaba más

información.

Avancé por el angosto pasillo siguiendo las indicaciones de

la alumna que, por suerte, se había cruzado conmigo hasta

llegar a la puerta con la señalización del departamento de

matemáticas.

La sala no era tan grande como se la había imaginado. Un

pequeño escritorio a rebosar de papeles se situaba en el

centro de la sala, una pequeña caja llena de figuras

geométricas en la cima de la montaña de folios mantenía

las hojas en su sitio, un pequeño perchero era rodeado por

montañas de abrigos y bufandas y en la esquina de la sala,

pensativo y con la mirada perdida en los extensos jardines

de la universidad, resaltaba la figura de un hombre inquieto

que no dejaba descansar su bigote, Johnson Parks.

-Llegas dos minutos y cinco segundos tarde, Wells. Veo que

no has cambiado desde que saliste por la puerta de mi

clase el último día de curso.

-Yo también me alegro de verle, señor Parks.

-Por favor, solo Johnson. Cada vez que me dicen señor

siento que diez años más caen sobre mis hombros. Sé que

no has venido a visitarme o a traerme unas pastas, que por

cierto no me vendrían mal, así que dime… ¿Qué necesitas?

–dijo quitándose el monóculo y dejándolo sobre la mesa

con delicadeza-.

-He oído que sigue siendo el mejor profesor de

matemáticas del instituto…

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-Pues claro que lo soy –interrumpió-, es decir,

continúa…continúa…

-… y necesitaba que me dijese una cosa, ¿conoce este

número? –saqué la hoja que minutos antes había arrancado

del libro y le mostré el número de varias cifras-. Según este

libro se llama…

-Número Áureo. Sí, claro que lo conozco. Este número fue

utilizado por el gran Leonardo de Pisa para crear la

Secuencia Fibonacci –le miré escéptico-. ¿La Secuencia

Fibonacci? –negué con la cabeza-. No te suena de nada.

Bueno, a ver cómo te lo explico. Es una serie de números

que partiendo del uno y del cero se suman entre sí, pero

bueno eso no es lo fascinante, lo impresionante es que esta

secuencia aparece en todas partes; en los pétalos de una

flor, en los paneles de abejas, en los fósiles,… y, como no,

en los humanos. Un ejemplo, muy famoso es “El Hombre

de Vitruvio”, es una obra maestra de Leonardo Da Vinci

donde el número áureo y la Secuencia Fibonacci son

utilizadas y es por eso que el cuerpo del hombre es

perfecto en ese dibujo.

Me quedé pensativo, intentando analizar toda la

información que me acababa de proporcionar. El reloj volvió

a sonar marcando las once de la noche de nuevo

indicándome que era hora de volver a casa.

-Me ha sido de gran ayuda profes… digo Johnson

–recapacité-.

La noche había caído y una espesa neblina había

comenzado a llenar las estrechas calles de la ciudad

inglesa. Mi mente no dejaba de dar vueltas a la frase de

Tommy:

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“Sus cifras se relacionan con cada víctima; uno, seis, uno,

ocho,… solo tienes que seguir las agujas hasta que se paran

en el número indicado”.

Cuando quise darme cuenta me encontraba corriendo de

vuelta al instituto. El reloj de mi muñeca se encontraba en

mi mano asegurándome de que todavía no habían dado las

doce en punto de la noche.

Corrí por las calles de la ciudad, esquivando a las pocas

personas que salían de noche a disfrutar del gélido

ambiente. Me subí la gabardina hasta la parte inferior del

cuello y tanteé mis bolsillos para asegurarme de que la

pistola continuaba en su lugar.

Cuando me di cuenta de donde estaba apreté aún más el

paso acelerado. Las puertas de la universidad eran

vigiladas por guardias que seguramente dormían en su

puesto. Al cruzar la puerta principal corrí hasta la torre del

reloj donde la aguja marcaba el norte y las doce.

Volví a emprender mi carrera, crucé los jardines lo más

rápido que mis piernas me permitían y al llegar a la puerta

del comedor la empujé, provocando un gran estruendo.

El gran portón se abrió con un escalofriante chirrido. En el

interior las sombras reinaban y, quizás, si no supiese que

estaba allí no habría reparado en la sombra que se

escabullía de entre la penumbra más espesa. Crucé las

inmensas mesas de madera algunas por encima y otras

esquivándolas y cuando me di cuenta, el joven se

encontraba entre mis brazos aplastado por mi peso.

-¿Qué estás haciendo…?

-¡Cállate! Desde este momento queda detenido. Tiene

derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser…

-¡Eh, eh! ¡¿Pero qué narices está diciendo?! ¡Yo no he

hecho nada!

-Cualquiera puede decir eso, pero tú has asesinado a cuatro

jóvenes así que cierra tu boca.

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¡Eso es mentira! Me citaron aquí para una entrevista de

trabajo y me quedé encerrado. ¡Llevo aquí tres horas!

-Espera, ¿qué?

-Llego a saber esto y me quedo en mi casa. Por favor,

puedes quitarme las esposas, mi madre debe estar

preocupada, me dijo que hoy había gachas para cenar y

sabe que me encantan las gachas.

-Por favor, no necesito más detalles, en serio –entonces

caigo en la cuenta-. Un momento…. ¿dices que te citaron?

El pasillo se encontraba totalmente a oscuras, las lámparas

de gas habían sido apagadas por lo que la única luz era la

del astro que iluminaba tenuemente a través de las

ventanas de doble cristal. No había percibido que el

corredor de una universidad podía llegar a ser tan

tenebroso. Avancé lentamente rebuscando en cada

habitación, pero yo sabía dónde estaba.

Un estrépito se oye al final del pasillo, dónde se suponía

que ahora no debería haber nadie. Por un segundo mi

sistema respiratorio dejó de funcionar. “Debería haber

llamado al agente López y a su equipo de inútiles, por lo

menos no moriría solo” –pensé. El suelo de madera crepitó

de nuevo, no estaba seguro de si había sido yo, pero

esperaba, de verdad esperaba, que hubiese sido la otra

persona. Llegué a la puerta de madera con extraños

grabados en los que no me había fijado antes.

Ahora o, quizás, nunca.

Abrí la puerta con fuerza impactándola con la pared. Al

fondo de la sala y, de nuevo, admirando el cuadro se

encontraba el director. Sus pelos estaban revueltos, su

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vestimenta, siempre en su lugar, se encontraba

descolocada y arrugada y su rostro conformaba una

expresión distinta a la de siempre, demencia.

-Soy un estúpido ¿sabe?

-¿A qué se refiere detective Wells?

-No me vengas con esas –dije señalándole con el dedo-.

¡Dios, el crio tenía razón que ciegos estábamos todos!

-No te sigo, muchacho –dijo ahora con mirada preocupada-

.

-Ha sido bastante difícil de resolver. Las cerezas, que

tienen proporción aurea, aparecen en el cuadro de su

despacho, las flores… esto me costó entenderlo, pero el

profesor Johnson confirmó mis sospechas, las flores

contienen la secuencia Fibonacci y usted siempre huele a

ese perfume empalagoso de flores. Hubo un momento en el

que sí que me lo puso difícil, ¿Quién iba a buscar la

proporción áurea en una caja de cigarrillos? Por cierto sus

ceniceros estaban demasiado sucios, fue lo que más le

delató. Aunque, creo que, lo que más me costó entender

fue los lugares que elegía; escaleras de caracol, jóvenes en

posiciones extrañas, que por cierto tienen un gran parecido

a “El Hombre de Vitruvio”.

-Sabía que eras un peligro, chico. Pensé que sería divertido

ver a esos inútiles correteando por encima del mapa lleno

de pistas, que llevaba al asesino. Entonces fue cuando te vi

entrar por la puerta, admito que me intimidaste por un

momento, pero fue cosa de segundos, no te atribuyas

demasiado mérito.

-Y todavía hay una cosa que no acabo de comprender…

¿Por qué a cada joven le faltaba una pieza corporal?

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-Sabe muy bien la respuesta a esa pregunta, señor Wells

¿o es que sigue sin comprender el crimen?

-No tengo que entender nada más. Las pruebas, todas

ellas, coinciden con usted. Así que, ¿Por qué no me hace

esto más fácil y se entrega de una vez?

-Sabes que no puedo hacer eso. Tengo que continuar con

mi trabajo, todos los que merecen morir lo harán.

-Me temo que no puedo dejarle continuar. Por lo que no me

queda otra.

Saque una pistola que relució levemente con los rayos que

entraban por la ventana. En cuestión de segundos el

director imitó el procedimiento sacando una pistola del

tamaño de su mano.

-Demasiado crédulo, detective.

Apretó el gatillo. Al instante el cuerpo queda estático para

acto seguido desplomarse en el suelo. Me acerqué a él. Sus

ojos estaban en blanco, observando el vacío, su pelo era

ahora un charco de color carmesí y una gran mancha

comenzó a deslizarse sin prisa por debajo de su cuerpo.

La sala no tardó en llenarse de policías armados que me

ordenaban levantar las manos y soltar el arma. Del armario

salió el pequeño Tommy que no tardó en desaparecer por el

pasillo. Las piezas no encajaban, no podían encerrarme a

mí, yo era quien había resuelto el crimen, no quien lo había

realizado.

-Detective Wells baje el arma homicida lentamente y no

haga movimientos bruscos.

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Un estruendoso disparó llegó a través del aire hasta los

oídos del profesor Johnson mientras una espeluznante

sonrisa aparecía en su rostro. Lo había vuelto a conseguir.

Salió de la universidad por la puerta trasera a toda prisa,

camuflado en la oscuridad, como si de una sombra más se

tratase. Debía llegar al tren lo antes posible, seguramente

el niño hubiese descifrado los asesinatos en cuestión de

segundos después de haber oído toda la charla del director

al detective, pero no le contaría nada a nadie, se había

asegurado de ello. El detective, en cambio, tardaría su

tiempo en descifrar aquella obra maestra que había creado,

si lo conseguía. El enigma que había propuesto al mundo

parecía ser indescifrable y, aunque quería ser famoso por

su original rompecabezas, quizás nadie consiguiese resolver

el crimen de Vitruvio. Su crimen.

 

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