El fin de un sueño

“Escribo esto para dejar constancia de mis acciones y mis motivos por los que las hice. Ahora, poco queda de lo que antaño fue mi mundo, mi vida, mi todo… desde aquel funesto día que se abrieron los cielos y el fuego sembró destrucción, pánico y muerte…

Nací en Alepo, una ciudad al norte de Siria, por no decir la ciudad al norte de Siria, porque si vosotros la hubieseis conocido antes de que la locura se desatase, estaríais seguros de que el mismísimo Allah la había diseñado como el centro de la creación. Tenía una familia: mis padres y hermana, pero ahora, todo parece un sueño. Recuerdo los viernes cuando íbamos a la mezquita de Alepo, construida por los divinos Omeyas en el Califato. Jugábamos en el patio, nos perseguíamos con los otros niños. Eran buenos tiempos. También recuerdo las angostas calles por las que uno debía perderse si quería comprender lo que la maravillosa ciudad ocultaba; el olor a especias, los atardeceres bañando de luz rojiza los tejados, la llamada a la oración…

Yo tenía nueve años cuando todo empezó, el principio del fin. Una revuelta en la provincia fronteriza del sur Daraa, empezó el conflicto en marzo de 2011, seguida por la ciudad costera de Ibit. La revolución se extendió por todo el país, ya que el presidente al-Assad no hizo nada para impedirlo. La guerra civil, porque no había otra forma de llamarla, no llegó a mi amada Alepo hasta el 29 de julio. Era la hora del Asr, la oración del mediodía, así que entramos en la mezquita. Nos arrodillamos, nos postramos ante Allah y empezamos la Hamrat. De repente, las puertas estallaron y decenas de hombres bajo el grito de “Allah akbar” abrieron fuego sobre nosotros. En ese momento ser humano fue lo más peligroso del mundo. Daba igual la edad, sexo, discapacidad, el caso era matar y matar. Noté un dolor agudo en el hombro y caí al suelo. A mi alrededor decenas caían abatidos, pidiendo clemencia, rogando piedad, aullando de rabia y dolor. Cuando desperté noté la cara pegajosa de sangre y me abrí paso entre los cadáveres. Vi a mi propia madre tendida en el suelo. No se movía. No hablaba. En ese momento no comprendí, pero una bala le había atravesado la cabeza. Mi mente fue inundada por el dolor, una sensación que se convertiría en mi vida hasta el momento en el que escribo esto. Salí de la mezquita y vi Alepo arder. ¿Cómo es que Allah podía permitir esto? ¿No era acaso Allah el más grande y misericordioso? Inundado por estos pensamientos no me percaté de que un hombre venía por detrás de mí y me cogía con una fuerza descomunal. Sin embargo, no fue para hacerme daño, sino que, como más tarde me explicó, vio a un niño que merecía ser salvado de aquel infierno, y eso hizo. Ese hombre fue mi segundo padre, al que aprendí a amar como si de mi verdadero padre se tratase. Fue él quien me curó y quien me sacó de la ciudad. Mientras salíamos vi todo lo que había amado destruirse poco a poco de una manera infinitamente dolorosa. Quería llorar, gritar, aullar, pero por nefastas razones no pude.

Al salir de la ciudad nos ocurrieron diversas peripecias, tantas y varias tan horribles que prefiero no mencionar; hasta nuestro regreso a mi amada Alepo o lo que quedaba de ella. Intentamos llegar a la costa para huir con un barco, pero un ejército liberal se interpuso en nuestro camino y tuvimos que refugiarnos en un campo de refugiados de Al-Raqqah. Durante nuestra estancia allí me recuperé de mis heridas, pero el dolor nunca me abandonó. Empecé a reflexionar sobre qué había pasado. Mi madre estaba muerta, mi padre seguramente, y mi hermana, si Allah era misericordioso, también, pues aquella noche ocurrieron cosas que mostraron el lado más oscuro de la naturaleza humana. Mientras, grandes potencias como EEUU se unieron a la guerra, pero no fue hasta un año más tarde que regresamos a Alepo.

Al llegar, mi padrastro y yo vimos una ciudad fantasma, sus calles plagadas de cráteres, fuegos quemando cadáveres y lamentos de los heridos. Mi hermosa mezquita no era más que un montón de escombros. Trincheras rodeaban cualquier edificación, alambre los techos… Mi padrastro nos alistó en el Ejército Libre Sirio, ya que solo allí conseguiríamos comida y sobrevivir. Una semana después se oyó un silbido y el suelo tembló. ¡Nos atacaban! Saltamos a la acción y divisamos aviones rusos bombardeando nuestras defensas y sembrando el pánico en nuestras filas. Soldados enemigos en la ciudad en hordas y tuvimos que retirarnos en una mezcla de fuego, sangre y muerte. El sitio de Alepo había comenzado.

Hace ya cinco años de esto. Ahora, ya con mis catorce años, solo conservamos la mezquita. Hemos visto llegar tropas francesas en enormes cantidades, fortaleciendo la coalición. Es cuestión de tiempo hasta que acaben con nosotros…”

Poso el lápiz y miro por la ventana. Oigo gritos. Ya vienen. Han tardado más de lo que esperaba. Parte de mí siempre supo que todo estaba perdido desde el momento que se disparó la primera bala. Si he de morir, moriré en combate, pienso mientras cojo el arma. Salgo gritando y abro fuego. Caen tres, cuatro, cinco. La muerte me rodea.

Arretêz! – grita uno de ellos.

Noto un hormigueo en la frente. Me voy a morir, por fin seré libre del dolor. La muerte, esa vieja amiga que tanto tiempo me ha seguido, al final me ha alcanzado. Sin embargo, la persona a la que se le escapa la vida por un agujero en la cabeza no es más que un extraño. Aquel que yo, aquel niño murió en la mezquita aquel 29 de julio junto a su familia y su ciudad. Me desplomo en el suelo y antes de que todo se acabe, oigo decir al comandante:

-Era solo un niño…

Richard Neuman

 

 

 

 

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