La historia oculta de un auriga

Me llamo Celsus y soy uno de los mejores aurigas que ha tenido la Corporación de los Blancos (también llamada Albata). A pesar de que corrían tiempos difíciles cuando comencé a participar en las carreras del Circo Máximo, pude alcanzar la fama en tan solo unos años. Recuerdo mi primer día en el gran Circo de Roma como si fuera ayer:

Aquel día me desperté a primera hora de la mañana envuelto en sudor. Acababa de tener una pesadilla en la que casi pude tocar con mis dedos los peligros a los que iba a estar expuesto aquel día. Cualquier nuevo auriga estaría aterrado con lo que le esperaba allí, aunque hubiese participado en otras carreras como en las de Emerita Augusta o las de Massilia, en las que yo ya había obtenido triunfos. Pero aquellas no tenían ni punto de comparación con las de Roma.

Salí de la domus de mi dueño y me dirigí a la domus en la que vivía mi madre. Entré y fui a la cocina, donde sabía que estaría mi madre ya a esas horas. Mi madre era esclava de un oficial del ejército llamado Mamercus Cornelius Escauro y se encontraba amasando el pan cuando llegué.

-¡Ave madre!-

-Ave hijo, ¿para qué vienes a perturbarme? Sabes de sobra que el oficial te vendió a otra familia y no te quiere volver a ver por aquí. No me imagino lo que me pasaría si te hiciesen algo…-dijo mi madre entre sollozos – Espero que no acabes como tu padre.

-Lo sé madre, pero vengo para despedirme.- dije firmemente

-¿Despedirte? ¿A dónde vas? ¿Has hecho algo malo? -preguntó mi madre dubitativa.

-Me dirijo al Circo Máximo… es posible que no me vuelvas a ver… por eso quería despedirme de tí.- confesé a mi madre.

-¡Por Júpiter! ¿¡Cómo puedes haber llegado hasta allí?! – dijo sorprendida la mujer que se encontraba ante mí. A mí lo que me sorprendíó es que todavía no se hubiese dado cuenta.

-No te acordarás -le dije-. Hace algunos años, cuando era pequeño, el amo Mamercus me dejó un potro para que se lo guardara en el establo. Ese día le desobedecí y me escapé a dar un paseo con el animal. De repente, un hombre que se suponía que había sido enviado por Mamercus para espiarme, me paró y me empezó a recriminar con gestos y palabras cada vez más lacerantes mi conducta dejándome en ridículo delante de todos: niños, mujeres, hombres y esclavos. Todos se burlaron de mí. En ese instante hubiese deseado que la tierra me tragara para no sufrir semejante vergüenza.

Sin embargo no todo fue malo. Un patricio salió de la escandalosa multitud, rodeado por un séquito de esclavos musculosos y ordenó a sus esclavos que apartaran a la muchedumbre, por lo que asustados de que el señor fuera alguien muy importante, los plebeyos que allí estaban se esfumaron como el viento, incluyendo al supuesto mensajero. Tan sólo quedamos un grupillo de ancianos y mi persona. Yo me quedé pensativo y la gente retomó sus tareas. El patricio se me acercó con la rapidez de un rayo, tanto que pensé que era un enviado de Plutón para matarme, pero cuando me habló, lo hizo con una voz serena y tranquilizadora, llegando incluso a confundirla con la de mi difunto padre:

-Joven- comenzó a toser- ¿eres un ciudadano o un esclavo?-

-Esclavo, señor. Soy propiedad de Mamercus, de la gens Cornelia, apodado Escauro, oficial y fiel servidor del César.- contesté en un tono mediano, ni muy fuerte ni muy bajo, pues a los aristócratas les gusta que les traten con respeto, y más siendo yo esclavo.

-Así me gusta, fiel a tu amo, al César, a Roma… -añadió riéndose -el esclavo perfecto. -dejó de hablar durante unos segundos, luego preguntó: -¿y qué te trae por aquí?-

-No soy el esclavo perfecto -repliqué un tanto confundido-, me acabo de fugar con este potrillo. Siempre que tengo la oportunidad, no me resisto y salgo a dar una vuelta… siempre me pasa.- confesé al desconocido.

-No te preocupes, no diré nada a tu amo, pero a cambio quiero que vengas conmigo.- dijo elevando la voz -¿Has oído bien?-

-¡Sí, señor!- exclamé totalmente seguro.

-Bien, bien. -añadió satisfecho el anciano, mientras se acariciaba su canoso pelo.

 

Cuando llegamos a casa de Mamercus, dejamos el potro y nos dirigimos a su villa en carro, la cual se encontraba a cierta distancia de Roma.

Allí el anciano analizó mi habilidad como jinete, y finalizada la prueba me miró brillándole los ojos de alegría y exclamó:

-¡En mi vida he visto a alguien galopando tan bien sobre un caballo, y encima siendo esclavo! ¡Ni mis propios hijos galopan como tú!

 

Ese comentario no agradó ni a sus hijos ni a sus hijas que se encontraban sentados sobre unas sellas asistiendo a la escena. Desde entonces, sus hijos siempre han tenido envidia de mí. Me di cuenta de ello cuando miré a Cethega, la hija mayor, la cual me gruñó tan fuerte que su padre tuvo que reñirla:

-¡Por favor, compórtate delante de los invitados!- gritó su padre iracundo. La verdad es que lo confundí de nuevo con el mismísimo Plutón.

-¿Invitado? ¡Pero si es un maldito esclavucho! ¡Si no me da la gana no voy a respetarle!- dijo colérica la maleducada hija de Cethegus. Esa chica no había sido corregida en la vida por sus padres por lo que estaba acostumbrada a hacer lo que quería. Al escucharlo, su padre se puso rojo como un demonio y exclamó mirándola (solo le faltaban los cuernos):

-¡JOVENCITA, TE VIENES CONMIGO YA MISMO!.-

-¡Qué no! ¡Qué no! ¡Qué no! ¡Qué no! ¡Qué no! ¡Qué te calles viejo!- dijo la muchacha sacando la lengua a su padre. -¡Con esa cara, seguro que asustas incluso a Medusa!-

-¡YA TE HE SOPORTADO DEMASIADO! ¡Llévatela! -gritó a la sirvienta que estaba de turno. Ésta se asustó, y lloriqueando se llevó a la muchacha a rastras. La chica no paraba de maldecir a su padre y deseándole que se muriese. Además comenzó a ponerse nerviosa y gritó a la muchacha que la arrastraba:

-¡No me toques o te mato!-

Y la madre que estaba detrás de ellas, salió corriendo tras su hija sin decir ni una palabra.

 

Luego el hombre se levantó y rápidamente se fue tras su mujer. Nos quedamos solos y se hizo el silencio, aunque no duró ni un minuto. Mientras, Cethegus mandó buscar a un oráculo; pues debía de estar poseída por un espíritu, ¿y quién mejor que un oráculo para sacar a un espíritu de una pobre muchacha? Cuando ya se alejaron, comenzamos a reírnos. Tantas fueron las carcajadas que Cethegus pegó un grito para que nos calláramos desde la casa.

 

Cethegus Maior (el hijo primogénito del viejo Cethegus) me compró por 30 denarios de plata (yo creo que por lo menos valía 100 denarios, ¡qué poco que me quería mi amo! Gracias a los dioses, mi nuevo amo tuvo piedad de mí y me permitió continuar viviendo en casa de Mamercus con mi madre.

Aunque yo sabía que él estaba extremadamente celoso de mí, no sé por qué ha hecho tantas cosas por mí, quizá tendría algo entre manos… Por ejemplo todos los caballos que necesito me los proporciona él.- expliqué con todo lujo de detalles. -Además me ha llevado a varias ciudades donde he corrido como auriga, y la verdad es que en poco tiempo he vuelto aquí.-

 

Al escuchar el relato, mi madre se quedó dubitativa, pensando en lo que le acababa de decir, pues todo ello era nuevo para ella. No le conté nada porque mi nuevo amo me ordenó que mantuviera todo en secreto y que no se lo contara ni a mi familia, ni a mis amigos, pues según él, esos datos eran propiedad suya. ¡Qué hombre más egoísta, se nota que no le enseñaron a compartir!

 

-Carpe diem, -dijo por fin-. Tu padre estaría muy orgulloso de tí. Rezaré a los dioses para que no te suceda nada en el porvenir.- agregó mi madre mientras me abrazaba y acariciaba el pelo; verme tan poco tiempo fue muy duro para ella.

 

Me había sobrepuesto a la despedida y la dejé sollozando en la cocina. Salí de la estancia y me dirigí entonces al patio trasero para salir de la domus. Era un patio hermoso: lleno de flores exóticas, toda clase de árboles frutales (como naranjos, perales, limoneros…), una fuente enorme en el centro y un altar junto a la puerta de la domus. El suelo estaba formado por miles de losas de mármol traídas de Grecia que formaban un camino hasta la gran puerta de la propiedad.

 

Estaba a punto de abandonar la domus cuando escuche pasos rápidos y ligeros, me volví y era mi madre que corría hacia mí. Estaba con la cara roja y sus ojos azules estaban totalmente irritados. Llevaba incluso sus ropajes mojados. Me miró, y luego, me agarró por el brazo diciendo:

-Mi vida, por favor no te vayas todavía, tengo algo que contarte; siento mucho no haberte contado la verdad sobre tu padre.

Esta vez el sorprendido fui yo. La miré expectante en silencio y comenzó su relato:

-Cuando todavía tu padre y yo éramos jóvenes, vivíamos en una insulae. Un día estando en la taberna se emborrachó y estando ebrio, apostó todo el dinero que teníamos. Nuestras deudas sepultaron nuestros ingresos y acabamos siendo vendidos como esclavos. Fuimos vendidos por separado y poco tiempo después tu padre fue asesinado. –interrumpió su relato y las lágrimas que afloraron de nuevo a sus ojos le impidieron seguir hablando.

 

Eso fue todo lo que me dijo: pocas palabras y con muchísima frialdad, no parecía mi propia madre, ¿qué habría sido de esa mujer que abrazaba a todos los esclavos de la casa? ¿Y esa señora que dejaba panes en cada dependencia para cada esclavo de la casa? Quizá Mamercus o alguien de su casa a mis espaldas le hacía algo a mi pobre madre… aunque tampoco es que tuviese mucho sentido. Serán tan sólo alucinaciones, sólo alucinaciones.

 

En ese momento, sin que yo pudiese responderle nada, salió corriendo en dirección a la domus y yo eché a andar saliendo de la propiedad. Pasados unos minutos, me encontraba frente al mercado (que se encontraba montado en el Foro romano) pues mi amo me dio permiso para que me comprara algo para desayunar (él sabía que no debía de pasar hambre siendo mi primer día en el Circo Máximo).

 

Entré por la entrada de la gran plaza porticada, con columnas de mármol pulida de orden corintio que daban la bienvenida a todos los transeúntes que por allí pasaban, mostrando con orgullo el poder de la gran Roma. Acto seguido vislumbré el gran templo blanquecino dedicado a Saturno, la Basílica Flavia, el Templo de Vesta y muchos otros edificios imponentes.

Los pájaros no paraban de cantar aquella mañana y soplaba una brisa proveniente del mar Tirreno, lo que hacía que se estuviese bien en el centro de Roma. Además desde la entrada se podía oler el olor a comida, y olía delicioso.

 

Por todo el Foro se veían niños correteando, mujeres regateando con los mercaderes, hombres entrando en los templos… aunque eso no era lo importante.

 

En el mercado de Roma había mercaderes provenientes de todo el mundo conocido; desde perfumes de Oriente hasta esclavos provenientes de Gallaecia.

-¡Al denario, al denario, preciosa!- gritó un hombre con los ojos rasgados, y con un acento extranjero. -Naranjas baratas y de calidad-

-¡Precios bajos todo el año! ¡Pan recién hecho!- gritó otro mercader que se encontraba en las cercanías -¡No habéis probado nunca semejante manjar!-

 

De repente noté que alguien me tocaba. Me giré bruscamente, y resultó ser una mujer que llevaba tapado su rostro con un velo (como si quisiese que nadie la reconociese) y con unos ropajes selectos de lino egipcio. Tras unos segundos de silencio, me di cuenta de que se trataba de Cethega Flavia, la nieta de Cethegus, con la cual me unía una intensa relación, que llevábamos en secreto. Los dos sabíamos muy bien que para un padre ciudadano romano era una vulgar infamia que su hija mantuviera una relación con un esclavo como yo, aunque a nosotros nos importaba un pepino; solo queríamos estar juntos.

 

La chica era muy joven, de unos 16 años, con pelo rubio largo y tez blanquecina, cabeza pequeña y cuello esbelto. Además su cara era hermosa: unos ojos azules como el Mare Nostrum, una nariz un pelín alargada pero no demasiado, unos labios pequeños e hidratados. Además su cuerpo era recto y era alta (respecto a la media).

Poseía un carácter muy distinto al de sus hermanos, era amable, sincera, empática y bondadosa.

 

Aquella mañana iba vestida con un elegante vestido blanco, hecho de lino y con tan solo unas pulseras y pendientes de oro, pues quería pasar desapercibida. También llevaba el pelo recogido en un moño y traía consigo unas flores.

 

Al mirarla, bruscamente me cogió por el brazo y me condujo por una serie de pasadizos que conducían a una especie de placeta que se encontraba detrás del Templo de Cástor y Pólux, que poca gente sabía de su existencia.

-¿Flavia, para qué me traes aquí?- dije en un tono normal.

-Baja el volumen- contestó Flavia mirándome seria -este sitio muy pocos lo conocemos, y no me gustaría que lo descubriesen. Además tengo algo que contarte y no te vas a creer.

-¿De qué se trata, hermosa mía?- dije a Flavia impacientándome. No era normal en mí, ya que soy muy paciente.

La muchacha me volvió a mirar y bajó la cabeza. Luego comenzó su relato:

-Verás, yo estaba paseando por los Jardines de las Termas de Caracalla, cuando vi desde lo lejos a mi hermano mayor (Cethegus Maior) y a un hombre que iba vestido con ropa grisácea, como de plebeyo, con el que conversaba. Al verlos, me escondí detrás de un arbusto y me comencé a preguntar por qué estaría hablando mi hermano con ese chico tan humilde si se supone que él sólo habla con ricos.

 

No tardaron ni un minuto en pasar por donde yo estaba y escuché:

-Debes mantenerlo en secreto y actuar con naturalidad. Nadie debe saber que seremos los culpables del asesinato.-

-Vale, pero, ¿qué haremos con el cuerpo del auriga novato?-

-Tirarlo al río, como hicimos con el otro.

Lo siguiente que escuché fueron carcajadas de los dos interlocutores. Así que ya sabes para que vengo.

 

En cuanto acabó el relato, abracé a mi amada y la cogí en brazos. Luego la besé apasionadamente, pues quería demostrarle mi amor. Sin embargo todo lo bueno se acaba, y ¿cómo no? Apareció un plasta que nos arruinó la fiesta; bueno en verdad fueron dos, pero lo que importa es que nos fastidiaron.

Mientras estábamos disfrutando de la tranquilidad, hablando de lo que nos había pasado, un mendigo y un soldado que le perseguía aparecieron en la placeta. Y detrás de ellos, un grupo de mercaderes furiosos.

 

En cuestión de segundos transformaron un sueño con mi Flavia, en una pesadilla, pero una de las que no te dejan dormir en toda la noche.

-¡Ese es el ladrón! ¡Ese!- exclamó un comerciante de frutas exóticas provenientes de Oriente.

-¡Alto en nombre del Senado!- gritó un soldado persiguiendo al delincuente y enseñando su afilado pugio. Luego intentó huir empujando a los vendedores, pero su perseguidor se abalanzó sobre él. Éste, gimió e intentó escaparse pero no sirvió para nada pues una mujer que llevaba aceite hirviendo tropezó con él y se derramó el líquido sobre éste.

-¡Ayyyyy!- gritó el hombre al entrar en contacto con el aceite. Luego exclamó dirigiéndose al soldado con una sonrisa macabra -¡Que Plutón se vengue por mi sufrimiento, y te lleve al Infierno!-

-¡Cállate miserable!- exclamó el soldado iracundo. -Te voy a mandar azotar y luego el iudex verá que hacemos contigo.

 

Aprovechando aquel desorden salimos corriendo Flavia y yo, y cada uno se fue por su camino. Por suerte conseguimos pasar inadvertidos, ¿qué hubiera sido de nosotros si alguien nos hubiese reconocido? Para relajarme un poco y comerme la naranja que acababa de ‘coger prestado’ de un puesto, me fui a otra plaza que se encontraba a cierta distancia del lugar de la escena anterior.

 

De repente, junto a una fuente, vi a Cayo, el famoso auriga proveniente del norte de Hispania, del que tanto solían hablar en la casa de mi amo. Según ellos provenía de la ciudad de Pompaelo, y era un excelente auriga desde su adolescencia. Además habían rumores de que era tan sanguinario como experto, el mejor de la época. Aunque no me asustaba lo que decían de él sino su aspecto:

Era un hombre joven, con una edad parecida a la mía (entorno a los 20 años), más alto que yo (1,75 cm), fuerte, con extremidades largas y manos enormes. Además tenía una tez morena como el barro y peluda como un oso. Su cara era alargada y con una barbilla marcada, sus ojos eran enormes negros y penetrantes, su nariz era larga y encorvada y sus labios eran grandes y gruesos. La verdad es que dudo por qué tendría una barba tan larga, (le llegaba hasta el pecho) estando en Roma, esa Roma ‘tan civilizada’ de la que tanto hablaban fuera de los limes.

 

Su carácter era extrovertido, muy abierto y soberbio, además de agresivo, antipático y egoísta.

 

Acto seguido, como por inercia, me acerqué a Cayo y le dije en tono desafiante:

-Ave Cayo, me llamo Celsus y voy a ser uno de tus rivales hoy en el Circo. Espera… ahora me acuerdo, no eres mi rival, vas a ser testigo de tu derrota-.

-Ave Celsus -contestó Cayo misterioso y con una sonrisa pícara -yo no estaría tan seguro… además, no creo que llegues al Circo Máximo.

-¿Por qué lo dices?- pregunté nervioso y comenzando a sudar.

-No, por nada- dijo sonriéndome siniestramente. -si te he asustado no era mi intención pues te deseo lo mejor, y que Júpiter te proteja por lo menos hasta el Circo porque sabes que esa zona es peligrosa, ¿no? Te lo digo como compañero y te deseo lo mejor.-

-Gracias.-dije despidiéndome de ese odioso hombre con una falsísima sonrisa. Presentí que en él que había algo que ocultaba, algo oscuro, de lo que Flavia se encargaría de desvelar. Sin embargo, lo que acababa de decirme, casi me confirmó lo que me dijo ‘Flavi’.

 

Cayo se alejó apresuradamente por una serie de callejuelas que salían del Foro y se dirigían respectivamente hacia múltiples lugares. Una de ellas le condujo a una calle bastante más ancha y limpia que las anteriores la cual dio a las puertas del teatro de Marcelo.

 

Mientras, yo me alejaba por las principales calles de Roma, yo no tenía ni idea de lo que hacía el otro. Allí, se encontraba un hombre extraño, el cual era el antiguo dueño de Cayo y con el que había hecho negocios anteriormente:

-Ave, Cayo -dijo el hombre misterioso -¿vienes a ver la famosa tragedia griega Edipo Rey de Sófocles? Sabes de sobra que eres hombre de confianza y siempre tienes reservado un sitio en el teatro.-

-No gracias, señor. Necesito a sus esclavos, pero para algo ilegal. Ya sabe, cosas de aurigas.- dijo Cayo sonriendo.

-Por supuesto, por tí hago lo que sea, pero ya sabes, tendrás que devolverme el favor ganando la carrera, pues voy a poner todos los medios posibles para que ganes, incluso a los jueces.- respondió el hombre en tono superior y advirtiendo a Cayo.

-¡Por todos los dioses! ¡Qué bueno que es usted conmigo!- dijo mi adversario como un perro a su amo. -¿Pero podría darse prisa? Necesito a esos esclavos ya mismo.- dijo Cayo poniéndose más nervioso.

 

El antiguo dueño de Cayo hizo una señal a sus esclavos y éstos se fueron tras Cayo. ¡Se trataba de un asesino! ¡Y estaban planeando asesinarme! ¡En plena calle! El amo de los esclavos se frotó las manos y dijo para sus adentros:

-Una victoria más para Cayo, mil sestercios para mi bolsillo.-

 

Un tiempo después, descubrí que aquel hombre era Cethegus Flavio (hijo primogénito del anciano Cethegus) y que ese complot había sido idea de Cayo, lo que me enfureció, pero eso no es lo importante ahora.

 

Atravesé la Vía Sacra y me metí por una serie de calles y callejones que me llevaron al monte Palatino. Allí aceleré al pensar que me seguían. Pensé que habían muchísimas sombras que me perseguían por todos lados, como si fueran espectros que me querían matar. Volví a acelerar y salí corriendo hacia la bajada del Monte Palatino, pasando cerca de la Domus Augustana, donde el emperador se estaba preparando para ir al Circo. Esos juegos habían sido ofrendados por Mamercus para celebrar que el emperador Claudio II había vencido a los alamanes en la Batalla del lago Benaco, unos meses antes.

 

Eran las 11 de la mañana y quedaba aproximadamente una hora para que comenzaran las ceremonias religiosas que anunciaban que la carrera comenzaba. En ese día, el César se estaba preparando para demostrar a Roma que con él recuperarían los territorios usurpados por los infieles. El emperador se encontraba especialmente animado, puesto que en aquel día podría conseguirse el favor de la plebe. Sin embargo, el supremo de Roma se encontraba demasiado inmerso en sus pensamientos sobre la guerra contra los godos y quería parecer ‘buen emperador’ delante del pueblo así que miró a su mujer y con sinceridad le preguntó:

-Emperatriz, ¿qué pensáis que debería de hacer delante del pueblo?-

-Creo que el César debería mostrar su lado más amable, más cercano a la plebe pero no demasiado popular, para no perder el favor de los patricios, la base de nuestra sociedad.- contestó la emperatriz con dulzura y amabilidad.

-Tenéis razón, pero hay algo más que me perturba, y es sobre la inseguridad en nuestra hermosa ciudad. Veréis, el mes pasado hubieron más de cien asesinatos en nuestras calles, y la gente comienza a desconfiar de nuestro gobierno. ¿Pero qué hacer para evitar que la plebe se revele?- preguntó el César a su mujer volviendo a dudar sobre qué hacer en aquella situación.

-Verá- contestó sin pensárselo dos veces a su marido -creo que para no perder el favor del pueblo el emperador debe de encargar a algún auriga que se dedique a provocar accidentes en la pista. Eso hará que hayan muertos, o por lo menos heridos, y sobretodo lo que quieren es su sangre; símbolo del sufrimiento y de diversión para la plebe. Y en cuanto a la seguridad, lo que el caesar ha de hacer es poner por lo menos a un soldado en cada calle de la ciudad que regule en número de muertes. Si es una pelea entre un patricio y un plebeyo o un esclavo, que los soldados dejen que el patricio los asesine. Sin embargo, si es entre esclavos o entre plebeyos, que maten al que menos dinero tenga. Así nos aseguraremos de tener satisfecho a los patricios y bajo control a los plebeyos y esclavos; Roma ahora es suya- añadió con una sonrisa terrorífica.

El emperador se quedó dubitativo y tras pensarlo bastante tiempo anunció a su mujer:

-Creo que tenéis razón y vuestro plan es la mejor opción.- carraspeó un poco -Cuando volvamos del Circo, anunciaré mi primer edicto imperial. En cuanto a lo del auriga, se lo comentaré a Mamercus; él sabrá quién será el idóneo para esta tarea.-

 

Con ese comentario, la mujer más importante de Roma se puso en pie, se despidió de su marido y se dirigió a su casa. En cambio, su marido permaneció en la Residencia Imperial durante un ratito más, tan solo pensando.

 

Pasados treinta minutos, se levantó de su trono y mandó llamar a las mujeres que traían sus togas limpias, las sirvientas encargadas de vestir al Imperator. Cuando ya estuvo casi listo, mandó llamar a Mamercus, quien no vaciló en ir a su encuentro.

 

Mamercus llegó diez minutos después, bien peinado y perfumado, listo para los juegos ofrecidos al César aquella mañana. Las grandes puertas se abrieron de par en par y la guarda pretoriana dejó pasar al invitado. Delante de él apareció el praefectus (una especie de guía) que condujo a Mamercus hasta la gran sala del trono imperial. Allí le esperaba el César, que le había mandado llamar, una hora antes del comienzo de la ceremonia de apertura de los juegos. Se abrieron las puertas, y Mamercus se encontró con el emperador y su gente de confianza.

-Mamercus saluda al César.- dijo inclinándose hasta el suelo.

-El César te saluda.- contestó el emperador con una sonrisa forzada. Estaba haciendo lo que su mujer le aconsejó que hiciese; parecer un ‘buen emperador’. -El César te ha llamado para que le ayudes a solucionar un asunto que le perturba.-

-¿El César decide recurrir a un simple mortal como yo? Con la sabiduría que tiene el César, no debe de necesitarme, pero si me lo pide, así lo haré.- dijo al monarca.

El Princeps asintió en señal de aprobación. Luego expuso su problema al patricio:

-Verás, como bien sabes, el César está muy ocupado reconquistando los territorios usurpados de sus manos, por lo que desea que alguien como tú encuentre a un auriga novato que pueda divertir al pueblo. ¿lo harás verdad?-

El patricio dudó y preguntó:

-¿A qué os referís con ‘divertir a la plebe’?-

-Ya sabes, con sangre. Eso es lo que quiere la plebe.- explicó a Mamercus sin alterarse, ya que para ser un buen César había que parecer simpático delante de los patricios. Encima en plena crisis, se necesitaba un buen líder, alguien capaz de reunificar el Imperio, alguien como él.

-Vuestros deseos son órdenes para vuestro ‘humilde siervo’.-dijo Mamercus al soberano.

Éste, volvió a asentir y preguntó totalmente seguro de sí mismo:

-¿Aceptas venir con el César al palco imperial?-

-Será un placer. El César es realmente Augusto.- contestó sonriendo Mamercus.

Y se fueron juntos al palco, aunque la ceremonia acababa de comenzar. Allí, ya estaban los hombres de confianza del César y la emperatriz disfrutando de las vistas privilegiadas que se gozaban desde el palco imperial.

 

Mientras, la pompa (procesión religiosa) acababa de llegar a la Porta Pompae y una multitud de cantos populares y aplausos daban la bienvenida al grupo de sacerdotes que se encargaban de ir extendiendo el incienso por el lugar.

 

Aquella mañana de primavera, me encontraba muy nervioso por la situación en la que estaba: primero, era la primera carrera de caballos en el Circo Máximo; segundo, no sabía si habían unos tipejos que querían asesinarme o no, pero aún así estaba muy nervioso. Me encontraba ya en las carceres, dando de comer a mis caballos, a tan solo unos minutos de que comenzase la carrera, cuando llegó un mensajero que llevaba consigo un pergamino con una información muy confidencial de parte de Mamercus. Me saludó y luego me dijo mientras me daba el documento:

-¿Eres tú, Celsus, de la facción Albata, antiguo esclavo de Mamercus Cornelius Escauro y actual esclavo de Cethegus Flavio Cicero, residente en Roma?-

-Yo soy- contesté cogiendo el pergamino misterioso y seguidamente comencé a inspeccionarlo sin abrirlo. Realmente se trataba de un documento escrito por Mamercus, pues estaba firmado por él, y se encontraba ricamente decorado, por lo que no le iba a hacer esperar y lo abrí:

“CESVS ERES UN HOMBRE DE CONFIANZA, POR LO QUE EL CAESAR CLAVDIO II, DESEA QUE COMPLAZCAIS SUS DESEOS HACIENDO DE ESTA CARRERA LA MÁS SANGRIENTA DE TODAS. SI LO HACES SERÁS RECOMPENSADO CON LA LIBERTAD ADEMÁS DE 100 SESTERCIOS. FIRMADO: MAMERCVS CORNELIVS ESCAVRO.”

Volví rápidamente a leerla; ¡eran de verdad 100 sestercios! Al principio dudé un poco, ya que yo solía ser una persona respetuosa con mis rivales, pero hablando de tanto dinero… cualquiera lo haría. Así que le dije al mensajero que sí y este se esfumó como el polvo. Nos quedamos solos mis caballos y yo.

 

Mis caballos eran los mejores: eran unos ‘pura sangre’ que provenían de unas granjas muy famosas en Gallaecia, criados por los mejores adiestradores de toda Roma. Se llamaban Flumine, Tonitrua, Fortem e Invictus, y ellos formaban mi quadriga. Eran el más inteligente, el más rápido, el más fuerte y el invencible, respectivamente.

 

Los cuatro formaban la mejor quadriga que la Corporación Albata había tenido. ¿Qué más me faltaba por contar sobre mi primer día? Ummmm…. ¡A sí! ¡Ya me acuerdo! ¡El final!

Luego de todo lo que he contado, cuando estábamos a dos minutos de comenzar la carrera, el grupo de esclavos a órdenes de Cayo y enviados por Cethegus Maior, entraron a mi carcer rompiendo la puerta y gritando:

-¡Alto Celsus esclavo de Cethegus Flavio Cicero Magno! ¡Ahora eres nuestro!-

Seguidamente apareció Cayo, con un gladium en su mano y señalándome, ordenando a los hombres que estaban a su servicio que me raptasen. Yo me resistí todo lo que pude pero como no pude hacer nada, comencé a gritar:

-¡Ahhhhhh! ¡Ahhhh! ¡Ahhhh!- cada vez iba gritando más y más fuerte hasta que se me llegó a escuchar incluso en el palco imperial. Ese desorden molestó incluso al caesar que envió a la guardia pretoriana para que parase aquel desastre por lo que la carrera se pospuso 30 minutos.

La guardia entró de repente a las carceres y se encontraron a Cayo con su séquito. Él me echó la culpa aunque los guardias no creyeron su palabra, puesto que el emperador me había dado una orden de que hiciera un ‘espectáculo’ en la arena del Circo Máximo, por lo que pasaba a estar bajo la protección imperial, pero por poco tiempo.

 

Gracias a los dioses todo fue fantásticamente bien y la carrera comenzó con ‘normalidad’, pero con algo especial: sin Cayo. El auriga favorito de la plebe se convirtió en el más odiado, puesto que había preparado todo un complot para asesinarme.

 

Unas semanas más tarde se descubrió que Cayo en todos los años que llevaba como auriga en el Circo Máximo, había asesinado a veinte aurigas en la ciudad de Roma, en la capital del Imperivm. Además fue condenado por el emperador, poco tiempo antes de la batalla de Naisso, a ser decapitado delante de toda Roma, para que muriese en vergüenza, como sus víctimas. Entre los presentes estuvimos Mamercus, Cethegus Maior (quién disimuló y se desvinculó poco tiempo antes de que descubriesen lo que había hecho Cayo) y yo.

 

Seudónimo:

aurigatorromae

 

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