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Jaque Mate

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Allí estaba. Tras los finos y grisáceos barrotes de la celda, se

encontraba una de las mujeres más peligrosas del país. Una de

las personas más perspicaces y astutas que he conocido a lo

largo de toda mi carrera. Ausente, parecía tener asuntos

extraviados con la nada, juntando a su mente y mirada perdidas.

Mis ojos se desplazan caprichosos e imprudentes; arrancando

motores y recorriendo despacio la irregular carretera de sus

labios, deseando poder matarme de manera lenta y pausada, en

las finas cunetas que silenciosas, de entre sus comisuras

intentan fugarse. Es de tez morena, con aires caribeños y una

mezcla de suave caramelo en sus pómulos. Fantaseo; repasarle

las pecas salpicadas en sus mejillas con la tinta de cualquier

bolígrafo es la inalcanzable cura que puede matar el veneno que

en mí ella está inyectando. Esas pecas, sí, no pido más que unir

finas líneas entre ellas, poder crear nuevas constelaciones, que

inventen una nueva galaxia y deje que me pierda en ella. Su

pelo corto, tanto como la distancia que nos separa. Algún día

debió caer largo, en cascada, desordenado, como esa libertad

que al desaparecer, se llevó, seguro, recuerdos aún más

dolorosos que una simple melena. No me había percatado hasta

ahora, de los tatuajes que se atisban desde mi distancia y de

cuanto odio a esa mujer que los lleva. Están por todas partes,

grandes y pequeños, historias cortas e intensas y desahogos

largos y punzantes, deduje. Vida difícil, o quizá, vida que llegó

en un momento inoportuno y no solo para ella. Me detengo en lo

que se asemeja a un tatuaje de brazo entero. En él se

arremolinan una serie de símbolos; todos me resultan

familiares: El símbolo vikingo, ‘’Nuevo Comienzo’’; Puede que

surgiera de una relación sentimental nociva; Una flor conocida

en el Antiguo Egipto por representar la pureza en sí;

posiblemente la chica tenga un hermano u hermana pequeño

por el que se lo hiciera…

En sí, nada me resultó fuera de lo común, o eso me parecía. En

un insignificante gesto, la mujer se rasca la cabeza y masajea

suavemente el cuero cabelludo.

Es ahí, cuando distingo, dibujado, un peón blanco en el lateral

de su dedo anular. Tuerzo el gesto, ¿Un peón blanco? solo se

me ocurre una asociación retorcida, una conexión con alguien

que conoce el ajedrez como las letras de su nombre, un

simbolismo sin igual, totalmente fuera de lo común, un vínculo

que me resulta tan familiar como personal. Me llevo la mano a la

nuca; mis dedos persiguen temblorosos las ligeras líneas que

dibujan sobre mi piel el perfil de una reina negra. De pequeño,

mi padre me enseñó que no hacía falta perder al rey para que

peligre una partida de ajedrez, basta con quedarse sin reina.

Una leve sonrisa se desdibuja en mis labios, él siempre jugaba

con piezas negras. El vínculo con ese tatuaje en mi cuello me

resulta muy especial. Mi padre significó mucho para mí; su

pasión era el ajedrez, le encantaba. Solíamos jugar las tardes de

verano, cuando el sol abrasaba en el exterior, o en las oscuras

noches de invierno. Mi padre era policía, vocación que yo

también heredé. Cada vez que volvía a casa con un nuevo caso

resuelto, era recibido como un héroe y yo siempre estaba ahí

feliz e inquietado por saber cual seria esta vez la historia que

me relataría esa noche. Sin embargo, mi padre nunca contaba

nada, él siempre narraba jugando; y yo, observador no perdía

detalle, aprendiendo sus estrategias de manera prolongada, y

entendiendo su lenguaje. La sonrisa se pierde entre mis labios.

Una sensación de ira y venganza me sacude el pecho. Vuelvo a

acariciar las curvas de la negra reina plasmada en mi nuca; fue

ahí donde mató a mi padre aquel disparo.

De pronto, me doy cuenta de que la mujer me está mirando. Su

gesto es inexpresivo, duro e impenetrable. Nos quedamos así,

durante varios minutos. Frunce el ceño, está pensando. Me

resulta doloroso el no poder dejar de mirarla. Me detengo en la

poco cicatrizada herida que comienza en su ceja izquierda y se

pierde en las entradas de su pelo. Tiene muy mala pinta; Como

pensaba, esta mujer no ha sabido elegir bien con quien

complicarse la vida.

Sus iris azules, enormes, le dan una sensación exótica. Su

forma es grande pero delicada y sutil, desembocando en el

lagrimal húmedo donde no me importaría quedarme dormido.

Me mira con compasión. ¿Por qué ese gesto? ¿Le estoy dando

pena? ¿Me habrá reconocido? Debería odiarla, pero algo me

dice que ella también esconde un secreto semejante al mío, un

enigma que se despunta tras el perfil de ese peón blanco.

Preguntaría, si se me estuviese permitido, su origen; pero me

mantengo callado y deduzco. ¿Será un peón que se encuentre

en medio del tablero, y sean los dedos que le rodean el resto de

piezas? En ese momento me suena el móvil. Le doy la espalda a

la chica y contesto. Hablo unos 5 minutos con mi compañero de

comisaria Federico, me dice que en un rato vendrá a relevarme;

sabe que estoy aburridísimo, así que suelta un par de guarradas

y a mí se me escapa la risa, Fede siempre ha sido un tío muy

verde. Cuelgo y retomo mi sitio, sentándome, aunque esta vez,

con el móvil ya fuera del bolsillo, me dispongo a leer el

periódico por internet. Desbloqueo la pantalla. Sonrío al

contemplar la foto de mi hijo pequeño de fondo y me meto en

safari. Mientras se carga la página web, elevo la vista y me

encuentro con la mirada triste y apagada de la mujer.

Me sobresalta tal compostura; ¿ella, mostrando un gesto

afligido? Me vuelve el sabor de la amargura. Las imágenes

comienzan a brotar de la pantalla del teléfono; me dispongo a

leer los titulares cuando la chica, de forma lenta y acentuando

cada uno de sus movimientos, se frota con el dedo gordo el

tatuaje del peón blanco que se asoma por su anular. No se está

rascando. Es en ese momento cuando entiendo el verdadero

sentido de sus acciones y caigo en la cuenta de que la mujer ha

reconocido, por fin, al hijo del hombre al que su ex compañero

asesinó en su día de un tiro en el cuello. ¿Un poco tarde, no

crees, Valentina?

Habrá visto mi tatuaje cuando le di la espalda mientras hablaba

con Fede. Me mira con ternura, como si fuera un crío de 12 años

que acaba de perder a su padre; en realidad, lo fui, pero ahora la

situación es muy diferente. Le clavo la mirada de una manera

brutal, como si de una flecha que da en el blanco se tratase. No

va a conmoverme. Valentina se remueve en su asiento y adopta

una postura más formal; ¿Qué narices es esto?, ¿Una partida de

ajedrez?

La mujer estira el brazo y empieza a tamborilear dos de sus

cinco dedos contra la pared, el pulgar y el meñique, ambas

torres; es entonces cuando entiendo que la partida ya ha

comenzado.

Mi dedo índice, representando a mi valiente caballo derecho es

el único que se mantiene firme en mi mano por lo que Valentina

capta el mensaje. Revivo todo lo aprendido durante la infancia

con mi padre y espero; el truco está en no ponerse nervioso y

más aún en no dejar que el rival te ponga nervioso. Las piezas

blancas siempre han representado para mí un punto débil. Mi

padre siempre jugaba con negras, y las llevaba a la victoria.

Valentina, tras asegurarse unos minutos, entrelaza su pierna

izquierda con la derecha, cruzando su alfil hasta colocarlo a

medio tablero. Me toco tres veces la nuca, no hace falta

pensarlo, mi reina avanza tres casillas.

Y así nos pasamos jugando alrededor de cincuenta minutos, sin

necesidad de hablar; ¿Dónde coño estaba Fede?. Empleamos un

lenguaje utilizando las diferentes partes del cuerpo, creando un

ambiente de tensión, metafórico y diferente, solo nuestro.

¿Estoy intentado recrear una venganza? ¿Será por eso que

ahora, de las 7 piezas que quedan sobre el tablero, 4 sean mías

y 3 de valentina? ¿Será por eso, por lo que llevo a la reina en

cabeza de las demás? No estoy nervioso, en realidad la jugada

ya está montada y llegando a su fin, solo hay que esperar que

Valentina cometa el fallo, sí, ese fallo, y todo habrá terminado.

Sin embargo, la mujer no lo ejecuta, siempre encuentra una vía

de escape para escaquearse de la trampa y todo con un peón,

uno que salió desde el medio del tablero, justo delante de la

casilla de la reina.

Me entra la risa, ¿qué espera hacer encabezando a sus últimas

piezas por un peón limitado, cuando yo tengo como dirigente a

la más peligrosa de las reinas? Hago mi siguiente movimiento,

repitiendo con la reina mientras me toco la nuca y es entonces,

solo entonces, cuando veo sonreír a Valentina por primera vez

en mucho tiempo. No es una sonrisa compasiva, buscando un

perdón o alguna otra máscara que logre cubrirla. Al contrario,

se desfila entre sus labios, una peligrosa sonrisa de tiburón,

como se suele decir, bordeada por unos dientes blancos y

afilados que me revuelven el estómago. ¿Habré hecho algo mal?

De pronto, la mujer tira de los cordones de su fina sudadera, y,

con la sonrisa intacta, se pasa la cinta alrededor del cuello,

terminando la lazada en la nuca; acaba de matarme a la reina.

Desata el nudo cuando ve que capto el golpe y se cruza de

piernas mientras yo me levanto y salgo de la sala, en dirección

al baño. Una vez allí, exhalo una, dos, tres bocanadas de aire y

me toco la nuca, como si intentara sobrevivir a un disparo. Y es

que en realidad, la mujer sabe que nos ha matado a los dos, a la

reina y a mí. La cabeza me da muchas vueltas, me acerco al

lavabo y hundo mis manos en el agua tibia para después

frotarlas sobre mi rostro. Paso, acto seguido, las manos por el

pelo y me miro al espejo; aún quedan tres piezas sobre el

tablero.

De camino a la sala, trato de despejar las ideas que se

arremolinan chillonas y repetitivas. Ha puesto a mi rey en jaque,

lo sé, y ahora debo reaccionar y cambiar toda mi estrategia de

juego. Giro el pomo de la puerta, no tengo miedo, no he visto

nunca caer a las negras, y menos tumbadas por unas blancas

entre rejas. Cuando entro en la sala, se me congelan los dedos

de las manos que aún agarran con firmeza el pomo de la puerta.

Abro los ojos como platos, miro a mi alrededor desconcertado,

sin poder creerme lo que está sucediendo delante de mí, o

mejor dicho, lo que ha sucedido. Me llevo las manos a la cabeza

y nace en mi garganta un gorgoteo que finaliza en un grito

fatídico. De pronto, me acerco a la prisión, tocando sus barrotes

de hierro, tratando de frenar a la cordura que se escapa

corriendo tras la puerta. Entonces, sonrío. Y es que tengo que

darme cuenta, de que por muy estratégica y líder que sea la

reina, siempre va a empezar un paso por detrás del peón.

En realidad el movimiento de Valentina en jaque no era una

advertencia que me hiciera despertar, la mujer no estaba en el

interior de la prisión, se había escapado, y dentro de la celda

solo quedaban dos diminutas piezas de ajedrez; una poderosa

reina caída desangrándose en tinta negra, y un glorioso peón

blanco, pequeño, pero en píe. Una última sentencia de muerte,

un final tan trágico como inesperado, un cesar del corazón más

palpitante, un glorioso, radiante y peligroso, Jaque mate.

 

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