El último movimiento

Quizás me había jugado demasiado aquella noche.

Miré al hombre tatuado que se sentaba frente a mí. Movía sus ojos frenéticamente sabiendo que con un simple movimiento podría arrebatarle a su rey. La sala repleta de presos se mantenía en silencio con el único sonido del reloj dando las doce. Las miradas expectantes de cada uno de los presentes recaían en mi contrincante, que parecía no darse por vencido.

-Admítelo, Caín -dijo uno de los hombres de mono naranja-. No tienes salida.

El hombre sudoroso soltó una risotada mientras se levantaba de la silla, ahora mojada, y me daba un apretón de manos.

-No esperaba que mi primera derrota fuese a manos de un policía -rió algo tenso-.

Había perdido la cuenta de las noches que llevaba durmiendo en aquella sucia cárcel inglesa. Los monos naranjas y las frías esposas se habían vuelto mí día a día… y pensar que antes era yo el que encerraba aquí a la gente -pensé-

-¡Agente Wells! -gritó una voz a mis espaldas-.

Me giré sonriente hacia el guardia que me esperaba al otro lado de las rejas. Su mirada era nerviosa, aunque quién no lo estaría. Toda Inglaterra conocía mi nombre ya fuera por buenas o malas lenguas. Era el agente más famoso de la época, o por lo menos lo había sido. Había resuelto los crímenes más complejos e incomprensibles, pero en el último de ellos me habían tendido una trampa.

Me acerqué al joven guardia y, al cruzar la puerta de barrotes, extendí mis brazos. Me apretó las esposas con manos temblorosas, quizás con demasiada fuerza y me indicó que caminara por el pasillo de luces parpadeantes. Mis otrora zapatos de charol, siempre limpios, habían sido sustituidos por unas suelas con tela sucia y mis trajes eran ahora monos incómodos y anaranjados.

Cruzamos varias puertas de seguridad, el guardia siempre caminando a varios pasos de mí. Sabía a dónde estábamos yendo. No todos los días te dejaban acercarte al director de la cárcel. Los pasillos siempre oscuros cambiaron de tonalidad cuando llegábamos al final donde destacaba una amplia puerta de madera barnizada.

Avancé con la cabeza alta y una sonrisa socarrona mientras el joven policía llamaba con toques indecisos. Una tos seca y grave resonó al otro lado seguido de un “adelante”.

Seguí al policía a la gran sala donde me habían recibido el primer día. La habitación estaba iluminada por rayos de sol que se colaban escurridizos por dos enormes ventanales. Una mesa roñosa, que parecía sostenerse en pie de milagro, soportaba el peso de cientos de papeles desordenados y tras ella, oculto entre montañas de archivadores, se encontraba mirando a la calle el director.

Era tan feo como lo recordaba. Su chaqueta de cuadros se mantenía en su sitio gracias a un botón que parecía estar a punto de saltar. Su cabeza resplandecía como si de una bola de billar se tratara y su bigote, siempre cubierto de ceniza, se movía de arriba abajo cada vez que daba una calada al puro.

-Ya se puede ir joven –dijo sin mirar al guardia que salió disparado por la puerta-. Bueno, me alegra verte de nuevo, Wells.

Me quité las esposas con la llave que le había sustraído al guardia y me senté en una butaca de muelles gastados.

-No puedo decir lo mismo –sonreí-, pero vayamos al grano. ¿Qué consigo si les ayudo?

-Igual de directo que siempre –dijo el director apartando una montaña de papeles para sentarse en la mesa-. Aunque todavía se te considera culpable de varios homicidios, no cabe duda de que sigues siendo uno de nuestros mejores agentes.

-Corrección –le interrumpí-. El mejor. Pero ¿qué caso necesitáis que resuelva esta vez? ¿Tan mala es la situación?

-Querido Wells, todas las situaciones son malas cuando eres policía. Nos han llamado desde Nueva York –dijo mientras rebuscaba entre montones de folios-. Solo dijeron que necesitaban tu ayuda… ¡Aquí está! –gritó tendiéndome un archivo beige-. Lo he leído y releído, pero no lo comprendo –suspiró mientras abría las primeras hojas-. Es como si un montón de psicópatas se hubiesen puesto de acuerdo para matar a gente por todo Manhattan. Si consigues resolver este crimen se te concederá la libertad.

Abrí el archivo para encontrarme con la foto en blanco y negro de un cuerpo calcinado.

-Te presento a Jason Lockhouse: el mejor directivo que ha tenido el Banco de Manhattan en décadas. Murió hace unas semanas en un incendio mientras trabajaba de noche en su oficina –señaló mostrándome una foto de la torre del banco-. Los forenses encontraron su cuerpo en la posición de una cruz, pero lo interesante es que al examinar su ropa encontraron cientos de motas de polvo de ladrillo. Pasa un par de hojas –apremió-. Éste –dijo señalando la foto de un hombre- se llamaba…

-¿Walter Chrysler? ¿El dueño de los coches Chrysler? –dije reconociendo la fotografía-.

-Ni más ni menos que Chrysler. Fue encontrado, al igual que la anterior víctima, de noche. Había sido atropellado por un coche –suspiró-. Cuando lo encontraron tenía una herradura en su cuello. Descabellado, ¿verdad?

Le miré con cara de pocos amigos intentando que se diera algo de prisa.

-No sabemos la marca ni la matrícula del vehículo pero no hay muchos coches hoy en día, por lo que sabemos que tuvo que ser alguien con dinero.

-Ya me encargo yo de descubrir al asesino -dije robándole el puro-. ¿Algo más antes de que zarpe en un barco dirección Manhattan?

El director rebuscó en los bolsillos de su chaqueta hasta dar con un par de fotos de tonalidades negra y sepia. Las cogí antes de que me las ofreciera y comencé a examinarlas. Dos mujeres de aspecto similar acaparaban la mayor parte de las fotografías. Sus bocas entreabiertas parecían exhalar un último grito de socorro y sus ojos, ahora sin brillo, habían retenido las últimas lágrimas de terror para recordar el atroz crimen.

-Es extraño señor Wells. Las chicas aparecieron en la sexta avenida apenas a trescientos metros de distancia. Las dos murieron degolladas con un cuchillo de medidas y dientes similares, pero lo más interesante es la posición -dijo señalando los cuerpos-. Fíjate en sus brazos y sus piernas -recalcó- están colocadas como si fueran una cruz.

-No veo relación entre estas muertes -dije pensativo-. Un banquero, un amante de los automóviles y dos hermanas.

-Como ha dicho, señor Wells -repitió el director-: Es usted el que se encarga de atar los cabos sueltos. Buen viaje, espero que no se tope con un iceberg de camino -dijo riendo-.

Me ajusté la gabardina en un intento de disminuir el frío del viento neoyorquino. El vapor del barco ascendió hacia el cielo nuboso cuya tonalidad oscurecía a medida que me adentraba en la ciudad industrial. Las gaviotas me dieron una grata bienvenida a punto de manchar mi traje nuevo, cortesía del director de la cárcel. La famosa estatua de la mujer de verde parecía vigilar desde las alturas cómo los asesinatos ocurrían en su ciudad.

El montón de metal que, por suerte, había cruzado el océano se aproximó lentamente hasta el muelle de maderas roídas. Maldije varias veces por el mareo y con cuidado bajé por la pasarela. “Una semana en un barco encerrado… una simple semana es lo que tengo para deshacerme del trabajo” pensé. De repente una voz me sacó de mis pensamientos…

-¿A-A-Agente W-W-Wells? -tartamudeó una voz de entre la muchedumbre que concurría el puerto-. ¿E-e-es usted el-el ag-gente Wells?

Me giré para encontrarme con un joven de vestimenta oscura y rostro inexpresivo. Algunos rasgos de la edad habían aparecido en su rostro, aunque sus ojos parecían los de un niño sin experiencia. Le miré cínicamente y dije con una sonrisa:

-¡El único! -respondí saludando al joven con un apretón de manos-. Necesito que me pongas al día, muchacho -apremié-. No oigo nada salir de tu boca.

-Bue-Bueno.. señor W-W-W-ells… -dijo el joven-

-Venga, chico -dije encaminándome entre el gentío-. El día se va a hacer muy largo.

-Es s-s-solo que mientras e-e-estuvo en el bar-barco esta semana ha-ha muerto una persona m-más -murmuró atropelladamente-.

-Podrías haber empezado por ahí y no tendríamos que estar perdiendo el tiempo en este sucio puerto -me quejé-. Llévame a la escena del crimen -dije dándole una palmada en la espalda-.

Me abrí paso entre el grupo de policías que molestaban más que ayudar en la escena del crimen. El murmullo de voces desapareció al notar mi presencia. En la lejanía se podía oír el barullo de la ciudad industrial y algún que otro periodista deseoso de información.

Aquella ciudad era gigante comparada con cualquiera que hubiera visto antes. Barcelona, Londres,… todas ellas parecían ciudades diminutas en comparación con Nueva York. Los elevados edificios aparentaban desgarrar el cielo con su cima y las amplias calles repletas de obreros incansables, que buscaban sobrevivir un día más en la gran ciudad, parecían engullir todo lo que se adentraba en su interior.

Rebusqué un cigarrillo en mi gabardina beige y continué mi camino hasta el bulto tapado con sábanas blancas. Clavé mi vista en uno de los “policías” que zampaba despreocupado un bollo. Negué con la cabeza en señal de desaprobación y me detuve esperando a mi compañero. El joven agente que me había recibido chocó contra mi espalda sin esperarse mi frenazo y susurró un “disculpe” mientras se acercaba al cuerpo.

Noté las miradas, algunas de admiración y otras envenenadas, en mi nuca y reí por la reacción de los ingenuos policías. Me conocían, todo el mundo lo hacía. Era el mejor detective de todo el siglo y, aunque algunos lo negaran, nadie podía igualarme. Aunque luego hubiese acabado en la cárcel por un malentendido, todos sabían que era el único capaz de resolver crímenes tan complejos e intrincados como éste, por eso estaba aquí.

-¿Y el jefe del cuerpo de policía? -pregunté al joven-.

-Agente Mat Martínez -respondió una voz tosca-. Encantado.

Me giré expectante en busca del dueño de aquella voz profunda. Un hombre fornido y con signos de edad avanzada bastante visibles en su rostro me extendió una mano callosa y llena de cicatrices. Rápidamente acepté el saludo y volví a fijar mi mirada en su cara arrugada. Tenía porte de jefe, no podía negarlo. Me ajusté el sombrero para proteger mis ojos de la luz y recordé que tenía un crimen que resolver.

-Cinco cuerpos en apenas tres semanas -enunció-. Increíblemente macabro. No tenemos pistas -dijo mientras se acercaba al cuerpo-. Somos como niños desprotegidos en este momento, agente Wells.

-No se preocupe -murmuré-. Yo le protegeré del asesino si es lo que teme -apremié-. ¿Le importaría resumirme lo que ha ocurrido? No tenemos todo el día.

Di otra calada al cigarrillo antes de pisotearlo con mis viejos zapatos de charol. Me sacudí las manos para que entraran en calor y me acerqué a levantar la sábana.

-No es demasiado bonito -dijo tirando de la sábana antes de que yo llegara-. Es Adam Brown. El cuerpo apareció hace unas horas, aquí, enfrente del Banco de Manhattan. Lo único que sabemos es que murió desangrado por unas cuchilladas.

Martínez dejó el cuerpo a la vista. Su traje se encontraba totalmente ensangrentado, sus ojos, todavía abiertos de terror, se clavaban en el cielo y su cuerpo, todavía caliente, se encontraba cubierto de un polvo rojizo. Le habían acuchillado con rabia varias veces y parecía que no había bastado pues tenía un orificio de bala en su frente. Además, se encontraba en la posición de una cruz al igual que algunas de nuestras víctimas.

-¿Y este polvo? -dije colocándome unos guantes que siempre llevaba encima-.

Pasé mis dedos por la superficie del traje del cuerpo recogiendo la cantidad mínima. Eran virutas de un material resistente y rojizo, tenía olor a construcción por lo que seguramente fuera ladrillo.

-Me imagino que haya deducido que es ladrillo -murmuró el agente Martínez con voz temblorosa-. Llevo pensándolo toda la mañana, ¿para qué matar a alguien y esparcir polvo sobre su cuerpo?

-Quizás no tenga sentido la forma en la que han matado a este joven -dije-, pero es la segunda vez que este o estos asesinos utilizan ladrillo -murmuré pensativo-.

-Necesito saber quién asesinó a mi marido, inspector Martínez -dijo la mujer del famoso Chrysler-. Sois todos un grupo de incompetentes -gritó antes de salir pegando un portazo a la oficina-.

El jefe de policía se dejó caer en la silla acolchada de su despacho. Recorrí mi vista por la diminuta habitación. Algún que otro cenicero vacío y pulcro, cientos de fotos junto al joven Malcom, quién me había recibido al llegar a Nueva York y dos o tres muebles. La mesa, el armario o cualquier otro objeto se encontraba totalmente limpio y sin rastro de papeleo. Se notaba que le gustaba el orden.

-A veces lo peor de ser policía es lidiar con las familias de las víctimas -suspiró-.

Reí ante su reacción. Las persianas venecianas dejaban pequeños rastros de la luz exterior por lo que la habitación era iluminada por luces de brillo amarillento. Volví a sentarme en un sillón cargado de polvo y cerré los ojos intentando procesar todo lo que estaba pasando. Unos golpes en la puerta del despacho me hicieron volver a la realidad. En el umbral de la puerta se vio la figura del joven policía que entró de golpe.

-He hablado con el ps-i-psicólogo del cuerpo -dijo Malcom-. Han deducido que-que-que es un único asesino de ca-ca-carácter variable e inestable. Pun-pun-puntilloso y realiza actos premeditados -recitó tartamudeando-. Asesino por causas trau-traumáticas o venganza -murmuró-.

Dejé de escucharle para fijarme en un cuadro en la pared. Era muy bueno. En él se podía ver a dos niñas pasando el tiempo con libros y una partida de ajedrez.

-Bonito, ¿eh? -preguntó Martínez-. Me lo regaló Malcom -dijo guiñándole un ojo-. Es del gran John Lavery -murmuró con emoción-.

-No me estaban escucha-chando, ¿verdad? -preguntó Malcom triste-.

-Claro que sí, chico -murmuró el jefe-. ¿Verdad que sí, Wells?

Asentí en mi ensimismamiento con el cuadro.

Había leído las biografías de las víctimas decenas de veces, pero no había encontrado nada útil. Malcom se sentaba a mi lado mientras leía un montón de libros sobre asesinatos en Nueva York.

-Me estoy cansando, Malcom -dije lanzando el informe sobre la última víctima sobre la mesa-. Creo que deberíamos hacer algo diferente, comer o dar una vuelta.

-Us-usted no se pue-puede rendir señor, W-W-Wells -dijo mirándome serio mientras posaba sus cosas en la mesa-. E-e-es mi ídolo.

-Estoy viejo, Malcom -dije quejándome-. Llevo cuatro horas con el culo pegado a esta silla y no hemos encontrado nada. Por cierto deja de repetir esa frase. Me pones nervioso chico -dije sin andarme con rodeos-.

-Va a tener mu-mucho trabajo esta se-semana -susurró-.

Malcom se levantó y desapareció por la puerta del despacho del director. Me fijé en un viejo mapa de un libro que había estado leyendo el joven. En una de las páginas aparecía un pequeño mapa de Manhattan y una de sus calles había sido marcada con un bolígrafo rojo.

Giré de nuevo sobre la vieja cama del hotel más barato que había encontrado. Los sistemas de calefacción no parecían calentar y el edredón de la cama dejaba mucho que desear. El reloj de la habitación indicaba las cinco de la mañana, pero no tenía intención de volver a dormir. Hacía días que llevaba durmiendo en aquel hotel destrozado, días que no veía a Malcom ni al resto de policías. Me había dedicado a investigar en solitario, pero la cosa no iba bien. No había descubierto mucho de las víctimas, ni había encontrado relación alguna entre ellas.

-La séptima avenida de Manhattan -susurré-.

¿Por qué habría marcado el joven tartamudo esa calle?

Unos golpes en la puerta de mi habitación hicieron que me levantase, aun en bata. Dejé en la cama decenas de libros sobre Nueva York mientras me colocaba un par de zapatillas. Al otro lado de la puerta, como me esperaba, había un policía que mantenía la cabeza baja.

-¿En serio? ¿A estas horas tengo que ver una escena del crimen? -mascullé irritado-.

-Lo siento, señor Wells -dijo aún más cabizbajo-.

-Sí, sí -apremié-. Espéreme en la entrada -dije cerrando la puerta-.

-Lucía Márquez. Como ve la hora es similar al resto de las víctimas. ¿Recuerda a las hermanas? -preguntó Martínez-. Las dos murieron a unas manzanas de distancia.

-¿Dónde nos encontramos ahora mismo? -pregunté indagador-.

-En la séptima avenida -respondió seguro-. Fue ahogada con una soga y, al igual que dos de nuestras víctimas, tiene restos rojizos en sus vestimentas. Lo he mandado a analizar, pero creo que los dos sabemos de qué material se trata.

Levanté la sábana para encontrarme con el cuerpo blanquecino de una joven. Su cuello tenía tonalidades azules y al contrario de sus ojos rojizos. En su boca había un montón rojizo, pero no de sangre, de polvo de ladrillos.

Tenía un libro entre sus brazos. Me puse los guantes y se lo quité con cuidado. Era una agenda de la universidad de Columbia, cerca de donde nos encontrábamos. Eché un vistazo rápido hasta encontrarme con una página doblada. La hoja parecía a punto de deshacerse, en ella había cientos de dibujos de edificios, “L”s y cruces… de todos ellos me llamó la atención un boceto de una torre. Mi mirada recayó inconscientemente en un mapa dibujado en el que se veía perfectamente destacada la séptima avenida.

-¿Qué has encontrado? -preguntó el jefe de policía intrigado-.

Comencé a pasar de páginas para encontrarme con cientos de dibujos de edificios. En cada página había destacada una calle de Manhattan, de las cuales todas ellas me sonaban de alguna víctima.

-Esto es una locura -susurré-. ¿Dónde está Malcom?

-Creo que está en la oficina -murmuró un policía del grupo que había investigado-.

-¿Vas a basarte en unos dibujos de una estudiante para seguir a un asesino? -preguntó Martínez incrédulo-.

-No sé. ¿Tienes una idea mejor? -el silencio inundó la escena mientras me giraba para dirigirme a la oficina-.

Me sente en frente de Malcom. La oficina se encontraba iluminada por algunos rayos rebeldes que se colaban entren las rendijas de la persiana. Dos libros reposaban sobre la mesa. Uno era el de la joven que había muerto horas atrás y, el otro, era el que había marcado Malcom con un bolígrafo rojo hacía unas semanas.

-Sabes algo que yo no sé, muchacho -dije seguro- y no me gusta que me mientan o me oculten cosas.

-S-sé muchas co-cosas que tú no sabes -dijo sonriente-.

-¿Conocías a Lucía? ¿Sabías dónde iba a estar hoy?

El joven río mientras ojeaba las hojas de la agenda de la joven.

-Ve-veo que se fijó en mi-mi señal -admitió-.

-Malcom, esto es importante -indagué serio-. ¿Cómo lo sabías?

-E-es tan simple co-como saber jugar. Movimientos po-por aquí y mo-movimientos por allá -respondió-.

-¿Qué me dices de esto? El cuaderno de la víctima está lleno de “L”s, de edificios y dibujos de cruces. ¿Cómo resuelvo este crimen, chico? -pregunté desesperado-

-La respuesta está justo enfrente de ti -dijo sin tartamudear una sola vez-.

Antes de poder responder Malcom se levantó del asiento y salió disparado por la puerta de la oficina.

Avancé por los pasillos de la universidad de Columbia. Había cruzado varios edificios hasta dar con el indicado; la facultad de arte y diseño. Gracias a las indicaciones de unos cuantos estudiantes llegué hasta la clase donde hasta ayer cursaba artes Lucía.

-Profesor Howard -dije entrando de golpe en la clase-. Agente Wells -añadí mostrando mi placa-. Necesito hacerle unas preguntas.

El aula no era tan grande como se decía. Se alardeaba demasiado de las universidades americanas. En medio de la sala había una pequeña mesa llena de papeles y a su lado una pizarra con dibujos impresionantes.

-Claro agente -dijo-. Recuerden que mañana tenemos examen a las ocho en punto. Sean puntuales. La clase ha finalizado.

El hombre vestía un jersey de punto en pico, típica entre el profesorado, y una camisa de cuello alto. Su mirada perspicaz recayó en mi antes de salir por la puerta del aula.

-Señor Parker, ¿conocía usted a Lucía Márquez? -pregunté-.

La cara del hombre era un libro abierto. Sólo hacía falta mirarle a los ojos para saber la respuesta a mis preguntas.

-Es mi mejor estudiante -dijo tragando saliva-.

-“Era”, señor Parker -resalté-. No por favor -supliqué-, no se ponga a llorar. Necesito que responda un par de preguntas -continué al ver que asentía-. ¿Reconoce a alguno de estos jóvenes? -dije mostrándole las fotos de todas y cada una de las víctimas-.

-Chrysler y el director del banco, obviamente, pero, si le digo la verdad, estos jóvenes me suenan muchísimo.

Me fijé en las fotos que señaló. Las dos hermanas y Adam Brown aparecían en dos fotos sonrientes de cuando, todavía, seguían con vida.

-Creo, agente -murmuró- que Lucía iba a un club por las tardes al salir de la universidad. Una vez me crucé con ella y, si no recuerdo mal, fue en la avenida del Empire State. Ahora que lo recuerdo tenía muy buena relación con un tal Luis.

Anoté la información en una pequeña libreta y antes de marcharme pregunté con ansias aquella pregunta que llevaba rato rondándome la cabeza:

-¿Reconoce estos dibujos?

Le mostré la agenda de Lucía. Se detuvo impresionado en cada pincelada y trazado de lápiz. Su rostro se contrajo, quizás por dolor al haber perdido a aquella alumna.

-Son un montón de dibujos basándose en Nueva York. Cada página representa una calle diferente -recalcó-. Fíjese. Esta es la primera hoja que dibujó, hace cuatro semanas. Es un dibujo del Banco de Manhattan. Y este, una semana después, es el edificio Chrysler. Éste es de hace menos de dos semanas -dijo pasando de hoja en hoja- la sexta avenida, este es el Banco de Manhattan desde un punto de vista diferente… y este es el último. Es la séptima avenida y fue dibujado ayer.

-Es el mismo orden…

-¿Qué dice? -preguntó el profesor-.

Me quedé pensativo unos segundos.

-Esto es aún más intrigante -dijo devolviéndome a la realidad-. En cada hoja hay un símbolo diferente. Torres rojizas, me imagino que de ladrillo -me puse tensó-, caballos y alguna cruz. Son secuencias que se repiten en diferentes hojas.

Me quedé pensativo, quizás demasiado tiempo. Cuando volví a la realidad me encontré con el rostro preocupado del profesor.

-Ha sido de gran ayuda -dije ajustándome el abrigo antes de salir disparado por los pasillos abarrotados de estudiantes-.

Después de dejar en paz al profesor me dirigí apresurado a la calle que me había indicado. Era hora de descubrir que tenían en común aquellas personas.

La vía se encontraba cada vez más silenciosa con la llegada del anochecer. Las farolas comenzaban su brillante oficio mientras los obreros cansados volvían a sus casas después de un día más en el trabajo. En las alturas un amplio edificio cubría con sombras la poca luz restante de aquel largo día; el Empire State.

Avancé por la calle hasta un destartalado local en cuya puerta colgaba un cartel de letra temblorosa: “Centro de ocio”. Pegué unos golpes en la puerta con temor a tirarla abajo y sin esperar a obtener respuesta entré en el edificio.

Una sala en la que no cabrían muchas personas me dio la bienvenida. En su interior había varios jóvenes, menos de los que me esperaba, sentados en sillas alrededor de un hombre de avanzada edad que explicaba teorías en una pizarra vieja. Su pelo alborotado daba una sensación de comodidad y naturalidad mientras su ropa pulcra mente colocada transmitía seriedad.

Cuando el casi anciano reparó en mi presencia cambió una amplia sonrisa por una expresión de formalidad. Dejó al grupo de estudiantes y se acercó hasta la entrada.

-Buenas oficial -dijo cordial-. ¿En qué puedo ayudarle?

-Señor…

-Pérez -se presentó-.

 

-De acuerdo -asentí-. ¿Sabe usted si venía a este centro una joven llamada Laura Márquez?

 

Su rostro cambió al oír el tiempo verbal de mis palabras. “La muerte siempre llega demasiado pronto para los jóvenes” pensé.

 

-Es… era -rectificó- una joven que venía aquí a pasar las tardes-murmuró con los ojos brillantes-. Aquí suelen venir estudiantes pacíficos, pero desde que murió Luis parece ser que la mala suerte persigue a nuestro grupo.

 

-¿Luis? -indagué-.

 

-Era un muchacho encantador -suspiró-. Un día cuando salíamos del club fue atropellado y, aunque intentaron salvarle en el hospital, les fue imposible. Su familia no tenía dinero para la operación…

 

-Siento ser poco sensible en este momento, pero, ¿no conocerá también a alguna de estas personas?

 

Le mostré una a una las fotos de las dos hermanas y Adam Brown. Su rostro palideció y pareció que iba a vomitar en ese mismo instante. No parecía un hombre capaz de matar a una joven. No, llevaba muchos años en el oficio de la sangre y los criminales. Ése hombre no había matado a Lucía.

 

-Pensé que se habían aburrido de nuestro club -susurró-. Ya sabe que la policía no suele dar mucha información sobre sus casos -murmuró-. ¿Están todos…? -preguntó-.

 

Bastó un asentimiento por mi parte para que saliera corriendo al baño suspirando un “ahora vuelvo”. Ya sabía la relación entre tres de las víctimas, pero, ¿Chrysler y el banquero Lockhouse? ¿Qué tenían que ver ellos en aquellos asesinatos?

 

De repente fijé mi vista en la pizarra de la sala. En ella se veía claramente dibujados un montón de edificios y algún que otro caballo como los del cuaderno de Laura.

 

“Torres, caballos y cruces…”

 

Presté atención a los jóvenes que habían detenido su actividad por mi intrusión. Intentando no ponerles nerviosos me acerqué a ellos y con tono relajado les pregunté:

 

-¿Qué soléis hacer en este club?

 

Las charlas que los jóvenes habían mantenido cesaron cuando solté mi pregunta.

 

-Jugamos al ajedrez -murmuró un muchacho de gafas-.

 

Entonces sentí que algo había encajado en mi cabeza.

 

Levanté la vista de los jóvenes y rebusqué el cuaderno que tantas veces había ojeado. Aquella palabra resonó en mi cabeza. “Ajedrez, ajedrez…”. Recordé todo lo que me había contado el preso Caín sobre el ajedrez. “Las cruces suelen representar a los alfiles porque la Iglesia influyó mucho en el ajedrez en el pasado” oí la voz de Caín en mi cabeza.

 

-Necesito un mapa de la ciudad -suspiré-. Esto es un centro de ocio, ¡¿no tenéis mapas?!

 

Un joven me señaló una de las paredes de la sala. En ella colgaba un gran mapa de la ciudad de Manhattan. Lo arranqué con fuerza y lo extendí sobre el suelo de piedra. Rebusqué con prisa un boli en mi gabardina y comencé a marcar puntos en cada lugar donde había muerto una víctima.

 

Recordé las posiciones de las víctimas y las extrañas decoraciones que el asesino había depositado en cada cuerpo. Fijé mi vista en la calle del Banco de Manhattan. El director del banco había aparecido con restos de ladrillo en la ropa…

 

-Los ladrillos son las torres -susurré impresionado-.

 

Algunos jóvenes comenzaron a rodearme interesados en mi labor.

 

Forcé mi vista y caí en la cuenta de que el plano de Manhattan era ortogonal.

 

-Está utilizando Manhattan para jugar… está utilizando la ciudad como un tablero de ajedrez.

 

Varios murmullos de impresión comenzaron a resonar entre el grupo que ahora, con todos de pie, parecía mayor.

 

Comencé a garabatear en el mapa. Las torres realizaban movimientos totalmente rectos por lo que el director del banco, Adam Brown y la joven artista realizaban el movimiento de una torre.

 

-Las cruces son alfiles… por lo que las hermanas… -susurré impactado-.

 

Las hermanas habían muerto con la posición de una cruz por lo que realizaban movimientos en diagonal sobre el mapa.

 

-Y entonces… eso significa que Chrysler era un caballo -dije, ahora seguro-.

 

La muerte de Chrysler significaba el dibujo de una “L” en el mapa como los garabatos de Lucía en su cuaderno.

 

Pero faltaba algo… el tal Luis había muerto en la zona del Empire State por lo que él era un simple peón. Garabateé rápido y observé mis tachones sobre el papel.

 

-Impresionante -murmuraron algunos-. Se le ha ido el juicio -comentaron otros-.

 

Alcé el mapa para verlo desde otra perspectiva y entonces, entre todas aquellas líneas cruzadas, encontré un nombre sobre el mapa de la ciudad.

 

Corrí lo más rápido que pude entre las, ahora de noche, poco transitadas calles de la ciudad. Apreté el cinturón de mi gabardina y aceleré el paso. Las sombras habían caído por completo sobre las calles y el único ruido era el eco de mis zapatos impactando contra el suelo empapado. Cuando quise darme cuenta me encontraba enfrente de la comisaría.

 

Me adentré en el edificio y comencé a subir escaleras, sin prisa, hasta llegar al descansillo de la tercera planta. Al final del pasillo una luz salía de entre los cristales de una de las puertas. Avancé entre la negrura y empujé el portón que se abrió con un lúgubre chirrido.

 

Junto a los ventanales se encontraba el jefe del cuerpo de policía. Sus ojos parecían más cansados y sus pelos demasiado revueltos.

 

-Buenas noches, Wells.

 

-Me lo ha puesto muy difícil -dije señalándole con el dedo-. Me ha costado comprender su forma de jugar.

 

-No creí que fuera usted tan buen detective -dijo con ironía-.

 

-Los ladrillos representaban las torres del ajedrez, las cruces los alfiles y las “L”s los caballos. Me costó entender esto, pero, ¿colocarlo en un mapa con las letras de su nombre? Si no hubiera dejado el cuaderno de Lucía entre sus manos no habría resuelto el caso, señor Martínez. Siempre tiene todo ordenado -suspiré mirando la habitación- como buen jugador de ajedrez. Pero claro, ¿quién iba a sospechar del policía?.

 

-Todavía no comprende nada, detective -susurró con voz apagada-.

 

-Sí que lo comprendo -susurré-, comprendo todo menos el por qué.

 

-Si falta un naipe el castillo se derrumba, Wells. A usted le falta el naipe más importante -murmuró-. En el fondo creó que fue por venganza: Luis era mi hijo.

 

En ese instante recordé al joven del club de ajedrez

 

-Aquel coche Chrysler lo dejó en un estado pésimo -maldijo con odio-, pero todo, todo se habría arreglado si el director del banco me hubiera dado un pequeño préstamo -gritó-. Pero no, el prefería no hacerlo.

 

-Aun así, Martínez, los jóvenes del club no tenían la culpa.

 

-Claro, claro que la tenían. Todos ustedes la tienen -gritó lanzando todo lo que había sobre la mesa al suelo-. Ellos hicieron que mi hijo se apuntara a ese club de ajedrez, sino lo hubieran hecho estaría aquí -dijo tocándose el pecho- entre mis brazos. Y usted, señor Wells, no se queda muy lejos. Usted quiere encarcelarme, ¿verdad?

 

-Es mi deber, Martínez. Tire el arma de su cinturón y hablemos detenidamente -supiré entreviendo el brillo del arma de metal-.

 

-No quiero hablar -negó-. Ahora que mis crímenes han sido resueltos, seré famoso. La historia de mi hijo será conocida, así como la de esos embusteros y asesinos de mi pequeño. Mi nombre quedará grabado en Manhattan, ¿lo entiende?.

 

Desenfundé el arma de mi cinturón y apunté al policía.

 

-He matado a media docena de personas, detective. ¿Cree que me va a importar matarle a usted?

 

No tenía elección, pero antes de poder apretar el gatillo él lo hizo primero.

 

El jefe de policía apretó el gatillo. Noté como la bala penetraba en mi hombro. La había esquivado a tiempo. Oí los pasos apresurados del agente saliendo de la oficina, pero una sirenas de policía sonaron en el exterior. Ya no tenía salida.

 

-¿Por qué les ha avisado? -me preguntó-. Ahora no tendré más remedio que…

 

Un disparo resonó en la habitación antes de que el cuerpo estático del jefe de policía cayese al suelo. Malcom se encontraba en la entrada del despacho con mirada perspicaz.

 

-Jaque mate -susurró hacia el cadáver del policía-.

 

Después todo era silencio pues la partida había acabado.

Anémona.

 

 

 

 

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