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Especie Invasora


Hasta cierta edad tenía la percepción de que los homenajes siempre eran para los ilustres y célebres personajes. Idea errónea que sostuve hasta que la historia real me proporcionó numerosos ejemplos que, con mi aplastante lógica Euclidiana, no pude superar. Algo sí me quedó claro, hay héroes anónimos merecedores de tales homenajes y hasta de, al menos, sembrar un árbol en su memoria.

Nunca pensé que escribiría sobre ella. Tampoco valoré que su azacaneada vida diera para un texto, a pesar de tener nombre de personaje literario. Hasta que leí el homenaje  de José Saramago a sus abuelos, en su discurso de aceptación del Premio Nobel en 1998. Aquella admirable descripción me fue de inmediato inspirador y me hizo comprender que los míos bien merecían parecidas alabanzas.

Bernarda se llamaba la merecedora de este homenaje. No es que los otros abuelos no fueran meritorios de igual honra, pero sí porque en su vida se mezclaba toda una larga paradoja de vicisitudes con el más variopinto origen.

Analfabeta era Bernarda, igual que los abuelos de Saramago, pero sabia en esencia pura. Vehemente y austera, no fui consciente de su sabiduría hasta muy mayor, cuando yael camino de no retorno era evidente y casi no pude disfrutar de ella. Aún así, las vivencias mil veces contadas con una gracia sin igual, se me agolpan en mis recuerdos.

Cuando salió de su mísera aldea, con apenas cuatro años, partió en barco desde su Galicia natal,  acompañada de sus padres, ¡Con lo puesto! -solía decir. No imaginaba entonces que su periplo tras treinta días terminaría en Cuba, una lindura, palabras textuales, donde comenzó una vida únicamente de trabajo. Trabajos de todo tipo, que realizó sin miramientos y de los que nunca, aún en su achacosa vejez, se quejó. 

A la vez que ayudaba a su madre en las labores domésticas en una casa de una acomodada familia de La Habana, su madre le obligó a dormir en casa de unas hermanas, todas ellas monjas, adonde llegó para servir de criada por un plato de comida, una cama y unos zapatos usados. Las monjas eran bastante tiranas, pero  al menos, le enseñaron a escribir lo básico: su nombre, pero nunca pudo ir a la escuela, así que no podía decirse que supiera leer y escribir. Recuerdo, como en mi niñez le leía las cartas que le llegaban, además de explicarle el significado de las mismas, a lo que ella resumía con una pregunta muy gallega: ¿Qué tengo que pagar más, no?.

Atrás quedaron las severas monjas para ir al campo a recoger café y a la dura jornada de la zafra. La mísera economía familiar necesitaba toda aportación. La zafra, era muy dura, bajo un sol de más de treinta grados, una humedad sofocante y penurias varias, la abuela Bernarda no hacía remilgos a ningún trabajo, lo mismo cortaba la caña de azúcar a machete, que recogía la áspera gramínea a mano. Su carácter férreo y tenaz se forjó en los duros cañaverales cubanos.

Muy pronto quedó Bernarda huérfana de madre, después de tener esta, siete hijos más. Como hija mayor le tocó criar y alimentar a siete insaciables bocas. Se casó al cumplir los veinte años con otro gallego que andaba por aquellos lares y lejos de cambiar su vida, su trabajo se multiplicó. Era tremendamente emprendedora para aquellos afanados años, y se aventuró en la difícil empresa de regentar una fonda, para dar de comer a los trabajadores de la zafra. Hazaña esta inusual en la época, de la que mi abuela sería pionera en su momento. Mas ella no lo vio como tal heroicidad, no tenía tiempo para pensar en ello, cuando su prioridad era más simple que todo aquello: tenía que alimentar a hermanos, sus ocho hijos y sobrinos. En la fonda disfrutaba de charlar con los clientes, y muy pronto, su afamada sabrosa comida se extendió por toda la región, algo que se vio truncado por los siguientes acontecimientos en su  bregada vida.

Cuando su primer hijo murió en la isla, entonces la abuela Bernarda decidió regresar a Galicia, otra vez con lo puesto. No olvidó echarse en el escote varias semillas de su árbol caribeño preferido. 

La partida fue difícil, pero la abuela parecía estar hecha de otra pasta. Recordaba su salida de Cuba como uno de los episodios más triste de su vida. Pero su increíble capacidad de adaptación sería, hoy en día, asombrosa y digna de análisis de sociólogos y psicoterapeutas, empeñados en codificar la conducta del ser humano a través de términos grandilocuentes como “resiliencia”.

Con una habilidad prodigiosa y valedora de muchos secretos del campo, logró sacar adelante sus apreciadas semillas, que con tanto sigilo transportó en su escote, desde La Habana hasta Galicia. Cultivar su Framboyán sería todo un reto, dado las extremas condiciones climatológicas gallegas, y lo difícil que sería que este maravilloso árbol pudiera sobrevivir en ellas. Pero con esto también pudo la abuela. Entre el duro trabajo en los fríos prados de Galicia y sus ahora siete hijos, no tuvo ni el tiempo para desfallecer cuando se quedó viuda y las penurias para ella parecían no dar tregua. Sin embargo, nunca la oímos quejarse. La recuerdo siempre con esa risa rumbosa, mezcla cubana y gallega, que la hacía especialmente atractiva, incluso para los ojos de sus nietos, ávidos de sus historias.

No sintió entonces las heridas del desarraigo, que posteriormente llegaron. La vimos siempre dedicada con ímpetu a sacar adelante a ese árbol, como algo de mucho valor familiar. Era su nexo, su vínculo con la tierra que tanto le dio, y de la cual no se había separado ni un instante a pesar del océano que la alejaba de su segunda tierra.

A la sombra del Framboyán, sus ojos brillaban y nos contaba todas esas “aventuras”, como ella las denominaba. Nunca tuvimos la percepción de dureza en sus historias, porque ella le quitaba importancia, las relataba con cariño y nostalgia, y nunca emitía queja ni reclamo alguno. 

El árbol se puso esbelto, colorido y frondoso. Ofrecía una sombra inusual que se extendía por todo el jardín. Sus flores lilas eran el atractivo de todo el que por allí pasaba, que se detenía a observar al insólito árbol de flores tan intensas y a preguntar a la abuela, por el origen del mismo. Ahí nos reuníamos, cada domingo en las reuniones familiares y la abuela nos transportaba a su Cuba.

Recuerdo especialmente, su vocabulario simpático, con el que nos insistía. Tenía obsesión en conservar no solo su Framboyán sino también sus palabras, sus refranes y sus vivencias en Cuba, por eso nos contaba sus peripecias a modo de no dejar nunca atrás esos recuerdos.

  • Abuela, ¿Has hecho sopa otra vez?- me quejaba siempre que llegaba el domingo y nos repetía su caldo.
  • ¡No,mijito!, Esto no es una sopa...¡Es un ajíaco!- nos insistía. ¡Deja de quejarte muchacho, que este ajíaco levanta a un muerto!

Los contundentes argumentos de la abuela eran irrefutables. Ella siempre conseguía convencernos con la fortaleza de sus acciones y su actitud multiplicadora. Sin dudas, ella era una gran heroína, de esas que ya no existen. Y sí, la persona más sabia que he conocido no sabía ni leer ni escribir.

Al fin, mi abuela Bernarda, estaba disfrutando de una etapa en su vejez, aceptablemente feliz. Siempre que llegábamos todos sus nietos a visitarla, nos quería embutir de comida. Nos decía que en sus tiempos había poco que echarse a la boca y que por ello teníamos que aprovechar para alimentarnos bien ahora que podíamos. Esa era mi abuela Bernarda, siempre pensando en que su familia estuviese bien nutrida.

Un día se presentó en la casa de mi abuela un ingeniero agrónomo que investigaba sobre especies raras introducidas en Galicia desde otras tierras foráneas. El gran jardín de la abuela, llamaba la atención por la cantidad de árboles y plantas, que a modo de bosque, cubría una gran extensión, que fue valorado por el inspector forestal como formidable e insólito, para regocijo de la abuela. Sin dudas, el Framboyán fue el árbol más alabado por su espectacularidad y difícil obtención.

Tiempo después la abuela recibió una carta que me tocó a mí leer y explicar. El inspector forestal había entregado un informe sobre las innumerables especies de su jardín que había sido evaluado por el ayuntamiento.

Las autoridades pertinentes habían resuelto declarar al adorado Framboyán de mi abuela como especie invasora y habían tomado la decisión irrefutable de derribarlo.

Poco se pudo hacer, de nada sirvieron las reclamaciones y las quejas. El Framboyán de la abuela Bernarda fue talado, y por cada rama que cayó, sentí que mi abuela perdía un trozo de sí misma. No pudimos evitarle ese sufrimiento, y mientras su árbol caía, pude percibir su dolor y me parecía inconcebible que a sus 85 años aún recibiera golpes tan dolorosos.

Así vivió mi abuela Bernarda el resto de su existencia, con un dolor penitente, recordando a su idolatrado Framboyán, y con ese recuerdo perenne, su vida se fue apagando,  hasta fallecer unos pocos meses después.

Arcipreste de Hita.

Post date: 2019-03-31 20:52:05
Post date GMT: 2019-03-31 19:52:05

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