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El infierno Winter

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Abril Winter era una joven muy pálida de cabellos oscuros y peculiares ojos que

cambiaban según su estado de ánimo, de azul a rojo, pero cuando no sentía nada eran

grises. Aunque no solo sus ojos eran lo especial en ella.

Abril tenía el poder de congelar o quemar cosas según sus sentimientos: Si era odio lo que

sentía podía helar a las personas por dentro, congelando poco a poco cada órgano. Si

sentía una alegría desmesurada era capaz de quemar objetos pero, por suerte, a los seres

solo les causaba una fiebre severa. Si sentía miedo hacía que todo su entorno se congelase

en milésimas de segundos, y, todo eso, con una simple mirada.

Con los buenos sentimientos producía calor y con los malos frigidez, pero… ¿Qué pasaría

con el amor?

Era la primera vez que lo experimentaba, ella sabía con certeza que el amor te puede

destruir si das un simple paso en falso pero también que podría ser la mejor sensación que

sentiría en su vida. El culpable de ese nuevo sentimiento era, como lo llamaba ella, Mr.

Perfecto.

Una tarde Abril se decidió a hablar con él pero ella sabía que sería prácticamente

imposible porque con el nerviosismo sus ojos parecían luces intermitentes cambiando de

color; de rojo a azul y así sucesivamente. Pensó en que le podría escribir una carta y

dejársela en la taquilla, así que decidida hizo un corto poema desde lo más profundo de su

corazón.

Pero toda la ilusión que ella sintió al colocar en su taquilla la carta desvaneció por

completo cuando observó que él la leía, arrugaba, tiraba y pisaba. Junto a esa arrugada y

destrozada carta se encontraba, también de la misma manera, su sentimiento de amor.

Ya no había rastro de ese sentimiento al ser sustituido por la ira, el odio, el rencor y la

maldad. ¿Cómo alguien se atrevía a hacerle eso?

En los días siguientes Abril se encerró en su mundo sin salir de su habitación. Estaba rota

por dentro y no quería causar daño alguno a alguien, excepto a Mr. Perfecto, de él tan solo

quería su sufrimiento.

Así pasó 1 año con constantes cambios de humor encerrada en su habitación, solo saliendo

por las noches a la cocina para alimentarse, hasta que un día no quedó más comida.

Fueron pasando los días y tanto la nevera como la despensa seguían vacías, ahí fue cuando

ella se percató de que hace días que no veía a su madre.

Durante todo ese tiempo ella estaba consumida en sus lloros con lo que no se dio cuenta

de que su entorno estaba en un silencio absoluto.

Decidida salió de su casa pero una sensación gélida recorrió su cuerpo al ver lo que había

sucedido. Toda la ciudad se encontraba congelada y sin rastro de una sola persona, sin

contar con las que se encontraban petrificadas por el hielo.

Abril empezó a sentir culpabilidad, aunque eso no bastaba para descongelar toda la

ciudad. Hasta que esa culpabilidad pasó a ser felicidad pero, una felicidad de malicia

causada por la venganza.

Solo echaría de menos a su madre, el resto de las personas se habían ocupado de hacer su

vida un abismo burlándose constantemente de ella.

Pero…

— ¿Y ahora qué?—Se preguntó

No sabía qué hacer, no podía empezar de cero en otra ciudad porque pondría en peligro al

resto de personas pero, no había otra salida. El problema es que ella vivía en un pueblo

solitario, aislado de toda civilización y el supermercado más cercano se encontraba a dos

horas de allí.

Estaba hambrienta, no tenía ganas, había destruido a todas las personas a las que quería

pero aun así, seguía indiferente. Cogió el dinero que tenía en la caja fuerte de su casa y

emprendió su camino.

Había logrado llegar en 2 días al pueblo más cercano tan solo bebiendo el agua que había

recogido en esos días de lluvia.

Spongsull era un pueblo muy alegre, demasiado como para correr el peligro que suponía la

llegada de Abril Winter pero, sin embargo, ella se rehusaba a encontrar otra ciudad.

Caminó adentrándose en ese reluciente pueblo mientras pensaba en todo lo que sucedía

por su culpa.

¿Por qué todo tenía que ser tan difícil para ella? ¿A caso no podía sentir lo mismo que

alguien normal? La respuesta era no. Todo lo que hacía y todo lo que experimentaba

acababa haciendo daño a las personas, directa o indirectamente, por lo que pensó en la

solución más fácil pero no la mejor; suicidarse.

Fue a un acantilado del pueblo, aún indecisa, para acabar con su infierno ¿De verdad su

vida iba a acabar de esa forma?

Fue dando pequeños pasos hasta el final del acantilado pero una nueva sensación apareció

en ella.

De una mano suya empezó a surgir nieve y de la otra pequeñas chispas. Nunca le había

pasado eso, siempre transmitía cosas así  pero no llegaba a tenerlo en sus propias manos.

Se empezó a asustar y a sofocar hasta que todo se empezó a mover en su cabeza, su vista

se tornó negra y cayó en un profundo sueño.

Despertó sin saber cuánto tiempo había pasado pero notaba algo diferente en ella, estaba

más a gusto y más ligera sin motivo aparente.

Decidió no hacerlo ese día, no estaba preparada. Fue a un motel donde se quedó en una

habitación y allí vio algo en el espejo que la dejó impactada; a ella misma.

Ya no tenía una piel de porcelana, ahora tenía más color, y sus ojos no eran azules, rojos ni

grises, sino verdes. ¿Qué le estaba pasando?

Rompió el espejo pensando que todo eso era imaginación suya, que ella nunca podría

verse como una persona normal. Pero uno de esos cristales cayó en su mano provocando

que esta sangrara. Iba a buscar algo con lo que curarse pero de repente se dio cuenta de

algo: El corte le dolía pero sin embargo no estaba congelando nada.

Empezó a reír de la alegría, estaba entusiasmada, pero nada ardía a su alrededor.

Abril no tenía nada claro lo que pasó en aquel acantilado pero sabía que eso le había

salvado la vida y le había convertido en la persona más feliz de la faz de la tierra.

Ya podía rehacer su vida, dejando todo atrás, empezando de cero.

 

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