El peso de las palabras

Una callada niebla inundo Forcas, embriagando el pequeño pueblo con un aire céfiro y misterioso. El tiempo parecía haberse congelado para aquel resquicio olvidado de la España sencilla, al que todavía no había llegado el germen industrial. Tal vez por ello, un elemento atemporal permanecía impasible, observando la sencilla vida de los residentes, siendo espectador de su humilde trama, escuchando cada uno de sus secretos. Aquella mañana, como siempre, las olas eran la banda sonora del despertar matutino de los habitantes de Forcas.

Con los puños cerrados y un andar nervioso, trataba de frenar el irrefrenable impulso de girarse. Aunque sentía unos ojos vigilando cada uno de sus movimientos ya estaba acostumbrado a ignorarlos. Comenzó a oír unas pisadas fuertes e irregulares detrás de él, pero no acelero, apretó los puños con más fuerza hasta el punto de hacerse daño en las palmas de las manos. Un escalofrió recorrió su cuerpo cuando escucho su nombre entre la densa niebla. A pesar de contar ya con casi veinte años, aun sentía pavor como la primera vez. Notó la presión de una mano en su hombro, sabía que no debía girarse, no debía hacer caso, pero se giró.

  • Jorge , ¿estás sordo o qué?, se te ha caído la cartera

Jorge sintió un profundo alivio al identificar el conocido rostro del Farolero mirándole con extrañeza. Sus marcadas ojeras no ocultaban un mal humor acentuado por sus gruesas y fruncidas cejas, con una mano sostenía la pértiga con la que dotaba a las farolas de una tibia luz, en la otra sostenía una cartera.

  • Sí, quiero decir, es mía – dijo Jorge mientras se recomponía – muchas gracias

El Farolero emitió un gruñido y se dirigió a la siguiente Farola.

Apenas dos calles más adelante, aun con el susto en el cuerpo, Jorge entró azorado en la pequeña tienda. Las paredes estaban invadidas por monturas, alabardas y aparejos, aquella era la última guarnicionería del pueblo y el viejo Félix, el último talabartero. Era un hombre menudo, encorvado por la edad, con una nariz aguileña y pelo canoso, en su rostro yacía una expresión vacía, donde una vez hubo una sonrisa radiante.

  • Buenos días señor Félix – dijo Jorge en un tono servil

El viejo Félix desvió la mirada de su periódico y levanto la muñeca. Trato de mirar la hora en su reloj pero sus temblores se lo impidieron. En un tiempo pasado fue el mejor en lo suyo, sin embargo ahora no era capaz ni de enhebrar una aguja.

  • Llegas tarde, ponte a trabajar – dijo secamente el viejo Félix

Jorge pasó el mostrador y entró al taller. Una montura visiblemente deteriorada descansaba sobre el banco de trabajo. Jorge tanteó el cuero con  las yemas de sus dedos, era de buena calidad. Sin reparos se puso manos a la obra. Llevaba un año en aquel trabajo pero ya era todo un experto, el viejo Félix le había enseñado bien, aunque por momentos pareciese como si no hubiera querido desvelarle todos sus secretos, y Jorge hubiera tenido que arrancárselos. La noción del tiempo se escapó por la ventana, hasta que un par de suaves golpes hicieron a Jorge levantar la cabeza. Era visiblemente más joven que él, pero no demasiado, uno o dos años, tenía el cabello  y los ojos castaños, sus rasgos eran delicados pero su expresión decidida. Poseía una belleza singular, diferente a la cualquier mujer oriunda de Forcas.

  • ¿Qué tal va la montura?

Jorge estuvo a punto de responder pero se contuvo, esta vez no caería, volvió sus ojos a la montura a pesar de la mirada inquisitiva de la joven, los segundos se volvieron años hasta que un carraspeo del viejo Félix rompió el silencio, se había vuelto a equivocar.

  • Tiene varias costuras rasgadas y alguna parte deteriorada pero nada que no se pueda arreglar – dijo Jorge obviando lo ocurrido
  • ¿Para cuándo cree usted que estará lista? – preguntó la joven con una tímida sonrisa
  • En dos o tres días

La joven le dio las gracias y se volvió

  • ¿Le puedo preguntar su nombre?  –  alcanzó a decir Jorge

La joven se detuvo 

  • Julia    
  • Deja a la muchacha en paz Jorge, y ponte a trabajar – Dijo el viejo Félix
  • ¿Te puedo preguntar yo el tuyo? – dijo Julia obviando al viejo Félix
  • Jorge, Jorge Mateos Vasco
  • Volveré en unos días a por la montura, Jorge.

La puerta se cerró y las manos de Jorge volvieron al trabajo, aunque su mente estaba puesta en Julia.  

De pronto un sonoro llanto sobresalto a Jorge, era el llanto de un niño, el sonido era desgarrador. Jorge se levantó y salió rápidamente a la calle, allí un niño lloraba cubriendo su rostro con las manos, Jorge se acercó a el.

  • ¿Qué te pasa jefe? – dijo Jorge con un tono conciliador

El niño seguía llorando, Jorge le aparto las manos del rostro y inmediatamente retrocedió, aquel crio no tenia rostro, tan solo una expresión muda y perturbadora.

  • ¿Se puede saber qué demonios estás haciendo? – rugió Félix detrás suyo

Jorge se volvió y de pronto el niño había desaparecido. 

  • Señor Félix, puedo explicarlo
  • No quiero oír tus excusas, esta es la última vez que montas un escándalo de los tuyos
  • No por favor señor Félix necesito este trabajo

El viejo Félix le miró con desprecio

  • De acuerdo, vete a casa, pero que esta sea la última vez

Jorge le dio las gracias y se marchó antes de que cambiara de idea. Con los puños apretados y un andar nervioso volvió a casa, maldiciendo por lo bajo – no debí bajar la guardia- se decía a sí mismo. Ahora le esperaba lo peor, volver a casa, con su peor compañía, sus propios pensamientos. Sin embargo, al llegar la sorpresa fue mayúscula, allí estaba él, ataviado con un uniforme militar, su hermano.

                                                             * * *

         –   ¿No es mucha acción para el primer capítulo? – preguntó Alejandra

Ofendido, me volví con una mano en el pecho.

  • ¿Mi representante no se ha leído ni el primer capítulo de mi libro? – dije con incredulidad

Alejandra puso los ojos en blanco

  • Sabes que tengo más clientes, Si me tuviera que leer el libro de cada uno de ellos no tendría tiempo ni para respirar
  • Claro, mucho mejor leérselo a cinco minutos de la gala – respondí con desdén
  • La ironía no es lo tuyo Daniel 
  • La ironía es el denuesto del sabio
  • ¿De quién es esa frase? – preguntó Alejandra
  • Lo sabrías si hubieras leído el libro -contesté

Alejandra exhaló un largo suspiro y salió del coche, me dispuse a salir yo también pero Alejandra me lo impidió.

  • ¿Qué haces?, no salgas hasta que te lo diga, tengo que hablar con los fotógrafos
  • ¿Fotógrafos?
  • Si Daniel, fotógrafos, tengo que decirles quién eres, sino no te anunciarán cuando pases por la alfombra, y me va a ser muy difícil venderte si no hay ninguna prueba de que has estado aquí esta noche.

Levanté las manos en señal de rendición. Alejandra se acerco a los fotógrafos con una sonrisa perfecta, ella era la razón de que yo estuviera allí, tenía por seguro que aquella gala estaba amañada, y aunque ganara tampoco me llevaría una alegría. Alejandra hizo un ademan y salí del coche, estaba completamente perdido, sin saber si me sacaban una foto o no esbocé una mueca que pretendía ser una sonrisa y pasé al gran salón. Era una antesala al escenario donde se llevaría a cabo la gala, estaba repleta de “celebridades” y “eminencias “del mundo literario moderno.

Alejandra ya se había deslizado entre los círculos más selectos, mientras yo custodiaba el buffet libre. Por una parte envidaba su don de gentes, pero por otro lado, la idea de tener que dar una impresión perfecta se me hacia insoportable.

De pronto, alguien apareció en mi campo visual.

  • ¿Es usted Daniel Linares?  – aquel hombre se apresuró a darme la mano- soy un gran fan de su obra, desde luego es mi  apuesta para esta noche

No podía faltar, aquel hombre menudo e inquieto era la viva imagen del falso adulador, no era más que el representante de alguna editorial de poca monta que pretendía cazar un pre-contrato con el ganador, después de mi iría a por el siguiente candidato a soltar el mismo discurso. Aquel hombre manipulador representaba a la perfección en qué se había convertido el  mundo editorial, aquella gala no era más que un tablero de ajedrez humano en el que “escritores” trataban de vender sus libros hechos a medida para las masas, carentes de un trasfondo real, con el único propósito de vender, desvirtuando el valor del de crear para subordinarlo a producir, porque aunque el arte de los negocios sea el paso que siga el arte eso no quiere decir que el arte sea un negocio.

  • De hecho estoy tan seguro que ganará esta noche que le quería ofrecer…
  • ¿Así que es un gran fan de mi obra? – dije cortándole en seco
  • Si, por eso le comentaba que…
  • ¿Cuál es su parte favorita?

Pude ver el miedo reflejado en sus pupilas

  • ¿Qué parte?… pues… – aquel hombre pareció encogerse en su traje – el capítulo tres

                                                            * * *

Capítulo 3 

Un mechón castaño resbalaba por el rostro maduro de Hermes. Miraba a Jorge con una mezcla de alegría y tranquilidad, como si nunca se hubiese ido, mientras Jorge se revolvía nervioso en el sillón, incapaz de articular palabra.

  • Me alegra ver que has salido adelante hermano – dijo Hermes sin alterar el gesto

Al escuchar su voz a  Jorge se le formó un nudo en la garganta. Hermes no había cambiado ni un ápice,  conservaba aquel aire juvenil que se complementaba con la seguridad que desprendía su imponente figura.

  • Creía que no volverías –  dijo Jorge al fin 
  • ¿Tan poca confianza tenías en mi, hermano?  – preguntó Hermes con una sonrisa perfecta–  Están trayendo las tropas, Cuba está perdida y las madres quieren a sus hijos de vuelta.
  • Al demonio con Cuba, qué se nos ha perdido ahí- dijo Jorge  con resentimiento

Jorge conocía tan poco la política como la gran ciudad, es difícil conocer algo bien cuando no te conoces ni a ti mismo, sin embargo, su odio estaba justificado. Sin haber visto nunca a sus padres, a  Jorge sólo le quedó su hermano, pero cuando fue reclutado quedó desamparado. En aquel momento era cuando las sombras y las voces más se manifestaban por lo que corría el riesgo de acabar en un manicomio. Finalmente consiguió que le tacharan de incomprendido en vez de loco, aunque muchas veces estas palabras sean sinónimos.

  • Lo importante es que he vuelto – dijo Hermes en tono conciliador

Jorge se sintió como un egoísta, Hermes estaba allí y el no hacía más que quejarse.

  • ¿Estás bien? – preguntó Jorge

Hermes le miró con extrañeza

  • Por supuesto que estoy bien, estoy en casa
  • Me refiero por la guerra…
  • Te refieres a si he tenido que matar a alguien –  soltó Hermes sin rodeos

Jorge asintió bajando la cabeza.

  • Sí, he tenido que matar –Jorge intentó sostenerle la mirada pero no pudo – intenté prepararme para ello, pero es algo imposible. La primera vez te marca, pero no tienes tiempo para pensarlo, y pasas a la segunda, y luego a la tercera, así hasta que pierdes la cuenta, o pierdes la vida.
  • ¿No piensas en ello?
  • No, yo controlo mi propia mente, la bloqueo para no pensar – dijo Hermes alzando ligeramente la voz

Jorge se encogió.

  • Hablando de la  mente,  ¿sigues viéndolas? – Pregunto Hermes enarcando sus cejas
  • Si   – musitó Jorge

Hermes exhalo un profundo suspiro y  se llevo las manos a las sienes.

  • Yo …  – trató de decir Jorge
  • Debes enfrentarte a ellas ,– dijo Hermes cortando a Jorge – con coraje, quizá así logres un poco de sosiego en tu vida.

Tal vez Hermes tenía razón, Jorge había pasado toda su vida ignorando a las sombras y las voces, quizás debía de probar algo nuevo. De todos modos unos primeros rayos de sol se filtraban entre por la ventana, lo que significaba que Jorge debía de ir a trabajar. Jorge se disponía a salir cuando Hermes se dirigió a él incorporándose.

  • ¿En  qué decías que estabas trabajando? 
  • Soy talabartero

Hermes esbozó una sonrisa

  -El viejo Félix estaría orgulloso

Jorge miró a su hermano confundido

  • ¿Por qué me miras así?, si, el viejo Félix, el que murió hace diez años.

Un profundo vértigo se apodero de Jorge, la realidad que para él nunca  estuvo unida, ahora se caía a pedazos. En el lapso de un segundo estaba frente a la talabartería. Con un rígido movimiento empujó la quejosa puerta, todo seguía igual que el día anterior, sin embargo  el viejo Félix no estaba tras el mostrador. Jorge traspasó el mostrador y entró en la oficina, allí el viejo Félix roncaba adherido a un negro sillón. Jorge apenas recordaba la última vez que vio al viejo Félix relacionarse, no obstante, allí estaba aquel anciano ermitaño, desafiándole entre ronquidos. 

Jorge se acerco al viejo Félix, que despegó ligeramente sus legañosas pestañas y se encontró con una mirada en la que bailaba el miedo y la furia. Antes de que el viejo Félix reaccionara las manos de Jorge se habían cernido sobre su cuello y lo constreñía con fuerza, el viejo Félix boqueaba desesperado en busca de oxigeno, Jorge apretó con más fuerza las arrugadas pieles del anciano a la vez que su rostro adquiría un tono purpúreo, Jorge pudo ver cómo las venas de los ojos del viejo Félix estallaban, hasta que este dejo de respirar.

Julia entró en la tienda, no había nadie en el mostrador de modo que tocó con suavidad el timbre. El muchacho del día anterior atravesó la puerta, estaba sudoroso y tenia las pupilas dilatadas.

  • ¿Qué tal va la montura? – pregunto Julia
  • Bastante bien señorita – Jorge carraspeo aclarándose la garganta – en un par de días la tendrá lista 
  • Perfecto   

Julia echó una rápida mirada la humilde tienda.

  • No entiendo mucho de monturas, pero si entiendo de caballos, al mío esta montura le roza y le causa alguna que otra herida, ¿Qué me recomiendas?

Jorge, que no había imaginado que aquella conversación durase más de 10 segundos,  forzó una trémula y mecánica sonrisa antes de contestar.

  • Que una montura provoque heridas es algo inusual si le soy sincero
  • Si quieres cuando tengas lista la montura puedes venir a las caballerizas y lo analizas por ti mismo  – ofreció Julia-
  • Me parece una buena solución – coincidió Jorge

Julia se despidió gentilmente y desapareció tras la puerta. Jorge continuó trabajando en la montura el resto del día, hasta que el sol resbalo por el horizonte y volvió a su casa. 

Trató de evitar la penetrante mirada de Hermes pero sus ojos castaños parecían ver más allá de la piel.

  • ¿Qué tal te ha ido hoy? – pregunto Hermes mientras degustaba la cena que Jorge había preparado
  • Bien, supongo… – Hermes le dirigió una mirada inquisitiva – hice lo que me dijiste, me he enfrentado a ellas

Hermes dio un golpe a la mesa

  • ¡Eso es! –exclamó Hermes en tono triunfal– me llenas de orgullo Jorge

Jorge respondió con silencio.

  • Escucha hermano, sé que es difícil para ti, y quiero ayudarte – Hermes puso una pistola sobre la mesa-  cógela, te dará la seguridad que te falta, además, ¿qué es un hombre sin un arma con la que defenderse?.

Jorge cogió la pistola lentamente.

  • También he conocido a una chica – dijo Jorge con un hilo de voz.

Hermes sonrió por un segundo

  • Eso es genial, recuerda el que  el amor es el único vicio que es virtud. Pero… seguro que…
  • Si, seguro, ella no lo es

Alguien llamó a la puerta, Hermes hizo ademán de levantarse pero Jorge, con un gesto, le indicó que no lo hiciera. Un joven pecoso y rollizo sostenía un paquete entre las manos.

  • ¿Es usted Jorge Mateos Vasco? – preguntó el joven repartidor
  • Sí, soy yo

Aquel joven ofreció el paquete a Jorge,  entonces Hermes surgió por detrás y dirigió una mirada de preocupación hacia su hermano.

  • Jorge , ¿con quién estás hablando?

Jorge se mordió el labio y cerró los ojos con rabia, otra vez, furia e impotencia, agarró con fuerza la pistola y levantó el brazo.

* * *

Una vez que los convencionalismos y sonrisas hipócritas hubieron tocado a su fin, los asistentes a la gala comenzaron a inundar las butacas del auditorio. Poco a poco se fue vaciando la antesala.

  • Y bien, ¿quién ha ganado? – pregunté a Alejandra

Normalmente el ganador era avisado de antemano, una práctica que no entendía, quizá era para que este pudiera repasar su discurso.

  • No lo han dicho, será una sorpresa – dijo Alejandra sonriendo 

El simple hecho de estar con ella me hacía sentirme afortunado, Alejandra era una de esas personas con las que quieres gastar tu tiempo para siempre.

  • Alejandra, sé que dijimos que no hablaríamos de ello pero no puedo olvidarme de lo que paso…
  • Daniel – cortó Alejandra – hace ya un año de aquello, fue una vez y te dije que fue un error, necesito centrarme en mi trabajo y ya es lo suficientemente duro ser tu representante para que tú  lo hagas más difícil.

Alejandra no admitió réplica alguna y, con firmeza, entró en el auditorio. Con las manos en los bolsillos y el silencio resonando a mí alrededor, fue la primera vez que, estando solo, me sentí solo.

Con las cervicales descansando en la butaca comenzaron la lectura de los tres finalistas. La primera novela trataba sobre una historia ficticia de superación de un discapacitado, aunque yo más bien veía un libro de autoayuda en tercera persona. La segunda novela giraba en torno a los temas sociales del momento,  un producto de empresa a mi parecer, con unas dosis de demagogia que habría esperado de la política, no de la literatura, si aquello se podía considerar literatura.

Cuando los aplausos se disolvieron, el presentador de la gala se acerco al micrófono con paso desenfadado. Pude escuchar los murmullos chispeantes del público, preguntándose quién era aquel tercer finalista.

  • Nuestro tercer finalista es la novela de Daniel Linares “El peso de las palabras”,  ahora procederemos a recitar un fragmento del anteúltimo capítulo de su obra, el capítulo 5.

Capítulo 5

El inexorable tic-tac de las manecillas del reloj marcaba las dos de la tarde. Jorge miraba por la ventana, con la mente en blanco, hasta que Hermes le sacó de su abstracción.

  • ¿Son las dos y aún no has hecho la comida? – protestó Hermes con el ceño fruncido

Jorge se giró cansado. Tenía el pelo desaliñado y unas marcadas ojeras.

  • No nos queda dinero – dijo Jorge con la voz quebrada
  • ¿Cómo es eso posible? ¿acaso no tienes encargos en la talabartería? – inquirió Hermes
  • Sí, pero me he tenido que centrar en uno en particular

Hermes se llevó las manos a la cabeza

  • No puede ser, es el de la chica esa ¿verdad?

Jorge torció el gesto.

  • Sí, ¿y qué más da? – respondió 
  • Jorge, esa chica no es lo que crees no es más que otro de tus delirios, te dije que te enfrentaras a ellos como un hombre – dijo Hermes alzando la voz

Hermes tenía la vena del cuello hinchada y su cara expresaba enfado y decepción.

  • Te he dicho que no es así
  • Veo que sigues siendo mismo crio de hace años
  • No te voy a permitir que me hables así, Hermes – advirtió Jorge dolido

Hermes se acercó con los puños cerrados a Jorge hasta estar quedarse a un palmo de su rostro.

  • Muestra un mínimo de respeto. Mientras tú estabas aquí jugando a ser Alicia, yo me jugaba la vida en el frente.

Jorge abrió la boca pero no emitió ningún sonido, en vez de ello una lagrima rodo por su mejilla. Jorge esquivó a Hermes y luego salió al exterior.

Jorge ya estaba llegando a las caballerizas, se había secado las lágrimas por el camino, no era esa la impresión que quería dar a Julia. Las caballerizas eran una de las más antiguas  construcciones del pueblo, evocaban a un tiempo pasado intrascendente y sencillo,  estaban localizadas junto  a los acantilados, custodiadas en la distancia por el faro.

Julia iba equipada con chaqueta, guantes y botas de montar. Sacó al caballo de la caballeriza sin percatarse de la presencia de Jorge de modo que éste se acercó a ella.

  • Julia, traigo la montura – dijo Jorge mostrándola
  • Genial, vamos a probarla

Se levantó un viento que hizo flotar el cabello castaño de Julia, mientras tanto Jorge, nervioso, colocó la montura en caballo.

  • Parece que le va de maravilla, has hecho un gran trabajo

El cumplido despertó una sonrisa en Jorge

  • Gracias – respondió  
  • Por cierto, ¿sabes algo del viejo Félix?, hace días que no se le ve, la gente está preocupada.

Se quedó paralizado al instante, el miedo y la duda le invadieron, de pronto notó el peso de la pistola en su bolsillo. 

  • Sabes que tengo razón Jorge, a qué estas esperando 

Jorge se giró bruscamente, allí estaba Hermes, con su uniforme militar y sus penetrantes ojos marrones, miraba con ansia y provocación a Jorge

  • ¿Qué estás haciendo aquí?
  • Ella no es más que uno de tus delirios Jorge, sabes lo que tienes que hacer.

Iba a responderle, hasta que vio la expresión de Julia, ella le miraba con miedo, se mantenía en silencio, quizá víctima del pavor y la confusión, o quizá consciente de qué era lo que estaba ocurriendo. En ese momento Jorge se dio cuenta de cuál era la verdadera realidad, y el tremendo peso de sus acciones cayó a plomo en su conciencia.

  • No te confundas Jorge, yo no soy un delirio – dijo Hermes adivinando sus pensamientos- 

Hermes dio un paso hacia adelante y Jorge sacó el arma, lo que provocó un grito ahogado de Julia.

  • No eres más que una sombra más, una de las voces, no eres real –gritó Jorge con la voz rota apuntándole –

Hermes rió y continuó avanzado, a la vez que  retrocedía Jorge y Julia con él.

  -¿Que no soy real?, entonces, ¿por qué me estás hablando?, formo parte de tu realidad porque formo parte de ti. Quieras  o no soy lo único que tienes, ¿qué crees que pasará cuando salgamos de aquí? Iras directo a una habitación blanca, donde te confinarán por el resto de tus días, y yo estaré contigo, créeme Jorge, yo soy tu realidad al igual que tu no perteneces a su realidad.

Jorge había alcanzado el borde del acantilado y a punto estuvo de resbalarse, sin embargo Hermes seguía avanzando, Julia le miraba con los ojos llorosos, Hermes estaba apenas a unos metros, Jorge alzo la fría pistola y apretó el gatillo. Un hilo de sangre broto del pecho de Hermes, el olor a pólvora y carne quemada se entremezclo en el ambiente, no obstante, Hermes seguía en pie, con una sonrisa siniestra y las pupilas dilatadas.

  • No puedes acabar conmigo, estoy dentro de ti Jorge, enraizado en el rincón más oscuro de tu mente, resígnate, consigue el sosiego que te mereces

Jorge escuchó el romper de las olas en el acantilado, miro a Julia por una última vez, como tratando de llevarse su recuerdo con él, soltó el arma que se fundió con el pasto y se dejó caer. Entonces por primera vez fue libre.

Una callada niebla inundaba Forcas, embriagando  el pequeño pueblo con un aire céfiro y misterioso. El tiempo parecía haberse congelado para aquel resquicio olvidado de la España sencilla, sin embargo, un elemento atemporal, un testigo inmortal, permanece impasible, susurra  con tristeza una oscura historia, pero habla solo, porque nadie escucha a las olas.

* * *

Odiaba escuchar mis escritos, y más aun si era delante de tanta gente. Me sentía expuesto, desnudo y juzgado. 

El presentador volvió delante del micrófono dispuesto a dar el ganador, ya llegaba la hora de que se pusiera el fin a aquella pantomima.

  • Y el ganador de esta edición 2019 es – el presentador dejo una gastadísima pausa dramática –  ¡ El peso de las palabras, de Daniel Linares!

Sorprendido, me levanté de la butaca y desfilé hasta el atril. Me sentí como un hipócrita al sentir excitación y autorrealización al recibir el premio que tanto había criticado. El presentador me ofreció el atril, enfrente tenía un numeroso público, lleno de caras, expectantes, deseosas de escuchar un discurso pomposo y obvio, cómo les gustan los discursos pomposos y obvios.

Me sorprende gratamente haber recibido este premio, no por haber ganado, eso es irrelevante, sino porque habría esperado otro resultado, esperaba que hubieran elegido una obra menos controvertida, una para todos los públicos, una solución simple, indiscutible y justa, pero un gran escritor dijo que para toda disyuntiva hay una solución simple, indiscutible y equivocada. Hoy en día es cuando más libros se venden, pero es también cuando más se echa de menos la buena literatura, en estos tiempos modernos tan solo se pública lo que vende, de esta forma el autor deja de oírse a sí mismo para escuchar a los demás,  subordinando el crear al producir, haciendo caso a la parte más ruin de su mente, dejando morir el arte para crear el producto, haciendo caso omiso de aquellas fantasías que son necesarias para poder plasmar esas realidades extracorporales que son los sentimientos. Así que gracias, por haber elegido mi desvarió, y espero que anime a otros a escribir los suyos, porque hemos escrito sobre todo pero no todo está escrito.

La estancia estallo en vítores y aplausos, todos se pusieron en pie, excepto él. Seguía sentado, con su uniforme militar y sus penetrantes ojos marrones, me miraba con rabia. Pero no pudo decir nada, en vez de eso se levantó, y desapareció por la puerta, derrotado, abrumado, por el peso, de cuatro mil palabras. 

Ger



 

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