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Evocación.

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I

Allá por el mes de junio de un año que queda en la añoranza, el sol lucía en lo alto.

Los agudos silbidos de los vencejos y los fluidos trinos de las golondrinas acompasaban

la jornada, surcando el cielo.

Las tórtolas ululaban con su cálido sonido sobre los tejados y pinos de aquel pequeño y

pajizo pueblo castellano.

Los reposos litúrgicos de las ancianas, realizados en los poyetes de sus puertas al

resguardo del tenaz sol estival, resultaban el único testimonio de añeja presencia

humana. El sosiego era dueño del ambiente.

Sin embargo, se trataba de un día en víspera de fiestas. Los operarios municipales ya

habían colocado las guirnaldas para las celebraciones. Al día siguiente, todo se llenaría

de colorido.

La plaza mayor, engalanada y repleta de banderas colgadas en los balcones, tenía en su

centro un círculo de tablas toscas. Encima de él se asentaban unas cuantas gradas de

madera.

En su interior, depositado sobre el suelo, el símbolo básico y mágico de toda una

tradición, la arena, aguardaba quieta. Únicamente desplazados a intervalos por suaves

brisas, sus diminutos granos se perseguían aparentando jugar.

La campana dio las tres.

II

Hallábase el colegio frente a la iglesia. Las aulas estaban mudas; los niños habían

finalizado las clases.

En la puerta principal, sentado en un banco, un chico de doce años, fino y algo

ensuciado por la tierra del patio, daba leves patadas al aire. Su nombre era Benito.

Después de jugar con los amigos, intentaba refrescar su sofoco en la sombra. Alzó la

vista.

En el campanario, sobre un nido de ramaje espeso, una cigüeña se erguía en pie.

Benito y ella se conocían desde que nacieron. Siempre le había sorprendido su forma

de resistir las inclemencias del tiempo. En silencio, estoica e impávida, con un sonoro

repiqueteo como única expresión oral.

Sus negros ojos observaban algún punto desconocido, mientras vigilaba con calma y

templada estampa todos los rincones del pueblo.

Durante esos momentos, el ave zancuda parecía fijarse en el muchacho.

Ambos inmóviles, en la soledad de la tarde, manteniendo los párpados bien altos,

como si en un pulso consistiera.

El cansancio melló en Benito. Comenzó a dormirse, mientras contemplaba absorto la

oscura mirada de la cigüeña blanca. El sueño hizo efecto.

III

Benito abrió los ojos con lentitud. La inmensidad de un pulcro cielo azul se presentaba

ante él, unida a una suave brisa.

Muy despacio, palpó el suelo sobre el que estaba tumbado, identificando el tacto liso

de las baldosas.

Escuchó a su alrededor el fluir del agua, con la musicalidad y el ritmo propios de dicha

sustancia.

Antes de incorporarse, percibió los aromas del jazmín y la flor de azahar.

Cuando alzó el torso, una bandada de vencejos atravesó fugaz el lugar en el que se

encontraba.

Había despertado en medio de unos verdes y floridos jardines que se extendían hasta

el horizonte, repletos de fuentes y variada vegetación, entre la que bullía una multitud

de pequeñas aves cantoras. Éstas piaban alegremente.

El chico, levantado, comenzó a caminar alrededor de la alberca. Sus reflejos infantiles

lo llevaron a arrojar en ella una piedrecita plateada. Al caer, las ondas se dirigieron

hacia las escaleras, situadas en un costado de la parcela. Subió.

Vio un camino, sembrado de cipreses altos y ligeramente curvados. Al final había una

extraña luz. Mientras lo atravesaba, su mente de niño trataba de predecir algo

desconocido.

Experimentando curiosidad y a la vez miedo, aceleró el paso. Emprendió una carrera

sin parar. Su ritmo vertiginoso le impidió percatarse de un bordillo, con el que tropezó

lanzado unos metros. Rodó por el suelo de tierra, notando los guijarros clavados en

manos, brazos y piernas. Tan sólo logró emitir un quejido lastimero.

Fue entonces cuando sintió una mano tersa que agarraba su muñeca. Alguien estaba

ayudándolo a auparse.

IV

Miró quién era. Blanca se quedó su cara al hacerlo. Boca y ojos abiertos como platos

por la sorpresa. Las articulaciones parecían habérsele petrificado. Mas allí estaba,

sonriente. Ella.

Quien significó la parte más tierna de su infancia; en cuyo regazo pasó horas de

felicidad y modorra. La mujer que, en las oscuras y ventosas noches de invierno,

cantaba nanas melodiosas para que se durmiera. Aquella que se preocupó por el

mínimo tosido que saliera de su diminuta boca.

Se mezclaron sensaciones de alegría y angustia. Benito intentó hablar, pero no pudo

más que abrazarla entre lágrimas. Sus brazos curtidos, llenos de sabiduría y

experiencia, se unieron a los del pequeño.

El instante detuvo el tiempo. Un tiempo que había tomado otro rumbo, desde el triste

día en que ambos se separaron.

Un ruido interrumpió el momento. Benito reparó en que seguía sentado en el banco

del colegio, observando a la cigüeña. Reflexionó.

¿Una ensoñación? No. Los sentimientos eran demasiado fuertes y verídicos.

Tuvo un pensamiento veloz. Súbitamente, salió disparado del asiento, para ir a la

fuente vieja.

Había sido sustituida por otra, y abandonada al recuerdo de las lavanderas, los

hierbajos la ocultaban.

Cuando llegó, surgieron en el alma del chico los más profundos recuerdos. Derramó

una gota de su llanto callado sobre la tierra.

Con la rapidez de la magia, todas las plantas transformaron su aspecto. Las zarzas se

tornaron hortensias, rosadas y violáceas. En las ortigas nació la lavanda, junto con

narcisos, clavelinas y otras flores de tonalidades infinitas. Una romanza para guitarra

sonaba entre el susurro de los chopos.

Regresó el perfume de los jardines, y el agua volvía a brotar en la fuente que tanta

infancia maravillosa albergó.

A su lado, Benito sentía a su abuela.

Alcaudón.

 

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