El silencio de kasin

El sol ya se alzaba tras las altas montañas nevadas de la Sierra Negra. Como todos los años, mi tribu y yo nos dirigíamos hacia las verdes praderas al otro lado del valle, y como todos los años, la alegría se hacía notar en el alborotar de los niños y en las sonrisas de los adultos iluminadas por la cálida luz anaranjada del alba.

Yo caminaba despacio acompañado por mi amigo Tadán. Él me contaba algo que no pude descifrar pues estaba más bien centrado en otra cosa, en realidad, en otra persona, Magena, la chica más guapa que jamás había visto. Magena significa “luna creciente”. Sus padres, jefes de la tribu, decidieron llamarle así por su tono de piel, pálido y a la vez hermoso y unos ojos de un azul tan profundo, que parecía que te podías sumergir en ellos, como si de dos lagos se tratase. Era tan bella como inalcanzable para mí.

Yo nunca la he dirigido la palabra, de hecho, nunca he dirigido la palabra a nadie. Soy mudo. Mi madre murió en el parto, y al ver que yo no producía ningún sonido, el jefe de la tribu, Kato, pensó que yo era un mal augurio y que había sido enviado por los Nansua, los demonios de la noche, y barajó abandonarme a mi suerte. Sin embargo, Keme, mi padre, no lo permitió. Aún así, yo sentía que para él yo no era más que una deshonra, y aunque se preocupaba por alimentarme y vestirme, apenas me hablaba y cuando lo hacía, lo hacía apenado. Keme, “halcón entre las nubes”, siempre había sido el mejor de los guerreros de la tribu, pero parece que desde que yo nací, su reputación comenzó a descender. Quizás por ello, él siempre ha sido tan distante conmigo.

Encontré mi sitio a mi alrededor. En mi soledad, la naturaleza me aportaba serenidad y consuelo. Todas las mañanas, me levantaba y contemplaba a Mores, un hurón, y le examinaba la pata para comprobar si continuaba curándose. Siempre le daba un trozo de carne que conservaba bajo la cama. En el bosque, solía buscar la cierva que suele vagar cerca del río, ya que, me encantaba su tono de piel color café. Durante mis travesías, veía corrotear a la camada de ardillas a las que en su día alimenté. Pude ver a Gyu, una coneja cuyo pelo es de color negro cual azabache, siempre se dejaba acariciar si había nueces de por medio. Los gorriones creaban una música entrañable que me invadía y a veces, durante el verano podía ver una pareja de zorros juguetones. Todos los días contemplaba águilas y halcones flotando en el aire.

-¿Eh? ¿Me estás escuchando, Kasin?- Me preguntó Tadán despertándome de mi ensueño.

La melodía alegre de un flautista acompañaba la caminata.   El frío se hacía notar y la llegada del invierno arrebataba las últimas hojas a los árboles y las amontonaba a ambos lados del camino, crujiendo al sentirse pisadas.

-Kasin!!!

Asentí.

Mi nombre es Kasin. Es el nombre destinado para mí ya que significa “diferente”.

Sumido en mi silencio, yo era muy buen observador, no sólo con los animales, también con la gente. Muchos días, en el bosque y tras el camuflaje de un arbusto, observaba a un chico, de piel morena y pelo negro, recogiendo hierbas con una cesta. También le había visto muchas veces haciendo con ellas brebajes y ungüentos. Me resultaba muy curioso.

Pasé la tarde siguiendo sigilosamente a un imponente alce que pastaba en un prado con flores de pétalos color salmón. Tras un tiempo, el alce se tumbó, doblando las rodillas, y acabó cerrando los ojos. Cautelosamente me acerqué. En efecto el alce estaba dormido. Le acaricié su piel terciopelada. Decidí recoger un par de flores.

Cuando volví a ver al chico, unas tardes después, decidí acercarme a él. Me resultó difícil, ya que apenas había interactuado jamás con nadie. Tímidamente me aproximé. Él se sobresaltó. Sin mirarle, le entregué la flor y me fui corriendo.

-¡Espera!- me gritó.

Me volví, pero algo me impulso a seguir corriendo.

Aquella noche, mientras observaba las estrellas, el chico se acercó. Se tumbó en la fría y mojada hierba a mi lado. Intercambiamos la mirada.

-Muchas gracias, -comenzó. -Es valeriana.

Hice una mueca interesado.

-La flor se llama valeriana.- me explicó- Tiene varias propiedades medicinales, relaja los músculos y hasta te puede hacer dormir. -Mi nombre es Tadán, tú eres Kasin, ¿no?

Le miré y sonreí.

Y así fue como conocí a Tadán.

Desde entonces comenzamos a vernos muchas noches, que se convirtieron en días enteros. No necesitábamos palabras ya que teníamos muchas cosas en común. Además Tadán era muy hablador y a mí me encantaba escuchar sus interminables historias y sus relatos sobre curanderos y hierbajos. Dado que no puedo hablarle, cuando necesito decir algo, le hago gestos. Curiosamente, me entiende. También por eso Tadán es tan valioso para mí

Se convirtió en mi único amigo, mi fiel compañero.

Tras largas horas de caminata, acampamos en un llano. Me aleje de la luz de la hoguera y me adentré en la maleza oscura y profunda tratando de encontrar un lugar donde contemplar las estrellas. Hallé un árbol perfecto y me encaramé. Encontré un cielo oscuro y azulado con pinceladas blancas y brillantes que formaban dibujos en lo alto del mundo. Observé las estrellas y constelaciones que barrían las dudas y calmaban mi mente. Desde que nací, las estrellas me habían apasionado. Todas las noches, las observaba.

Comenzaron a pesarme los párpados y decidí volver. Bajé del árbol de un salto y seguí el rastro de maleza apartada que había dejado a mi paso. Sin embargo, tras minutos de camino me di cuenta de que no había cogido el buen sendero y me hallaba totalmente perdido. Divisé un agujero de mi tamaño por el que podría caber sin problemas. Decidí adentrarme y pasar la noche allí y buscar a mi tribu con las luces del alba. El agujero era más grande de lo que aparentaba y de hecho, divisé varias bifurcaciones. Observé marcas de barro en el suelo. Empecé a buscar un lugar cómodo donde pasar la noche. Oí un gruñido y percibí algo grande cercano a mí. Pensé en salir por donde había entrado pero mis piernas estaban paralizadas y no obedecían a mi mente. Me bloqueé del terror al ver un enorme animal de un pelaje tan negro como el carbón. Jamás había visto un animal tan imponente como aquel oso. El pelaje acababa en unas zarpas más grandes que mi cabeza y en un enorme hocico que enseñaba unos dientes afilados cual cuchillos que inspiraban puro terror. Me miró mientras se acercaba a mí. Quería retroceder y apartar la mirada, sin embargo, sentí que no era lo que debía hacer. Permanecí donde estaba y le devolví la mirada. Pude atisbar una gran cicatriz que le cruzaba la cara y que la deformaba dando a sus ojos un aspecto mucho más diabólico. Parecía una herida de puñal. Noté en sus ojos una inmensa tristeza. Sentí pena. El enorme animal emitió un rugido mientras volvía a la oscuridad del interior de la cueva. El oso no me había devorado, de hecho, ni siguiera me había atacado. Había decidido dejarme libre.

Salí corriendo de la cueva antes de que aquel terrorífico animal pudiera cambiar de opinión. Al llegar al exterior, no paré de correr hasta que me percaté de que había encontrado la hoguera. Todos los de mi tribu se hallaban durmiendo entre pieles de búfalo y ni uno se había percatado de mi desaparición. Suspiré, molesto, y me eché a dormir.

Un rayo de sol que anunciaba el nuevo día me despertó. Muchas personas de mi tribu ya no se encontraban en sus respectivos sacos. Supuse que se habían ido a cazar, muchos jóvenes de mi edad acudían a esas actividades, no obstante, a mí no me estaba permitido. Realmente agradezco tal deshonra. Adoro la naturaleza, no destruirla y una ventaja de aquello es que no me tratarían cual cobarde por negarme a cazar. Me desperecé y fui en busca de Tadán. Le encontré recogiendo hierbas cerca del bosque.

-¡Hola! Me saludó mientras recogía una flor con pétalos azulados como un cielo de verano.

-Es aciano, me contó, mientras palpaba la planta con la punta de los dedos. Según antiguas historias, cuando una terrible enfermedad asoló nuestra tribu, los dioses nos salvaron dándonos esta maravillosa plant, con la que se realizó un brebaje que sanó a nuestros antepasados. ¿No es fascinante?

Asentí, maravillado por lo mucho que sabía Tadán de medicina.

-Cuando crezca, sanaré a la gente. Dijo Tadán con aire ilusionado.

Le puse la mano en el hombro y volvimos a la hoguera juntos. Durante el camino, oímos el cuerno que nos avisaba de que teníamos que partir. Aligeramos el paso y llegamos justo en el momento en que la tribu comenzaba su marcha.

Atravesamos colinas, bosques y prados, paisajes hermosos adornados con las hojas anaranjadas de los árboles vestidas de otoño. Durante el camino, observé y escuché muchas cosas. El cantar de los ruiseñores, el rocío que hacía que la hierba brillase cual estrella y que mojaba nuestros tobillos. También observé intrigado el vuelo de un águila, pero sin embargo, era la figura de Magena la que me mantenía embobado.

-¿Oyes eso? Me preguntó Tadán.

En efecto, lo oía. Era el agua helada de un río que golpeaba las piedras.

En unos instantes llegamos frente al río. Hallamos un puente natural en forma de tronco con el que podríamos cruzar al otro lado. Mujeres y ancianos fueron los primeros en cruzar. Después nos llegó el turno a los niños que fueron cruzando uno a uno. Tras cruzar Tadán, me subí al tronco y anduve despacito, comprobé que había más altura de la parecía en un primer momento, lo que no ayudaba. El tronco se hallaba mojado y llenó de musgo, cuando estaba por la mitad del tronco. Resbalé y caí. Golpeé con la cabeza en el fondo del río helado. El agua fría acuchillaba mi cuerpo y la oscuridad me envolvió.

Me desperté en un tipi, junto a un fuego y junto a Tadán. Me tensé al descubrir que Magena también se hallaba junto a mí. Hice un gesto con las manos preguntando qué había pasado.

-Después de caerte te llevamos al primer claro que encontramos y te calentamos junto a la hoguera. Delirabas y parecía grave, pero Tadán le dijo al curandero tus síntomas y trajo las plantas medicinales que eran requeridas. –explicó Magena, con su voz aflautada.

-En efecto, llevas durmiendo dos días, cual lirón. Magena me ha ayudado mucho, contó Tadán.

Crucé la mirada con Magena y me escondí detrás de las manos para ocultar mi rubor.

Decidí levantarme a pesar de que Tadán me lo prohibía. Al salir del tipi toda la tribu me miró, y acompañados de un murmullo retomaron sus tareas. Horrorizado contemplé que mi padre apenas me miraba.

-No sé qué hace este chico todavía con nosotros…- oí comentar a una mujer anciana. Supongo que yo tampoco lo sabía.

-Debemos movernos ya o las oscuras nubes del norte nos alcanzarán.-dijo Kato con su potente voz.

Y el viento se llevó el murmullo que me lastimaba.

Se oían aullidos desde la montaña nevada que marcaba la entrada de la Sierra Negra. Quedaba poco para alcanzarla. Llegamos a un claro perfecto para acampar. Como de costumbre, Tadán y yo nos subimos a un árbol para mirar las estrellas. Resulta relajante compartir la visión de algo tan hermoso y a la vez tan distante. Pero, un grito nos sacó de nuestro ensueño.

-¡Socorro! Gritó alguien desde las profundidades del bosque.

Tadán y yo cogimos una antorcha y perseguimos la voz. Acabamos en un lugar que no inspiraba nada de confianza. La antorcha iluminaba una roca sobre la que se hallaba el artífice de los gritos.

-¡Magena!-gritó Tadán.

Intentamos avanzar hacia ella cuando vimos la causa de los gritos de auxilio: una manada de lobos negros como el azabache nos miraban con odio. Gruñían mientras se acercaban lentamente hacia nosotros. Tadán y yo agitamos las antorchas, pero los cánidos no parecían temernos. Uno de ellos se adelantó y se dispuso a saltar sobre mí. Cerré los ojos y pensé que era el fin. Sin embargo, no lo fue. Algo había frenado al lobo. Y entonces pude contemplar como el enorme oso con la cicatriz en la cara le propinaba un zarpazo a un lobo mientras otro le saltaba encima.

-¡Corred!-gritó Tadán.

Y corrimos, dejando atrás al oso y a los lobos.

Alcanzamos el llano donde estaba acampada la tribu y nos paramos a recuperar energías.

-¡Muchísimas gracias!, me habéis salvado, dijo Magena mientras nos abrazaba a los dos.

Y entre sudor y jadeos, volvimos a la seguridad del saco de dormir.

Aquella noche tuve un sueño. Estaba en una montaña nevada y de roca negra. Había tormenta y nevaba en gran cantidad. Portaba prendas finas y sin embargo, no sentía frío. Vi una luz que debía provenir de una antorcha. Corrí hacia ella, pero a medida que me acercaba ésta se iba haciendo más tenue hasta que desapareció en la ventisca. Me froté los ojos para quitarme la nieve. Al volverlos a abrir, atisbé una figura en la lejanía. Comenzó a correr hacia mí, a gran velocidad. Apenas la tenía a un metro cuando frenó en seco, levantando la nieve, que impacto sobre mi cara. Descubrí que la figura extraña era el oso de la cicatriz en la cara. Bajó la cabeza y soltó un rugido. De repente, oí una voz que me hizo salir de ese trance.

¡Despierta de una vez!-grito Tadán.

Minutos después remprendimos la caminata. Tadán y Magena charlaban animadamente, lo que hacía más ameno el viaje. Las horas pasaban y la noche se acercaba. En el cielo anaranjado, avistamos un humo proveniente de una hoguera y puesto que no habíamos hallado ningún lugar apto para acampar, el jefe de la tribu decidió hasta el lugar de donde procedía la humareda.

Tras una pequeña colina y con los últimos toques de luz del día, pudimos contemplar un pequeño campamento de cazadores blancos.

Estos cazadores resultaron ser amables y accedieron a dejarnos pasar la noche allí. Incluso nos invitaron a un pequeño banquete donde saciamos nuestra hambre y sed. Ya cuando me marchaba a dormir oí unas voces que me despertaron curiosidad.

-¿Crees que servirán para una prenda de piel?-alguien preguntaba.

-Con lo pequeños que son no creo que proporcionen piel más que para unas botas… – respondió el otro

Seguí las voces cautelosamente y me llevaron hasta una pequeña plaza con una jaula de ramas y tablones de madera. Me escondí tras un pilar de piedra.

-Tendrías que haber visto a la madre. Era enorme. Suerte que conseguí que se alejase de un golpe de puñal, porque de no haber sido así me hubiera arrancado la mano, bueno, ¡el brazo entero!, -narró uno de los cazadores.

Me acordé entonces de la horrible cicatriz que llevaba el oso y le cruzaba la cara.

-¡Vaya! Comentó el otro.

-En fin, no dejes que nada entre ni salga de esta jaula sino quieres vértelas conmigo, chaval.

-Sí señor.-Respondió disciplinado.

Uno de los hombres blancos abandonó la plaza pasando junto a mí, dejando al carcelero solo. Estiré el cuello y conseguí descifrar el interior de la jaula. Eran dos pequeños oseznos de piel de un tono grisáceo como las nubes que presagian lluvia. Ambos se hallaban acurrucados el uno al lado del otro en una esquina de la jaula. Parecían asustados. Comprendí que debía sacarlos de allí o se convertirían en un abrigo. Ya era tarde y el carcelero parecía seguro de que los oseznos no se iban a mover de allí puesto que alzó sus pies, los reposó en la mesa y se dispuso a dormir. De vez en cuando soltaba un ligero ronquido. Aunque a veces de ligero tenía poco.

Cuando consideré oportuno me levanté y sigilosamente me acerqué al carcelero que ya roncaba vivamente. Observé que tenía la llave a modo de colgante en el cuello y con mucho cuidado acerqué la mano. Un sonido que produjo me hizo retroceder y tras varios intentos fallidos, agarré la cuerda donde se hallaba la llave y se la desprendí del cuello cuidadosamente. El corazón me latía con fuerza, lo que resultaba agobiante, ya que combinado con los ronquidos parecía una orquesta de percusión. Respiré hondo y me aproximé de puntillas a la jaula. Introduje la llave, giré y abrí la puerta. Uno de los oseznos alzó la cabeza y contempló su libertad justo antes de soltar un gritillo de alegría con el que despertó a su hermano. Me aparté y salieron dando pequeños botes hacia la penumbra y la vegetación que marcaban la frontera entre el poblado y el bosque. Mientras volvía caminando a la tienda, oí un grito.

-¡Han desaparecido!

Sonreí.

A la mañana siguiente, supe que algo malo iba a pasar. Era un presentimiento. La montaña que marcaba la entrada a la Sierra Negra apenas estaba a unos kilómetros. A cada paso que dábamos parecía que se alzaba un metro más e imponía, desde luego que imponía. Caminábamos en silencio y el cielo cubierto de nubes presagiaba lluvia. Empezaba a refrescar cuando, por fin, llegamos. Nos encontrábamos a los pies de la montaña. Miré hacia arriba y comprobé que la montaña no tenía fin a nuestros ojos. Por suerte, tan solo tendríamos que rodearla. No se podía distinguir si estaba oscureciendo o si simplemente las nubes se tornaba de un negro más intenso. Noté algo en la nuca. Algo húmedo y frío, pero hice caso omiso y continué andando junto a mi tribu. Caminamos y tras un rato descubrimos que en efecto era de noche. No se veía nada. Una espesa oscuridad alentada por las nubes ahogaba la luz de la luna y lo envolvía todo. Tan solo un par de luces de antorchas guiaban nuestro camino. Además el frío se hacía notar, helando cada parte de nuestro cuerpo. Viajábamos por un sendero recubierto de nieve que crujía a nuestros pies. Volvía a notar la sensación húmeda y fría, solo que esta vez, me recubría todo el cuerpo. Empecé a ver diminutas motas blancas. ¡Estaba nevando!

La nieve era presagio de que el invierno nos había alcanzado. La gente de la tribu comenzó a hablar entre sí, asustados. Estábamos atrapados. La nieve cubría el sendero y nos perderíamos. Moriríamos de frío. De repente, noté que alguien me cogía de la mano. Era Magena y parecía muy asustada. Estaba completamente pálida. Sin embargo, vi algo detrás de ella. Había algo marcado sobre la nieve. Salí corriendo y le arrebaté una antorcha a uno de los portadores que gritó algo.

-Mamá, estoy cansada. –Oí decir a una pequeña niña.

-Yo también, hija. Yo también. –respondió la madre mientras se abrazaban.

Volví donde había visto la huella y la iluminé con la antorcha. Magena me miraba extrañada. Comprobé que eran huellas. Huellas de oso. Entonces comprendí que debía guiar a mi tribu, salvarles. Agité la antorcha y todos me miraron.

-¿Qué haces Kasin?- dijo mi padre con expresión severa.

Me puse el dedo en los labios, y le puse una mano en la muñeca. Confía en mí, le supliqué con la mirada.

Hice un gesto para que me siguieran y se acercaran a mí. Eche a andar por el rastro que dejaban las huellas. Se percibían claramente, parecían recientes. Tras horas caminando la gente comenzó a impacientarse y yo a dudar. No obstante, una figura grande se hallaba ante mí. Miré hacia atrás pero mi tribu no estaba. Volví a mirar a la figura. Se trataba del oso. Se inclinó hacia mí y puso su cabeza sobre la mía. Abrí los ojos y me encontraba de nuevo liderando a mi gente. Sin embargo, algo había cambiado. Sabía dónde estaba el camino.

-¿Qué crees que haces chico?-me preguntó Kato con expresión severa.

-¡Déjale Kato!-gritó mi padre-Confió en ti hijo, sé que lo conseguirás.

-Seguidle todo el mundo.

Parecía como si el sendero se abriese ante mí, me sentía como si hubiera recorrido aquel camino cientos de veces. Tras un rato, comenzaba a haber un murmullo de duda, pero esa vez, no me contagió. Caminamos y caminamos y al fin, llegamos. Desde la montaña donde nos encontrábamos, podíamos contemplar nuestro destino. Lo habíamos logrado. Bajamos y cuando llegamos empezamos a gritar de emoción. De repente, Kato, hizo callar a todo el mundo me miró y se arrodilló ante mí. Uno a uno todos los integrantes de la tribu se fueron arrodillando ante mí en agradecimiento por haberles salvado. El gesto de arrodillarse se hacía a los victoriosos guerreros indios que volvían de una batalla. Me ruboricé y en mi silencio luché por contener la emoción de por vez primera sentirme parte de esa gente que me vio crecer.

Entonces vi a mi padre, que se acercaba junto a mí, con lágrimas en los ojos.

-Lo siento muchísimo, hijo. Mi reputación y mi orgullo me cegaron, nublando mis sentidos, y haciendo que creyese que me sentiría mejor si te dejaba apartado. Pensé que así nadie hablaría mal de mí, ni de ti. Pero me equivoqué,-dijo mientras se sorbía-no sé si podrás perdonarme algún día, pero yo quiero que sepas que te quiero y estoy orgullosos de ti.

Me acerqué a él y le abracé.

Aquella noche hubo un banquete y todo el mundo comió hasta hartarse. Tadán y yo nos alejamos a contemplar las estrellas como cada noche. Era bonito compartir esos momentos con mi amigo. A nuestro lado, apareció Magena. Le saludé y ella sin replicarme se inclinó y me dio un beso. Lo noté suave y cálido y una sensación increíble me recorrió el cuerpo. A nuestro lado, Tadán se burlaba.

-Uuuuu! Se reía.

La felicidad me embargaba. Al pensar en el viaje, al mirar atrás, me di cuenta de quién realmente soy. Descubrí que las palabras no deben doler. Aprendí a hacer del silencio mil poemas, mil historias, mil canciones. Supe entonces que yo me siento diferente, yo me siento especial.

Cuando nos separamos pude atisbar algo en la montaña de la Sierra Negra. Se trataba del oso. Le acompañaban dos oseznos. Le contemplé mientras rugía y retrocedió a la montaña escondiéndose entre la negra roca.

En efecto, mi nombre es Kasin, “diferente” y ésta es mi historia…

FIN

Lope de Torre

 

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