La desaparición del agente del C.N.I

Iba de camino al briefing, junto con dos compañeros. Entramos nos sentamos y llegó el general. Dos minutos más tarde de ponernos al día con los casos recientes, el general nos informó que mis dos compañeros y yo debíamos quedarnos en la sala. Una vez que el resto se fue, el general nos comunicó que uno de sus agentes había desaparecido hacía unas siete horas. Se trataba del agente Lemos, y  parecía que nosotros llevaríamos a cabo la misión. Salimos de la sala con el general, el se fue por la izquierda y nosotros hacia la derecha donde estaba la mesa del agente Lemos, a ver si encontrábamos algún hilo del que poder tirar. Buscando entre sus cajones encontrábamos las diligencias de un caso no terminado del que se había estado ocupando Lemos. Hablaban de un caso de secuestro. ¿No era demasiada casualidad? Siempre al final de las diligencias se ponen los posibles sospechosos, y en esa parte había cinco personas. Luis Ferrer Barrios, Carlos Bustamante García, Javier Baños Solar, José Luis Manso Bustillo y María Dolores Fernández Merino. Como no sabíamos qué hacer para encontrar a nuestro agente, le pedimos a Hernández nuestro agente de la U.I.T. que localizara a los sospechosos. El primer sospechoso, o mejor dicho, sospechosa, era María Dolores. Tenía algunos antecedentes de robo además de ser la sospechosa de este caso. Era sospechosa porque el desaparecido le debía algo de dinero. Mientras, nuestro compañero Hernández intentaba encontrar la localización del resto de los sospechosos. Nosotros creamos en el corcho el esquema con los pocos datos que teníamos sobre el caso. Hacía ocho  horas que el agente Lemos no daba señales de vida, no estableció ningún tipo de llamada telefónica con su madre al levantarse, algo muy raro. Además de no acudir al trabajo ni tener el móvil encendido. Todos sabíamos que se trataba de un secuestro y también éramos conscientes de que las primeras horas eran clave para encontrar a Lemos con vida.

De repente apareció Hernández, había localizado a Carlos, otro sospechoso. María Dolores estaba a tres kilómetros, pero Carlos a diez. Estábamos muy preocupados por nuestro compañero y por no saber cómo salvarle de esta. Todos sabíamos que para no perder el tiempo solo teníamos una alternativa, buscar a los dos sospechosos que teníamos localizados. Empezamos con María Dolores la más próxima, aunque claro que sabíamos que la localización no era exacta pero, era nuestra única opción. De camino nos llamó el agente Hernández el de la U.I.T. y nos dijo que había averiguado  el domicilio de la sospechosa. Así que con el navegador fuimos donde actualmente vivía María Dolores con su marido e hijos. Llamamos al timbre y nadie nos abría, fue cuando llegó un vecino y entramos al portal con él. Subimos hasta el sexto piso y volvimos a llamar al timbre, nadie nos abrió. Entonces tuvimos que aporrear la puerta. Cuando ya casi la íbamos a derribar nos abrió una señora que parecía indignada. No sé quién se pensó que éramos pero no nos habíamos confundido de hogar: frente a mí estaba María Dolores. Inspeccionamos a fondo el domicilio y no encontramos nada sospechoso. Pero al llegar a la terraza vimos a sus dos hijos llenos de heridas y moratones. Allí teníamos la solución de por qué no nos  abría la puerta. Nos fuimos a comisaría con María Dolores y su marido detenido, y también nos encargamos de los niños. Fuimos donde el general y él les asignó el caso a la policía nacional. Era bastante obvio que se tiraría varios años en la cárcel, pero por el secuestro. Consulté mi teléfono y vi que tenía varias llamadas del agente Hernández. Fui a su cueva, donde tenía todos sus aparatos informáticos y siempre está a oscuras. Cuando se inmutó de mi presencia me contó que había encontrado los otros domicilios de los sospechosos. Sabíamos en qué ciudad o pueblo se instalaba cada uno y también su dirección. Menos de Carlos. Sabíamos que vivía en Castilla, pero no su domicilio. Aunque a pesar de eso fuimos a investigar al resto.

Fuimos donde vivía el electricista Javier Baños, él sí nos abrió la puerta y le hicimos algunas preguntas. Después repetimos la misma acción que en casa de María Dolores, miramos rincón por rincón la casa. Sabíamos que era sospechoso debido a una humillación bastante grande. Pero ni encontramos nada ni me pareció el secuestrador. Fuimos rumbo a la otra casa la del señor José Luis Manso un abogado con bastante fortuna. Vivía en un polígono alejado de la ciudad. Su casa era bastante grande llamamos al timbre y nadie nos abrió. Decidimos romper una ventana y así entrar. No había nadie. Pusimos una microcámara que anteriormente nos dio el agente Hernández para alguna emergencia, era el momento de usarla. La colocamos en la entrada para saber cuándo llegaría y fuimos donde residía Luis Ferrer. Una vez dentro de su casa hicimos lo mismo de siempre, y encontramos  un arma ilegal. Le detuvimos y en medio de la detención me llamó el agente Hernández. Había encontrado el último domicilio donde debíamos ir. Pero teníamos que interrogar a Luis. Le comenté toda la situación al general y él llevó a cabo el interrogatorio. Parecía mentira que ya fuesen las nueve y media de la noche. Pero no había tiempo que perder. Ibamos a montarnos al coche cuando Hernández nos llamó. Nos dijo que fuéramos con urgencia porque parecía que José Luis había llegado a casa. Fuimos a ver lo que ocurría. No entró solo, sino acompañado de un guardaespaldas al que le decía que esa misma noche preparase el arma y estuviese a las doce en punto donde siempre para llevar a cabo el plan acordado. No hacía falta ser muy listo para saber que era el secuestrador. No informamos al general de lo rápido que fuimos a su casa. Entramos por la ventana rota sin que se diera cuenta, agarramos a José Luis y su guardaespaldas y les pusimos las esposas. Les obligamos a llevarnos donde tenían escondido a Lemos. No querían confesar hasta que les dijimos que había pruebas y les apuntamos con la pistola. Estaba atado a una  columna dentro de una nave. Cuando nos preguntó Lemos que cómo habíamos podido sospechar de José Luis, le contamos toda nuestra aventura durante la misión, añadiendo que era posible que uno de los sospechosos a los que investigaba seguramente se habría enterado y quería vengarse de él, quitándolo de en medio. Cuando llegamos donde el general, nos esperaba junto con el agente Hernández. El general nos felicitó pero, nos dijo que todavía quedaban casos por resolver. Siempre me gustó mi trabajo a pesar de lo peligroso y agotador que era.

                                                                                                  Enid Blyton



 

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