El camino hacia la muerte

redaccion el hombre sin cabeza

Aquella tarde Ana volvía a su casa después de la escuela. Había perdido el último tren por haberse distraído después de clase leyendo en la biblioteca. No era la primera vez que le ocurría, pero esta vez había perdido la noción del tiempo y desafortunadamente no llegó a tiempo a la estación para coger el último tren.

Desde que murieron sus padres siendo muy pequeña, Ana vivía con su abuelo en una granja, aislada de la ciudad. Por eso tenía que coger el tren que estaba a 50 minutos del colegio.

Mientras caminaba temerosamente entre los campos en medio de las cosechas de maíz, intentaba ir de prisa a la granja de su abuelo, pero sabía que tenía por delante un largo camino. Lo que más la preocupaba era lo angustiado que estaría el abuelo al ver que Ana no llegaría en el tren de las siete.

Ana, se lamentó por no haber llamado a su abuelo para que fuera a buscarla al colegio, pero sabia que se llevaría una buena regañina. Ahora ya era demasiado tarde para volver atrás. La oscuridad avanzaba tras sus pasos haciendo que todo lo que dejaba atrás a pocos centímetros de distancia se desvaneciera.

¡Qué pena que entre los maizales no hubiese cobertura! Después de varios intentos para hacer una llamada decidió reservar el 12% de carga que le quedaba a su móvil para utilizar la linterna cuando no hubiese luz.

Mientras el sudor recorría su cara, un poco por la prisa de sus pasos, otro más por el temor, Ana se dio cuenta de que los zapatos le hacían daño y que tenía que ir más despacio de lo que ella quería y se arrepintió de no haber llevado sus deportivas ese día.

De pronto, Ana se sobresaltó al escuchar algo que se acercaba a gran velocidad hacia ella. Atemorizada y sin saber si correr o gritar, se giró para ver si se daba por muerta. Al girarse reconoció la silueta que la llamó por su nombre.

-Ana, ¿eres tú?,¡¿pero qué haces aquí sola?!¿ ¿,Acaso estás loca?
-¿Juan?,¡Vaya susto me has dado! He perdido el tren, ya sabes mi afición por la lectura…

-¡Pero Ana, es muy tarde! ¿quieres que te lleve? No dejaré que te quedes aquí sola… puede pasarte cualquier cosa.

-Lo sé y lo siento, pero es que…

Juan era el vecino de Ana. Hacía tiempo que no se veían debido a que trabajaba como profesor en la ciudad. Juan era castaño y tenía los ojos azules.
Desde el primer momento en que Ana le vio le gustó, pero nunca se lo dijo a nadie porque seguro que la decían que era demasiado mayor para ella, ya que él tenía 23 años y ella 12.

Juan se puso en marcha en su bicicleta hacía la granja, pero el peso de ambos chicos hizo que al pasar sobre una piedra se pinchara la rueda.

Ambos amigos decidieron seguir la marcha caminando. El recorrido se hacía menos tenebroso estando en compañía. Sin embargo, había algo en el ambiente de esa noche que hacía que las ganas de llegar a casa fuesen más fuertes. Juan habló poco por el camino, se limitó a mirar a Ana, mientras ella solo deseaba que la luz durase un poco más. Días después Ana recordaría que Juan le mencionó que tenía un fuerte dolor de cabeza.

De repente, Ana sintió como si un escalofrío le recorría el cuerpo de los pies a la cabeza. De pronto todos los ruidos de la noche cesaron. En medio de ese silencio se empezó a oír el galope de un caballo que se acercaba.

Como el camino era estrecho se tuvieron que apartar para que dejar pasar al jinete. Cuando el caballo estaba a pocos metros, se dieron cuenta de que el jinete vestía con un elegante traje de pana negro con cascabeles. Ambos se giraron para verle pasar, y fue entonces cuando se dieron cuenta de que el jinete no tenía cabeza. A pocos metros, desapareció delante de la nube de polvo que se levantaba con el galope, sin embargo Ana tuvo la sensación de que en lugar de ver a una persona montada en el caballo, iban dos.

Ana y Juan no tuvieron tiempo de pensar. Se cogieron de la mano y no miraron hacia atrás. Empezaron a correr sin descanso hasta que se toparon con un halo de luz que se acercaba hacia ellos.

Ana se quedó petrificada, sabiendo que éste sería su fin. Sin embargo, se sintió aliviada al comprobar que lo que tenía delante era la furgoneta de su abuelo que venía a buscarla.

Ana pensó que su abuelo la gritaría, la reñiría y que estaría castigada por varias semanas sin el móvil. Sin embargo el rostro del abuelo reflejaba un misterio, una pena, algo que Ana no pudo descifrar.

Al llegar a casa, se sintió confusa al no ver a Juan. Pero pensó que se habría bajado de la furgoneta sin despedirse.

Después de tomar una gratificante sopa casera, el abuelo no mencionó nada acerca del despiste de Ana, sin embargo hizo un anuncio que la dejó estupefacta.

Ana, le dijo, de ahora en adelante iré a buscarte cada día al colegio y no tendré problema en quedarme fuera a esperar a que acabes de leer. Su rostro reflejaba gran preocupación. Y luego dijo: Me ha llamado Clara, la madre de Juan, nuestro vecino, no le localizaban desde anoche, esta mañana han encontrado su cuerpo al lado de su bicicleta, aún están investigando qué le pasó, la bicicleta tenía una rueda pinchada, pero no había restos de sangre, y él sólo tenía un golpe en la cabeza.

Ana jamás contó a nadie lo que le ocurrió aquella tarde, de cómo se sintió acompañada por Juan de vuelta a la granja, creyó que habría sido su imaginación, pero esta historia aún la atormenta por las noches, sobre todo cada vez que pasa por aquel camino, o cada vez que recuerda la imagen del hombre sin cabeza, llevándose consigo al chico de al lado.

Mariandré



 

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