LA FÁBRICA DE SUEÑOS

Alicia era demasiado pequeña para saber a qué quería dedicarse el resto de su vida; tan solo tenía nueve años, y a esa edad, todos los niños piensan únicamente en divertirse y en hacer amigos. De hecho, ninguno de sus amigos parecía tener prisa por averiguarlo.

Los padres de la niña, sin embargo, mostraban su preocupación al respecto: ¿cómo podía su hija ignorar algo tan importante como aquello? Ellos habían descubierto lo que más les apasionaba con su misma edad y se extrañaban de que Alicia se comportara con indiferencia. Durante mucho tiempo creyeron que se dedicaría a lo mismo a lo que se dedicaban ellos y que, anteriormente, habían comenzado sus abuelos: el negocio de los zapatos. Era éste un negocio próspero y que generaba bastantes ingresos; en su ciudad natal, los padres de Alicia eran notorios gracias a la zapatería. No obstante, Alicia lo encontraba aburrido y tedioso; siempre haciendo zapatos… Así había pasado su infancia, criada por sus padres y docenas y docenas de zapatos a su alrededor, por eso le resultaba realmente difícil contarles la verdad. Ella no quería trabajar haciendo zapatos.

Alicia prefería observar el mundo a través de la ventana de su cuarto, intentando descifrar la expresión de los rostros huraños que pasaban por delante de su casa, imaginando los problemas que podían estar ocultando. Era una rutina que comenzaba después de terminar los deberes del colegio, en lugar de salir a jugar con sus compañeros de clase. Muchas veces llegaba a la conclusión de que la mayoría no tenía buen aspecto y aquello, se decía, era algo que tenía que cambiar. Como era el caso de su vecina, a quien el tiempo había tratado mal y apenas si podía caminar sin ayuda de su andador; además, su vista empeoraba por momentos y su memoria empezaba a desterrar tanto los buenos recuerdos como los malos. Cuando alguien le preguntaba algo, ésta solía evadir el tema con aspavientos e intentaba acelerar el paso; sin embargo, Alicia no quería dejarla sola y por eso, en ocasiones iba a visitarla a su casa, le llevaba galletas o incluso, la invitaba a su fiesta de cumpleaños.  

La pequeña quería ayudar y sabía que no lo conseguiría arreglando y fabricando zapatos. Pero sus padres estaban lejos de entenderlo.

No obstante, un buen día, Alicia se enteró de que en el colegio iban a hacer una excursión a una fábrica. No se trataba de una fábrica cualquiera, sino de la prestigiosa fábrica de sueños.

  • ¿Fábrica de sueños? –repitió con incredulidad.
  • Sí, sí, es una fábrica que te habla de tus sueños –le explicó su amigo Martín.
  • Creo que no lo entiendo –replicó Alicia.

En ese momento la profesora se acercó.

  • ¿A qué se debe este alboroto? –preguntó.
  • Le estoy explicando lo de la fábrica, pero no lo entiende –contestó atropelladamente Martín.
  • Hoy vamos a hacer una visita a la fábrica de los sueños –comenzó la profesora-. Es un lugar en el que se determina el trabajo ideal acorde con tus habilidades. Puede que por fin logres encontrar uno que te guste –le guiñó un ojo-. Ahora, poneos en orden de lista y portaos bien.

La fábrica en cuestión  no se encontraba demasiado lejos; aun así, era la primera vez que Alicia la veía. No era especialmente llamativa salvo, quizá, por su envergadura: tanto ella como el resto de sus compañeros la encontraron enorme. Justo a la entrada les esperaba una mujer de mediana edad; cuando entraron, les sonrió.

  • ¡Qué jóvenes tan encantadores! –exclamó-. ¿Quién de vosotros ya sabe qué quiere ser de mayor? –muchos gritaron y saltaron para hacerse oír entre la multitud; sin embargo, Alicia se quedó quieta, lo que llamó la atención de la mujer-. Y tú, jovencita, ¿todavía no lo sabes?
  • No –respondió, lacónica y con los brazos cruzados.
  • No te preocupes, seguro que al final de la visita ya lo tienes un poco más claro –comentó en tono alegre-. Precisamente, para eso estoy yo aquí: yo seré vuestra guía. Me llamo Carmen y os voy a enseñar el interior de la fábrica de sueños.
  • ¿Es verdad que aquí se fabrican los sueños? –preguntó Martín.

Carmen rio.

  • No, los sueños no se fabrican; simplemente, se encuentran.

Martín se colocó al lado de Alicia y le susurró:

  • ¿No te parece emocionante?
  • Supongo… –convino.
  • Bien –continuó la guía-. Quiero que sepáis que la fábrica está dividida en dos partes, al igual que el cerebro humano. Comenzaremos con el lado derecho, que se corresponde con la parte creativa de las personas.
  • Genial –gritó Martín.

Carmen los llevó por una serie de pasillos y atravesaron distintas salas, que distaban bastante de lo que la niña entendía como fábrica. De hecho, nada de lo que había en aquel extraño lugar era funcional: había cuadros colgados en las paredes, sofás, futbolines y billares e incluso se tropezaron con gente bailando. Por fin, llegaron a una sala y la guía les pidió a los niños que se acercaran a la barandilla y asomaran la cabeza. Todos se sorprendieron sobremanera cuando un libro pasó volando cerca de ellos.

  • Como podéis observar, esta sala está dedicada a todo lo que tiene relación con los libros: toda la literatura, desde el cuento más corto a la novela más extensa se almacena aquí.

Había cientos de estanterías que se comunicaban entre sí por puentes y escaleras que no parecían llevar a ninguna parte. Los libros revoloteaban hasta colocarse en lugar correspondiente y además, algunos se leían solos. Martín reprimió una exclamación cuando escuchó que su libro preferido estaba siendo narrado, precisamente, por un libro.

  • ¡Es increíble! –exclamó con los ojos brillantes por la emoción.

La siguiente sala que atravesaron era la relacionada con el arte, según les había explicado Carmen.

  • Aquí se pintan cuadros y se tallan esculturas, entre otras muchas cosas. Si os apetece, podéis intentar pintar vosotros mismos un lienzo.

Carmen les proporcionó pinceles y pintura necesarios para que pudieran llevar a cabo la tarea. Mientras tanto, Alicia escudriñaba la explosión de colores que la rodeaba sin demasiado interés; sabía que las esculturas y los cuadros que estaban allí expuestos eran de gran valor, incluso algunas de las estatuas que parecían inmóviles se retorcían y andaban como una persona normal. Sin embargo, aquello le recordaba, en cierto modo, a la zapatería en la que trabajaban sus padres.

La guía se aproximó hacia la pequeña con curiosidad al percatarse de que no había comenzado a pintar.

  • ¿No te viene la inspiración? –preguntó.

Alicia volvió a la realidad.

  • No… no es eso; es que… verá, no se me da muy bien pintar.
  • ¿Por qué no lo intentas?

La alumna obedeció y, tras reflexionar unos segundos, se acordó de su vecina y de todas las personas que, en vano, intentaban encubrir bajo una máscara de despreocupación problemas que resultaban más que evidentes para Alicia. Sujetando el pincel con firmeza para que no le fallara el pulso, esbozó dos figuras: la primera llevaba muletas y la segunda le ayudaba a andar.

Carmen observó el dibujo con interés.

  • Sugerente –se limitó a decir.

Avanzaron a través de las distintas salas y concluyeron la visita con la sala de la música: un imponente escenario en el que había una orquesta que tocaba sin descanso. Alicia se apoyó en la barandilla a escuchar y reflexionar.

  • ¿Te está gustando la excursión? –inquirió la profesora.
  • Sí.
  • Y aquí concluye la parte creativa; ahora continuaremos con el lado izquierdo o el que se corresponde con la lógica –anunció Carmen; hubo algunas quejas, pero enseguida se apagaron.

A pesar de haber estado andando durante toda la mañana, Alicia sintió cómo le volvían las fuerzas para visitar el resto de la fábrica.

  • Sé que muchos consideráis que las ciencias pueden resultar aburridas –dijo Carmen-, yo me incluyo; pero quiero que me digáis qué pensáis de esto.

Los alumnos se acercaron nuevamente a la barandilla y contemplaron con asombro las grandes construcciones. Muchas de ellas eran edificios que adoptaban formas imposibles; otras eran puentes con giros laberínticos de más de ciento ochenta grados y algunas lograban cambiar de color camuflándose con el resto.

Todos dejaron escapar exclamaciones de admiración, y tanto la profesora como la guía sonrieron, satisfechas.

  • ¿A alguno de vosotros os gusta la arquitectura?
  • A mí –respondió una niña.
  • Muy bien; espero que de mayor me construyas una casa mejor que la que tengo ahora –bromeó Carmen.

Dejaron atrás aquella sala y se adentraron en otra que bien podría haber pertenecido a la parte creativa de la fábrica, porque el entorno parecía haberse escapado de una historia de ciencia ficción. Esta vez, la guía les permitió bajar las escaleras y caminar entre los miles y miles de cristales en formación; los había de todos los colores y tamaños: algunos tan pequeños como una hormiga y otros tan grandes como una columna; y lo más impresionante era que seguían creciendo.

Carmen los reunió en un círculo para que pudieran ver de cerca los reflejos irisados que producían los cristales.

  • Gracias a una serie de experimentos, hemos conseguido acelerar su crecimiento, y lo que antes tardaba días en formarse, ahora tarda minutos.
  • No parece real –murmuró Martín.

Alicia suspiró y asintió con la cabeza. Todas las salas que habían atravesado le resultaban interesantes, pero ninguna había logrado cautivarla. Quizá fuera la única de su clase que no supiera qué quería ser de mayor y aquello la desmotivó.

  • Me temo que se nos acaba el tiempo de la visita –anunció Carmen-. Hay muchas más salas, pero creo que todavía podemos ver otra.

Esta vez no subieron las escaleras y continuaron andando a través de los cristales hasta llegar a la última sala. Alicia abrió mucho los ojos y reprimió una exclamación.

Había decenas de trabajadores uniformados que no paraban de moverse de un extremo de la sala al otro; llevaban informes e instrumentos como estetoscopios o esfigmógrafos. También había mesas llenas de microscopios y camillas en las que descansaban algunos pacientes. 

  • Esta sección está dedicada a la medicina, entre otras ciencias –explicó Carmen-. En aquella parte –señaló uno de los extremos-, tenemos la zona de rehabilitación.

Alicia observó el esquemático dibujo que había realizado antes y comprobó que había un hombre con una muleta ayudado por un médico en la zona que había indicado la guía. Exactamente como en su dibujo. Se emocionó al darse cuenta de que tal vez ella también podía ayudar a aquella gente; se dio cuenta de que la medicina podía mejorar, de forma notable, la vida de los que la rodeaban: era una forma de cambiar el mundo y ella lucharía por que se hicieran realidad sus sueños, porque no quería seguir haciendo zapatos; quería ser médica.

Casi treinta años más tarde, aquel dibujo tan simple y simbólico colgaba en una de las paredes de la consulta de Alicia; y cuando alguien le preguntaba si lo había dibujado un niño, ella recalcaba que lo había dibujado una niña con un sueño. No solía dar más explicaciones, y tampoco hacían falta. Sus padres, treinta años atrás, habían comprendido a la perfección las motivaciones de Alicia para ser médica y la habían respaldado en todo momento para que cumpliera su sueño. Aquello le dio fuerzas para que se hiciera realidad, y no quedara en el olvido como aquellos cientos de zapatos que podría haber fabricado. Lo que no cayó en el olvido fueron las sonrisas que logró sacar; una de ellas la de su vecina, que aunque nunca consiguió curarse del todo, siempre recordó todo lo que Alicia había hecho por ella.

Consultó el reloj de pulsera y se alegró de que su jornada hubiera acabado; uno de los inconvenientes de ser médica eran las largas horas de trabajo, aunque, en verdad, poco le importaba. Recogió todo y volvió a su casa donde la esperaban Martín y su hijo, Lucas.

Se encontró a su hijo, Lucas, discutiendo con su padre. 

  • No sé si quiero ir –farfullaba Lucas.
  • ¿Qué ocurre? –intervino Alicia, después de dejar el abrigo en la silla.
  • Lucas no quiere ir a la fábrica de sueños –le explicó.
  • ¿Has puntualizado que es una fábrica que te habla de tus sueños? –bromeó ella.

Martín hizo una mueca y sonrió. A pesar de todo el tiempo que había transcurrido, Alicia todavía recordaba el día en que visitó la fábrica de sueños, que tantas incógnitas había resuelto. Y también recordaba las explicaciones de Martín, que poco a poco la habían enamorado.

  • ¿Por qué no quieres ir? –quiso saber la médica.
  • Pues… es que… no sé qué quiero ser de mayor –trastabilló.
  • Pero eso no importa –su madre se agachó para quedar a la misma altura-, yo tampoco sabía lo que quería ser y me divertí mucho en la visita.  Además, puede que solucione tus dudas, y si no, no te preocupes, tienes todo el tiempo del mundo para decidirte.
  • E irás con tus amigos y, lo mejor de todo, perderás clase –agregó Martín.

Consiguió sacar una amplia sonrisa a Lucas, aunque Alicia le fulminó con la mirada.

  • Un profesor de literatura no debería decir eso.

Este se encogió de hombros; al igual que Alicia, él también había descubierto lo que quería ser de mayor en la fábrica y le apasionaba la idea de que su hijo tuviera la oportunidad de verla a la misma edad que sus padres.

  • El caso es que no deberías desperdiciar una oportunidad así –dijo-. Esa fábrica te ofrecerá mucho más de lo que puedas imaginar.
  • Entonces, ¿te animas ahora? –le apremió Alicia, cogiéndole las manos.

Vio en el rostro de su hijo las mismas dudas que le habían asaltado a ella hacía tanto tiempo, y sintió ternura por él.

  • Bueno, vale.

Se fue a dormir y sus padres se quedaron en la sala de estar hablando.

  • ¿Crees que será médico? –preguntó Martín-, ¿o quizá arquitecto?, ¿pintor o escritor?
  • ¿Acaso algo de eso importa? –contestó Alicia.

Él suspiró y sonrió para sí.

  • No, ciertamente, no importa.

Jory Cassel



 

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