El internado

Si hace un tiempo me hubieran hablado de fantasmas, lo más seguro es que me hubiera reído, claro ¿quién iba a creer esas absurdas historietas sobre las almas de la gente que vagan por el mundo sin rumbo fijo? Aunque las ideas cambian con el paso del tiempo y si ahora me hablan de fantasmas lo último que me saldría es una risa…

Para que lo entendáis bien, os lo explicaré desde el principio. El verano pasado mis padres decidieron mandarme al internado de Santa Olga porque según ellos mis notas estaban bajando y mi comportamiento era muy deficiente y bla bla bla… Ya sabéis: típicas cosas de padres. La verdad es que cuando me dijeron que aquel verano lo pasaría encerrada en un maldito internado me enfadé muchísimo, e incluso en un principio pensé que se trataba de una broma de mal gusto para asustarme, pero me equivocaba y en menos de una semana estaba metida en un coche rumbo al infierno.

El trayecto en coche se me hizo eterno, el calor era insoportable y los intentos fallidos de mis padres de animarme no mejoraban la situación.

–  Cuando yo era pequeña me hubiera encantado estar en tu lugar- me decía mi madre con una sonrisa mientras yo la miraba con cara de pocos amigos- ya verás, cuando acabe el verano no querrás irte de aquí.

Por fin, tras media hora, que a mí me pareció cuarenta años, llegamos. Odio reconocerlo pero Santa Olga era preciosa, era un hermoso edificio que a mí me recordó a los castillos que nos habían enseñado en clase de historia y cuyo nombre no recuerdo, ya os había contado lo de mis problemas con las notas, ¿verdad?, pero he de reconocer que lo que más me impresiono fue el bonito jardín delantero, era un enorme prado verde con flores de todos los colores, aunque mis favoritas era las amarillas, con un caminito de piedra blanca que iba a parar a una fuente con una escultura de un ángel que echaba agua por la boca. Rodeamos la fuente y llegamos a la entrada, que estaba defendida por una leona de piedra y sus cachorros. En cuanto entramos mis padres empezaron a hablar con una mujer mayor que supuse que sería la directora del internado. Poco después mis padres se despidieron de mí.

  • Buenos días Brianna, yo soy la directora del internado, la señorita Olga- mientras ella hablaba y me contaba lo “genial” que era este lugar, yo estaba más atenta al rugido del motor del coche de mi padre, que podía oírse a través de la ventana- bueno, ¿Qué opinas?
  • ¿Qué?- me sobresalté- que está… muy bien- por la mirada que me echó, me di cuenta de que lo que me había dicho o preguntado no se respondía con un “está muy bien”, pero no me importó demasiado.
  • Bueno, en todo caso Charlotte te acompañará a tu habitación y te enseñará todas las estancias de este maravilloso lugar.

En ese momento apareció una chica que tendría un par de años más que yo, vestía con una falda de tubo que a mí me pareció incomodísima y una chaqueta súper hortera e iba repeinada con un moño rubio. En cuanto la vi me entró una risita traviesa y la supuesta señorita Olga nos dejó solas con un suspiro.

  • Hola Brianna…- empezó a decir mientras estiraba una mano hacia mí con la finalidad de que yo se la estrechara.
  • Prefiero Brie, Charlotte- dije yo poniendo énfasis en su nombre y mirando su mano que seguía extendida en mi dirección, después de unos segundos pasé de ella y me dirigí al pasillo por el que Olga había desaparecido tiempo antes, pero ella me agarró del brazo.
  • Es obligatorio tratar a tus superiores con respeto- me dijo con mala cara sin dejar de agarrar mi brazo.
  • Ya, pero nadie ha dicho que tú seas superior a mí- le respondí con una sonrisa maliciosa mientras me zafaba de ella.

Seguí el largo pasillo hasta el pie de unas escaleras de caracol, con Charlotte detrás de mí y empezamos a subirlas, tres plantas más arriba nos paramos frente a una puerta, al entrar me encontré con una habitación de tres camas, un escritorio con un ordenador y un ventanal con unas cortinas turquesa que contrastaba con el blanco del resto de la habitación.

En las camas había dos chicas, una rubia de pelo corto con los ojos verdes y bastante alta y la otra pelirroja con el pelo muy largo y de ojos azules, ambas debían tener mi edad y, tenían el cabello perfectamente ordenado en contraste con mis ondas castañas que difícilmente se quedaban en su lugar.

  • Hola – me saludó la pelirroja- soy Anastasia pero me puedes llamar Nas.
  • Yo soy Brie – respondí ignorando que Charlotte empezaba a ponerse roja de rabia.
  • Mi nombre es Stephanie – se unió la rubia a la conversación.
  • Os estaré vigilando – añadió Charlotte antes de marcharse de la habitación – a la una y media bajad a comer.
  • ¿Soy la única a la que la perece que miss perfecta se cree alguien importante? – preguntó Nas.
  • No eres la única, además, ¿vosotras no odiáis esa voz de pito? – añadí yo, y las tres nos empezamos a reír.

 

Poco después las tres nos llevábamos genial, yo había descubierto que Nas estaba aquí porque había tenido una fuerte pelea con su hermana y que como ella era la menor solo la habían castigado a ella, en cambio Stephanie estaba aquí porque su tía era una de las trabajadoras y ella tenía que quedarse con su tía todo el verano.

El gran comedor era enorme, había tres mesas llenas de alimentos, nosotras nos sentamos en la del medio.

Poco después la directora empezó a leernos las normas y explicarnos los horarios. Una hora más tarde ya habíamos comido y nos encontrábamos sentadas en los bancos del patio trasero en la hora de la lectura, aunque yo más que leyendo estuve hablando con Stephanie y con Nas. Después de un par de clases y explicaciones de los nuevos profesores nos dieron tiempo libre hasta la hora de la cena.

Estábamos jugando un rato a la pelota cuando Stephanie tiró detrás de una verja metálica oxidada, nos quedamos mirándola hasta que yo empecé a escalarla y la salté. Una vez dentro, nos encontramos una enorme finca, Nas y Stephanie me miraron pero no dijeron nada y siguieron mis pasos.

A lo lejos, un cobertizo de madera podrida se erguía sobre los hierbajos.

  • Vamos – gritó Stephanie corriendo hacia el cobertizo

Cuando la alcanzamos ella ya estaba en el cobertizo, el interior de este era aún más espeluznante que el exterior y de repente escuchamos un portazo, seguido de unos susurros.

  • Sacadme de aquí, por favor – habló una voz suplicante.
  • ¡Aahhh! – gritamos las tres a la vez.
  • ¿Quién anda ahí? – pregunté yo tragando saliva

En ese momento un niño, pero no un niño como tal… sino algo transparente, el alma de un niño, rubio de ojos verdes y muy delgado apareció ante nuestros ojos, nosotras intentamos salir corriendo, bueno todas menos Nas quien a nuestra sorpresa se puso a hablar con el chico. Cuando nos dimos cuenta, Nas estaba todavía dentro del cobertizo.

Unos cinco minutos más tarde, Nas salía del cobertizo con un collar y el niño detrás…

Nosotras dimos un paso atrás pero Nas, al darse cuenta de nuestro susto, comenzó explicarnos todo lo que había hablado con el fantasma.

  • Él es Jon, murió en el cobertizo hace 26 años y estaba esperando a que alguien le sacara de allí, ya que su alma estaba atada a este collar – dijo señalando al objeto – pero él no es malo.

Desde ese momento nuestra estancia en Santa Olga no fue lo mismo, ¡Claro!, ¿cómo iba a serlo ahora teníamos un mejor amigo fantasma?

El último día, cuando estábamos a punto de irnos a casa todos, prometimos volver el verano siguiente y, si os estáis preguntando qué fue de Jon, decidimos que cada año se quedaría con una de nosotras y aquel año le tocó a Nas por no haber tenido miedo en nuestro primer encuentro con él.

Y pensar que en solo media hora volveré a pasar otro verano mágico en Santa Olga en compañía de mis mejores amigas… – les dije a mis padres desde el asiento trasero del coche.

Anjana

 

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