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KOLSER

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Era una noche fría y oscura. La lluvia arreciaba y el viento le azotaba en la cara. Kolser Wreath

seguía huyendo de los lobos por el bosque. Unos días atrás, Kolser le había robado la comida a

una pequeña manada de lobos al sur de la aldea. Hoy había vuelto a pasar por la zona para

recoger un poco de leña para la chimenea de su choza pero, descuidadamente, se acercó

demasiado a la guarida de la manada. Al parecer, le habían reconocido, y parece que también

recordaban lo que había hecho. En cuanto le vieron, empezaron a correr tras él.

Afortunadamente, Kolser pasaba un montón de tiempo en el bosque, trepando por los árboles

y buscando un posible rastro de presas a las que dar caza, por lo que se había hecho muy bien

a ese territorio. Gracias a eso, pudo despistar momentáneamente a los lobos escondiéndose

tras un gran árbol. A todos menos a uno. El que parecía el macho dominante de la manada,

comenzó a olfatear el aire. Cada vez se acercaba más al escondrijo. Él, maldijo en voz baja. Le

cayó una gota de sudor frío por la espalda y el pelo castaño le tapaba un lado de la cara. El

lobo se seguía acercando, pero de repente, Kolser vislumbró una pequeña luz en la lejanía.

Podría ser una antorcha de algún aldeano de su pueblo. Su aldea era un pequeño poblado

llamado Pinkerton, situado al sur del reino de Gronjor. Llegar a allí significaría su salvación.

Calculó el tiempo que tardaría en llegar. Dispondría de unos cinco segundos antes de que el

lobo se percatara de su huida y después solo le quedaría correr y rezar todo lo que supiera sin

mirar atrás, puesto que el lobo era mucha más rápido que él. No las tenía todas consigo, pero

cuanto más tiempo perdía decidiendo que hacer, más se aproximaba el lobo, así que sin

pensárselo más, salió corriendo de detrás del árbol. El lobo tardo menos de lo previsto en

darse cuenta de su presencia y echó a correr tras él. Cada vez estaba más cerca y no le iba a

dar tiempo a llegar. De repente notó una punzada de dolor en su hombro y espalda, y un

segundo después se encontraba en el suelo. El lobo se había abalanzado sobre él y le estaba

clavando sus garras en la cara. Comenzó a forcejear con el lobo, pues sus colmillos estaban tan

cerca de su cara que casi podía olerle el aliento. Mientras intentaba mantener al lobo

apartado, vio una piedra a su derecha. Si rodaba un poco podría alcanzarla y golpear al lobo. Y

así lo hizo. Hizo un gran esfuerzo para empujarle lo suficiente como para poder desplazarse,

rodó sobre sí mismo y alcanzó la piedra. El lobo se volvió a abalanzar sobre él, pero esta vez

Kolser estaba preparado. Apuntó al cuello del lobo con la parte afilada de la piedra y le hizo un

profundo corte. El lobo lanzó un aullido y se echó hacia atrás. El cuerpo inerte tenía todo el

cuello manchado de sangre. Se permitió un instante de remordimientos, pero después se

arrepintió porque recordó que el aullido que soltó el lobo antes de caer ahogado en su propia

sangre probablemente habría alertado al resto de la manada, así que uso sus últimas fuerzas

para levantarse y correr hacia la aldea. Cuando ya estaba muy cerca vio como estaban

cerrando los portones que protegían la misma. Comenzó a gritar con todas sus fuerzas para

que se parasen. Las grandes puertas se detuvieron y entró corriendo como alma que lleva el

diablo. No se detuvo hasta que llegó a la puerta de su casa.

Vivía en una pequeña choza cerca del centro de la aldea. Estaba hecha de madera y guijarro.

Sólo tenía una planta y era un poco pequeña. Llamó a la puerta cuatro veces. Tardaron en

contestar, pero al fin la puerta se entreabrió dejando ver a Solomon Wreath, su padre.

Solomon era un hombre grande y robusto, con un gran rostro de facciones duras. Tenía una

poblada barba castaña, pero era calvo y con una gran cicatriz que le cruzaba la calva. En cuanto

vio a Kolser, le dio un fuerte abrazo.

-¿Dónde estabas, hijo? ¡Me tenías muy preocupado!-le preguntó alarmado su padre-.

-Perdón. Es que me acerqué demasiado a la madriguera de una manada de lobos-le

respondió en un murmullo él-.

-¿Cómo? Eso ha sido muy descuidado por tu parte. Ahora vete a bañarte que estás

hecho unos zorros. Acabo de calentar el agua-le dijo Solomon-.

-Gracias- agradeció-.

Cuando entró en su habitación, se tumbó en la cama agotado. No era muy cómoda,

pues no se lo podían permitir. Estaba cansado y dolorido. Se miró en el espejo que

había al lado de su cama. Se peinó un poco y dejo a la vista su hermoso rostro. Era un

chico de diecisiete años, alto y delgado, de cabello largo y castaño. Tenía las facciones

marcadas y los ojos de color ambarino. Tenía la camiseta de piel raída y llena de barro.

Había sangre y tierra por toda su cara. Se quitó la ropa y la dejo encima de la cama con

la esperanza de que Solomon la pudiera coser, porque, aunque fuera artesano, se le

daban muy bien las tareas domésticas. Salió de su cuarto y fue al salón donde estaban

preparados los cubos de agua. Los cogió y fue transportándolos y metiéndolos de dos

en dos en la bañera de madera y después se metió él también. El agua estaba a la

temperatura ideal y no había ningún ruido que le molestara. Eso era una de las cosas

que más le gustaban: un buen baño relajante de agua caliente. Después cogió una

pequeña pastilla de jabón y empezó a jabonarse y a limpiarse las heridas. Cuando

terminó, salió de la bañera, cogió una de las toallas que había en el perchero y se la

puso. Salió del baño y fue a su habitación. Al entrar, se percató de que encima de la

cama ya no estaba la misma ropa de antes. Solomon se la había cambiado y le había

dejado su ropa favorita. Era una especie de uniforme de piel, muy bien confeccionado

e impermeable, perfecto para la caza. Lo mejor de todo era que era tan cómoda que

también se podía usar de pijama. Le había costado mucho tiempo de ahorro para, al

fin, poder comprarlo en el mercadillo itinerante que a veces pasaba por Pinkerton.

Cuando ya estuvo vestido se despidió de Solomon, que estaba en su cuarto cosiendo

su vestimenta estropeada. Le dio un beso y se fue a su habitación. Allí se metió en la

cama y apagó la vela que había en su mesita. Se arropó bien, ya que hacía mucho frío,

cerró los ojos, y cayó en un profundo y reparador sueño.

Un desgarrador grito le despertó de madrugada. Se levantó totalmente desorientado.

Salió de la cama aún medio dormido. Fue a la habitación de Solomon para despertarle

y preguntarle que si sabía quién había gritado. Pero cuando fue, su padre no estaba.

Aquello hizo que espabilara. Salió corriendo de la habitación y entró en el salón:

tampoco estaba allí. Cada vez estaba más asustado. Miró en todos los cuartos pero,

definitivamente Solomon no estaba en casa. Se calzó las botas y salió de casa. Vio a

una señora sentada en la entrada de una de las casas vecinas. Estaba visiblemente

asustada. Se acercó a ella y la preguntó qué si había visto a un hombre fornido, calvo y

con barba.

-¡Sí! ¿Era tu padre? ¡Ay, lo siento mucho! ¡Se lo acaban de llevar unos guardias del

rey!-exclamó la señora-.

-¿Cómo es posible? ¿Hacia dónde se lo han llevado?-inquirió Kolser-.

-Creo que iban a la capital-sugirió la señora-.

-Muchas gracias por su ayuda-agradeció él-.

Seguidamente, entró a toda prisa en su pequeña cabaña y se preparó para un largo

viaje hasta la capital. Cogió dinero y algo de comida. Lo suficiente para pasar una o dos

noches. Después ya se las arreglaría buscando algún empleo que le proporcionara algo

de dinero. Pensó que si la cosa se ponía fea, igual se vería obligado a entrar en un

combate cuerpo a cuerpo, por lo que cogió también una daga de plata que guardaba

en un cajón de su mesita. Solomon se lo había regalado cuando cumplió los catorce

años y, probablemente, era el mejor regalo que le habían hecho hasta la fecha. La

metió en su respectiva funda, se lo ató al cinto, cogió la bolsa de fibra de animal donde

lo había metido todo y salió de casa en busca de su padre.

Pinkerton estaba demasiado alejada de la capital como para recorrer el camino

andando, así que encargó una carreta tirada por un solo caballo para que le llevara

hasta allí. El viaje fue duro, pues la carreta no era nada cómoda y emitía un fétido olor

a heces de caballo. El interior era húmedo y mohoso, e incluso pudo encontrar restos

de sangre seca en una de las esquinas. A pesar de las pésimas condiciones de aquella

carreta, Kolser pudo conciliar un superficial sueño, pues seguía algo cansado tras

haberse levantado tan temprano. Gracias a la pequeña siesta que se echó, el viaje se le

hizo mucho más corto, y cuando se despertó por culpa de un brusco viraje, ya solo

faltaba media hora de viaje. Cuando al fin llegó a su destino, le dio las gracias al

hombre que conducía las carreta, le pagó lo que le debía y se bajó, dando gracias a

Dios de poder salir de aquel apestoso lugar. La carreta le había dejado a las puertas de

la capital, protegida por una altísima muralla de piedra. Justo en mitad de la muralla,

se elevaban unas gigantescas puertas de madera abiertas de par en par. Al pasar por

debajo de ellas, se quedó maravillado por lo que vio. Ante él, se extendía una inmensa

ciudad, llena de anchas calles llenas de gente, vistosas tiendas con preciosos

escaparates, altos edificios con diferentes carteles… Pero sin lugar a duda, lo que más

le llamó la atención fue un enorme palacio que se alzaba por encima de todos los

edificios en mitad de la ciudad. Era un formidable edificio súper lujoso con un estilo

arquitectónico único. Tenía unas increíbles vidrieras llenas de colores y gozaba de tres

torreones protegidos por almenas en sus tres esquinas. A los dos lados de sus puertas,

había dos banderas de color azul oscuro, con un reborde dorado y el escudo del reino:

un alce de gran cornamenta con un halcón sobre su lomo, ambos totalmente

plateados. Kolser dedujo que aquel era el palacio real, por lo que debajo, a mucha

profundidad, deberían estar las mazmorras donde supuestamente se encontraba

Solomon encerrado. Decidió inspeccionar un poco más la capital antes de hacer nada

precipitado, por lo tanto entró en una taberna llamada El Puerco Contento, ya que

también era una posada, y pidió una habitación para pasar la noche. Al cabo de media

hora ya la tenía preparada, y el hostelero le dijo que le siguiera escaleras arriba.

Cuando llegaron a la puerta correspondiente, el hombre le dio la llave, y Kolser le pagó

lo que le debía. Acto seguido, entró en su habitación, dejó la mochila encima de la

cama y sacó algo de dinero. No era una inmensa cantidad de dinero, pero era lo

necesario para comprarse algo con lo que llevaba mucho tiempo en mente, pero que

Solomon le había negado una y otra vez debido a la peligrosidad de este objeto: un

arma de fuego. A pesar de las advertencias de su padre sobre ese tipo de arma, Kolser

estaba decidido a comprárselo. Quién sabía cuándo sería necesario. Salió de la taberna

y empezó a caminar a paso ligero por la ciudad. Fue buscando calle por calle y tienda

por tienda, pero sin éxito alguno. Lo que no se le pasó por alto fue que algunas

personas lo miraban de reojo, pensó, por la ropa que llevaba. Pues aunque fuera muy

cómoda y perfecta para la caza, parecía que la gente consideraba que debería de llevar

ropa algo más elegante para ir por la capital de Gronjor. Por ese motivo, su siguiente

paso sería buscar un trabajo. Reflexionó sobre ese tema, y llegó a la conclusión de que

podría buscar trabajo en el palacio real, así podría indagar más sobre las posibles

formas de liberar a su padre. Llevaba quince minutos buscando una tienda de armas,

pero no la encontraba. Decidió preguntar a alguien, y encontró a una mujer de unos

treinta años mirando el escaparate de una floristería. Era gordinflona y alta, y con un

cabello rubio que le llegaba hasta los hombros.

-Disculpe. ¿Me podría indicar donde hay una tienda de armas por esta zona?-preguntó

Kolser-.

-Ay, hijo. ¿No eres de por aquí verdad? El único sitio de todo el reino donde puedes

adquirir armas de fuego es-bajó la voz-en el Barrio de los Elfos-contestó la señora-.

Kolser había oído hablar de los elfos. Eran unos pequeños seres bípedos. El color de su

piel era grisáceo. Tenían unos ojos del tamaño de pelotas de tenis y solían ir vestidos

con un simple taparrabos de piel. Eran tan solo un poco más altos que una mesita de

noche. Eran muy delgados y con las extremidades muy largas. La cabeza también era

muy grande y redonda, y sus dedos eran finos y huesudos. Vivían en grandes familias y

solían vivir unos ciento veinte años. No se solían dejar ver por zonas habitadas por

humanos y Kolser nunca había visto ninguno.

-Y… ¿dónde está eso?-inquirió él-.

-Vete hasta el final de esta calle y al final verás un callejón a tu derecha. Sigue recto y

en unos cinco minutos andando llegarás al Barrio de los Elfos-respondió ella-.

-Vale. Muchas gracias. Adiós-se despidió Kolser-.

-Adiós, cariño-se despidió a su vez la señora-.

Hizo caso a la señora. Siguió calle arriba hasta llegar al final. Tal y como había dicho la

señora, a la derecha había un ancho callejón que discurría por la ciudad. A medida que

avanzaba había menos gente, y la que había, caminaba con la cabeza gacha. El camino

cada vez era más angosto y oscuro. Las paredes pasaban de estar limpias y relucientes

a sucias y mohosas. Y de repente el camino se ensanchó y dejó pasó a una ancha plaza.

Los edificios se parecían a los de Pinkerton, bajos y descuidados. Allí había una

inmensa cantidad de elfos, yendo de aquí para allá, entrando y saliendo de locales.

También había bastantes humanos con bolsas con extrañas formas. En esa parte de la

capital, la mayoría de establecimientos eran tabernas y hospedajes. Eligió una de las

calles que salían de la plazoleta y comenzó otra vez a buscar la tienda de armas.

Encontró una al cabo de diez minutos. Se quedó alucinado con el escaparate. Había

una multitud de escopetas, mosquetes, y otras armas de fuego que Kolser no supo

reconocer. Encima de la entrada había un cartel que ponía Ben&Weapon. Al entrar, la puerta

hizo sonar una campanita de metal. El mostrador estaba al fondo del local, pero tardó en llegar

porque iba observando las armas exhibidas en las paredes. Cuando llegó, no había nadie tras el

mostrador.

-Hola. ¿Hay alguien ahí?-dijo Kolser en voz alta-.

No hubo respuesta. Volvió a preguntar, esta vez un poco más alto. Ahora sí que hubo

respuesta.

-¿Quién anda ahí?-preguntó una voz ronca y áspera, a la vez que un pequeño elfo salía de una

estrecha puerta -.

-Hola. Estoy buscando un arma de fuego, pequeña y potente-dijo él-.

-Déjame pensar. Creo que puedo tener algo para ti.-Y desapareció de nuevo tras el mostrador-.

El elfo estaba tardando y detrás de la pared se llegaban a escuchar unos misteriosos ruidos

metálicos. Cada vez le picaba más la curiosidad, y como la puerta había quedado entreabierta,

decidió asomarse. Se fue acercando poco a poco, procurando no hacer mucho ruido. Al

asomarse, vio una especie de herrería normal y corriente, con un montón de armas y utensilios

metálicos. También había una especie de hoz recién forjada cerca de una gran hoguera. Al

lado, estaba el elfo, subido a un banqueta de madera y rebuscando en una gran caja de metal

que era más grande que el propio elfo. Cuando el elfo bajó finalmente del taburete, tenía en la

mano algo reluciente, pero que Kolser no alcanzó a ver, ya que tuvo que volver rápidamente al

otro lado del mostrador porque el elfo se había girado y se dirigía hacia la tienda principal.

Unos segundos más tarde el elfo salió de nuevo por la puerta, esta vez con una bolsa de tela

con el nombre de la tienda en su mitad. La dejó encima del mostrador.

-Aquí tiene. Es un mosquete de alta calidad fabricado por mí mismo. Es pequeño y muy

manejable. Tiene baja cadencia de tiro, pero se contrarresta con la alta precisión del arma-

explicó el elfo-. Son 7 doblones de plata y 43 doblones de bronce-.

Kolser le entregó lo que le debía, cogió la bolsa y se marchó rápidamente a la posada. Fue casi

corriendo, porque no quería que la gente le viera con un arma de fuego que, sumado a sus

pintas de vagabundo, le harían parecer un fugitivo o algo por el estilo. Cuando llegó a su

habitación, cerró con llave y sacó una caja de la bolsa. En la tapa estaba el mismo grabado que

en la bolsa. La abrió cautelosamente y en el interior encontró un pequeño trabuco de metal

brillante colocado dentro de un hueco que había en un cojín de terciopelo rojo en el cual

encajaba perfectamente. Era un arma con la culata de madera oscura barnizada. En ella

también estaba el nombre del fabricante: Trifón. La cogió y la examinó aún más. Era ligera y

tenía una pequeña mira en la parte superior. Debajo había una funda de cuero negro. Se había

quedado atónito. Al lado del hueco para el arma había un espacio en el que había un montón

de balas doradas con una punta redondeada. Debía de haber unas treinta. Tras quedarse

observando sus recién adquiridos objetos, los dejó posados encima de una silla al lado de la

ventana Sacó un trozo de pan de su saco de fibra y se lo comió. Eso fue lo único que cenó. .

Pensó que mañana sería un día muy largo así que se descalzó, cerró las cortinas dejó su daga

en la mesita de noche y se metió en la cama. Se durmió en seguida, pero no durmió bien. Tuvo

una pesadilla. Estaba Solomon en una angosta celda, sangrando por la sien y atado a una silla

de madera. Cuando se despertó, se calzó y volvió a atarse la daga al lado izquierdo del

pantalón. Metió todas sus cosas en el saco, devolvió la llave al posadero y puso rumbo al

palacio real. Tardó alrededor de una hora en llegar, pero antes de que se diera cuenta, se

encontraba delante de la imponente estructura de cuarzo. Era tal y como lo había visto desde

la entrada a la ciudad. A través de los grandes portones entraban y salían carretas, aldeanos,

caballos cabalgados por guardias… Al atravesarlas, apareció en un gran patio interior repleto

de gente. Al fondo había un gran mostrador de recepción donde varios empleados atendían las

largas filas de personas que tenían delante. Kolser se colocó en la más corta de ellas y esperó.

La cola avanzaba lentamente y al cabo de diez minutos consiguió llegar al mostrador. Al otro

lado, una esbelta mujer de pelo castaño esperaba al siguiente cliente. En el lado izquierdo de

pecho llevaba una chapa con el nombre Katherine. Kolser supuso que aquel era su nombre.

-Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?-saludó la señora-.

-Buenos días. Estoy buscando empleo y me preguntaba si tendrían algún puesto libre en el

palacio-contestó Kolser-.

-Espere un momento por favor-dijo la señora-.

Empezó a rebuscar entre un montón de papeles que tenía sobre la mesa. Al fin encontró lo

que buscaba.

-Aquí lo tengo. Aquí pone que tenemos un par de puestos disponibles. ¿Me podría dar su

nombre por favor?-preguntó ella-.

-Claro. Me llamo Kolser Wreath-respondió él-.

Katherine escribió el nombre en una ficha de empleo.

-Tenemos disponibles un puesto de limpieza de mazmorras y otro de limpieza de comedor y

cocina. En ambos se cobra lo mismo: diez doblones de oro al día, y en ambos puestos se

trabajan siete horas diarias, con tres descansos. La diferencia es que en las mazmorras se

trabajan cuatro días semanales y en el comedor y cocina se trabajan tres días semanales.

Dígame usted cual prefiere-explicó la mujer-.

Kolser no se lo pensó dos veces. Lo más seguro era que Solomon estuviera encarcelado en las

mazmorras, y si tenía la oportunidad de acceder a ellas, no la desaprovecharía. Aunque tuviera

que trabajar más que en el comedor y cocina. Además, no le atraía para nada limpiar platos o

restos de comida del suelo.

-Prefiero trabajar en la limpieza de las mazmorras-decidió él-.

-Está bien. Entre por esa puerta y suba por las escaleras hasta el segundo piso. Allí encontrara

un señor con uniforme azul. Dele esto-dijo, a la vez que le daba un papelito con algo escrito-.

-Vale. Muchas gracias-.

-De nada. Adiós-.

Kolser se dirigió a la puerta que Katherine le había indicado. Al pasar por la puerta, vio a su

derecha unas anchas y elegantes escaleras con una alfombra roja que subían hacia los

superiores. Comenzó a ascender. Cada pocos pasos tenía que dar un giro hacia la derecha.

Subía despacio, mirando los cuadros que había colgados en la pared. La mayoría eran de la

fachada del palacio o de rostros de personas. Cuando ya estaba a mitad de camino entre el

primer y el segundo piso, se cruzó con un centinela del palacio que bajaba a toda velocidad por

las escaleras. En la pechera tenía el escudo del reino. El centinela no le dirigió ni siquiera una

breve mirada. Kolser continuó su camino. Al llegar al segundo piso, se encontró de frente con

el hombre que le había dicho Katherine agachado limpiando el suelo con paño.

-Disculpe. Vengo de recepción. Una mujer llamada Katherine me ha dicho que le busque y que

le dé esto-dijo, enseñando el pequeño trozo de papel.

-Déjame ver-contestó el señor, a la vez que se levantaba y lo cogía de las manos de Kolser. Tras

leerlo continuó-¿con que prefieres trabajar en las mazmorras, eh? Bueno, para gustos los

colores. Aquí tienes-dijo, sacando algo del bolsillo-las llaves de tu habitación. Allí hay un

uniforme. Mañana a las siete de la mañana tendrás que presentarte aquí con el uniforme

puesto. Te instruiré a ti y otro nuevo empleado en el arte de la limpieza-le ordenó con orgullo-.

Los horarios de las comidas están detrás de la puerta de tu habitación, la cual está en el tercer

piso a la izquierda. De todas formas verás indicaciones por todas partes-terminó de explicar el

hombre. A partir de ahora ese es tu hogar. Bienvenido-.

-Muchas gracias-.agradeció él-.

-No hay de qué. Nos vemos mañana a las siete en este mismo lugar- se despidió el señor.

Kolser continuó su camino. Volvió a subir otro piso. Inmediatamente después vio un cartel en

el que ponía lo siguiente:

HABITACIONES 1-299 Izquierda

HABITACIONES 300-599 Derecha

En su llave estaba el número 233 escrito con tinta negra. Avanzó por el pasillo de la izquierda.

Casi llegó hasta el fondo, pero al final encontró su habitación. Introdujo la llave, la giró y

empujó la puerta para que se abriera. Su habitación consistía en un cuarto de tamaño medio

con un baño básico. También había un armario y una ventana con vistas a toda la capital.

Metió sus cosas en el armario y el trabuco en un cajón de la mesita de noche. Sin duda, aquella

habitación era mucho mejor que la que tenía en la posada de El Puerco Contento. Parecía

imposible que hubiera conseguida trabajo tan fácil. De repente le rugieron las tripas. La noche

anterior apenas había cenado y esta mañana ni siquiera había desayunado. Se acercó a la

puerta y examinó el horario de comida. Según el reloj que había encima de su cama, eran las

dos y cuarto. Si no se daba prisa no llegaría a tiempo para comer y su barriga no aguantaría

más horas sin comida. Cogió algo de dinero, la llave, cerró la puerta y se marchó al comedor, el

cual estaba en la segunda planta. Terminó de comer y volvió a subir a su habitación. Cuando

llegó, ya eran las tres menos cuarto, y con toda la tarde por delante, no supo que hacer. Estaba

muy estresado. No sabía cuánto tiempo más podría aguantar Solomon en la mazmorra. Ni

siquiera sabía si seguía vivo… Se acordó de que cuando bajó de la carreta antes de entrar en la

capital, vio que a la derecha de la ciudad había un espeso bosque. Los bosques eran los medios

naturales que más le gustaban a Kolser. Eran su lugar de relajación y de tranquilidad. Decidió ir

a explorar un poco la zona, así que volvió a coger dinero, su daga y se marchó. Encargó a una

carreta para que le llevara a fuera de la ciudad. Antes de salir, los guardias de la gran entrada a

la capital, le advirtieron que cerraban sus puertas a las diez en punto. Kolser guardó ese dato

para no atrasarse y tener que rogarles que le abrieran la puerta. Diez minutos más tarde, ya se

encontraba en el linde del bosque.

Llevaba alrededor de dos horas paseando ente los árboles. Sabía perfectamente donde estaba.

Jamás se había perdido en un bosque. Memorizaba cualquier cosa que más tarde le pudiera

servir de ayuda para salir de éste. Tampoco se había adentrado mucho, porque cuanto más se

adentrara, más posibilidades habría de que algún depredador le atacara. A unos cincuenta

metro, vio un claro donde podría detenerse a observar el paisaje. Cuando llegó, examinó los

árboles que tenía alrededor: no eran muy altos, pero eran fuertes y con ramas bajas. Eran

ideales para escalar. Subió al más cercano sin el menor esfuerzo, ya que tenía un montón de

experiencia que había ido adquiriendo desde pequeño. Ya arriba, se acomodó entre dos ramas

principales y se puso a mirar al cielo. Se despistó, y cuando se dio cuenta ya eran las seis y

media. Parecía imposible que ya fuera tan tarde. Se bajó del árbol de un salto y empezó a

desandar lo andado. Le llevó media hora más de lo previsto salir del bosque porque se

equivocó de camino, aunque se dio cuenta lo suficientemente rápido como para que se

adentrara más en la espesura del bosque. Al salir, ya eran las nueve y media, así que echó a

correr hacia las grandes puertas de acceso a la capital. Entró sin problema y encargó a otra

carreta para que de nuevo le llevara al palacio. Una vez allí subió a su habitación, más relajado

después de ese pequeño paseo. El reloj marcaba las once. Faltaba una hora para que cerraran

la cocina y no pudiera cenar. Decidió ir bajando porque tenía mucha hambre. Se lo comió todo

y subió de nuevo a su habitación. Se acostó pronto, ya que mañana tendría que levantarse

muy temprano para trabajar. Se durmió enseguida porque estaba muy cansado. El día

siguiente iba a ser muy largo.

El sonido de una trompeta lo despertó a las seis y media. Se levantó y se puso su nuevo

uniforme azul. Salió de su habitación en dirección a las escaleras, no sin antes ocultarse la daga

bajo la chaqueta del uniforme y meterse su trabuco y unas cuantas balas en el bolsillo del

pantalón. Llegó a las siete en punto, y ya estaban allí el hombre del otro día y un chico que

tenía aproximadamente su edad junto a un carro con estropajos, fregonas, cubos de agua y

productos de limpieza. Ambos dos llevaban el mismo uniforme que él.

-Buenos días Kolser. Este es Jeffrey. Va a empezar a trabajar hoy en las mazmorras contigo.

Bien empecemos. ¿Alguno de vosotros dos suele limpiar a menudo su casa o algún local?

Los dos negaron con la cabeza.

-Está bien. Empecemos por lo básico pues. Para limpiar algo, lo primero que hay que hacer es

coger este bote-dijo, señalando a uno de los tantos que había en el carro-y echar tan solo un

poco en un estropajo limpio. Después se comienza a frotar la superficie que queramos limpiar

y por último se seca con este paño de aquí-explicó, cogiendo un trapo del tamaño de una

toalla pequeña-.Para limpiar suelos y paredes coged esta fregona y metedla en ese cubo lleno

de lejía. Bien. Dicho todo esto, seguidme hasta las mazmorras-y comenzó a bajar por las

escaleras-.

Llegaron hasta la planta baja, y se fueron tras las escaleras, donde había una especie de

alacena. Al abrirla, se vieron unas estrechas escaleras que bajaban aún más. Había una

antorcha en la pared cada treinta pasos, dejando entre ellas una zona de completa oscuridad.

Comenzaron a descender. El hombre encargado de ellos les precedía. En el medio iba Jeffrey,

no muy seguro de sí mismo, pero sin volver la vista atrás, y cerrando la marcha iba Kolser. Tras

un rato que se les hizo eterno, llegaron a una pequeña sala en la que solamente había un gran

baúl en la pared de la izquierda y una puerta doble de madera robusta totalmente cerrada. A

los lados de ésta, había dos antorchas que llegaban a iluminar toda la estancia. Ante la puerta

había un centinela con su espada a un costado y un manojo de llaves al otro. Reconoció los

uniformes de limpiadores, así que se dio la vuelta abrió la puerta y se hizo a un lado para

dejarles pasar. Una vez dentro de las mazmorras, el hombre les dijo que él se quedaría

limpiando esta zona, mientras que ellos se adentrarían más por el oscuro pasillo y se dividirían

el trabajo. Les recomendó que hicieran una vuelta de reconocimiento para adaptarse al

entorno. Así lo hicieron. Se llevaron ellos el carro de la limpieza dejando a Mikel con una

fregona, un trapo y un bote de jabón líquido. Llegaron hasta el final del pasillo y acordaron que

Jeffrey se quedaría con el carro y con la primera parte del pasillo, mientras que Kolser se

llevaría lo necesario para limpiar y se quedaría con la segunda parte del mismo. Kolser decidió

que limpiaría esta segunda parte, debido a que en la primera las celdas estaban hechas de

barrotes de metal y se podía apreciar perfectamente el interior, pero no pudo ver a Solomon.

Las celdas de la segunda parte del pasillo tenían puertas de madera por lo que no se veía el

interior, y puede que su padre estuviera allí, aunque no le hubiese visto. Se fue al final del

pasillo y simuló que iba a empezar a limpiar para que Jeffrey se fuera, y cuando al fin se

marchó, comenzó a ir celda por celda mirando el interior a través una pequeña ventanita del

tamaño de una caja de zapatos. Por cada celda que exploraba sin éxito, disminuían sus

esperanzas de encontrarle, hasta que al fin, lo vio. Estaba en una celda solo sentado en una

esquina y con las manos atadas a la pared. Se le escapó un grito de alivio al volver a verle.

-¡¡Kolser!! Como me alegro de verte pero, ¿qué demonios estás haciendo aquí?-exclamó

Solomon-.

-No hay tiempo para explicaciones. Ya lo hablaremos todo luego. Ahora déjame sacarte de

aquí-le dijo Kolser-.

La puerta tenía una pequeña cerradura a un lado. Sacó la daga y la introdujo por el hueco de

ésta. Tras unos segundos, logró abrir la puerta y entrar. Lo primero que hizo fue dar un gran

abrazo a su padre. Acto seguido, empezó a asestar golpes con la daga a las ataduras de

Solomon. Le costó un poco, pero al final, las cadenas cedieron. Las apartó a un lado y padre e

hijo se fundieron en un emotivo abrazo.

-Tenemos que salir rápido de aquí antes de que se den cuenta de que falta un prisionero. Ven

sígueme.

Echaron a correr por el pasillo intentando hacer el menor ruido posible. Kolser le dijo a su

padre que le esperara tras una columna y que no avanzara hasta que él se lo dijera. Mientras

él, siguió avanzando un poco más hasta que visualizo lo que quería. Allí estaba el carro de la

limpieza, pero no estaba Jeffrey. Se dio cuenta de que había una celda abierta, así que se

asomó y le vio de espaldas limpiando unas de las paredes. Hizo un gesto con la mano a su

padre para que pasara rápidamente y después, continuaron la huida. Al final del pasillo

continuaba el hombre de la limpieza limpiando el marco de la puerta. Esta vez fue Solomon el

que se adelantó. Se puso detrás de él, le pasó el brazo por el cuello y apretó. El señor empezó

a forcejear, pero poco a poco iba perdiendo las fuerzas, hasta que cayó inerte al suelo.

-¿Está muerto?-inquirió Kolser-.

-No. Tan solo está inconsciente-respondió su padre-.

Para salir, pensaron que podrían hacer lo siguiente: se colocarían cada uno a un lado de la

puerta, darían unos golpes en ella para que el centinela que estaba allí les abriera y le

neutralizarían. Después saldrían por patas del palacio y volverían a su pequeña y tranquila

aldea. Y así lo hicieron. Llamaron a la puerta y el guardia les abrió. Kolser le embistió y luego

Solomon le hizo la misma técnica que al señor de limpieza. Una vez lograron escapar de las

mazmorras, subieron por la pequeña escalera hasta la planta baja. De allí subieron a la

segunda planta y después a la habitación. Solomon le contó que el otro día por la mañana

habían llamado dos guardias a casa porque estaban preguntando por un delincuente muy

buscado. Con ellos llevaban una foto en la cual aparecía un hombre muy parecido a Solomon y,

a pesar de que él no había hecho nada, lo encarcelaron y se lo llevaron. Al terminar de hablar,

recogieron todo y encargaron una carreta que les llevara de vuelta a Pinkerton. Taparon la cara

a Solomon para que no le confundieran con el delincuente. No obstante, un aldeano le

reconoció y avisó a los guardias. No tardaron en llegar dos guardias montados en sus caballos.

Kolser no tuvo más remedio que sacar su trabuco, cargarle y disparar a ambos centinelas. Los

dos se cayeron de los caballos, pero las armaduras eran tan resistentes que las balas no les

llegaron a tocar la piel. Tras derribarles, corrieron hasta que salieron de la capital y allí

encargaron una carreta que les llevara de vuelta a su aldea.

Llevaban ya unos días en Pinkerton, y no habían recibido noticia del verdadero delincuente ni

de nada relacionado con la capital, sin embargo una tarde llamaron a la puerta. Fue Solomon

el que abrió y se encontró con los mismos hombres que le habían encarcelado el otro día.

-Buenas tardes-comenzó a hablar uno-. Venimos a disculparnos en nombre del rey por todos

los incidentes de los pasados días. Como recompensa por el mal entendido, el rey os quiere

dar un regalo-terminó, a la vez que dejaba al descubierto una bolsa que tenía detrás de la

espalda-.

En ella había decenas de doblones de oro. Se la dieron a Solomon y se retiraron. Le enseño

rápidamente aquello a su hijo, y los dos gritaron a la vez: “¡¡SOMOS RICOS!!”. Y así, Solomon y

Kolser se mudaron a la capital dejando atrás su vida como pobres plebeyos y los dos vivieron

felices para siempre.

FIN

Roger Federer

 

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