Escapar

Las camas se hallaban perfectamente arregladas, como si nadie hubiese dormido en ellas. A pesar de ser las once de la mañana, el día estaba oscuro. Una gruesa capa de nubes se expandía por el cielo dejando a su paso un manto de gélidas gotas. La habitación estaba desierta, como de costumbre, cada día durante las horas de ocio. 

Miraba la única fotografía de mi madre que aún poseía, aquella en la que tenía una sonrisa dibujada en el rostro durante el día de su boda. Era el único recuerdo que poseía de ella, y la prueba que me demostraba que en algún momento mis padres fueron felices, ya que lo único que recuerdo de mis 15 años de vida en familia es escuchar a diario los gritos desesperados de mi madre, mientras yo estaba acurrucada en un rincón de mi habitación deseando que mi padre dejara de golpearla. Cuando los gritos cesaban, se me paraba el corazón, pero siempre al cabo de unos minutos mi madre entraba en mi habitación con una sonrisa fingida diciendo que todo estaba bien, que no me preocupase, que no pasaba nada. Pero el producto de aquella violencia innecesaria se hacía patente en los golpes, arañazos y moretones distribuidos por todo su rostro y cuello; pues el resto estaban bajo la ropa, protegidos de mi vista. No importaba, no era necesario verlos directamente para saber que ahí estaban las perpetuas marcas que mi padre le dejaba diariamente.

Eso ocurrió hace siete meses. Un día mi madre no entró a mi habitación después de una de las paliza de mi padre. Al cabo de unos minutos reuní el valor necesario para salir del cuarto, e inmediatamente pude notar la tensión en el ambiente. Me dirigí a la cocina con gran temor, pues temía lo que podría encontrarme. El cuerpo de mi madre se encontraba en el suelo, la sangre brotaba de las cuchilladas que había recibido en el vientre, su mirada estaba perdida, mas pude notar en ella relajación, paz; había escapado de esa vida que tanto dolor y desgracia le causaban, mis lágrimas brotaban sin cesar, empañándome la visión y se mezclaban con el lago de sangre que se extendía por el suelo de la cocina…

Sostuve la foto enmarcada cerca de la ventana, para ver cómo los senderos de agua que se deslizaban por el cristal creaban una perfecta armonía junto a la instantánea. Al retirar la imagen pude observar el viejo almacén abandonado. Cuántas veces había soñado en entrar en aquel lugar, en poder esconderme del mundo allí… De repente, el crujido de la madera bajo el peso de una persona caminando me sacó de mi estupor, advirtiéndome que alguien se acercaba. Apresuradamente intenté esconder la instantánea pero ya era tarde, mi compañera Corelia había entrado en la habitación y se percató de la fotografía que ocultaba tras de mí. 

—¿Qué tienes ahí, Sherezade?— Preguntó con esa voz tan característica suya; estridente y malhumorada. 

—Na…nada—Titubeé, intentando que se marchase sin hacer nada a la fotografía, pues sabía que sus intenciones no eran buenas. 

—¡Enséñame lo que escondes! ¡No me obligues a quitártelo por la fuerza!— Me dijo en tono amenazador.

Sabía que era mejor hacer lo que me decía que desafiarla, pues era la mayor del orfanato y tenía a todos a su favor. Pero no me doblegué, y la respondí con un gélido y retador “he dicho que no”. La valentía que había adquirido por un segundo se esfumó instantáneamente tras recibir una serie de puñetazos en la cara, dejándome indefensa contra una chica de 1,82 metros y unos 120 kg., aproximadamente. La sangre y las lágrimas se mezclaban y entraban directamente en mi boca, dejándome un sabor metálico en la garganta. Cuando se hubo marchado me intenté incorporar, y tras varios intentos, lo conseguí, me dirigí hacia el cuarto de baño dónde vi el trabajo que Corelia había hecho en mi cara, dejándola llena de sangre y hematomas, aquella visión de mí misma me transportó irremediablemente al pasado:

“Cuando tenía 7 años me tropecé en la hierba húmeda de nuestro jardín, cayendo sobre las losas que daban entrada a mi habitación, la sangre comenzó a brotar desde un extremo de mi ceja derecha y las lágrimas salieron velozmente por culpa del dolor. Al entrar en casa empecé a escuchar los ya rutinarios gritos e insultos que mi padre escupía a mi madre, no me acerqué a la habitación donde discutían, pues no quería acabar saliendo perjudicada de aquella discusión, ya que en anteriores ocasiones había sido golpeada y amenazada por mi padre durante alguna pelea. Los gritos de dolor de mi madre sonaban por toda la casa, por lo que me encerré en el baño y me curé la herida como pude intentando ignorar lo que mi padre hacía en aquella habitación. Durante los años, jamás, ninguno preguntó por lo ocurrido, ni siquiera se interesaron, a pesar de que aquella herida hubiese requerido de puntos de sutura.” 

Salí del baño cuando me hube curado las innumerables magulladuras, pero ni me molesté en intentar ocultarlas, pues a nadie le importaba lo que me ocurriese, no era la primera vez que había sido golpeada por aquella chica desde que llegué y a nadie parecía importarle nunca. Al entrar en el dormitorio pude observar la fotografía sobre la cama; estaba destrozada, se había partido a la mitad y había acabado arrugada sobre sí misma, todo debió ser durante el forcejeo, pero no me percaté de ello mientras ocurría, pues la solté para intentar protegerme la cara de los golpes. Mis lágrimas volvieron a recorrer mis mejillas como lo habían hecho hacía apenas unos instantes. 

Miré el reloj y este marcaba las 12.50, era la hora de bajar a poner la mesa, pues en el orfanato los recursos eran mínimos y la situación económica requería del trabajo de los propios internos. Descendí las escaleras que daban a la planta baja apresuradamente, pues el primer turno de comidas empezaba a la una y todo debía estar preparado para entonces. Al entrar en la cocina vi cómo Manuel, uno de los internos más agresivos y mezquinos del orfanato, insultaba a una chica bastante menor que él, la cual no pude reconocer, pues salí corriendo de la estancia, debido a que aquella situación hacía que reviviera mis años junto a mis padres, años que quisiera poder borrar de mi mente y no me apetecía volver a ser la espectadora de una escena similar. Para escapar de aquellos pensamientos fui al comedor y me dediqué a colocar la vajilla para un total de 43 personas. 

Durante lo que restaba de día, me dediqué a realizar las tareas obligatorias que me fueron asignadas, hasta que llegó la noche. Después de cenar, todos los internos recogimos las sobras y nos encargamos de limpiar el comedor para tenerlo todo limpio a la mañana siguiente. Todas las chicas de mi habitación se habían ido sin recoger, como cada noche, por lo que me tocó a mí realizar las tareas que ellas habían dejado de lado.

Cuando hube terminado me dirigí a mi dormitorio, la puerta estaba entreabierta, y por ella se escuchaban las carcajadas de mis compañeras cada vez que Corelia decía algo sobre mí. Me apoyé contra la pared apretando los puños mientras las lágrimas hacían su habitual recorrido por mi piel, a medida que los senderos acuosos formaban sinuosos meandros por mi rostro, me preguntaba “¿Por qué no podré ser feliz como ellas?¿Por qué siempre he vivido en la oscuridad y no consigo salir de ella?¿Por qué gente como Corelia y mi padre hacen que mi vida no tenga sentido?¿Por qué nunca he tenido amigos? ¿Por qué…por qué…por qué?” Mis tenues palabras se iban apagando lentamente hasta dejar como personaje principal de nuevo las risas procedentes de la habitación. 

Cuando las lágrimas cesaron me adentré en el cuarto y sin dirigir una sola palabra a mis compañeras, pues ninguna de ellas se molestaría en devolverme cualquier tipo de contestación, me metí en la cama. No tenía fuerzas ni para quitarme la ropa, sólo quería dormir y esperar que todo pasase. Pero la noche no fue como la hubiese deseado, mis compañeras se habían estado burlando de mí durante largos minutos, hasta que empezaron a hablar de chicos. Fue algo más tarde cuando una de las cuidadoras del orfanato entró en la estancia y les dijo que debían apagar las luces y dormir. Inmediatamente después las nueve chicas se acostaron, para así conciliar el sueño plácidamente. Mas yo no pude dormir, me vinieron a la mente los recuerdos de lo sucedido con Corelia esa misma mañana. Miré los restos de la fotografía, por mi mente deambularon las memorias  de las palizas que le eran propinadas a mi madre por parte de mi padre diariamente, y sin darme cuenta mi respiración se empezó a hacer cada vez más pesada, el corazón se aceleraba cada vez más, las lágrimas salían a borbotones de mis ojos, de tal modo que mis sollozos despertaron a una de mis compañeras, la cual maldijo en voz baja y me ordenó callar sin darle importancia a la situación en la que me encontraba. A los pocos segundos bajé de la litera dónde estaba acostada y me dirigí apresuradamente al cuarto de baño, dónde bebí agua directamente del grifo intentando calmarme. Estuve dentro hasta que retomé la tranquilidad, fue en ese momento, estando más sosegada, cuando advertí que mi situación era aún peor de lo que había sido hasta ese entonces. 

Regresé a la habitación, donde ninguna de las chicas parecía haberse inmutado de mi ataque de ansiedad, me volví a subir a la litera y ahí me quedé durante horas, mirando al techo con los ojos perdidos, dejando que mi mente divagase por mis pensamientos y recuerdos sin dejarme conciliar el sueño en lo que restó de noche.

Cuando por fin conseguí dormirme, una de las chicas me zarandeó mientras gritaba histéricamente —¡Despierta!¿Acaso no sabes qué hora es? ¡Hace más de 10 minutos que debías haber bajado a preparar el desayuno con las demás!— Al principio no la reconocí, pero le respondí cabizbaja con un “lo siento”. Una vez que mis ojos se acostumbraron a la claridad que emitía la gran lámpara de la habitación, pude ver quién era la persona que me regañaba y agitaba. Era Eli, la compañera más vaga y antipática que tenido, y como incentivo, era la mejor amiga de Corelia. Ambas hacían una pareja de lo más variopinta, las dos eran rubias, pero a diferencia de Corelia, Eli era demasiado delgada, y su voz era incluso más chillona que la de su amiga. 

Cuando me hube levantado Eli se esfumó de la habitación, pensando que su trabajo ya había terminado, me dirigí a la ventana y vi la misma estampa que el día anterior. Las gotas decoraban el ventanal, las nubes, como de costumbre, teñían el cielo de un intenso gris, evitando el paso a los desesperados rayos del sol que luchaban por dejarse entrever entre aquella inmensidad de nubes y lluvia. Mientras contemplaba el paisaje entró Corelia en la habitación, haciendo que me sobresaltara, pues no había oído sus pasos, quizás porque estaba envuelta en mis pensamientos o quizás porque se había molestado en que no los escuchase.  

—¿Qué pasa, no has oído a Eli? Deberías haber bajado hace más de quince minutos y aquí sigues, mirando por la ventana— Dijo mientras me tiraba de mi rojiza melena evitando que escapase de sus manos. 

—Sí, sí que la he oído, estaba preparándome para bajar— Respondí a media voz mientras me preparaba para recibir una paliza similar a la del día anterior, pero no fue el caso.

—Oye Sherezade, ¿hace cuánto que no te cortas tu preciosa y linda melena?— Preguntó sarcásticamente mientras sacaba unas tijeras del bolsillo trasero del pantalón.

—No…no…no…por favor, suéltame— Imploraba mientras empezaba a sollozar imaginando que me cortaría mi cabello.

Ella, haciendo caso omiso a mis lamentos, cogió un mechón de pelo y lo cortó con unas tijeras, y así con varios más, cuando consideró que ya era suficiente hizo entrar a sus amigas a contemplar el estropicio que me había hecho. Todas ellas se rieron fuertemente, y yo, entre lágrimas y restos de pelo, sentí una de las mayores angustias que había vivido. No era la primera vez que me golpeaban o hacían algo de ese tipo, pero esa fue la gota que colmó el vaso. En ese momento sólo quería desaparecer, dejar de sufrir, olvidarme de todo… Movida por esos sentimientos me zafé de los brazos de Corelia mientras esta se reía con sus amigas y eché a correr, sin miedo, sin mirar atrás, no sabía a donde ir, pero tenía claro que no iba a volver. Las amigas de Corelia me persiguieron, pero rápidamente se rindieron y decidieron volver a la habitación.

Y de este modo acabé en la entrada del viejo almacén que tantas veces había visto desde el orfanato. Abrí la gran puerta chirriante lo justo para poder acceder al interior del mismo, el óxido de la misma se esparcía por el aire, haciéndose visible junto con la inmensa cantidad de polvo que flotaba por aquel umbrío lugar. La única fuente de luz procedía de la puerta recién abierta que dejé tras de mí al entrar. Me limpié el óxido de las manos con el pantalón, dejando de nuevo la visión de mis desgastadas manos, un desgaste producido por los trabajos forzados que había realizado durante meses en el internado. El frío de aquella nave era bastante agresivo en comparación con el que hacía en el exterior, pues aunque eran las doce del mediodía, el sol no aparecía por ningún lugar, lo cual causaba que las paredes de cemento y ladrillos rojos desgastados diesen mayor sensación de gelidez. 

A mi alrededor, pude ver montones de escombros y al fondo de la estancia una serie de máquinas sujetas por cadenas que estaban fijas a unos ganchos que colgaban del techo. “probablemente esto fuese un matadero hace muchos años” pensé, de ahí el motivo de la gran cantidad de cintas transportadoras y menaje de sujeción. Me dirigí a investigar un poco más de ese lugar, lo único que pude encontrar fueron más escombros rodeados de cadenas y máquinas. No había nada más que viejo material inservible, pero me sentía segura ahí, sentía que ahí acabarían mis pesadillas, aquellas que me atemorizaron y persiguieron durante años. 

Y es por ese pensamiento que dos días después de todo eso estoy aquí, sobre una cinta transportadora con un agujero justo en frente de mí y con una cadena al cuello, con el objetivo de que ese pensamiento que tuve hace dos días se haga realidad y poder ser por fin feliz. 

La cadena tira cada vez que doy un pequeño paso, a pesar de estar segura mis piernas no dejan de temblar, el ruidoso zarandeo de la cadena inunda todo el ambiente. Cuando sólo falta un paso para que todo termine, las ardientes lágrimas se deslizan furiosamente por mis mejillas, no eran lágrimas de tristeza, si no de salvación, pues sé que no hay nada peor que lo que había vivido hasta entonces, y sé que esta es la única salida. Doy un último paso y mis pies quedan colgando sobre el suelo del viejo almacén, mis brazos intentan liberarse de la atadura de la cadena en forma de acto reflejo, las lágrimas brotan más y más quemándome la fría piel, la cadena no deja de agitarse, provocando un auténtico estruendo que se agrava debido al eco de las paredes de la inmensa nave. Lo último que pueden ver mis ojos es el minúsculo haz de luz que entra por la abertura de la puerta, lo cual me hace ver que por fin todo se está acabando. Y es instantes después que los sonoros bandazos que la cadena produce, cesan dejando paso de nuevo al silencio y al frío en aquel vetusto lugar.

—JISUKU—



 

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