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El ladrón de sentimientos.

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Cogí la sonrisa que había guardado en el cajón de los recuerdos hacía demasiado tiempo y hui.

Hui con la única compañía de mi sombra, con la intención de no sentirme solo.

Cogí la poca valentía que me quedaba en el bolsillo roto de mi vaquero y me escapé. Me

escapé de una cárcel que yo mismo me había creado. Me escapé en busca de una felicidad de

la que todo el mundo hablaba, pero de la que poca gente sabía.

El aire se escabullía entre los agujeros que dejaban las presencias de los transeúntes y, riendo,

subía y bajaba de los árboles. Corría de esquina a esquina de los edificios y paraba al llegar a

mí. Con pánico, las ráfagas de viento me saludaban y se hacían a un lado para dejarme pasar.

No eran las únicas, a decir verdad. Las nubes se divertían creando figuras en el cielo, tapando

el sol a medias e incluso haciéndolo desaparecer. Crecían y empequeñecían, cambiaban de

color entre tonos suaves. Hasta que yo aparecía, claro.

Entonces, ellas, petrificadas, seguían su camino sin la más mínima diferencia y procuraban no

pasar sobre mí.

Pensarás que son sólo locuras mías. Que el aire y las nubes no son personas. Y quizá esto te

parezca un tipo de característica literaria, de esas que se estudian en el instituto para hablar de

los poemas. Pensarás, por lo tanto, que estoy haciendo una personificación para atribuir

cualidades o sentimientos humanos a todo lo inanimado. Pero era real.

Yo no miento.

Doblé la esquina, perdiendo sin darme cuenta un trozo de valentía, pero ganando un pedazo

de constancia.

Intenté que la sonrisa se estabilizara y seguí en mi huida.

Pasé por el parque y no pude evitar fijarme en una pareja que, sentada en un banco,

compartía amor. Casi literalmente.

El chico que parecía más joven estaba sobre una silla de ruedas y no paraba de tamborilear sus

dedos en el muslo derecho. Un tic, en mi humilde opinión. Sonreía con adoración hacia el otro

chico. Esa clase de sonrisas que se lanzan los enamorados en los primeros meses de relación y

que con los años suele desparecer por costumbre.

Miraba al otro chico como si fuera a darle todo en la vida. Incluso sus propios latidos.

Mientras tanto, el mayor respiraba con cierta dificultad. No tuve un título de medicina, pero

estaba 99% seguro de que su corazón no era del todo natural. Por eso me parecieron tan

entrañables sus miradas, y tan sinceras.

Quizá hayas escuchado alguna vez que puedes saber cómo está alguien simplemente por su

tono de voz. Pues yo te aseguro, que, si sólo hubieras atendido unos segundos a la

conversación de esta pareja, jamás se te hubiera pasado por la cabeza que uno era paralitico y

que el otro tenía una máquina por corazón.

Pasando por su lado, les dejé una pizca de amor y respeto y cogí, sin que se me notara, la

mayor cantidad de esperanza posible.

Respiré hondo y continué adelante. Hui, alejándome cada vez más de mi prisión.

Sin darme cuenta, una niña se paró delante, cortándome el paso, y me tiró con suavidad del

pantalón, llamando mi atención.

Me agaché para ponerme a su altura y la sonreí con esa esperanza que, sin mala intención,

había robado a la pareja del parque.

Me preguntó, sin timidez, sobre mi opinión acerca de los machistas. Frunciendo el ceño y

pensando una respuesta adecuada para una pequeña de apenas 6 o 7 años acabé diciéndola

que la sociedad debe aprender que nadie es superior a nadie, que la mujer jamás ha cesado de

luchar por unos derechos que debería haber tenido desde el comienzo. Que rendirse no es una

palabra que esté en su vocabulario y que esa carrera constante que tienen con los hombres,

uno día será ganada. Por ellas.

La dije que ser mujer no es delito, así que no se las debía condenar a cadena perpetua. Que

merecían libertad, y que encima, ellas empezaban pidiendo, aunque sea, libertad condicional.

La dije que había que alabarlas simplemente por el hecho de ser mujeres y que yo, en ese

instante, la alababa a ella.

La niña me respondió con esa inocencia característica de la infancia y con su permiso, me

guardé un puñado de esa cualidad en el bolsillo que no tenía roto del vaquero. Se despidió con

la mano y antes de perderla de vista, pedí al cielo poder verla en unos años y cerciorarme de

que se había convertido en una gran mujer.

Mis piernas gritaban de vez en cuando pidiendo un respiro, pero mi subconsciente seguía

caminando. Sin parar.

Algunas ráfagas de viento me dejaban pasar y otras, en cambio, creaban una barrera

infranqueable frente a mí. Lo acepté, con un poco de tristeza, pero lo hice.

Unas horas después, me encontré con un hombre de unos 40-45 años que me dio curiosidad.

Con disimulo me apoyé en la pared y saqué un cigarrillo para pasar desapercibido.

El hombre hablaba por teléfono de manera calmada, pero daba la impresión de que el

receptor estaba angustiado. No llegué a plantearme que lo que estaba haciendo era algo malo,

porque el señor me dio una de las mayores lecciones de mi vida.

-Inhala y exhala, cariño. Inhala y exhala. Bien, dos veces más.

>>Ahora, escúchame atentamente. Mis pulmones han decidido darme una patada y ahora

tengo cáncer. Vale. Escúchame. Vale. Lo acepto. Quizá si no hubiera fumado tanto no me

habría tocado. O incluso sin fumar, igual sí. Lo que quiero decir es que la tómbola me ha

mirado a mí y no puedo decir que no al premio.

¿Qué por qué lo considero un premio? Porque tengo la certeza de que voy a sobrevivir a esto,

y que tú, aun a mil kilómetros de aquí, seguirás conmigo. Tengo la certeza, escúchame, que no

es sólo esperanza, de que la muerte no va a venir a buscarme dentro de poco. Y es que, creo

en mí. ¿Lo entiendes, cariño? No te dejaré, ni voy a irme a ningún lado. Y mis pulmones

tampoco. Batallarán conmigo y con los dos o con uno sólo, respiraré durante muchos años

más. Te lo prometo.

Decidí alejarme porque ya había escuchado suficiente y la vergüenza de inmiscuirme en la vida

privada del hombre ya estaba carcomiéndome. Tiré la colilla, tiré el mechero, tiré la caja de

cigarros y con ello, tiré mi egoísmo.

Del hombre me llevé la fe y el optimismo. No todo, claro, porque algo tendría que dejarle para

la lucha que le esperaba.

Y como regalo, le dejé un trozo de esperanza de la pareja de enamorados y un poco de la

inocencia de la niña.

Seguí huyendo, pero ya no tenía claro de qué.

El cielo oscurecía y las agujas de mi reloj de muñeca se acoplaban a los latidos de mi corazón,

dejándome en claro que no aguantaría mucho más dando vueltas sin sentido.

Pero lo hice. Seguí adelante. Escapé.

De dónde, de quién, ya no lo sabía.

Pero escapé con la sonrisa que me había llevado de mi vaquero al principio del día.

Mi mente me guiaba sin yo poder guiarla a ella, y acabé en el cementerio, junto a una anciana

que quitaba las flores de la tumba que tenía en frente.

No lo entendí al principio, así que procuré quedarme cerca de ella para averiguar qué hacía.

-No voy a dejarte flores aquí, amor. Supongo que es algo que veías venir. Siempre me

conociste mejor que nadie.

>> No te voy a dejar flores, y siempre que vea algunas las quitaré, porque ellas morirán en

algún momento. Se marchitarán y sólo te mancharán.

No mereces eso, amor. Claro que no. Porque las flores se dejan a los muertos y tú no lo estás.

Sólo te has vuelto invisible, pero no noto que no estés cada día a mi lado. No te olvido. Así que,

voy a dejarte en lugar de pétalos, todo mi cariño, parte de mi felicidad -entiende que no puedo

dártela todo- y algo de ese ojalá que me acompaña desde que te fuiste. Ese ojalá que me da la

posibilidad de creer que un día volveremos a vernos de frente.

Te quiero, y unas flores jamás lo demostrarán como lo hacen estos sentimientos que te dejo.

<<

Contuve las lágrimas y rozando a la mujer, la dejé todo lo que llevaba encima. Fuerza,

constancia, esperanza, amor, respeto, fe, optimismo y la oportunidad que yo estaba buscando

y que se había extendido ante mí: la felicidad.

Se la cedí porque, ¿para qué necesitaba yo esa felicidad si había conseguido unos valores

increíbles simplemente con la empatía?

Ella necesitaba felicidad, pero yo ya la tenía, sólo que estaba pegada a la suela de mi zapato y

no podía verla.

Esa misma noche una nube pasó sobre mí y su lluvia borró mi angustia mientras el viento se

llevaba mi maldad.

Y entonces, me di cuenta, por fin, que no estaba huyendo de una prisión física, sino que estaba

huyendo de mí mismo. Me había convertido en un monstruo y quería escapar de mi propio

cuerpo. Me había matado con mis actos, y aquel día, esas personas tan especiales, me habían

revivido.

Dejé de huir para crear una nueva etapa sobre mis huellas manchadas de malas experiencias.

Me cambié el pantalón por uno con los bolsillos bien cosidos para guardar todo lo que había

adquirido con los años y me cambié de zapatos para que mi felicidad no se escondiera de mí

una vez más.

Le pedí perdón sin palabras -pero con mi mente a voz de grito- a aquella persona a la que

tanto daño había hecho. Y sin palabras de nuevo, pude sentir su perdón.

La vida me había pegado en su momento por mi conducta, pero ahora me estaba premiando

con la posibilidad de ver mis errores a través de lecciones de otros.

Las nubes dejaron de esquivarme, el viento empezó a saludarme sin temor y la niña, años

después, se convirtió en la mayor activista contra los derechos de la mujer.

Lancé una moneda en todas las fuentes y en todos los puentes que pude para que mis deseos

se cumpliesen más de una vez y la última noche de mi vida, soñé con un mundo lleno de

felicidad. Felicidad mental, felicidad sentimental.

Pedí una solución o una facilidad para la pareja de jóvenes del parque. Pedí la extinción del

machismo para la niña. Pedí la cura para el hombre y un billete de avión para ver a su “cariño”.

Y, por último, pedí una vida digna para la señora. Y una vida siguiente acompañada de su

marido.

Pedí muchas cosas, lo sé, pero lo que más me sorprendió fue que no pedí nada para mí.

Porque lo tenía todo, todo lo que merecía e incluso algo de lo que quería. Tenía a mi sombra –

que jamás me había dejado- para despedirse de mí en mi último suspiro. Y sinceramente, no

necesitaba más.

Fin.

Firmado: Hopefully

 

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