Érase una vez un final sin cuento.

El apocalipsis había llegado. Nadie había notado su presencia, pero él estaba aquí antes de que ni siquiera nosotros hubiéramos nacido, es más, antes que el Apatosaurus e incluso es más primitivo que la propia Tierra en sí. 

Apocalipsis tuvo una melliza, el mismo día que Apocalipsis nació, vino consigo Vida también. De pequeños siempre jugaban juntos, Vida construía y creaba indefinidamente, mientras que Apocalipsis destruía y derribaba todo a su paso. Al principio todo parecía un juego, un simple entretenimiento de dos críos disfrutando de su infancia; pero a medida que el tiempo pasaba Vida y Apocalipsis eran incapaces de abandonarlo. Vivir y morir se había convertido en su droga, en su máximo disfrute y en su peor ruina.

Apocalipsis se fue haciendo más mayor, empezó a conocer gente nueva, durante la adolescencia sus mejores amigos fueron Vacío y Nada, se entendían perfectamente entre ellos y unidos eran los tres mejores mosqueteros. Sus amigos ahora le llamaban Cata (y vosotros os preguntaréis ¿Cata, Cata de qué? Pues bien, os respondo, Cata viene de catástrofe, y catástrofe viene de que es el mejor calificativo que le podemos atribuir a Apocalipsis), ahora le persuadían para hacer cosas que él no quería, ahora le influían más de lo que deberían y más de lo que él quería aceptar. 

Ahora Cata ya no estaba tan seguro de sus amigos, ¿a quién podía recurrir si no era su familia? Llamó a su hermana, después de cuatro largos años sin hablarse; Vida respondió a la llamada convencida que Apocalipsis se había confundido y que en cuanto cogiera el teléfono inmediatamente este colgaría. 

  • ¿Apocalipsis? – se creó un silencio incómodo.
  • Si, hola… – a Cata le temblaba la voz – hola Vida, ¿qué tal?
  • Bien – ella respondió casi sin voz, ese ‘bien’ no salió de su interior, le salió solo y por un momento todo se paró.

Vida no creía lo que estaba pasando, Apocalipsis la había llamado a ella, a ELLA. Después de todo, de haberse distanciado, de haberle hecho sufrir tanto, de haber soportado tanto; ahora vuelve y la pregunta que cómo está, tras dos pares de años, lo primero que se le ocurre preguntar es ‘¿qué tal?’ y lo primero que Vida quería hacer era colarse en el móvil para poder matarlo, para poder abrazarlo, para poder recriminar las mil y una cosas que le podía recriminar; y para decirle todo lo que le había echado de menos, las veces que se había acordado de él en casa o en el sitio en el que compraban algodón de azúcar cuando tenían siete años, las veces que había llorado por toda la falta que le hizo en los momentos en los que ni siquiera sabía quién era o qué sentido tenía Vida sin él. 

  • Sé que te debo muchas explicaciones – continúo Apocalipsis (o Cata, ya ni sé cómo nombrar a nuestro protagonista) – te debo muchas respuestas y te debo todos los ‘lo siento’ que pueda decirte, e incluso más.
  • Para, por favor – le suplicó Vida.
  • No, no voy a parar, no voy a dejar de hablar hasta contarte todo.
  • Apocalipsis llevas cuatro años desaparecido, no sé nada de ti desde aquel día en el parque – ella paró la conversación.
  • Lo sé, lo sé, sé lo mal que he actuado contigo y con todas las personas que eran cercanas a mí – tenía una meta y era volver a retomar lazos con su hermana y no iba a dejar que ni ella misma pudiera impedirlo.
  • Necesito que hablemos esto en persona, porque todo esto me parece surrealista – concluyó ella.
  • Está bien, ¿te acuerdas de aquella tienda de la esquina donde comprábamos algodón de azúcar? – ni siquiera esperó a la respuesta, colgó y se dejó caer en el sofá de lo que podría considerarse su casa.

Estuvo pensando todo lo que tenía que comentar a la hermana, desde que a los 17 años se le cayó la última muela hasta que Vacío y Nada habían sido unos ingratos, desde que la llegó a odiar y que ahora es lo que más ama. Tenía tantas ideas que se le iban amontonando una detrás de otra en su cabeza, se mezclaban y se aglomeraban. 

Al acercarse a aquella esquina que tan bien conocía, todo cambió de repente no identificaba nada, no recordaba ni un solo detalle de aquel estrecho barrio; los bajos pisos de diferentes colores le eran indiferentes, cuando en su día fueron los edificios más bonitos que había conocido nunca (pero claro que iba a decir un crío que no conocía más allá de cuatro pueblos perdidos que no fuera el suyo); el aroma a vainilla procedente de la tienda de la acera de enfrente no le traía ningún recuerdo, aun siendo consciente de que ahí pasó gran parte de su niñez; y lo peor que le pudo haber pasado, le pasó (la famosa ley de Murphy), no encontraba la tienda del algodón de azúcar, sabía que esa era la esquina, pero ahí ya no había una tienda de chucherías si no una lavandería. No podía haberse confundido, estaba seguro que, a pesar de no rememorar esa callejuela, tenía que ser esa, el pueblo no era tan grande como para perderse por él. No quería llamar a su hermana porque la conversación sería tan estúpida, él la preguntaría: – oye, ¿y la tienda? -. Y seguro que ella respondería algo como que simplemente tenía que haber cruzado de acera o que no era ese barrio. Y se negaba rotundamente a pasar esa vergüenza, ya suficientemente nervioso estaba, como para complicar la cosa.

Como si le hubiera leído la mente, su teléfono sonó y, ¿quién podía ser si no su hermana?

  • Apocalipsis, se me olvidó comentarte, cerraron esa tienda y la sustituyeron por una lavandería, en cinco minutos estoy – se oía como tenía la voz agitada, probablemente porque estaba corriendo ya que llegaba tarde.
  • Vale, hasta ahora – entonces Apocalipsis cortó la llamada, sonrió y pensó para sí mismo que SIEMPRE habría algunas cosas que NUNCA cambiarían, como el hecho de que su melliza llegara con retraso la mayor parte de las veces.

Él la vio venir y pensó 

  • ¿Cómo lo hará para ser tan despistada y tan desastre; y a la vez tan alocada, tan libre y tan llena de vida?

La examinó de arriba abajo, aunque solo fueron cuatro años los que habían transcurrido desde la última vez que se vieron, el tiempo la había pasado factura. Ahora tenía flequillo abierto, se había teñido el pelo de color gris y lo tenía a capas; seguía teniendo aquellos ojos azules que penetraban tu alma cada vez que te miraban, pero que a la vez te brindaban una sensación de protección; su sonrisa no había cambiado, tenía cada diente en su sitio y cada vez que sonreía era la octava maravilla; creía que su hermana nunca crecería y se quedaría siendo su enanita, pero no, ella ya era casi igual de alta que él; seguía vistiendo con ropa suelta, o al menos ese día, para disimular lo mucho que se le marcaban las costillas (todo fue genética, nunca tuvo problemas con la comida afortunadamente), cosa que había odiado desde siempre.

Vida se acercaba cada vez más a él y él seguía en trance emocionado observando a su hermana, viendo lo mucho que había avanzado y orgulloso de ella porque estaba convencido de que era una chica guerrera, aunque siempre lo había sido, pero ahora más.

  • Hola – dijo ella cuando estaba lo suficiente cerca como para que él la escuchara – hola – repitió ya que se percató de que su hermano no se había enterado.
  • Hola, hola – reaccionó al fin – perdona es que estoy algo nervioso.
  • No te preocupes, yo también.

Se creó un silencio incómodo entre los dos, sin embargo, aprovecharon ese momento para mirarse directamente a los ojos, iris con iris, pupila con pupila. Y entonces confirmaron que una mirada dice más que mil palabras, no les hizo falta abrir la boca para escuchar y entender. Vieron que la mirada es el reflejo del alma, que a pesar de que ella estuviese repleta de vida también estaba hecha un caos por dentro y que, a pesar de que él era una catástrofe también tenía esperanza en que todo se calmara. 

  • Entonces, ¿ya no venden chuches aquí? – a Apocalipsis nunca se le habían dado bien estos momentos, no sabía cómo manejarlos y, normalmente, acababa metiendo la pata.
  • Como te encanta estropear estos instantes – le recriminó Vida.
  • Ya me conoces, no sé conducir mis sentimientos – fue el intento de disculpa por su parte.
  • Pensé que eso con el tiempo se curaba – bromeó ella.
  • ¿Dónde decías que podíamos comer algo? – él y la comida.
  • ¿Te has replanteado casarte con una pizza? – le siguió el juego Vida – bueno mejor no me respondas, prefiero no saberlo. Hay un italiano dos calles más abajo, ¿qué te parece? – titubeó.
  • Me parece molto bene – quiso imitar el acento italiano, pero se le quedó en tanteo.

Y así entre risas y recuerdos callados, fueron hasta el italiano, cenaron y hablaron.  

(¿Crees que ya se ha acabado? Te diría que sí, pero esto ha empezado por el final y todos sabemos que cada fin tiene su inicio)

Apocalipsis y Vida se marcharon del italiano de la mano, destruyendo y creando a cada paso.

TRIBALGYAL



 

Dejar un comentario