Rotary Club Torrelavega
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La caja de los tesoros


Pseudónimo: DARWIN

Notaba más movimiento que de costumbre en esa jornada. Debía ser un día muy especial porque madre e hija aparecían juntas como hacía años atrás. Mi vida había sido muy tranquila, más que tranquila, yo diría inmóvil pues después de unos ajetreados años, permanecía en aquel lugar poco acogedor lleno de trastos fastidiosos, sobre todo, las cajas y embalajes de plásticos, que se habían multiplicado por mil, casi asfixiándome. Eran poco amigables, y no perdían la oportunidad de señalarme su superioridad. Pero yo me mantenía discreta en un segundo plano con cierto temor pues no paraban de amenazarme con que mis días estaban contados.

Las reconocí de inmediato, sentí nuevamente el calor de sus manos y fue como un rayo estremecedor que me recordó el vínculo que nos unía ¡Cuántos recuerdos! 

-Mira Amalia, ¡Mi caja de tesoros!- dijo Rocío con sorpresa.

-Pero...¿Qué caja de tesoros mamá?, ¿Esa vieja caja de cartón?- preguntó la chica. 

-Amalia, no solo es mi caja de los tesoros, sino que también es un poco tuya. Ahí están guardados ciertos objetos con los que jugaba con mi abuela y que luego yo jugué contigo. No son juguetes coloristas ni sofisticados, son objetos mucho más importantes porque tienen un valor sentimental- explicó la madre mientras sacaba algunos con mucha delicadeza.

La cara de Amalia no demostraba la misma ilusión que su madre. 

-Bueno mamá, tendrás que hacer limpieza para la mudanza, para eso vendré el domingo a ayudarte      -zanjó la chica sin muchos miramientos. ¡Este trastero está lleno de cachivaches!

-Me va a resultar muy difícil, para mí muchos objetos son verdaderos tesoros y tras ellos hay numerosas anécdotas e historias familiares.

Un golpe seco nos dejó a oscuras otra vez. Sin aire fresco y sin las voces de las chicas, el silencio se impuso. Pero solo por un rato.

-¡Vaya, habéis oído!- dijo la sabionda. 

-¡Qué, qué, es que estoy un poco sorda!- reclamó la vieja y deforme. 

-¡Pronto habrá movimiento, nos vamos de aquí!¡Yuju!- dijo el ruidoso jovenzuelo.

La sabionda era la bella caja roja que creía saberlo todo. Con una alta autoestima, era déspota y maleducada. La vieja y deforme era la resentida caja amarilla. Negativa y desagradable, siempre estaba quejándose por todo. El recién llegado era la caja naranja, un ruidoso jovenzuelo adicto al peligro y a la aventura. Todos eran rígidas cajas de plástico que se creían superiores a mí. Llevaba años soportando ironías y burlas de todos ellos, por lo que la convivencia no era nada apacible, llegando a estar en peligro por su culpa.

-Jajaja, ¡Ya sé de uno al que por fin van a tirar a la basura!- gritaba la sabionda caja roja, que reía a carcajadas.

-¿A quién?, ¡No me lo imagino!- fingía la vieja y deforme caja amarilla.

-¡Qué bien, una nueva aventura se avecina!- decía el recién llegado jovenzuelo anaranjado. 

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                1                     

Yo me mantenía callada. Había aprendido a ser sorda y muda ante tantas burlas y comentarios molestos. No era posible una conversación interesante o entretenida con ellas por lo que prefería adorar a mis objetos, aquellas cosas que guardaba y custodiaba por muchos años. Observándolos, me traían hermosos recuerdos de una vida rica en alegrías.

-¡Ey tú, envase tuneado!, ya te ha llegado tu hora, por fin irás a la basura por fea y vieja -me recriminaba mientras se enrojecía más.

-Eso, eso, para que te la sigas dando de importante, de interesante e imprescindible -añadía la quejica.

-Lo cierto es que la caja azul es la más antigua en la familia, lleva varias generaciones y nosotros recién hemos llegado -dijo el jovenzuelo, demostrando que tenía más sentido común que las otras-  Su historia es increíble y vosotras lo que tenéis es envidia.

-¿Envidia yo?- respondieron las dos a la vez. ¡Tú estás chalado, chaval! Estamos hartas del orgullo y la vanidad de la caja azul, y no entendemos porqué no la cambian por una nueva y más resistente como nosotras.

-Pues no sé yo quien es más resistente como decís, no creo que soportemos ni el tiempo ni las aventuras que ha pasado la caja azul. ¡No me canso de escucharlas!- decía el joven de una manera razonable.

Y así, día a día, las cajas de plástico de diversos colores fosforescentes debatían sobre mi posible destino: la basura. Según ellas yo debía ser reemplazada por una fuerte y sólida caja de plástico, sin importar el servicio que había prestado. Menos mal que mi dueña no opinaba igual y por ello permanecía en la familia desde muchas décadas.

La limpieza del trastero fue a toda prisa, y fui apartada de las demás. Pude ver como a ellas las montaron perfectamente apiladas en el camión de la mudanza. Ya estaba acostumbrada a esperar por mi situación delicada, pero el mayor premio era ser llevada en brazos de mi dueña Rocío y su hija Amalia.

-Amalia hija, ¿Dónde está mi caja de los tesoros?- preguntó Rocío. El trastero estaba vacío y no la encontraba.

-¿Cuál caja, mamá?, llevo separando una inmensa cantidad de cajas que no tengo ni idea- respondió  Amalia mientras seguía ajetreada moviéndose de un lado a otro.

-¡La caja azul con lazos de colorines!, aquella que te dije la semana pasada.

-Pues yo la aparté a un lado, ya que al ser de cartón es más delicada que las de plástico. La puse allí en aquella esquina a la salida- explicaba Amalia a su madre.

Ambas miraron y la caja azul no estaba por ningún lado. Alguien la abría cogido equivocadamente. Desesperada, Rocío salió corriendo a preguntar a los encargados de las mudanza. Eran tres chicos que se movían muy rápido.                                                                                 

2                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   

-¿Habéis cogido una caja azul de cartón con lazos de colorines?, estaba aquí separada de las otras.

-¡Ah, sí!, como la vimos separada y algo vieja pensamos que era basura, la hemos llevado al contenedor de reciclaje- dijeron los chicos mientras señalaban al contenedor que estaba en la calle siguiente.

Rocío corrió disparada hacia el contenedor de reciclaje. No quería ni pensar en que podía perder para siempre, una caja, que llevaba en su familia cincuenta años. Le pasaron por su cabeza infinidad de pensamientos, todos malos y sus ojos se llenaron de lágrimas.

Llegó a tiempo, aún no había pasado el camión de recogida del reciclaje. Sentí sus manos delicadas acariciarme y otra vez cobré vida. Nuestro lazo de unión revivió aún más fuerte. 

-Pero mamá, ¿Qué te pasa?, ¡Cómo te pones por una vieja caja de cartón!- reclamaba Amalia. ¿Sabes que se puede reciclar y que así tenga un nuevo uso? También podemos sustituirla por una caja de plástico y ..- ya no pudo continuar, su madre le cortó. 

-¡Ni hablar de cambiarla! El plástico es más contaminante y debemos de limitar su uso, además esta caja tiene una larga historia- dijo Rocío mientras tragaba en seco y respiraba hondo.  

-Amalia, esta caja de cartón era de mis abuelos, ellos me la dieron cuando entonces no teníamos ningún envase de plástico. Esta caja ha venido de México con ropa para la familia de parte de un hermano de mi abuelo que emigró allí, cuando aquí en España éramos muy pobres. Recibir esta caja tan olorosa y tan bonita en aquellos años fue para ellos el más grande de los regalos y la guardaron siempre como un objeto valioso. Luego yo necesitaba una caja para guardar mi colección de piedras de río del pueblo, mis tesoros encontrados en excursiones, mis inventos y demás cacharros con lo que jugábamos en mi época y mis abuelos me dieron su valiosa caja, contándome su historia y pidiéndome que la cuidara y conservara siempre. Además de darme un servicio, la caja azul es ya una herencia familiar. Me recuerdo siempre decorándola, abriéndola todos los días y quedándome dormida con ella. Es una gran caja, que por ser vieja no debe ser tirada. Es de cartón, sí, un material aparentemente débil pero esta caja ha demostrado ser muy fuerte, aguantando el paso del tiempo y hasta viajes, cruzando el océano ¡De estas ya no se fabrican hoy en día! Y quiero que la conserves tú también. 

Mientras Rocío contaba mis peripecias a su hija, me acariciaba hacia un lado y otro, sacudiéndome el polvo. Me agarraba con cuidado y yo me sentí, una vez, más amada que nunca. Ya no volví al trastero ni a ver a mis simpáticas vecinas, ocupé un lugar privilegiado, del que, quizás, nunca saldría. ¿O quizás sí?..., ¡Ah!, pero eso será otra historia.

                                                                                                                                                                                                                                                                              3

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