¿Hablas español?

¡Oh, no! Otra vez ese sonido y los párpados me pesan como el plomo. Cada día es igual que el anterior; mismas rutinas, mismos horarios.

La semana pasada, sin embargo, fue distinta. Me desperté de repente y sin esfuerzo; pero ¿qué había pasado? Había vivido una aventura rara.

En mi subconsciente estaba grabada la imagen de mí mismo viviendo en un mundo sin reglas de ortografía, sin gramática. ¡Qué horror! La gente a mi alrededor hablaba como papagayos, sin parar. De todos lados venían preguntas que no entendía. Los profesores “afónicos”, se desesperaban por hacerse entender mientras algunos alumnos parecían hacer más el salvaje que de costumbre.

Poco a poco me propuse poner orden al lío que me rodeaba, pero no fue fácil. Lo primero que se me ocurrió fue correr por los pasillos del instituto y localizar al profesor de Lengua española, Gustavo. A lo mejor si me intentaba comunicar con él muy despacio, él conseguía inventar unas reglas que pudiera hacernos entender otra vez. ¡Necesitábamos urgentemente puntos, comas, conjugaciones… o de lo contrario todos acabaríamos acudiendo a la consulta del Otorrino, Logopeda…! ¿pero se arreglaría sólo yendo a ver a un especialista o habría algo más?

En ese punto, yo ya me sentía como un corredor después de una maratón. Mi angustia crecía y no me calmé hasta que encontré a Gustavo en la sala de profesores. Afortunadamente, él ya se había puesto manos a la obra y me tranquilizó ver cómo me enseñaba un póster enorme con símbolos. Parecía estar buscando soluciones, aunque, a decir verdad, yo no entendía nada de lo escrito en la cartulina.

De todas formas, él era el ‘profe’ y ellos tienen soluciones para todo, ¿o no? Abandoné la sala rápido, pues la clase de Lengua estaba a punto de comenzar y quería estar sentado cuando Gustavo entrara.

Sin embargo, no todo resultó tan sencillo. Lo tuve claro desde que mi tutor entró a clase y comprobé cómo, a pesar de sus esfuerzos, nadie parecía entenderle o al menos, la actitud de mis compañeros hacía sospechar eso. Yo intenté preguntar qué pasaba, levantando la mano, pero de mis cuerdas vocales sólo salían palabras acompañadas de sonidos vacíos. Mi agobio se multiplicó por mil ya que soy chico poco amigo de las improvisaciones.

Gustavo abandonó la clase rápidamente en busca de no sé qué.

Mi cabeza iba a mil y de repente: ¡ya lo tengo! Un día antes, habíamos comentado en clase un texto sobre conjuros. Creía recordar que era una obra de Martín Sevilla titulada Conjuros Mágicos del Atharvaveda. La clave tenía que estar allí.

El texto hablaba de cómo conseguir que ocurran cosas cotidianas de manera forzada. Unos cuantos compañeros bromearon sobre la posibilidad de hacer un conjuro para que desapareciera la asignatura de Lengua Castellana. Pero fue, en ese momento, un chiste malo, sin más. Al final de clase, oí a una compañera decir que un grupo iba a quedar por la tarde en la biblioteca para hacer un experimento con los conjuros del libro. A mí me pareció absurdo y lo borré en el acto de mi mente.

Pero justo ahora todo encajaba. Tenía que intentar hablar con algún compañero y descubrir qué había pasado; pero ¿cómo lo haría? Los dos cabecillas parecían más angustiados que orgullosos porque sabían el castigo que les esperaba. Se lo vi en la mirada porque las palabras no eran interpretables. La cuestión en ese momento era averiguar qué habían hecho. Por suerte, Gustavo había olvidado su ordenador portátil encima de su mesa y decidí buscar el título del libro, pero claro, no fue posible. Respiré hondo y pensé. ¿dónde está el libro impreso? Pues en la balda de clase. Rápidamente reconocí el dibujo de la tapa; era una especie de abanico con grafía árabe sobre fondo negro. Sin mirar a nadie, corrí hacia el departamento de Lengua y localicé a Gustavo de nuevo. Al verme, me miró pensativo y al instante ya parecía tener una idea. ¡Maravilloso! Había empezado a hablarme en inglés y le entendía. Ambos acordamos arreglar el entuerto como fuera, para así poder recuperar nuestra Lengua antes de que fuera demasiado tarde.

A partir de ese momento, solo recuerdo la sensación de relajación recorriendo mi cuerpo. Estaba tumbado sobre mi cama. De hecho, me desperté sin esfuerzo alguno. Mi boca estaba seca y solo se me ocurrió decir en voz alta: “¿Hablas español?”.

Estrella del Mar.

 

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