La pieza clave

La búsqueda estaba resultando muy difícil. No pensaba que me iba a ser tan complicado encontrar a Don Enrique, y es que llevaba dos meses indagando sobre su paradero con escasos resultados.

Había pasado más de 20 años desde la última vez que le vi y aún recuerdo su sonrisa amable y su gesto de despedida. Después de tantos años, su imagen permanecía impasible en mi mente y es que D. Enrique significaba mucho para mí. Fue mi salvación. Y no en una, sino en varias ocasiones.

Con tan solo 7 años, yo ya padecía la vida desorganizada de mis padres, con quienes vivía en una zona alejada de la ciudad y conflictiva por la delincuencia habitual. D. Enrique solía visitar a las familias para convencerlas de que nos enviaran al colegio, pues la mayoría de nosotros no lo hacíamos y prácticamente estábamos todo el día en la calle semi-abandonados. A muchos de los que crecían conmigo vi desviar su camino hacia un futuro torcido y terminar hundidos en turbios asuntos, como le pasó a mi padre, al que poco conocí porque vivió más en la cárcel que conmigo. Y allí murió.

En mis recuerdos, solo me veo viviendo con mi madre, a la que veía poco ya que se pasaba todo el día en el mercadillo trabajando para poder sacarnos adelante a mi hermana y a mí.

Así que, cuando D. Enrique insistía en ver a mis padres para lograr que yo fuera a clase, nunca era posible su encuentro. Pero él nunca se desesperaba, era insistente porque, así me lo demostró, lo que más le importaba era mi futuro.

Fue así como un día llegó a mi humilde casa con un gran tablero de cuadrados blancos y negros y con mucha intriga y emoción me dijo:

¡Cristóbal, te enseñaré a jugar al ajedrez!. Es un juego muy noble y con muchas virtudes que te dará grandes enseñanzas para tu futuro.

Creo que no mostré la emoción que él esperaba. Pero solo fue el principio.

Y ese fue el comienzo de como llegó el ajedrez a mi vida. Poco a poco me fue picando el gusanillo, gracias a la insistencia de D.Enrique que a cuenta del juego me fue arrastrando al colegio. Comencé participando en torneos y campeonatos escolares, y conforme iba mejorando y ganando encuentros, más me entusiasmaba el juego y la competición. Y eso hizo que comenzara a integrarme en la pequeña escuela que dirigía D.Enrique, donde todos los niños le respetaban y estimaban. Me sentía querido y comenzaba a progresar académicamente. Los profesores no paraban de darme ánimos y gracias a ello me sentía capaz de superarme cada día. Me sentía distinto, me sentía feliz.

Con 16 años me encontraba a las puertas del bachillerato y siendo Campeón regional de ajedrez, según mi mentor, con un gran futuro. Pero todo cambió, cuando mi madre, de pronto, se puso enferma y me tuve que hacer cargo de su trabajo y obligaciones como si fuera un adulto. Me habían criado para hacer ese papel y todo lo demás no importaba. Pero a mí sí, porque por primera vez había comprobado que podía estudiar si me lo proponía. Y podría llegar muy lejos, tan lejos como deseara.

Por poco tiempo pude compaginar a la vez mi deseo de estudiar con las obligaciones de mi realidad y, lamentablemente, volví a enrocarme en el ambiente del barrio que nada bien me hizo. No tuve la fuerza de voluntad necesaria para salir del agujero en el que, poco a poco, me estaba hundiendo y el destino parecía querer ponerme una dura prueba.

Pero, una vez más, apareció D. Enrique, mi alma salvadora, que preocupado por mi desaparición, había estado buscándome. Y me encontró. No paró hasta dar conmigo en la pequeña celda de la comisaría donde abandonado a mi suerte, nadie más que él se interesó por mí.

Y nunca olvidé sus palabras de aquel día por el resto de mi vida. De nuevo, consiguió dar un cambio en mi ruta, en mi torcido camino, demostrando cuanto confiaba en mí y yo no podía defraudarle una vez más.

No podía mirarle a los ojos cuando le vi en la sala adonde me sacaron. Pero como siempre D.Enrique tenía las palabras exactas para hacerme reflexionar y alejarme de mis problemas.

-¿Qué estás haciendo Cristóbal?-me dijo con rostro firme. Un chico listo como tú, que tienes unas capacidades increíbles, que puedes labrarte un futuro mejor, ¿Quieres hundirte y repetir los fracasos de otros?. ¡Yo no te dejaré!. En la vida, como en el ajedrez se aprende más de las derrotas que de los triunfos, así que vas a seguir para sacar tus sueños adelante aunque eso implique sacrificios. Yo te he enseñado lo que es sacrificar una pieza en ajedrez, una decisión compleja, porque perder algo que consideras valioso siempre es difícil, pero eres tú quien tienes que apostar por ello, por tu futuro.

       Y me comprometí, con él y conmigo mismo a que lucharía por salir adelante y alejarme de los complicados patrones familiares que me rodeaban. No me dejaría arrastrar por el entorno y apostaría por mi futuro, un futuro mejor.

Bajo la tutela de D. Enrique realicé mis estudios de bachiller y terminé con notas espectaculares, mientras que en el ajedrez alcancé mi meta de convertirme en Gran Maestro (GM). Gracias a ello obtuve una beca para estudiar en los Estados Unidos, premio que me llenó de orgullo y satisfacción pero más a D. Enrique que contaba a todos “adonde había llegado su muchacho” .

            Estaba muy nervioso el día que tuve que partir. Comenzaba a volar solo, y no solo en el avión, sino en la vida y tenía algo de miedo. Y, como una torre milenaria, allí estaba D. Enrique para despedirme y darme sus sabios consejos.

– Muchacho, piense, reflexione, tenga mucho cuidado y estudie mucho para ser el mejor en lo que te propongas.

– ¡Le escribiré para contarle como es todo y como me va!. No se preocupe que seguiré sus consejos. Le respondí mientras le abrazaba muy fuerte.

¡Qué rápido pasaba el tiempo!. Parecía que había sido ayer, pero hacía más de 20 años de esta despedida. Le escribí varias veces pero no recibí ninguna respuesta y aunque tenía una gran preocupación por saber que había sido de D.Enrique, no había podido volver a España desde entonces hasta ahora.

Me había recorrido aquellos lugares donde podía averiguar algo sobre él. Pero la vida también había cambiado para muchos en estos 20 años. Supe que, al poco tiempo de yo marchar D.Enrique se había retirado de su querida escuela por enfermedad. En la dirección adonde yo le escribía hacía muchos años que no vivía allí y nadie sabía algo sobre él. En la pequeña escuela habían cambiado muchas cosas y los maestros de mi tiempo ya no estaban. Pero una maestra me supo dar una pista por donde tirar.

La secretaria de D.Enrique, trabajaba en otra escuela cercana. Aún recordaba a la eficiente Dña María, la mano derecha de D.Enrique, que subía y bajaba escaleras a toda velocidad.

Con esperanzas de encontrar a Dña María y que ella me diera noticias de D. Enrique me fui con prisa hacia su colegio. Enseguida la reconocí, y aunque era muy mayor, seguía tan activa como antaño. La abracé con cariño y le pedí que me dijera que sabía de nuestro amigo.

– Al poco tiempo de que te fueras a estudiar a los Estados Unidos, D.Enrique tuvo un accidente en el colegio, se cayó colocando unas porterías de baloncesto para que los chicos pudieran jugar. Se rompió la cadera y le operaron, pero no quedó nada bien. Desde entonces tenía muchos dolores y no le quedó más remedio que jubilarse. Cuando podía se acercaba a la escuela a charlar con los chicos,a darles consejos, a enseñar ajedrez como hacía contigo, hasta que no pudo más. Los dolores eran muy fuertes y no quería moverse. Yo iba de vez en cuando a verle y le paseaba en silla de ruedas.

– Pero…¿Dónde está él?- pregunté angustiado temiéndome lo peor.

– Hace tiempo que vive en la Residencia de ancianos de su pueblo natal a 50 kilómetros de aquí.¿Vas a ir a verle?-me preguntó.

Por supuesto, es lo que más deseo- le contesté mientras me ponía en marcha.

Estaba muy contento, por fin iba a ver a D.Enrique, mi gran maestro, amigo y mentor. Tenía muchas ganas de abrazarle tan fuerte como el día que nos despedimos en el aeropuerto. Tenía ganas de agradecerle toda su confianza y su apoyo. Quería contarle todo lo bien que me había ido y de mis éxitos en el ajedrez gracias a su empeño e insistencia conmigo. Deseaba compartir con él todas mis vivencias, que en la vida como en el ajedrez habían sido intensas.

Pensando en todo esto, el viaje hasta la Residencia se me hizo corto. Era un lugar muy bonito con mucha vegetación y jardines alrededor y me imaginé lo feliz que era D.Enrique allí. Entonces, pregunté en la recepción a una señora por la ubicación de mi maestro.

¿Es usted familiar?-me preguntó.

– ¡Como si lo fuera!-le dije. Hace 20 años que no le veo y tengo muchas ganas de abrazarle.

– Sígame por aquí, el señor Enrique está en el jardín. Le encanta estar al aire libre y observar las aves.

Estaba sentado en una silla de ruedas, con la mirada perdida y pude apreciar su rostro desgastado por el paso del tiempo. Su cuerpo encorvado a duras penas mantenía el equilibrio.

D.Enrique tiene visita, ¡Qué suerte tiene usted!, es un antiguo alumno suyo.-le dijo la señora con amabilidad.

       Levantó la mirada y clavó sus hundidos ojos en mí.

 

Pude sentir la misma ternura con que me trataba cuando era pequeño. De inmediato me arrodillé ante él y lo abracé. Sus ojos comenzaron a brillar de forma especial.

– D.Enrique tiene Alzheimer.-me dijo nuestra acompañante. Con los años va empeorando.

Me quedé atónito y entristecido. Era desalentador para mí porque esperaba poder contarle tantas cosas y compartir con alegría una jornada junto a él.

Pero de inmediato recordé cada uno de sus consejos, esos que me sirvieron en tantas ocasiones cuando tomaba el camino inadecuado, aquellos que hicieron que yo llegara a ser una buena persona y cumpliera mis metas.

Agarré la silla de ruedas con fuerza y nos fuimos juntos a dar un paseo.

– ¿Me enseñas tu habitación?, seguro que será muy bonita. ¿Qué tal te lo pasas aquí?.-le hacía un montón de preguntas para las que no emitía ninguna respuesta. ¿Te sigue gustando el ajedrez?, ¿Te acuerdas de mí?.

Llegamos a su habitación y cuando entramos sacó una carpeta muy cuidada que me dio con las dos manos. Al abrirla comenzaron a salir recortes de periódicos internacionales, escritos de revistas y montajes de noticias, todas sobre mi brillante carrera en el ajedrez.

Me puse a llorar como un niño y nos abrazamos casi eternamente. Él había sido la pieza clave de mi vida.

Heisenberg.

 

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