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El Viaje

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EL VIAJE

La vida es un viaje. Un viaje con fecha de salida, pero sin fecha de llegada. Pasarás por muchos destinos, ciudades, aeropuertos, estados de ánimo, situaciones y entrarás en contacto y conocerás a un montón de personas. Muchas saldrán de tu vida y otras tantas entrarán en ella. Cada una de ellas te aportará algo, bien positivo o bien negativo, pero todas dejarán algo en ti. Lo importante es saber distinguir entre aquellas que entran en tu vida y deben quedarse y aquellas que no deben hacerlo. Nuestra vida está llena de viajes. De hecho, hay muchos tipos de viajes… largos, cortos, semanales, mensuales, de ocio o de trabajo dependiendo de su naturaleza. Con familia o con amigos. Playa o montaña. Culturales, turísticos o gastronómicos. Y de la misma manera, hay viajes interesantes, divertidos, aburridos, viajes para el olvido y también viajes que no se olvidan. Esos son los mejores, los que adorarías repetir. Una y otra vez. A mí, personalmente me encanta viajar, yo creo que es una ambición que todos tenemos desde pequeños, aunque también va acorde con la personalidad de cada uno. De hecho, hay personas que no les gusta salir de su zona de confort. O, mejor dicho, no es que no les guste, es que ni siquiera han intentado hacerlo, no se han atrevido y se conforman con lo que disponen sin intentar aspirar a más. Personas que apenas se quedan con lo de su alrededor y no consiguen disfrutar de las entrañas y de lo que de verdad implica viajar. Lo nuevo asusta. Estamos acostumbrados a vivir bajo unas determinadas condiciones, sin alteraciones, sin shocks, en modo rutina… y cuando las cambian… plof. Nos destruyen cuanto habíamos formado y no sabemos enfrentarnos a la situación. Estamos acostumbrados a vivir siguiendo unas pautas y una rutina permanente. Parecemos computadoras que actúan por comandos y nos limitamos únicamente a responder a situaciones conocidas para nosotros. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Al supermercado y a llevar a los niños al cole. Apenas disfrutamos y el tiempo se esfuma. Cuando te quieras dar cuenta ya no trabajarás, irás poco al supermercado y los niños que ayer llevabas al cole ni siquiera vivirán contigo porque ya se han hecho mayores. Entonces, igual es tarde para aprovechar y viajar todo lo que no has hecho previamente, porque quizás, tus condiciones físicas, o tu edad, no te permitan hacerlo.

 

Mi viaje comienza, de hecho, mi primera parada es Bruselas, el centro de Europa. Céntrica y de paso. La mayoría de las personas que acuden a ella no se quedan. O al menos, no por mucho tiempo o de forma permanente. Viajes de negocios, de trabajo, de turismo, políticos… La ciudad del chocolate y de los gofres, también de las patatas fritas. Amanecer oscuro. Lluvia en las ventanillas. Pequeñas gotitas que hacen carreras. Sigo leyendo en el tren. El asiento me está destrozando la espalda, pero eso no es un problema con 20 años. Acabo de llegar a Brussels Midi. Gente. Trenes. Andenes. A veces sonríe y sale el sol, pero lo habitual es que llueva, y que las gotitas humedezcan sus bellos edificios. Sin duda, el mejor momento del día son los atardeceres en Grand-Place, donde la luz del día da paso a la noche. Los edificios se iluminan y aún en el cielo permanece un azul débil, a consecuencia de la puesta del sol. Calles estrechas y también avenidas grandes con árboles. Coches. Muchos coches y tráfico. Ciudad de contrastes. Y de gente. De muchos lugares, países y lenguas. El metro en hora punta es misión imposible. Apenas con seis líneas cubre la red. Sin embargo, lo mejor son los tranvías, todo un símbolo de la ciudad Y, sin duda, la época más bonita es la navidad. La ciudad se viste para la ocasión y los mercadillos navideños invitan a compartir el espíritu de esta época del año. Llenos de puestos de comida, vino caliente y también chocolate caliente. Gorros, guantes, figuritas y motivos navideños se exponen para la venta. Una noria gigante y un hilo musical, animan el ambiente. La gente charla y se reúne. Sin duda, lo mejor el árbol de los deseos, donde cada persona (si quiere) cuelga un post-it mostrando sus deseos para el año venidero. Espectáculos de luces, música y un árbol gigante dan vida a Grand-Place. Bélgica entraña momentos, épocas y lugares recónditos, ciudades alucinantes y pueblos preciosos. Brujas y Gante son dos de ellas. Aún perduran los edificios de ciudades medievales donde leyenda y tradición se mezclan.

 

Viajo en el avión, atrás dejo la fría Bruselas. Allá voy Hamburgo. Nubes en el cielo y algunos rayos de sol, asomando por la diminuta ventana redonda del avión. Algunos desayunan, otros charlan, leen el periódico en sus portátiles… Mientras una azafata de Ryanair ofrece una revista para leer, la cual, llena de publicidad invita a pasar unos minutos ensimismado con anuncios y fotos de perfumes, maquillajes, coches o incluso comida. Llega el desayuno a cabina y más nubes en el cielo azul. Primera hora de la mañana. Hay hambre. Aún no nos hemos dado cuenta de lo que supone viajar en avión. Acortar distancias. En apenas unos años hemos pasado de usar el ferrocarril o inventar el automóvil y comunicarnos por radio a viajar en aviones y tener smartphones tan potentes o más que una computadora. ¿Qué será lo próximo? Avanzamos rápido. Demasiado rápido diría yo. Casi tanto como la velocidad a la que estoy viajando a Alemania. Tan rápido para unas cosas y tan despacio para otras… Hoy en día tenemos tiempo para esperar en una puerta de embarque una hora, esperar a facturar, a que nos pasen la itv o esperar a que abran las tiendas el primer día de rebajas. En cambio, no tenemos tiempo para leer un libro, para decir te quiero, agradecer un detalle o un simple buenos días, a nuestros más allegados. Nos estamos volviendo computadoras que actúan por comandos, por órdenes. Por citas en la agenda. Vivimos ocupados y ya sólo pensamos en todo aquello cuando estamos en el avión, en pleno vuelo… Ya nos estamos marchando… Y ya no se puede cambiar. Entonces te das cuenta de todo lo que pudiste decir y que no dijiste, de los títulos que te quedaron por leer, los abrazos por dar, los consejos, las fotos por mostrar, las visitas. Dentro de una hora llego a Alemania y sé que aún podré hacerlo… sé, que aún tendré tiempo para poder acabar mi libro… Pero… tú, ¿estarás a tiempo? Y la sociedad, ¿estará a la altura? O, por el contrario, ¿perderá el vuelo de las pequeñas cosas que importan? Hamburgo está llena de gente joven, de tiendas y de vida. Lo peor es el frío. Bueno, en realidad, Alemania en invierno es dura de soportar. Café y chocolate serán mis aliados en la mañana de hoy.

 

Y de París, ¿qué me dices? Es tan bonita por fuera como por dentro. Tiene espíritu, cultura, arte, música, moda, gastronomía… Y vida. Mucha vida. Es delicada, refinada y bonita. Pero eso ya lo sabíamos. Quizás es la razón por la que es tan querida por unos y odiada por otros tantos. La Torre Eiffel, icono de la ciudad, uno de los monumentos más visitados del mundo. Una de las maravillas del mundo. Sin embargo, en mi opinión, es el ser humano quien posee las maravillas del mundo. Podemos oír, podemos ver, podemos tocar, podemos oler, podemos saborear, reír. Y podemos pensar. La última la más afortunada para nosotros. En París lo haremos todo. Esconde rincones inimaginables y miradores de incalculable belleza. En cambio, también he encontrado la otra París. Como cualquier ciudad europea de grandes dimensiones, tiene otra cara. La cara de la pobreza y de los hacinados en estaciones de tren, metro o autobús, que no disponen de un hogar. El contraste de las grandes urbes, frente a los grandes centros financieros, grandes tiendas y centros de moda, la cara más amarga de la sociedad.

Me acabo de enamorar de Ámsterdam. Y de la libertad. De su libertad. Aún más si cabe. De sus principios y de su gente. Construida por humanos, sobre troncos y bajo el nivel del mar, desafiando a la naturaleza. Los holandeses dicen que a Dios se le olvidó construir los Países Bajos y que ya lo hicieron ellos por él. Han sobrevivido a plagas, inundaciones, incendios… Y a pesar de todo se reponen, construyen de nuevo y apelan a la libertad. Esa libertad ansiada por muchos, odiado por otros tantos y peligrosa para algunos. La libertad es el poder del pueblo. De le gente. De hecho, en Ámsterdam, bueno en Holanda quiero decir, tienes libertad para elegir tu orientación sexual, libertad para morir, libertad sobre sus creencias… Con todo esto no quiero decir que en otros países no la hay o que en el nuestro no la haya, pero aquí se palpa en el ambiente. Abandono Ámsterdam, despego y vuelvo a tener la típica sensación cuando coges un avión, lo dejas todo atrás, empiezas a despegar y se forma un nudo en la garganta, luego llegas arriba y parece que todo se ha estabilizado.

 

Berlín es triste. Y gris. Aún se notan las huellas de la segunda guerra mundial. La metralla de la guerra en las paredes de algunos edificios de los suburbios de la ciudad. Y la huella de terribles hechos de los cuales la humanidad debe aprender y no volver a cometer. La frustración de un pueblo transformada en el odio hacia un pequeño grupo de personas. La equivocación y el error más grande de la humanidad. Aún se respira dolor, silencio y frustración. Berlín es una ciudad que no resalta precisamente por su belleza, sin embargo, tiene historia. Una cosa es clara, los berlineses no están totalmente orgullosos de ella, ya que más que enseñarla, la esconden. Difícilmente y con cuidado encontrarás algunos monumentos y lugares emblemáticos que forman parte de la negra historia alemana del siglo XX. No es que sea difícil dar con el lugar, lo difícil es saber que ese es el lugar, ya que apenas hay señalización. La recuperación económica se nota, de hecho, el centro está completamente renovado con grandes edificios de oficinas y grandes plazas. Detesto el frío, y precisamente Berlín no es uno de los sitios más calurosos de Europa en pleno diciembre.

 

De nuevo, otro avión. Misma aerolínea. Cinco de la tarde. Noche cerrada. Los países de Europa acostumbran a tener pocas horas de sol, sobre todo en invierno, sin embargo, alguien como yo, llegada del sur de Europa le resulta llamativo. Desde la ventanilla del avión observo las pequeñas islitas que componen Dinamarca, todas unidas por puentes o acueductos por encima del mar. Alucinante. Toda una red de carreteras que conectan unas islas con otras. Como una tela de araña. Incluso puedo llegar a ver algo de Suecia, pegada a Dinamarca. Aterrizamos. Frío. Mucho frío. Cambiamos algunos euros por coronas danesas y subimos al tren, que conecta el aeropuerto con Copenhague. Diferente lifestyle, diferente status. Diferente forma de vivir. Se observa el cambio del norte, al sur de Europa. La verdad es que es el sitio en el que más he notado las diferencias de nivel de vida. Dinamarca me gusta. Pero la brecha con el sur de Europa cada vez es más real.

 

Definitivamente, estamos en manos de los poderosos, de los políticos, “de los de arriba”, de los propietarios de grandes multinacionales… Somos peones de un juego de ajedrez al que ellos juegan, buscando ganar, buscando el máximo beneficio para sus bolsillos. Pero suelen olvidar que una vez que acaba el juego, el rey y el peón van a la misma caja. Sin embargo, no tengo miedo a los poderosos, ni a los que toman las decisiones importantes que afectan al mundo. El inmovilismo también me preocupa. El no hacer nada. El quedarse parado, no salir de la zona de confort de uno mismo, no quererse enfrentarse a lo desconocido por miedo o por cualquier otra causa. Aún más miedo me da la pasividad. Sí, temo más a la pasividad que al inmovilismo. Pasividad, detenimiento, no avanzar. El problema es que estamos demasiado acostumbrados a nuestro hábitat, a nuestra zona de confort, nuestro sofá, cama, televisión y móvil. Como consecuencia, raramente podremos conseguir los objetivos que nos proponemos. De hecho, reconozco que ese es el principal problema de mi generación, con ello no quiero generalizar pues cada persona es un mundo. Los millenials, (manera en la que algunos grupos de expertos denominan a las generaciones del 2000) hemos nacido en un entorno de confort, al lado del sofá y rodeados de un montón de aparatos electrónicos conectados a la red. Caracterizados por la pasividad e inmovilismo que tanto detesto. Apenas nos interesamos por temas de política, economía o actualidad, mas que lo que encierra nuestro alter ego en las redes sociales. Los likes de Instagram o Facebook o el número de retweets en la cuenta de Twitter. El problema está en que quizás todo lo hemos conseguido sin apenas esfuerzo, no hemos pasado hambre ni guerras (y Dios no quiera que pasemos), pero quizá sean estas las razones porque hemos dejado de tener interés por la vida “real”. Nos conectamos con terceras personas constantemente, sin prestar atención a las que tenemos al lado o en primer plano. Intentamos aparentar una vida que no tenemos (aunque adoraríamos tener) y no nos preocupamos de solucionar los verdaderos problemas que nos afectan realmente. Pronto descubriremos que seremos la generación que vivirá peor que sus antecesores, pero no haremos nada porque estaremos ocupados subiendo una foto a instagram.

 

Todo lo bueno llega a su fin. Y como no es de extrañar este viaje también termina. Berlín me enseñó a no cometer los errores del pasado, Ámsterdam a amar la libertad, Bruselas a querer los días grises y de lluvia, París me enseñó a que no es oro todo lo que reluce. En Hamburgo llegué a la conclusión de que aún tenemos tiempo, para leer y para decir todo aquello que nos falta por decir y en Dinamarca aprendí que no debemos conformarnos con lo que ya tenemos, sino que poco a poco tenemos que ir aspirando a más y tratar de mejorar cada día. Todo se acaba. Los viajes, el día, las horas, el mejor día de verano… Pero tarde o temprano llegarán nuevos viajes, nuevas horas y aún nos quedarán muchos veranos por vivir. La vida es efímera, viajen, respeten y disfruten.

Alias: Mar Azul

 

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