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El destino

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El Destino

Mañana dejo de trabajar, cumplo 65 años y ya está bien.

Como podéis imaginar, para ser el amo de llaves de las

diez personas más importantes del mundo, mi vida ha sido

bastante…intensa. Pero no siempre fue sencilla. Bueno

creo que es el momento de contarla.

Nací en una familia adinerada. Mi padre era un gran

emprendedor. Le iba muy bien. Hasta que se metió en un

oscuro negocio de inversiones al extranjero y… perdió todo

su dinero. Yo tenía diez años. Nos quedamos hasta sin

casa. Mi madre lloraba, y a pesar de todo, no le reprochaba

nada a mi padre, solo le advertía que íbamos a salir

adelante. Yo no era consciente de lo que estaba pasando,

al fin y al cabo, era tan solo una niña de diez años, no

entendía , porque unos señores, desconocidos, llegaron a

mi casa y nos echaron ,o, porque por la calle teníamos que

soportar las carcajadas y murmullos de la gente.

Durante esos días, dormíamos debajo del puente “Blanco”,

el puente en el que vivían los vagabundos, a los que hace

tan solo unos días, les estábamos dando limosna y ahora

tendríamos que convivir con ellos. Mis padres hicieron lo

posible para ganar dinero, pero no nos dejarían solos, así

que, llamaron, en un teléfono robado, a una tía lejana suya,

que por motivos ajenos, tenían una relación fría, incluso, ni

se dirigían la palabra, pero era nuestra única esperanza. Mi

padre le pidió que nos dejara hacerla una visita, para que

nos conociera, y hablar de su relación, la tía accedió y

fuimos a su casa. Vivía en una casa mediana y obsoleta,

pero acogedora. La tía, al vernos, se quedó blanca como la

leche, nos estrechó en sus brazos y a punto de llorar,

abrazó a mis padres. La tía asombrada por nuestro

aspecto, preguntó que había pasado, mis padres la

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informaron, ella no paraba de sollozar y nos invitó a

quedarnos en su casa, pero mis padres rechazaron, solo la

rogaron, que se quedara con nosotros, que ellos solo se

merecían nada más que odio y desprecio, ella lo desmintió.

– ¡ Vosotros no tenéis la culpa de lo que esos insolentes

hayan hecho, se han aprovechado de vosotros, y encima

os creéis culpables!- exclamó la tía.

Mis padres desistieron, nos besaron y se fueron dándoles

las gracias a la tía. Mis hermanos y yo, llorábamos por su

ida, pero la tía nos tranquilizó, – Van a venir pronto-

murmuró,- No os preocupéis-

Los primeros meses allí, fueron intensos , ya que

deseábamos volver a ver a nuestros padres, pero nunca

venían.

Teniendo ya doce años, un día de madrugada, oímos unos

estruendos en la calle, bum…, bum…aterrorizados, mis

hermanos y yo, nos adentramos en la cama de mi tía, ella

asustada nos preguntó que pasaba, pero de repente, ella lo

comprendió todo. – Legó la hora- la oí decir- Coger todas

vuestras pertenencias y meterlas en las maletas-

argumentó. La hicimos caso. Habiendo acabado todas

nuestras respectivas bolsas de equipaje, le pregunté a mi

tía , porque pasaba esto ella contestó- ¡ Vámonos rápido de

aquí !- sin saber porque salimos escopetados de casa,

montamos al coche y nos dirigimos a otro lugar, no

sabíamos cuál, pero a alguno. En el trayecto vimos unas

especie de meteorito, caía sobre la ciudad. –Oh, no- dijo mi

tía. Después de unos minutos, vimos más meteoritos, pero

a mí eso, no me cuadraba, así que caí en ello. – ¿Tía, son

bombas?- pregunté con miedo –SÍ, Pablo, sí- respondió mi

tía. Instantes después, vimos caer una, sobre el puente

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“Blanco”.- ¡Nooo!- grité desesperada. Mis padres dormían

allí y seguramente estarían muertos, mi tía, entre lloros

exclamó- ¡En paz descansen!-.

Después de ver a traves de la ventanilla, a personas

llorando, heridas, incluso muertas, accidentes y la

destrucción del paisaje.

Pasamos muchas horas en el automóvil, hasta un país

llamado Italia, desde allí cogimos un barco para el Reino

Unido, cruzamos el Mediterráneo y el océano Atlántico,

hasta que llegamos. Mi tía, sabía Inglés, ya que su madre

era de Inglaterra, en cuanto llegamos, buscamos hospedaje

y ella nos explicó porque estábamos en aquel lugar.

-Estamos aquí, porque en nuestro país, como ya habéis

visto, se ha desatado una guerra, a partir de ahora, somos

exiliados, porque hemos venido, a un país que no es el

nuestro, por motivos políticos, aquí estaremos a salvo- dijo

mi tía.

Poco a poco, nos fuimos acostumbrando a esa vida en

Inglaterra, aprendimos el idioma, no teníamos miedo de

que cayeran bombas, pero seguíamos pensando en

nuestros padres. No nos faltaba de nada, teníamos una

casa, ropa, comida… que más pedir. El amor de unos

padres.

Con el paso de los años, ya nos íbamos haciendo mayores,

yo tenía veinticuatro, habían pasado catorce años de la

tragedia, pero la suerte, no nos sonrió mucho, nuestra tía

cayó enferma de gravedad y murió, sentimos bastante su

pérdida ella era nuestra segunda madre y padre, la que se

hizo cargo de nosotros cuando nuestros padres no

pudieron y la que nos dio amor verdadero, toda su

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herencia, se repartió, entre mis hermanos y yo, optamos a

tres mil libras cada hermano, éramos cuatro, todos

mayores de edad, nos teníamos que poner las pilas,

porque no podríamos vivir para el resto de nuestra vida con

eso, entonces busqué trabajo. Un día leí un anuncio, Marta

Borgeous, una adinerada mujer, buscaba un amo de

llaves, para su casa principal. Llamé, hablé con su

secretaria. Me contrataron, empezaba al siguiente día.

Pasadas veinticuatro horas, fui a la mansión, me abrió una

simpática chica y me acompaño al despacho de Marta.

Entré y me dio la bienvenida, me explicó las normas y lo

que cobraba, cinco mil libras, me instalé y avisé a mis

hermanos, que estaba trabajando de amo de llaves de la

Bourgeous. Pasando los meses, mis hermanos se

incorporaron al personal, pero Marta, ya muy mayor,

falleció y por lo visto no tenía herederos, solo una sobrina,

se apoderó de su casa y con groseridad nos comunicó que

estábamos despedidos, nos tuvimo0s que buscar otro

empleo, Karen , antigua secretaria de Marta, ofreció, ir a

casa de Juliette Maison, en Francia, otra adinerada , en

busca de personal, nos financiaron el viaje, y nos

instalamos allí, seis mil libras nos pagaba.

Así se fue repitiendo la historia, hasta que con treintaicinco

años, llegamos a mi décima casa, había recorrido medio

mundo, hasta que volvimos a España, nuestra tierra

querida, nos instalamos en el Palacio Real, sirviendo a el

Dictador y su mujer, era un placer pisar otra vez nuestra

tierra después de tantos años y verla más favorecida que la

última vez.

El Destino

Un día conocí a una moza, me enamoré de ella, es mi

mujer y tengo seis hijos con ella , mis hermanos también

formaron familia y todos igual de felices.

En el periódico leí, que una pareja de sesenta y cuatro

años , había remontado su fortuna, cuál pérdida fue por un

negocio turbio, tienen cuatro hijos y los quieren recuperar,

los cuáles los dejaron con su tía. En el texto, vi un número

de teléfono y llamé.

-¿Si?- contestó una voz, que se me hacía familiar. Contesté

que había encontrado a sus hijos, nos veríamos en los

Jardines del Palacio Real. A la hora indicada, un hombre y

una mujer se acercaron, los reconocí en seguida.

-¡ Papá , Mamá !- exclamamos yo y mis hermanos. Nos

fundimos en un tierno y profundo abrazo, les expliqué la

situación , como han transcurrido nuestras vidas y ellos la

suya, por lo visto la tía, dejó una cantidad de dinero bestial

para mis padres, ellos al morir ella, la cobraron.

Esta ha sido mi historia, pero esto sigue, me queda mucho

por delante y espero que viváis la vida como la he vivido

yo.

 

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