Fuego

El humo y las llamas nos rodean… estamos atrapadas, encerradas…. Pedimos auxilio y nadie nos socorre… nuestras voces se ven apagadas por el crepitar del fuego… el miedo, el temor se abren paso entre nosotras y un fuerte dolor que sólo se ve sofocado cuando nos llega la oscuridad…

Así finaliza la lucha de 129 mujeres asesinadas un ocho de marzo de 1908, por el simple hecho de exigir tener unas mejores condiciones laborales…

A lo largo de toda la historia muchas otras mujeres han corrido la misma suerte cuando lo único que buscaban era la igualdad. Por ello se estableció un día para conmemorar esta lucha, el día de la mujer trabajadora. Aunque parece ser que su origen ha sido olvidado y hoy en día carece de la importancia que se merece.

Incluso algunos se preguntan por qué existe un día internacional de la mujer trabajadora y no del hombre, puede que sea por el hecho de que los hombres no han sido agredidos durante toda la historia por ser hombres y sin embargo las mujeres sí. También es cierto que sí son agredidos, violados, golpeados, asesinados, etc. Pero esto no ha ocurrido por su condición masculina.

Ya es hora de que afrontemos lo que sucede cada día delante de nuestros ojos, ya es hora de que luchemos por la igualdad, ya es hora de apagar este fuego que nos impide respirar.

 

Frase final, aparta el teclado, bebe un sorbo de café y sonríe satisfecha a la pantalla de su portátil.

Sofía había acabado la redacción con la que esperaba conmover a sus lectores y lograr al fin la aprobación de sus jefes para que le permitieran escribir noticias realmente importantes como la que acababa de redactar.

Respiró hondo, abrió el correo, adjuntó el archivo y le dio a enviar. –Ya está – se dijo a sí misma. Las cartas estaban sobre la mesa, sólo quedaba esperar…

Apagó el ordenador, acabó el ultimo sorbo de su taza y se fue a dormir. Satisfecha por primera vez desde que trabajaba en aquel periódico.

Había sido el sueño de toda su vida, escribir para contar la verdad. Desvelar cómo eran las cosas en realidad. Cambiar el mundo.

Por desgracia, su trabajo soñado no era para nada como esperaba. Llevaba ya un año entero escribiendo noticias sin importancia real, simples cotilleos y artículos absurdos. Estaba harta de que no la valoraran y quería hacer algo para cambiarlo. No podía permitir que su nombre sólo fuera recordado por escribir sobre la ropa que estaba de moda o las series más vistas de la televisión.

Quería cambiar vidas con sus palabras, demostrar que ella sí servía.

A la mañana siguiente se despertó con un nudo en la garganta, era el gran día, su gran oportunidad. Se preparó para ir al trabajo con los nervios a flor de piel, a penas, sin desayunar, se vistió con prisas, cogió su chaqueta y sus llaves y se dirigió hacia su coche.

Media hora después… Fin del trayecto, respiró profundo y salió dispuesta a lograr su objetivo.

Por el momento todo es normal, ningún comportamiento fuera de lo común ni ninguna mirada furtiva. Todo iba bien, se relajó y llegó a su mesa.

La reunión no sería hasta una hora después, así que encendió su portátil y se puso a trabajar. Sin embargo, no logró concentrarse en ningún momento.

Cuando por fin terminó esa hora de sudores fríos, se levantó de su silla intentando aparentar seguridad, pero el temblor de sus piernas le delataba.           –Contrólate- Se ordenó a sí misma.

Entró en la sala junto al resto de sus compañeros, se sentó en su sitio y esperó.

Al ser la nueva sus artículos se revisaban en último lugar, así que aún transcurrió una hora y media más antes de que todas las miradas se posaran sobre ella.

Intentó disimular su nerviosismo con una sonrisa, pero lo único que logró fue una mueca extraña.

Era la hora de la verdad y ella lo sabía.

Su jefe la miró, directamente a los ojos y dijo sin tapujos – Estás despedida. –

Nadie dijo nada, no se escuchaba el más mínimo ruido. Todos observaban a Sofía esperando ver su reacción… Una solitaria lágrima rodó por su mejilla y un antiguo enemigo resurgió en su mente – Te dije que jamás podrías – se carcajeó de ella con toda la crueldad del mundo.

Sofía volvió a romperse, todos los pedazos que tanto le había costado buscar y pegar volvían a estar perdidos, sólo que esta vez lo estaban mil veces más lejos…

Se levantó como en un sueño, se tropezó con su silla dos veces antes de poder salir de la sala y se giró por última vez. Miró a sus compañeros a la cara, uno a uno. Ninguno parecía apenado o arrepentido.

Fue a su mesa, recogió sus cosas y se marchó, decidida a no volver nunca a aquel lugar.

Aguantó el tipo con todas sus fuerzas la media hora que debía recorre hasta su casa. Y allí lloró como nunca creyó que volvería a hacer. Lloró como aquel día que su hermana murió.

Todo lo que creía haber superado volvió a golpearla, aún con más fuerza que la vez anterior, se hundió en su interior y buscó algún rastro de paz dentro de ella. No halló ninguno.

Se sumió en un extraño trance y así se quedó, sola, rota y destrozada.

Cuando abrió los ojos no supo cuánto tiempo había pasado. Tampoco importaba. Todo por lo que había luchado se había desecho entre sus dedos cuando creía que alcanzaría al fin la cima. No lo soportaba. Sólo quería desaparecer.

Una idea cruzó su mente y lentamente sus pies la arrastraron escaleras arriba, hasta el balcón de la segunda planta.

Sintió el gélido aire y su piel se erizó. Sus pupilas estaban dilatadas debido a la adrenalina, su respiración era descontrolada y su corazón luchaba por salírsele del pecho.

Miró hacia abajo una fracción de segundo, la que tardó en resbalar y precipitarse hacia el suelo…

Un solo pensamiento cruzó su mente; Su hermana.

Había muerto dos años atrás y nunca se había hecho justicia….

Había tenido un día como cualquier otro y sus pies ya le dolían de llevar todo el día trabajando en el hospital. Estaba agotada y sólo quería irse a casa a descansar y quizás a tomarse una copa de vino.

Recogió sus cosas y fue al vestuario. Dejó su maletín sobre el pequeño banco y abrió su taquilla.

Era bien entrada la noche y todos sus compañeros ya se habían marchado o acababan de comenzar su turno. Así que se desvistió sin prisa y sacó su ropa de la estrecha taquilla.

Sus alarmas se dispararon cuando un jadeo entrecortado rompió el silencio de la habitación, como un trueno cuando anuncia la tormenta.

No pudo girarse, se había paralizado del miedo. Un segundo después sintió una respiración en su cuello y unas manos que rodeaban su cintura. Intentó reaccionar y quitársele de encima pero el hombre adivinó sus intenciones y sin delicadeza alguna la estampó contra las taquillas.

Su olor se metió por sus fosas nasales, olía a tabaco y sudor. Cuando la giró y vio su cara, gritó.

– Otra vez no – pensó. No podía ser él, tenía una orden de alejamiento y le habían despedido del hospital meses atrás. Al fin había podido dormir tranquila, las pesadillas la habían abandonado. Pero aquí estaba de nuevo, su mayor temor había regresado.

Él estaba ahí y era real.

Intentó evadirse con todas sus fuerzas, pero no pudo, sintió cada cosa que le hizo a su cuerpo. Una arcada ascendió por su garganta y vomitó.

Él la dejó caer sin más, sobre su propio vómito. Su cabeza golpeó el suelo e inmediatamente después sintió la sangre.

Él simplemente se rio, la miró de arriba abajo y dijo – ¿Tanto te habría costado entregarte a mí desde el principio? Todo habría sido más fácil, Cristina… – Pronunció su nombre con desdén.

La miró por última vez y volvió a camuflarse entre las sombras, huyendo así de su delito.

Ella no pudo hacer ni decir nada, se quedó en el suelo y gota a gota se desangró…

Una cámara lo había grabado todo, pero de poco sirvió. Cuando la policía quiso encontrarle él ya estaba muerto tras un brutal accidente de coche.

Para Sofía el asesino de su hermana escapó de la justicia y siempre sería así para ella…

Acto seguido todo se volvió negro…

Sofía creía que todo había acabado. La angustia se apoderó de ella, no podía dejar las cosas así. Debía honrar a su hermana, debía hacer que todos la recordaran y nunca nadie sufriera nada parecido.

Su determinación la salvó. Se apegó a su último aliento de vida y una luz cegadora apareció. Abrió los ojos. Tenía miedo de moverse, podría tener lesiones muy graves, pero para su sorpresa sólo le dolía la cabeza.

Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz se dio cuenta de que estaba muy alto para haberse caído desde un segundo piso. Se movió muy despacio y se percató de que aún estaba en su balcón.

Para su alivio, se había tropezado con el rodapié y al caer, su cabeza golpeó contra el suelo, lo que provocó su desmayo.

De repente todo lo ocurrido la golpeó demasiado rápido y se mareó un poco. Se apoyó en la pared y tras unos minutos tomó una decisión.

Lucharía. Lucharía por su hermana y por todas las demás víctimas.

Una vez más su hermana, aún después de muerta, le había salvado. Había encontrado todos sus trozos y los había vuelto a pegar. Y nadie los separaría.

Un año después un nuevo periódico abría sus puertas. Su directora, una intrépida mujer, estaba decidida a lograr que su periódico fuera el más veraz, el más real y el mejor del mundo. No tenía nombre, no lo necesitaba. Sin embargo, su primer artículo sí lo tenía.

Fuego.

Selenia.

 

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