Historia de una vida

Como todo el mundo sabe, en toda una vida uno nace, crece, se reproduce y finalmente muere.

Ahora les voy a contar una historia.

El once de agosto de dos mil cuatro, en Madrid nació un niño, que era como todo bebé, muy guapetón y regordete, al que llamaron Pablo. Todos en su familia le miraban, jugaban con él y le hacían caricias; Pablo a veces se reía, pero otras veces miraba con cara de sorpresa, como pensando “qué está haciendo esta gente”. Pablo siempre estaba en su cuna y pegado a la cuna, Juan, su hermano, que le sacaba cinco años. Desde su cuna, que era como su gran y poderoso trono, observaba el enorme mundo en el que vivía, lleno de luz y de personas cercanas que le protegían y le cuidaban. Tenía dos años cuando entró en su primer colegio, donde conoció a sus primeros amigos, de quienes no quería separarse; aunque al principio no quería ir, día tras día en el colegio Pablo, con sus amigos, pasaban el rato jugando, principalmente al fútbol. Con tres años Pablo era un torbellino lleno de energía. Con cinco años ya tenía a sus mejores amigos, aunque fuesen muy pequeños siempre estaban juntos, parecían inseparables, mejor dicho: eran inseparables. Un día que Pablo había salido del colegio, le dijeron que se iban a vivir a otra ciudad. Pablo pasó toda la tarde pensando en su cuarto y de vez en cuando lloraba aunque muy bajito para que sus padres no le escucharan. Finalmente, con seis años, la familia de Pablo se mudó a Santander, un lugar muy verde, con muchas nubes en el cielo y un gran mar azul a su alrededor. Su primer día en el nuevo colegio de Santander no fue muy agradable porque se sentía distinto, pero eran niños de seis años, y con jugar ya conoces a la gente, y le teníais que ver, siempre jugando con sus amigos y cómo no, con su pelota. Vivían en pleno centro de la ciudad, en una casa que era de su abuelo, y siempre iba con su madre al colegio por las tardes a jugar. Y así, jugando y jugando, en pocas semanas Pablo ya se había olvidado de sus viejos amigos de Madrid. Solo existían los de su nuevo colegio, sus mejores amigos. Pablo siempre estaba insistiendo en que quería jugar en un equipo de fútbol, y tanto insistió, que al final le dejaron . Jugaba en un equipo con sus amigos y estaba como siempre cuando jugaba al fútbol, feliz; sin embargo tenía una condición para seguir jugando y esa era la de sacar buenas notas y esforzarse en los estudios. Pablo pasaba sus días entre el fútbol y el colegio, hasta que a los doce años empezó la ESO, ahí se dio cuenta de que tenía que estudiar mucho, o como decía él: “lo que hay que estudiar aquí solo lo puede saber Einstein”. Sin embargo, el amor que él tenía por el fútbol y el deseo que tenía de continuar practicándolo le llevó a conseguir sacar unas notas geniales. Siguió el ejemplo de su hermano y logró unas muy buenas notas hasta que, llegado a tercero y su hermano le dijo que ese era el curso mas difícil de todos, y que iba a necesitar esforzarse muchísimo. Pablo valoró mucho su consejo, estudió duro en todo momento y consiguió sacar unas notas muy buenas. Su amor por el fútbol era inagotable, y sobre todo cuando le iba a ver lo que él llamaba “una amiga”, se juntaban sus dos aficiones más especiales. Solía quedar poco, principalmente con Marina, su “amiga”, aunque también a veces con sus amigos. Así, con esa rutina de estudiar, entrenar y de vez en cuando quedar, consiguió pasar sin problemas cuarto de ESO, primero y segundo de Bachillerato. A los 18 años Pablo se presentó a la Selectividad y se puso muy nervioso, pero se había preparado bien y salió contento del examen. Tras unos días de incertidumbre y espera llegó el momento en que le dieron la nota, y con sus calificaciones de Bachillerato le daba para seguir el ejemplo de sus padres y cumplir el que había sido su sueño desde hacía tiempo … Él quería ser médico y por suerte le dio la nota, pero no para estudiar en Santander sino para entrar en la Facultad de Medicina de Salamanca. De nuevo Pablo tuvo que hacer las maletas y dejar su ciudad, aunque esta vez era diferente, seguía dándole pena irse pero perseguía su sueño. En Salamanca compartía piso con unos amigos y trabajando mucho y muy duro aprobó todas las asignaturas para ser médico. Un gran día, un once de agosto, Pablo cumplía veinticuatro años y había acabado su carrera de Medicina y fue a comprar unas cosas para su fiesta con sus amigos, pero no imaginaba cuando llegó que allí estaría toda su familia,       incluso su amada Marina estaba allí. Nada más entrar, él la besó. Fue una cena muy agradable y Pablo dio las gracias a todo el mundo, y al terminar se fue de fiesta con Marina. Pablo, tras conseguir su título de médico logró una plaza en Santander como residente, y completados los cinco años de residencia se casó con Marina y consiguió ser un cirujano reconocido con plaza fija en el hospital. Pasados dos años de feliz matrimonio tuvieron dos hijos, dos mellizos a los que llamaron como ellos Pablo y Marina, y todos decían que era como verles a ellos recién nacidos. La sensación de volver a ver bebés le recordaba a Pablo su propia niñez feliz y le traía recuerdos, perdidos y fabulosos. Pero esta alegría duró apenas unos meses. Los padres de Pablo murieron con poca diferencia y eso fue un golpe muy grande para él. Tantas desgracias seguidas fuero muy difíciles de asimilar; como dice el dicho “las desgracias nunca vienen solas”. Con el tiempo, Pablo comprendió y asimiló su circunstancia.

Pablo siguió trabajando, creando nuevas operaciones, mientras su mujer también trabajaba y sus hijos estudiaban. Pasados los años, sus dos hijos se marcharon de casa, igual que él se había marchado tiempo atrás, y eso solo lo sabe él, pero al verse reflejado en sus hijos estaba tanto triste, como feliz. Llegado el momento Pablo se tuvo que jubilar de su trabajo, sus compañeros le montaron una gran fiesta que según él mismo estuvo genial, una fiesta en la que un rato se rió, en otro momento se avergonzó y en el último momento de la fiesta lloró, y su discurso de despedida fue: “estos años que he estado con vosotros han sido los mejores de mi vida y no los cambiaría por nada, muchas gracias por todo y nunca os olvidaré”.

 

Desde entonces Pablo tenía siempre tiempo libre y aunque viajaba, leía, jugaba con el móvil…lo que más disfrutaba era estar con sus nietos, jugar con ellos y contarles historias. Pablo se fue arrugando y arrugando hasta que finalmente a sus noventa y siete años murió por causa de su vejez.

FIN

Caballero Nocturno.

 

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