El Principio Holográfico

Habían sustituido al recepcionista por un robot y tardé tres días en darme cuenta.

Imagino que lo cambiasen a principios de semana, pero yo no fui consciente hasta que salíamos charlando el miércoles. Lancé una mirada casual y, en vez del chico siempre ojeroso, estaba sentado sobre la silla un robot antropomórfico de modelo bastante reciente. Me sonreí; ya era hora de que la facultad invirtiera en una renovación de recursos de atención al público.

―Alex, tía, ¿te has perdido en Marte o más lejos?

Ese había sido Víctor, uno de mis compañeros. No le importaba no resultar gracioso siempre y cuando se riera él.

―Repito, Tierra a Mars Principia. ¿Hay alguna forma de vida inteligente en la base? ―volvió a atacar.

―Deja a la pobre, Vic; no tiene gracia ―intercedió Pau, otro de mis compañeros.

―¡Es que pasa de mí! ―Suspiró de forma dramática―. ¡Alex! ¿Te apuntas a ver el Fnatic-Jerez esta tarde o qué? ―Yo solo movía la cabeza hacia los lados y soltaba un prolongado «meh», así que me zarandeó un poco―. ¡Venga! Cuando juegan tus equipos favoritos, bien que estás interesada…

―Buff, Vic, déjalo. Hoy estoy cansada.

Víctor parecía a punto de contraatacar, pero Pau lo agarró de la mano y tiró suavemente mientras me dedicaba una sonrisa de ánimo. En sus ojos tenía una de esas miradas de «podemos hablar si lo necesitas». Negué con la cabeza; «Lo único que necesito es descansar un rato», pensé mientras me dirigía al autobús. Vic me miraba como si le hubiera puesto la peor de las excusas para dejarle tirado con el partido, pero yo había sido honesta en todo momento. El día, desde luego, me había resultado agotador.

***

El espejo frente a la cama me devolvió la imagen de una cabellera rubia ―mi orgullo cuando estaba recién alisada― desordenada, tapando parcialmente unos ojos entrecerrados. Apenas había conseguido abrirlos al completo cuando el programa injertado en mi cerebro calibró la situación y ordenó que se produjera una mínima cantidad de adrenalina.

Me preparé para lo peor, para lo que siempre venía nada más levantarme. En efecto, un torrente de noticias me alcanzó en cuestión de segundos; ya conocía qué día era, la actualidad de este, el tiempo que iba a hacer y mi horario. Parpadeé varias veces; las noticias siempre me abrumaban un poco. A mí no me gustaba escucharlas, pero mi padre, un peón de fábrica parado y sin posibilidad de reinserción, había encontrado la forma de hackear la configuración del programa de mi cerebro y asegurarse de que recibiera las noticias todos los días, en vez de la actualidad deportiva.

Me levanté y me dirigí hacia la cocina, mientras intentaba atravesar la densa nube de titulares en busca de algo mínimamente útil para el día a día o algún titular de portada. A veces, mi padre me preguntaba mi opinión sobre alguno, y no aceptaba un «no me fijé en la noticia» por respuesta.

Cogí un bol y lo posé bajo el dispensador. Fue pulsar un par de botones y ya tenía un desayuno consistente en leche con cereales.

―¿Algo interesante en las noticias de hoy?

Casi escupo los cereales; no había oído entrar a mi padre. Llevaba una bata marrón vieja con varias manchas de café, y estaba despeinado. Un poco de vello asomaba tímidamente por su mentón; llevaba un par de días sin afeitarse. Sus ojos me miraban desde detrás de unas gafas sin graduación que me parecían estúpidas. Por supuesto, los avances médicos hacían inútiles las lentes, pero un grupúsculo de antisistema las llevaba como protesta.

―¿Algo relevante? ―repitió. Por lo visto, no quería dejarme, no. Para fastidiar más aún, me puso la mano en el hombro y apretó. Fue un poco solo, pero el gesto, en esa tesitura, se me hizo amenazador. Cedí. Sí que había un titular relevante, y que me molestaba mucho en lo personal.

―Hoy se convoca una huelga de trabajadores del mag-lev.

Sus ojos brillaron.

―¡Por fin! ¡Por fin despiertan!

Ahí se venía su momento favorito: simular una arenga a las masas. Terminé de un sorbo la leche que quedaba en el bol y me fui de la cocina, dejándolo todo empantanado. Daba igual, mi padre estaba demasiado ocupado, enfrascado en un discurso que acabaría, yo lo sabía, con un torrente de lágrimas cuya fuente era la impotencia. Tal vez era muy dura, pero, mientras mi madre traía dinero a casa trabajando en la embajada española en Bolivia, mi padre jugaba a los revolucionarios e intentaba, en sus propias palabras, «desalienarme». Por eso era tan pesado con las noticias; pensaba que me harían «despertar», pero el único que tenía que «despertar» era él.

Cuando salí del piso, mi padre ya llevaba llorando al menos diez minutos.

***

Más de una vez, había pensado en los edificios de mi barrio como grandes espejos por culpa de sus fachadas blancas. Me encantaba la sensación de limpieza y progreso tecnológico que destilaban, pero en un día soleado ―como ese― podían dejarme ciega. Acababa de salir de mi portal, y entrecerré los ojos para que me llegase menos luz. Poco a poco, conseguí distinguir tanto el mobiliario urbano, como el árbol frente a la verja, los pisos a mi alrededor o el rascacielos que se erguía a una manzana de distancia.

Aun así, había demasiada claridad. Le di una orden al Príncipe y, al momento, se oscureció el entorno. Ahora, mi córnea estaba cubierta por una pantalla holográfica que la hacía más opaca.

El Príncipe es el nombre común que se le da al programa que tenemos en el cerebro. Surgió de una revolución tecnológica de la mano del «principio holográfico». Todavía no he encontrado a nadie que sepa en qué consiste ―aunque hay que tener en cuenta que la gente de mi entorno es de Humanidades, y que las pocas personas de Ciencias que conozco no tienen el nivel para entenderlo―, pero nos taladraron tanto la cabeza al principio con la «revolución del principio holográfico» que se nos quedó grabado. El nombre de «Príncipe» no tardó en surgir, por la similitud con «principio» y por un chiste que hicieron en redes sociales.

Por el exterior, el Príncipe está conectado las veinticuatro horas del día a la red del Consorcio, el conglomerado empresarial que ofrece literalmente todos los servicios que uno puede desear, desde noticias a eutanasia, y que está en todos lados. El rascacielos que quedaba a una manzana de mi casa era, de hecho, suyo. Por el interior, está conectado a las terminaciones nerviosas del cerebro y a los centros de segregación de hormonas. El Príncipe no tenía precio a la hora de aliviar resacas.

Mi humor se fue haciendo más sombrío conforme me acercaba a la estación de transporte autoconducido. No me gustaban las casas del centro de Santander. No tenían nada que ver con lo prístino de las fachadas de las afueras, sino que se trataba de edificios viejos, con terrazas que parecían sacadas de un holofilme histórico. No entendía por qué, aunque fuera por dar imagen, no reformaban todo el casco viejo.

La caminata hasta la estación siempre me bajaba los ánimos, pero las fachadas arcaicas y deprimentes no tenían toda la culpa. Estaba cansada porque la noche anterior la había pasado casi íntegramente hablando con Carlos, un amigo que vive en Colombia, y porque tratar con mi padre por las mañanas siempre me resulta agotador. 

―Que están despertando, dijo… ―refunfuñé.

Mi padre a veces no se daba cuenta de que vivíamos en el mundo real; no en la realidad virtual de las inmersiones del Príncipe. La huelga del mag-lev me fastidiaba, sí, y mucho. Al fin y al cabo, el tren de levitación magnética era la forma en la que iba todos los días lectivos a mi facultad, en Comillas. Si había huelga, pondrían algún transporte alternativo, y me olía cuál podía ser.

―A veces no me gusta tener razón ―sentencié al ver el autobús que esperaba en la entrada de la estación de mag-lev. 

Todo el mundo sabía que las carreteras secundarias llevaban sin renovarse décadas, porque ahora era el método más costoso e incómodo para desplazarse. Me pregunté cómo de mal estaría la que llevaba a Comillas.

Iba a ser un viaje muy largo…

***

El día no mejoró.

«Ánimo, que solo queda una hora», me envió Víctor a través del Príncipe. No tardé en quejarme: «Pero es una hora de Teoría del Conocimiento. Con Mario Antonio Alsogaray». Arrastré las sílabas del apellido al igual que hacía el profesor, que tenía un problema de dicción. Esto era el blanco de la mayoría de las mofas en la clase, junto con su pedantería y su asombroso desconocimiento de la materia. «Es que no sé cómo alguien con tan poca idea puede llegar a catedrático». Claro que Víctor no me estaba escuchando; por la cara que ponía debía de estar enviado mensajitos a Pau. Eran mis mejores amigos en la facultad, pero a veces eran un poco melosos.

«Eh, Eris». La verdad es que no sabía qué decirle a mi compañera. Estaba sentada dos filas más adelante, con cara de concentración y tomando apuntes como loca. «¿Te has enterado del 3-0 que le coló el Valencia a Origen ayer?». Nada, que no me hacía caso. Seguí insistiendo. La respuesta llegó un momento después, con una carga emocional que me dio ganas de hacerme una bola. «¿Quieres cerrar la boca, Alex? Tuve un cero como un mag-lev en esta asignatura el “cuatri” pasado, y no pienso ir a septiembre con la de este “cuatri” también». «Lo pillo, lo pillo. Tranquila». Error mío. Eris odia que le digan que se tranquilice.

Para evitar más mensajes furiosos, me escondí en una inmersión. Una inmersión permite, como el nombre deja entrever, sumergirse en una realidad virtual alternativa. Todos tus sentidos creen que estás allí, y aunque el cerebro no se deje engañar, a veces la otra realidad está tan bien creada que se te olvida. Se usa mucho, por ejemplo, en videojuegos. Nada mejor que aplastar zombis para matar el rato en Antropología.

En este caso, no buscaba otra realidad, sino un recuerdo de hacía unas semanas. Gracias al Príncipe, pude ver la grabación en primera persona ―el software utiliza tus ojos como cámaras, de hecho― de cuando me colé con Vic en el edificio abandonado del fondo del campus. Tuvimos que acabar de romper una ventana resquebrajada y limpiar el marco de trozos de cristal para entrar, pero mereció la pena. Siempre merece la pena explorar sitios nuevos.

Así pasé la hora; en mi recuerdo. Casi me dio pena cuando Alsogaray dio por finalizada la clase veinte minutos antes de lo que marcaba el horario ―esa era su costumbre― y tuve que cerrar la inmersión.

***

Venga, otro bache.

Le había ordenado al Príncipe que pusiera música relajante para poder recostarme en el asiento y desconectar un poco, pero la carretera, una pesadilla llena de agujeros, no estaba por la labor.

Noté un golpecito en la oreja. La carretera no era la única que no colaboraba. Otro golpe. «Víctor, deja de lanzarme bolas de papel con tu maldita cerbatana», le envié sin abrir los ojos. «¡Eh! ¡Yo no he sido!», me llegó la rápida respuesta.

Suspiré y, ahora sí, abrí los ojos. Víctor estaba sentado un par de filas más atrás, y tenía el estilus hueco que usaba de cerbatana en los labios, listo para otro lanzamiento.

―Para.

Disparó, y me dio en la nariz. Víctor a veces me pone de los nervios, y esta parece ser una de esas ocasiones. Busqué con la vista a Pau; él me solía salvar de estos momentos, amonestando a Víctor. Lo vi una decena de filas más adelante, hablando con Eris.

Entretanto, otra bola de papel me dio en la frente.

―¿Tú no eras ecologista? ―solté.

―Sí, ¿y qué? ―«Bien», razoné, «si habla, no me puede lanzar bolitas».

―Que dejes de matar árboles.

Víctor rio, y se preparó para volver a disparar. A estas alturas, nuestros compañeros en los asientos colindantes parecían espectadores de un holofilme; solo les faltaba las palomitas.

La bola de papel falló por varios centímetros; la cerrada curva que acabábamos de pasar había desequilibrado a Vic mientras soplaba.

Me quité el cinturón y me levanté.

―Cruza los dedos para que no te meta la cerba…

Callé al ver la cara que ponía. ¿Qué pasaba? Gritos. El suelo no estaba bajo mis pies. Algo me dio en la cabeza. Me encontré tumbada. Tenía algo viscoso debajo de la cabeza. Mi visión empezó a oscurecerse.

«Qué gracioso, hay estrellitas en el techo».

***

Me desperté, y la cabeza aún me daba vueltas. La bandeja de entrada del Príncipe estaba saturada de mensajes, tanto de amigos como de medios, y no ayudaba a despejarme la mente. Después de un rato conseguí abrir los ojos y me encontré a mi padre, sentado en un sillón junto a mi cama. Mi cama. No era mi cama. Si fuera mi cama, tendría una almohada más blanda. Y sobre la cabecera debería haber un póster de Star Wars XV. En el lugar donde debería estar, en esa habitación, solo se mostraba la pared blanca.

Cerré los ojos otra vez, abrumada. Y me fui acordando. El bus. Víctor y su cerbatana de las narices. Me levanté. Chocamos y salí volando. Acabé en el suelo, la cabeza sobre algo viscoso que, si lo pensaba, no cabía duda de que era sangre. Mi sangre.

Ahora debía estar en el hospital de Valdecilla. Genial.

Unos minutos después, el mareo no era para tanto y me permití levantar los párpados.

―Estás despierta ―observó mi padre, siempre sagaz.

No respondí. No me parecía necesario. En vez de eso, me incorporé en el lecho. Me supuso un pequeño esfuerzo, pero tampoco estaba muy débil. Como confirmando mi análisis, mi padre dijo:

―Un médico tendrá que hablar contigo, pero te piensan dar el alta esta tarde.

―¿Cuánto tiempo llevo ingresada?

―El accidente fue anteayer.

Wow. La herida tuvo que haber sido profunda para haber pasado dos noches en el hospital.

―¿Sabes qué pasó para que se produjera el accidente? ―preguntó mi padre.

―No.

Empezó a mover los ojos de forma extraña. Así era como el Príncipe se controlaba: mirando a la opción preferida de las que aparecían en tu campo de visión. Unos segundos después, un vídeo me llegó. Era el fragmento de un noticiario.

―… provocó la saturación de la CPU del autobús, que, al entrar en conflicto varias líneas de código de su programación, no reaccionó de forma alguna. Colisionó directamente contra la roca que ven aquí. Gracias a que el vehículo había pasado recientemente una inspección técnica, solo tenemos que lamentar una herida leve, que según testigos estaba irresponsablemente de pie en el pasillo. La estudiante ha sido ingresada en Valdecilla, donde se encuentra actualmente.

»Para garantizar la seguridad ciudadana, el Consorcio ha ofrecido al Gobierno una actualización del software a un precio reducido…

Me quedé mirando a mi padre. ¿Esperaba que dijera algo?

―Ya lo has visto.

―Sí ―respondí, sin saber a qué se refería.

―El programa se bloqueó. ―Seguí mirándolo, esperando a que se explicara―. El programa se bloqueó ¡donde una persona no habría tenido problema en frenar y evitar el accidente!

Ahí estaba: mi padre intentando «despertarme».

Me di la vuelta en la cama e intenté dormir.

***

Salí de la habitación por mi propio pie. 

Dos días de hospital. ¡Dos días! No conocía a nadie que hubiera pasado tanto tiempo ingresado si no era por algo realmente serio. Pero al menos ya estaba pasado. Me notaba bastante bien, aparte de un leve dolor de cabeza. Supongo que no estaba mal para haber sufrido el único accidente en carretera del año.

El robot celador que nos acompañaba, mi padre y yo cogimos un ascensor que nos dejó en la planta baja de Valdecilla. El androide marchaba al frente, con mi padre detrás y yo en tercer y último lugar.

Varios profesores a lo largo de mi vida me habían acusado de ser excesivamente curiosa. La primera vez, yo pregunté si se podía ser excesivamente curiosa. Fuera como fuese, ese rasgo de mi personalidad era de los que yo consideraba que nunca cambiarían, y ahora le hacía honor fijándome en el edificio; nunca había estado en esa parte de él. Era lo común: solo conocer de Valdecilla el ala de Urgencias, de tan poco frecuentes que eran los ingresos.

Mi mirada se deslizaba por las paredes blancas, relucientes. Tuve un pensamiento extraño: la sangre llamaría mucho la atención si cayese ahí. «Tal vez por eso es blanca: para dar buena imagen, como diciendo “¿veis? Si aquí pasara algo malo, os daríais cuenta, así que como no veis nada, todo va bien”».

Al rato, me aburrí de las paredes. Valdecilla era enorme, y parecía que cada pasillo era un copia y pega del anterior. «Tendrían que instalar una cinta mecánica, como las de los aeropuertos».

En el suelo estaban las líneas de colores que llevaban a diferentes secciones del edificio, cada una especializada en una rama de la medicina o una tecnología en particular. Me puse a leerlas. Lo más probable era que no visitara esa zona del hospital mucho más ―nadie lo hace más de un par de veces en su vida, normalmente―, y pensaba aprovechar al máximo para saciar mi curiosidad. Además, la limpieza compulsiva no conseguía esconder la auténtica edad del edificio. Lo reformarían pronto, así que esa era probablemente la última vez que vería esa cara del hospital. Abrí mucho los ojos, como si así fuera a absorber más información o a tomar una holografía del lugar. Una línea amarilla llevaba a «Radiología», otra verde, a «Traumatología», otra mora…

Solté un gemido.

―¿Estás bien? ―Una mano firme me sujetaba del brazo, ayudándome a seguir erguida. Igual era mi padre.

Cerré los ojos como para contener la súbita jaqueca. Notaba como si una maza claveteada medieval hubiera sustituido mi cerebelo. El dolor, punzante, nacía en la zona de la nuca y se extendía por todo mi cerebro. Una imagen generada por ordenador de las neuronas acudió a mi mente. Era la típica que te ponen en la escuela, pero, en mi imaginación, las células eran rojas, y los impulsos mediante los que se comunicaban habían adquirido la magnitud de tormenta eléctrica.

―¿Quieres que pidamos ayuda? 

Envié la orden a mis párpados para que se levantaran. Más dolor.

Lo primero que vi fueron mis pies. Eran graciosos. La risa que emití acentuó el dolor, pero no pude evitarlo. Moví los dedos de los pies, y la puntera de las playeras de tela que llevaba se agitó. Nunca era tan consciente de mis pies, y ahora me parecía gracioso.

Junto a ellos estaban las líneas de colores. Eran bonitas. La amarilla y la verde, la morada y la roja. La roja… la roja no estaba allí antes. Giré la cabeza para leer lo que ponía y me mareé. Decía…

―¡Alex!

¡Ouch! Había vuelto a golpear algo. El mundo había dado un giro de noventa grados. Mi cabeza yacía junto a la línea roja. «Pabellón S.O.S.», ahora veía que decía. «Lo que ha costado leer dos malditas palabras».

Miré hacia arriba. Debajo de la luz que manaba del techo, estaba mi padre. En su cara había… ¿preocupación?

Distinguí otro robot celador, que se había unido al primero. El que nos había acompañado desde la habitación debía haber cursado una petición de ayuda. Maldita sea. Ya era tarde, así que si me ingresaban para más pruebas me pasaría la noche ahí. ¡Tres noches en el hospital! En cuanto se enterasen mis compañeros me iba a convertir en el hazmerreír de toda la facu.

―Estoy bien ―sentencié. Me había levantado y, para mi sorpresa, descubrí que no había mentido.

Ya no me dolía la cabeza; el Príncipe debía haber empleado el arsenal hormonal a su disposición. En ese momento, debía tener una cantidad brutal de endorfinas en sangre. «Qué, ¿de vacaciones? Ya podrías haber hecho eso antes, cuando me moría en el suelo». Miré al suelo. No había ninguna línea roja. ¿Me la habría imaginado? Era posible. Ya no estaba tan segura de estar bien, pero no importaba: el segundo celador había desaparecido y el primero nos guiaba hasta la salida.

Le estaba dando demasiadas vueltas a la cabeza; normal que tuviera jaquecas. Decidí volver a mi aburrido pero seguro análisis de Valdecilla. Más paredes blancas. Fin.

Una puerta doble más adelante iba a romper la monotonía. Tenía unos carteles de prohibido el paso, y supe de inmediato a dónde llevaba. «Gracias, sentido de la orientación». Si este no me fallaba, esa puerta daba a la zona abandonada del hospital.

Mi padre, ahora a mi lado y aguantándome suavemente del brazo, bufó. Eso confirmaba que estaba en lo cierto; mi padre siempre había despotricado contra el despilfarro que supuso ese pabellón sin uso. «Podían haber empleado ese dinero en ayudar a encontrar trabajo a los parados por culpa del avance tecnológico», solía decir.

La puerta tenía una ventana de ojo de pez en cada hoja, y paré un momento para echar un vistazo rápido. Siempre había sentido curiosidad por esa zona. Me gusta explorar lugares abandonados, y ese pabellón siempre había tenido un atractivo indecible para mí. Sin embargo, nunca me atrevo a ir sola, y el único amigo que tuvo agallas para venir conmigo me dejó tirada el día antes de la proyectada exploración. Todavía guardo el plan de entrada.

Al otro lado de la puerta se extendía un pasillo jalonado de aperturas y más puertas. De una de las primeras salió un hombre. Este se paró en seco al darse cuenta de que lo veía. Por su mirada paseó la extrañeza, seguida de la incredulidad y del… ¿eso último era reconocimiento?

―¿Qué haces? La ventana está tapada ―dijo mi padre, tirando con suavidad de mí.

Lo miré, confusa. Luego, volví a mirar por la ventana, que obviamente no estaba tapada. El hombre había desaparecido, y solo quedaba ese pasillo interminable.

Ese pasillo interminable de paredes rojo sangre.

***

«No puede ser ella. Ha pasado tanto tiempo que me habré confundido. Y, aunque fuera ella, es imposible que me haya visto. Si lo ha hecho… no tardarán en traerla aquí. ¿Por qué le doy tantas vueltas si lo más probable es que no fuera ella? Esta noche no pego ojo…».

***

Por culpa de no poder dormir, pisé un charco.

Tras una hora de dar vueltas en la cama y de que el Príncipe no me hiciera caso cuando le pedía una dosis de analgésicos en los momentos de jaqueca, decidí salir a airearme. Nada más abrir la puerta, me llamó la atención la Luna. Estaba redonda, y su luz le daba una aureola lechosa. Ensimismada, fue ahí cuando metí el pie de lleno en un charco. Maldije.

―Empiezas con buen pie, ¿eh? ―me dije. El humor, ante todo.

Aparte de los dolores de cabeza crónicos, me asaltaba un sentimiento de familiaridad con el hombre que había visto en el pabellón abandonado.

―¡El pabellón S.O.S.! ¿Quién fue el lumbreras que le puso ese nombre? ―cuestioné a un gato. El muy maleducado no me respondió.

Suspiré. Llevaba teniendo esos comportamientos extraños desde que me desperté. Tal vez la Sanidad española no era tan buena como todo el mundo decía.

No podía serlo, eso seguro, porque estaba viendo un edificio al que le faltaban por lo menos la mitad de sus pisos. El coloso reducido a la mitad no era otro que la redacción de las noticias del Consorcio en Cantabria, el que estaba a una manzana de mi casa. Sus cincuenta plantas llamaban poderosamente la atención, y hacían posible que hasta Pau, con su muy deficiente sentido de la orientación, pudiera encontrar mi casa. Mi mirada saltó de ventana en ventana, contando los pisos: veinticinco. No era posible.

Me giré para comprobar que mi piso seguía en el mismo sitio, y que no había perdido ni el tejado ni la verja de la entrada durante mi corto paseo. ¿Qué pasaba?

El vecindario seguía como recordaba. Los edificios de apartamentos estaban como siempre. Los árboles que flanqueaban la calle tenían la misma altura, las mismas ramas ―dentro de lo que mi memoria era capaz de recordar; no me habría dado cuenta si faltaba un par― y el de delante de mi casa seguía teniendo esa raíz sobresaliente con la que había tropezado más de una vez.

Un poco más lejos, la autovía tampoco había cambiado. No habían mutado ni la rotonda, ni el supermercado de al lado, ni… Algo sí había cambiado. Forcé un poco la vista para asegurarme, pero mi percepción no varió: los carteles publicitarios que se erigían junto al supermercado estaban en blanco. 

Eso me dio la pista.

Para recortar gastos, el Príncipe asumía algunas funciones que tradicionalmente cubrían medios físicos. ¿Qué significaba eso? Que la megafonía se había sustituido por una voz robótica de la que se encargaba el Príncipe, por ejemplo. El programa también hacía posible que viéramos carteles publicitarios donde solo había vallas vacías. Eso era lo que había pasado en este caso.

Parpadeé un par de veces. No pasó nada. El Príncipe debería haber desplegado su interfaz. Tendría que pasar a los comandos de pensamiento. «Abre la bandeja de entrada». Seguía sin ver nada. «Lee el primer mensaje». Al momento, la voz a la que estaba tan acostumbrada dijo: «De “Vicerrector de cultura y participación social”, “[ALUMNOS] Jornada de conmemoración de…». Lo corté con un «Dime la hora de recepción». «Diecinueve y veintitrés horas de hoy». Suspiré tranquila; el Príncipe seguía funcionando, solo era la interfaz visual la que fallaba.

Eso, sin embargo, seguía dejando muchas preguntas sin respuesta. La más notoria de ellas estaba delante de mí, en forma de edificio truncado. ¿Debía asumir que esa era la «realidad»? Pero ¿por qué me mostraría el Príncipe plantas inexistentes en un edificio? Además, sería imposible engañar a los que trabajaban allí, ¿no?

Demasiadas preguntas. Demasiadas preguntas extrañas. Todo había empezado al despertar en Valdecilla. En Valdecilla… Otro sitio con preguntas. ¿Adónde llevaba realmente la línea roja? ¿Qué era el pabellón S.O.S.? Y el hombre que había visto, ¿por qué me resultaba tan familiar?

―No voy a poder dormir esta noche, ¿verdad? ―le pregunté a la Luna. Esta, al igual que el gato, no me respondió. Menos mal.

Le di una patada a una baldosa que sobresalía. No había visto una baldosa mal colocada en mi vida. ¿Obra del Príncipe? Tal vez lo averiguaría esa misma noche.

―Y yo que tenía como regla de oro el nunca colarme sola en los sitios…

Esperaba no haber tirado a la papelera el plan para colarme en el pabellón «abandonado».

***

La ventana no estaba rota, y eso no debería ser así.

Por el camino a Valdecilla, la ciudad había cambiado. La muy noble, siempre leal, decidida, siempre benéfica y excelentísima ciudad de Santander no tenía un aspecto muy noble, sino más bien de necesitar esa beneficencia de la que alardeaba en su lema. No era cuestión de baldosas levantadas o rotas, sino de que los edificios habían perdido su brillo y limpieza inmaculada. Incluso habían aparecido… no sabía cómo llamarlas. Eran pinturas en muros, pero no como los murales artísticos que puedes encontrar en el Río de la Pila o junto a la rotonda del meteorológico. Estas pinturas eran en su mayoría muy sencillas, de pocos colores, y en vez de representar alguna escena o motivo geométrico, formaban una palabra que no existía, como «Yomis». Nunca había visto algo así.

Mi plan para entrar en el pabellón pasaba por una ventana de la parte trasera. Estaba rota, y solo quedaba un trozo de cristal enganchado al marco. Cogería una de las piedras que decoraban una de las aceras junto al hospital y terminaría de romperla. Pero la ventana no estaba rota.

¿El Príncipe había estado ocultando que el pabellón se utilizaba? Eso parecía. Me acerqué para mirar adentro. Había mesas colocadas en hileras, con bancos a cada lado. Parecía o un comedor o una sala de descanso. No sabría decir cuán grande era la sala; pues solo acertaba a ver las primeras mesas. La luz de la Luna y de una farola cercana no conseguían horadar más la oscuridad.

Una puerta cercana se abrió. Estaba girándome para echar a correr en sentido contrario cuando reconocía a la persona que la había abierto: el mismo hombre que había visto esa tarde. Sin pensármelo dos veces, me colé por la apertura.

La puerta se cerró.

«¿Qué diablos acabo de hacer?». Me acababa de quedar encerrada en un lugar que nadie conocía con un hombre que no conocía de nada en plena noche. Fenómeno.

Pasado ese susto inicial, razoné que, si él podía abrir la puerta, yo también. De hecho, ahora que me fijaba, la puerta no tenía cerradura. Aparte, estaba esa extraña sensación… En ese momento, se había transmutado en tristeza, como si una parte de mi mente quisiera recordar de qué me sonaba el tipo, pero no pudiera. Ese sentimiento me instaba a confiar en él sin saber ni siquiera su nombre. Se lo iba a preguntar cuando habló:

―¿Qué haces aquí? ¿Te has vuelto loca?

Yo, que ingenuamente esperaba una ronda de cálidas presentaciones, tuve que procesar sus preguntas durante un momento. Para la segunda no tenía respuesta, pero para la primera…

―Quiero respuestas. Algo le ha pasado al Príncipe, y ahora… las cosas han cambiado. Los edificios, las calles, la gente… y no entiendo por qué.

Hizo un gesto cortante, como si no le estuviera contando nada nuevo.

―Olvida esas preguntas y vete. 

Mi mirada le dijo que eso no iba a pasar. Él, con unos cuarenta, una cabeza más bajo que yo y con el pelo rapado, no parecía amenazador. Era esa sensación otra vez, diciéndome que no estaba ante un enemigo. ¿Acaso había algo en su aspecto que empujase a la confianza? Notó mi escrutinio y bajó la cabeza. Yo aparté la mirada, y me encontré con un cartel en la pared que rezaba: «Pabellón del Sistema de Ordenación Social».

―¿Qué significa eso? ―dije, señalando.

―Es donde estamos.

―No jodas, Sherlock.

Se encogió de hombros.

―Siempre pensé que era bastante evidente.

―¡Pues no, no lo es!

―Shh, baja la voz. Hay un robot que patrulla por la noche desde que el gimnasio amaneció destrozado y vandalizado.

―¿Es una cárcel, entonces?

―Es donde no deberías estar.

―No sé si has pillado que no me voy a ir de aquí sin respuestas. ―Abrí ligeramente más las piernas para conseguir un mejor apoyo y crucé los brazos.

―No lo entiendes. ¡No quieres estar aquí!

―Tal vez no quisiera ―siseé― si supiera qué es.

―«Sistema de Ordenación Social». Es la forma de poner a cada uno en su sitio.

―¿De quién? ¿Quién pone a quién y dónde?

―¿El Gobierno? ¿El Consorcio? Imagino que ambos, ¡no lo sé! ¿Te crees que nos dan un manual de instrucciones al llegar aquí? ¿Que hay una recepción y una inmersión-tutorial? En mi caso, el Consorcio me echó a la calle cuando dejé de poder pagar mi piso, y el S.O.S. hizo el resto. ¡Y tenía familia! ¡Tengo familia! Me podrían haber acogido, pero eso sería dar evidencias de que el sistema era imperfecto. Por eso indigentes, incompatibles con el Príncipe, fracasados sociales y demás fallos del sistema acabamos aquí. Para que no haya nada que enturbie la higiene de la sociedad. Para que tengáis un mundo más limpio.

Me quedé sin palabras.

―Y vienes aquí a exigir preguntas ―prosiguió. Gesticulaba mucho, abarcando gran parte del espacio a su alrededor. Di un paso atrás―. Con toda la cara del mundo. Te diré lo que tienes que hacer, chica: sal por esa puerta, que siempre está abierta, abierta porque ninguno de nosotros tenemos un futuro fuera; de eso se encarga también el S.O.S.: ¡de borrar los recuerdos de nuestras familias y amigos! ¡De borrar cualquier prueba de nuestro paso por el mundo! Sal por esa puerta y reza por que no se den cuenta de que has despertado, porque si lo hacen, vendrás aquí a hacerme compañía. Y te aseguro que no es bonito, no. ―Sus brazos habían caído a sus lados, y su voz estaba a punto de romper. Había atestiguado suficientes crisis emocionales de mi padre como para reconocer la que se estaba fraguando―. No es bonito hablar con tu sobrina y que ella no te reconozca porque unos capullos en sillones acolchados pensaron que era más fácil esconder el problema bajo la alfombra que arreglarlo.

Me encontré envuelta en sus brazos cuando hacía unos segundos temía una agresión. El abrazo duraba ya varios minutos cuando mi cabeza se posó sobre la suya y mis brazos se levantaron y rodearon al hombre que sollozaba apoyado en mí. Al hombre, no; a mi tío. Su calva rapada estaba húmeda, y solo entonces me di cuenta de que yo también estaba llorando. Se me encendió la bombilla. Le aferré de los brazos y le separé de mí. Le levanté la cabeza para que me mirase a los ojos.

―Ahora tienes un futuro fuera.

Sus ojos brillaron, aunque no podía decir si era por las lágrimas o por ilusión.

Negó lentamente con la cabeza.

―No le negarás un paseo a tu sobrina, ¿eh? Porque yo voy a salir, y mira que es peligroso ir por ahí sola a estas horas de la noche.

***

Nada más salir, se quedó quieto, mirando a la Luna.

―Venga ―invité, tirando suavemente de su mano. Pensaba alejarlo poco a poco del pabellón, y ver si al final conseguía llevármelo―, andemos un poco.

Mi tío caminaba a mi lado. Íbamos muy despacio porque lo tocaba todo a su paso: el suelo empedrado, la señal de tráfico, el cartel del ala de Pediatría… A ratos, parábamos y él tomaba una gran bocanada de aire fresco. La sonrisa que llevaba en la cara tenía que doler. A mí, lo que me dolía eran los dedos, del frío.

Estábamos por salir del recinto hospitalario cuando todo se vino abajo; una patrullera de la policía bajaba por la avenida.

Esta vez fue él quien me aferró a mí.

―Corre. No dejes que te identifiquen. ―La patrullera había puesto las luces y se acercaba―. ¡Sé libre!

―¿Y tú?

―No lo entiendes. Todos los que han salido volvieron deprimidos por todo lo que han perdido. Si yo he podido disfrutar la salida es porque sé que no tendré tiempo para arrepentirme.

»Me basta con estar fuera, y con haber pasado estos minutos contigo. ―Su sonrisa se hizo tan grande que parecía imposible que le cupiese en la cara. A continuación, echó a correr hacia el auto de policía. Se colocó enfrente, estorbando su paso.

―¡Nopersona, apártese inmediatamente! ―gritaba una voz masculina desde el vehículo―. ¡Nopersona, es el último aviso!

Dos agentes se bajaron de la patrullera. Mi tío se preparó para atacarlos.

―¡Corre! ―volvió a gritar antes de volverse para encarar a los policías.

―¡Es el último aviso! Como nopersona, carece de derechos básicos.

Mi tío lanzó un puñetazo al agente más cercano. Este lo esquivó fácilmente. Se oyó un silbido. Mi tío se desplomó sobre la calzada.

―¡No!

Corrí hacia él.

―¡Ciudadana! ¡Alto! 

Hice oídos sordos. Solo me podía centrar en mi tío, yaciendo inerte en medio de la carretera.

Unos brazos me sujetaron.

―¡Ciudadana!

Pataleé e intenté librarme de la presa del policía. Su compañero, el que no había hablado en ningún momento, el que había matado a mi tío, me apuntaba con la pistola con silenciador que era modelo estándar del Cuerpo.

―¡Asesino!

―Matar a una nopersona no es delito, es misericordia. ¡Novato! Aparta de ahí si no quieres acompañar a esta chica al otro barrio.

―¡No podemos! ¡Es una ciudadana de pleno derecho!

―Estar con una nopersona te convierte en una; perdió sus derechos en cuando se juntó con ese indeseable. ―Me puso la pistola en la frente.

―¡No es un indeseable! ―clamé.

―¡Calla! ―Presionó con el arma.

―¡Era mi tío!

―¡CALLA!

―¡ERA UN SER HUM…!

Ascot Indrasi.



 

Dejar un comentario