El sueño de Anna

Esta es la historia de Anna, una chica pelirroja y de pecosa piel, que siempre mantenía una sonrisa en su rostro y siempre estaba alegre.

Anna, desde muy pequeñita, la gustaba pintar. Todas las tardes, después de la escuela, iba corriendo a casa para alzarse sobre sus pinturas y no despegarse del lienzo. Desde entonces se dio cuenta de que quería estudiar arte. Y cuando por fin finalizó bachiller, decidió dedicarse a lo que la hacía feliz.

Ella mandó muchísimas solicitudes de acceso a escuelas de arte: Salamanca, Barcelona, Zaragoza…, pero en la que de verdad quería estudiar era en la escuela de Bellas Artes de Madrid. Había oído que allí tenían un nivel increíble y quería aprender todo lo posible en aquella escuela. Además, era su sueño desde pequeña el poder pertenecer a esa familia de artistas.

Esperó y esperó a que llegasen respuestas, pero ninguna llegaba. Cuando una mañana regresó a casa tras haber practicado algo de deporte, se encontró en su puerta con el cartero. Tenía dos cartas para ella. Anna corrió a su habitación para abrirlas. Una era de Barcelona y la otra de Zaragoza. Las dos escuelas la habían aceptado y la habían felicitado por sus pinturas. Ello la alegró muchísimo. Sin embargo, ella ansiaba la de Madrid, que llegó un par de días después. Con muchos nervios en el cuerpo y temblores en las manos Anna procedió a abrir el sobre que contenía la respuesta. Todo desapareció, incluso la sonrisa de quien espera una feliz noticia. No la aceptaban. Hizo una bola con el papel y lo tiró a la basura. Por una parte, ella entendió que no la hubieran admitido, pues era una de las mejores escuelas de arte y era muy difícil ingresar en ella, pero, por otra parte, se sintió bastante indignada, dado que en las otras escuelas la habían dicho que era muy buena.

Después de lo ocurrido, Anna no volvió a sonreír en un tiempo, era como si la hubiesen quitado la ilusión y no tuviera ganas de nada.

La llegaron las respuestas de las escuelas restantes. Todas la habían aceptado, pero ella no mostraba ni un solo gesto de felicidad, ya que no la quedaba mucha después de que el veredicto de la escuela de Madrid se la arrebatara.

Uno de los días en los que estaba en sus clases de pintura, admirando los cuadros que tenía allí archivados, se quedó pensativa. Pensó que era lo bastante buena como para que no la hubieran aceptado; así que decidió hacer un viaje a la ciudad para pedir explicaciones.

Días antes, reservó un hotel para dos días, hizo las maletas, y recuperó la carta de la papelera, por si acaso.

Cuando Anna llegó a Madrid, lo primero que hizo fue dejar las maletas y, acto seguido, se dirigió a la Escuela de Bellas Artes. En recepción pidió hablar con el encargado de las admisiones. La recepcionista le dijo que en ese momento no se encontraba en el centro, pero que podía venir dentro de tres días. La concertó una cita para entonces y se fue al hotel.

Anna llegó al hotel y lo primero que hizo fue ampliar la reserva durante unos días más. Subió a su habitación, se tumbó en la cama y se quedó dormida toda la tarde. Cuando despertó eran las nueve y media de la noche, se lavó la cara, se vistió y fue a dar un paseo.

Anna estuvo caminando mientras pensaba en lo que le diría a aquel hombre. A las once de la noche, cuando estaba apunto de volver al hotel, decidió ir a visitar exteriormente el centro de Bellas Artes. Llegó y se sentó en un banco justamente en frente de la gran puerta. Anna se imaginó a sí misma yendo todas las mañanas a esa escuela y lo que significaba para ella poder estudiar allí, pero antes de que se emocionara decidió irse.

Aquellos tres días pasaron con lentitud para Anna, pero allí estaba, esperando a que alguien la recibiera por fin. Apareció un hombre de unos cuarenta años, con barba y bigote y unos grandes ojos color café. La conversación empezó. En primer lugar, Anna preguntó el porqué de su rechazo y frente a esto el hombre contestó que había muy pocas plazas y que era imposible poder admitir a tantos candidatos. Anna le explicó que las demás universidades a las que había enviado la solicitud, la habían aceptado y la habían felicitado por sus obras. Él, amablemente, pidió volver a ver alguna de sus pinturas. Sacó un cuaderno de dibujo que tenía en la mochila y se lo enseñó complacida. El hombre se quedó perplejo y asombrado por los bocetos; eran lo suficientemente buenos como para entrar en aquella escuela. Así que, extrañado, preguntó el nombre a la joven para comprobar las admisiones en el ordenador. Después de un rato largo, el hombre puso una cara de absoluta incomprensión. En el ordenador ponía que Anna había sido aceptada y no entendía su reclamación, de modo que la preguntó sobre la carta. Anna la sacó, la había alisado todo lo que pudo. Rápidamente, él se dio cuenta del fallo que había cometido. Había escrito el nombre de otra muchacha por error y había mandado la carta a la casa equivocada. Anna, al oír la equivocación, entendió que ella entonces había sido admitida, pero para asegurarse le preguntó. Efectivamente, ella estaba admitida en la escuela. Formalmente, salió del lugar y nada más marchar, pegó un salto por toda la alegría que contenía en el cuerpo. Inmediatamente recogió sus maletas para volver a casa y dar a su familia la gran noticia. Sabía que todos se pondrían muy contentos y se sentirían muy orgullosos de ella.

Pasó el verano y se trasladó al lugar donde cumpliría su sueño. Sus padres la habían ayudado a buscar un apartamento y con la mudanza, pero no terminaba de sentirse cómoda en su nuevo hogar. Faltaba personalidad en las paredes. No había ningún problema cuando la nueva inquilina era una excelente pintora. Se propuso dibujar unas mandalas gigantes y otras más pequeñas, para ello necesitaba comprar pintura. Anna partió a la tienda para comprar brochas con cerdas de diferentes tamaños y tres botes de pintura de diferentes colores: negro, gris y morado oscuro. El resultado fue impresionante, aquel pequeño piso parecía un museo de arte.

Ocho y media de la mañana, la hora en la que su nueva vida comenzaba. Era su primer día. Estaba contenta y emocionada a la vez que asustada. Ella sentía que no iba a encajar allí, se sentía la rara del lugar. Pero esos pensamientos se fueron cuando, en su primera clase, se hizo muy amiga de una chica. Valentina. Era una chica de pelo moreno, con ojos azules cristalinos como el mar, bastante simpática y amigable. Ambas coincidían en todas las clases, menos en la de escultura. A partir de ese preciso momento se hicieron amigas.

Ese mismo día, Anna la invitó a su apartamento a merendar. Nada más entrar por la puerta, Valentina se quedó perpleja. Después de un largo rato admirando las obras de Anna, se sentaron y charlaron.

Los días fueron más fáciles para Anna gracias a Valentina, ya que con su presencia se sentía más segura.

Seis meses después de su comienzo en la escuela, los profesores de Anna estaban muy orgullosos de sus progresos y de su habilidad en el arte. Entonces, fue cuando su profesora la eligió para representar a Madrid en un concurso de pintura.

Ese concurso era solo en España. En él se decidiría qué artista español representaría al país en el concurso mundial de pintura y dibujo. El concurso consistía en cuatro pruebas. En la primera debía dibujar a una persona; en la segunda prueba tendría que dibujar y pintar un paisaje elegido por el jurado; la siguiente radicaba en hacer un dibujo abstracto; y la última prueba era de estilo libre.

Anna llegó a la ronda final. En ella tenía que enfrentarse a los finalistas de Barcelona, el País Vasco y Sevilla. Bastante segura de lo que iba a dibujar, cogió el lápiz e hizo un dibujo de su pueblo. Le puso colores además de ilusión, pasión y amor. Para ella esa obra valía mucho, ya que era como estar en casa haciendo lo que más le gustaba desde que era niña. El tiempo se acabó, el jurado iba a deliberar.

La decisión estaba tomada. Los llamaron al escenario. Dieron el nombre de los concursantes que no ganaron, dejando como finalistas a Sevilla y a Madrid. Uno de los jueces, se colocó entre ellos, y después de un largo/eterno suspense, pronunció el nombre del ganador. Anna fue el nombre que se escuchó en toda la sala. No podría creerlo. No tenía palabras. Estaba tremendamente emocionada. Aunque en realidad a ella no la importaba ganar o perder aquel concurso. Anna ya era feliz, había logrado cumplir su anhelado sueño.

Evelyn

 

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