La Carta de los Derechos Humanos

Querido René Cassin:

La guerra es la peor suerte que uno puede sufrir.

Pueden creerme, la estoy viviendo ahora mismo. Si termino de sobrevivir a esta guerra interminable, solo quiero volver con mi mujer. Angelika siempre ha logrado ser la luz de mi vida, incluso en los momentos más difíciles de mi vida.

La conocí un día de junio en Suiza, ella estaba de paso, yo también. Yo iba a ver a un amigo de mi padre para cerrar un trato. No quiero aburriros con datos insignificantes del comercio del carbón de la Cuenca del Sarre, se me hace pesado hasta a mí recordar cifras y condiciones. Angelika acompañaba a sus padres a ver a un tío enfermo en Suiza. Llegó en tren desde Múnich. Es gracioso el funcionamiento de la memoria, no recuerdo a penas lo que fui a hacer allí, lo que debería ser de gran importancia, pero aún puedo ver con claridad el vestido marrón de Angelika al bajar del tren.

La vi por primera vez en la estación de tren. Yo llegaba desde Francia, otra línea, otro país, otro idioma y cultura… Sin embargo, el destino nos llevó a encontrarnos en una pequeña estación suiza de tren.

Dudo que se fijara en mí en un primer momento de la misma manera que yo me fijé en ella. Su pelo era un rubio platino que reflejaba los destellos del Sol, su gracia de bailarina al moverse, su sonrisa perfecta capaz de opacar cualquier belleza formal escrita por simples escritores.

Hasta que la conocí dudaba de lo que era el amor, pensaba que solo eran cuentos que se inventan los artistas para vender más; pensaba que también era una bendición que Dios da a ciertas personas, entre las cuales yo no me encontraba. Es gracioso que el amor me parezca mi única salvación ahora, cuando he perdido todo, salvo la esperanza de volverla a ver.

Me encontré con ella y sus padres dos días después en una comida organizada por la mujer del socio de mi padre. Estaban allí por amigos en común, aunque no parecían estar del todo cómodos entre franceses. Según ellos, nosotros les hundimos en la pobreza, les quitamos todo y les arrastramos a una miseria de la que no podrían salir en décadas.

A mí sinceramente nunca me ha interesado la política, no sabía cuál era la situación del país vecino y quién era el responsable de esta, si nosotros por ser franceses y quitarles sus minas de carbón y ponerles multas o ellos por ser alemanes y buscarse su propia ruina al atacarnos. Yo tenía nueve años cuando la guerra empezó y recuerdo escasas anécdotas de esta puesto que, por la influencia de mi padre, conseguimos huir a España hasta que todo se calmara. Al volver, me encontré con mi ciudad en ruinas y una tristeza y soledad generalizada.

Supongo que ella y su familia vivió algo peor. Los bombardeos, las sirenas, las muertes… Yo no vi todo eso, yo tuve una infancia feliz y normal ajeno a los conflictos internacionales. Ella no. Entendí su primer rechazo hacia mí tanto por ella como por su familia al ser francés. Veía la ira en sus ojos, la frustración de tener que madurar antes de tiempo teniendo que aprender a sobrevivir.

No me rendí por esa primera impresión. Lo entendí como algo lógico, les di las buenas noches y no me volví a acerca a ellos en el resto de la velada.

Días más tarde los encontré de una manera aún más repentina. Su padre estaba tirado en el suelo, rodeado de gente. Conseguí abrirme paso hasta su mujer y su hija que le abanicaban y sujetaban la cabeza. Anuncié que era médico para poder ayudarle. Le revisé los ojos, su aliento era dulzón y su pulso acelerado. Pregunté si alguno de los que estaba allí podría ofrecernos un rato un lugar donde pudiera descansar.

Un amable portero nos ofreció su casa, entre él y yo conseguimos transportarle hasta su sofá. Le dimos agua y con el paso de los minutos se sintió mejor.

–Me ha salvado la vida…–dijo perplejo con un fuerte acento alemán al hablar mi lengua materna.

–¿Cuál es el problema, señor?–pregunté.

–Usted es francés… Yo soy alemán.

–Así es. Pero también soy médico y no me perdonaría perder a un paciente, señor.

Su mirada perdida aún trataba de descifrar las intenciones secretas que tenía. Mas no había ninguna otra que el simple hecho de humanidad. Ninguna vida debería de perderse si está en la mano de otro salvarlo.

–Somos enemigos por naturaleza…

–¿Le he atacado alguna vez personalmente?

–No, joven.

–¿He hecho algo que le haya ofendido directamente? ¿He atentado contra su vida, su familia o propiedad, señor?

–No.

–Entonces no veo que seamos enemigos. Usted tiene derecho a elegir su residencia, a sentirse alemán y a defenderlo, al igual que ocurre en mi caso al ser francés. Pero el que vivamos en un país u otro no determina que seamos enemigos, solo nuestras acciones individuales lo hacen. –Miré a su hija y su mujer antes de volverle a mirar–. Me gusta pensar que todos los seres humanos somos iguales. Todos perseguimos lo mismo de una u otra manera, ¿por qué hacernos daño si al fin y al cabo encontramos la felicidad de la misma forma?

Me sonrojé al pensar dos veces mis palabras. A veces me dejaba llevar por mis ansias de luchar por las injusticias. Estúpido, ¿verdad? ¿Qué iba a cambiar yo solo? Tosí y me puse mi chaqueta para salir.

–Descanse, es usted diabético y tal vez necesite inyectarse insulina.

–No, la insulina es demasiado cara en… –Antes de que pudiera decir una palabra más le di unos cuantos francos en la mano a su hija.

–Esto será suficiente. Si se siente peor escríbame. –Escribí rápidamente mi dirección en un papel, se lo entregué a su hija y me fui.

Dos semanas más tarde recibí la primera carta de mi futura mujer.

Debo acabar aquí ya mi carta, viejo amigo. Nuevas instrucciones. Deséame suerte.

Jérôme Flamcourt.

 

7 de mayo de 1944

Querido René Cassin:

Desconozco si recibes mis cartas. Aún estando en la misma ciudad, Londres puede ser un lugar perfecto para perderse y no encontrarse.

Antes de volver con el ejercito me pediste que te contara mi historia. Yo te pedí a cambio que, si no sobrevivía, la encontraras y le dieras todo lo que necesitara. No me dio tiempo en ocho meses de amistad a contarte mi historia. Y sintiendo el aliento de la muerte en mi nuca, me dispongo a hacerlo como si se tratara de mi testamento. Además, es agradable recordar tiempos mejores. Tiempos en los que había paz, en los que no se te perseguía por cuestiones de religión, raza o ideología. ¿No sería maravilloso que las leyes impidieran estos actos de barbarie?

Si te contase todo lo que he visto… Las mutilaciones, las muertes, los disparos, las torturas. ¿Pero qué te voy a contar a ti si estuviste en la Gran Guerra? Me suelo preguntar si las armas eran tan horribles como ahora.

Perdón, me desvío del tema. Angelika comenzó a cartearse conmigo dos semanas después. Al principio era fría, distante y parecía que escribía por obligación conmigo, no por que quisiera hacerlo. En verdad era así. Eran agradecimientos vacíos y preguntas sobre la salud de su padre. No me importó, me hacía feliz el poder ayudarla.

Con el paso de los meses encontré un tema común: la literatura. Me fascinaba leer sus pensamientos sobre esta, veía los libros como puertas a lugares mejores, yo como puertas al conocimiento. Así, entre carta y carta podríamos recopilar un ensayo de porqué la literatura es maravillosa y debe ser extendida. Angelika veía tristemente el hecho de que no todos pudieran acceder a los libros, tampoco tenían la oportunidad de leer. Por eso quería ser profesora, era su sueño.

Es uno de los motivos por los que me enamoré de Angelika, luchaba como yo por una causa justa.

Ah, si hubiese sabido cuando hablaba de Manrique con ella que había también otra fuerza que igualaba a las personas… La guerra. Es cierto que no tiene el mismo poder de igualación, pero míranos a todos ahora. Todos los que estamos aquí hemos dejado a nuestras familias atrás, teníamos trabajos, amigos y los problemas parecían menores por todo lo que teníamos. Ahora solo nos queda recurrir a nuestro instinto de supervivencia.

Cuando volví a encontrarme con Angelika, por segunda vez en mi vida, hablamos del regalo de la vida. <<La vida es un regalo que se nos otorga al nacer. Pueden quitarnos todo lo material, pueden apartarnos de nuestras familias y amigos, podemos vernos sin nada; mas este regalo seguirá con nosotros hasta que nosotros no lo abandonemos a él>>. ¿Cómo no enamorarme de ella?

Habían pasado unos seis meses. Ella decidió venir a estudiar a Francia para poder ser profesora. Yo le ofrecí gratis una habitación de mi apartamento en Estrasburgo. No era algo que hacía por hacer. Ya había alquilado varias veces esa habitación para estudiantes. No obstante, en este caso permití que Angelika se quedara gratis puesto que su familia no tenía demasiado.

Supongo que entenderá mi buen amigo que pasó después, ¿verdad? Me quedé prendado de ella. Su perspicacia al hablar, sus gestos, su inteligencia desbordante y su risa… Todo en ella me parecía perfecto. Evidentemente, también tenía sus fallos, pero ya sabes que cuando uno está enamorado todo se ve de color de rosa.

Terminamos casándonos al poco de terminar su carrera. Viví con ella unos años maravillosos que ni los nazis podrán arrebatar de mi mente. Esos recuerdos son mi mayor tesoro, ahora que la guerra no dejó nada más que dolor.

Ella se quedó embarazada. Pero la guerra nos separó. Ella me arrebató a mi hijo y a mi mujer.

Cordialmente,

Jérôme Flamcourt.

 

22 de mayo de 1944

Querido René Cassin:

Probablemente, esta sea la última vez que le pueda escribir. No dispongo de mucho tiempo más antes de mi «gran» misión. Soy desconocedor de las probabilidades que tengo de sobrevivir, pero juraría que no son demasiadas.

Mi buen amigo, largo y tendido discutimos ya sobre lo que era la guerra en una ocasión, por eso te pido, como única persona a la que me queda por recurrir, que impidas de nuevo una situación como esta.

Sé que es casi imposible evitar guerras, no obstante rendirse no es la solución. Si muero, actúa para que mi muerte no sea en vano. Para que ninguna de las muertes que ha dejado esta fría y salvaje guerra ha dejado por el mundo sean en vano. Utiliza mis palabras si quieres para divulgar el mensaje de un humilde médico al que no le quedó más remedio que ver como su esposa embarazada partía hacia una muerte segura. Ella debió de pensar lo mismo al verme irme al campo de batalla.

El día en que nos separamos, con ayuda de unos amigos conseguí encontrarle asilo en Suiza. Era mejor que su plan de volver a Alemania. Decía que era alemana, que no la harían daño… Pero eso sabía que era falso. Habían llegado hasta nosotros cientos de noticias de madres solteras apresadas. Ella no sería la excepción. Y, además, si descubriesen que el niño que estaba a punto de nacer tenía sangre francesa no dudarían en matarlos a ambos.

Solo rezo todos los días para que ambos estén bien. Quisiera que mi hijo viera un mundo en paz, incluso si eso me cuesta la vida, lo merece. He perdido ya toda esperanza de sobrevivir, al menos mi esperanza en el ser humano. Yo luchaba porque el hombre era bueno, yo luchaba por un mundo mejor, y mira ahora. Los seres humanos se están matando entre sí en la mayor guerra que ha acontecido nuestro mundo. Si no les paramos los pies, llegará un día en el que no solo nuestra raza se extinguirá sino el mundo también.

Ojalá hubiera un milagro que ponga fin a esta guerra. Ojalá todos fuésemos iguales, con los mismos derechos y deberes. Unos que nos unan como hombres, como seres humanos valiosos. Una carta a la vida sobre qué somos realmente y a dónde vamos todos juntos y en paz.

Si encuentras a Angelika y a mi hijo, diles que los quería y que siempre esperé por volverlos a ver. Los he amado más que a nada en este mundo. Espero, de todo corazón, que cuando todo esto termine puedan ser felices en un mundo mejor. Y es que un mundo sin ellos, no valdría la pena.

Cuídate René, ten una larga y buena vida.

Con mis mejores deseos, se despide atentamente,

Jérôme Flamcourt.

 

 

12 de diciembre de 1948

París, Francia.

 

–¿Qué piensa usted de las cartas que le he mostrado, señora Roosevelt?

–Nunca me dijo que varios de sus artículos estuvieron basados en la historia de amor de un amigo suyo.

–Creí que si contaba originalmente la fuente pensarían que era un majadero.

–¿Ahora no lo cree, Cassin?

–No. Pienso que mi buen amigo se merece el reconocimiento que le corresponde. Por gente como él, el mundo puede llegar a ser un lugar mejor.

–Muchas de las personas que he conocido en esta vida prefieren llevarse el mérito ante un acto como el que hemos realizado, ¿por qué usted no?

–Por justicia.

–¿Justicia?

–Él me pidió que buscara a su mujer y a su hijo y no he podido localizarles en todos estos años. No solo por su familia, sino por todas aquellas que se han visto afectadas por la guerra. Merecen reconocimiento. Todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida me han influido al escribir mis artículos, sobre todo mi amigo Flamcourt. Por ello, todas las personas de una manera u otra merecen este reconocimiento, dado que las unas se influencian sobre las otras. Flamcourt tenía razón, todos somos sujetos de unos mismos derechos y deberes que nos unen como especie. Él y mis propias experiencias me animaron a participar en su proyecto.

La mujer de cabello cano sonrió.

–Deberíamos recompensar a su amigo, ¿no cree? ¿Sabe usted si sobrevivió?

–Tampoco lo sé. Su paradero es un misterio junto al de su familia.

–Tal vez él encontró a su mujer y su hijo y fueron a empezar una nueva vida lejos del viejo continente. Es lo que haría yo en su caso, claro está. Es una mera suposición y un cierto final feliz a su historia, porque creo que su historia lo merece.

–Sí. Él lo merece sin duda.

–Supongo que él no le envió las cartas porque pensase que iba a escribir algún día parte de la Declaración de Derechos Humanos. Sus palabras pesimistas buscaban un atisbo de paz en la sombra de la guerra, una forma de unir los cachos que rompieron las almas de las naciones.

–¿Señora?

–Lo que intento decir, René, es que no lo hizo por el reconocimiento, lo hizo por el bien común. Hombres que buscan el bien más allá de la verja de su jardín son los que cambian el mundo. En conclusión, la recompensa que merece es no descubrir su paradero al mundo. Parece que ya llevó a cabo su misión y después de eso decidió darle otra oportunidad al mundo.

–¿Y si todos murieron?

–Todos terminamos muriendo al final de nuestra vida.

–Me refiero en combate.

–Oh, bien, pues si descubre que fue asesinado o muerto en combate, sus cartas serán publicadas y el mundo conocerá su historia. Si no encuentra nada que certifique su muerte, su historia seguirá en el anonimato. Es la mejor recompensa que le podemos dar a este pequeño héroe: una vida feliz y en paz con su familia en un mundo que acaba de renacer.

Ladyfrance.

 

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