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La primera vez

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No debería estar aquí. Son las siete de la tarde. Es sábado y llueve…

Llueve mucho. Quizá no debería sorprenderme que a principios de

septiembre diluvie de esta manera en Santander, pero ahora mismo es lo

último que se me pasa por la cabeza. Veo un relámpago a través de la

ventanilla (un poco sucia) y me pregunto si podremos volar con estas

condiciones. El suelo asfaltado se está encharcando y en los regueros de

agua que lo rodean empiezan a reflejarse los nubarrones que cubren el

cielo. Dos operarios van corriendo de lado a lado, tapados con un

impermeable amarillo, la capucha y unas botas de goma. Estoy sentada en

el asiento 27E, a la espera de que los últimos pasajeros entren para

despegar cuanto antes. Por la zona de las primeras filas, en la mitad del

pasillo, se ha detenido un hombre para colocar tranquilamente su maleta en

el compartimento superior, lo que ha provocado un atasco con los pasajeros

de detrás. No entiendo por qué la gente se comporta de una manera tan

extraña cuando viaja. Es como si no hubiera término medio: o van con

prisas y estresados a todas partes o se lo toman con la mayor calma del

mundo.

Mientras me abrocho el cinturón de seguridad, pienso: “ojalá el aparato

despegue y no haga nada de lo que pueda arrepentirme, porque ya es tarde

para bajarse y me vendría bien que cerrasen las puertas para no tener

posibilidad de dar marcha atrás”. Me llevo la mano al cuello y empiezo a

juguetear con la amatista de mi colgante dándole vueltas entre los dedos.

No puedo evitarlo: cada vez que estoy nerviosa, me tranquiliza tocar su

superficie pulida.

Dos azafatas salen a ayudar al hombre de la maleta. Hablan con él y, al

cabo de unos segundos, se la llevan al final del avión, donde hay mucho

más espacio. Los demás pasajeros suspiran con alivio y se dirigen a sus

correspondientes asientos. A mi lado se sienta una pareja bastante joven

con un bebé que, por suerte, está dormido. Espero que no se despierte; el

llanto de los niños me da siempre dolor de cabeza, en especial cuando estoy

tensa. Ambos se abrochan el cinturón con cuidado para evitar movimientos

bruscos que puedan desatar el caos, y acto seguido sacan una guía turística

de Alemania y un bloc de notas.

Miro con disimulo a la mujer, que ahora mismo está hojeando la guía como

si buscara algo en particular. Me encanta el color de su melena, de un tono

rojizo claro. Cada vez que veo a una chica que no necesita teñírselo porque

es su color de pelo original, me muero de la envidia. De pronto, al pensar

en ello, me quedo en blanco porque no recuerdo haber metido en la maleta

el secador de pelo. Entre los nervios y las prisas, no estoy segura de haberlo

metido dentro de la maleta, pero el equipaje está facturado y no puedo

hacer nada para resolver mis dudas.

Giro la cabeza y vuelvo a mirar por la ventanilla. La lluvia continúa

cayendo torrencialmente, aunque ya no se ven los relámpagos. Las gotas

forman una pequeña cortina de agua que emborrona el paisaje y siento un

repentino malestar al ver los charcos que se agrandan cada vez más rápido,

como en un mal augurio del sitio al que me dirijo. Saco el móvil con mi

funda de un cucurucho de helado de vainilla y envió los últimos mensajes a

mis amigas y a mi hermano de que ya estoy en el avión. Me había

preparado un documental para el trayecto, pero no estoy de humor para

teorías conspiratorias sobre alienígenas. Me muerdo el labio para reprimir

la rabia y las ganas de llorar (cada vez que aprieto mi diente con mi labio

más daño me hago por los brackets) mientras la pantalla del teléfono se

vuelve negra. Luego lo guardo en el bolsillo externo de la mochila, estiro

un poco las piernas y respiro hondo para contener las lágrimas que se me

empiezan a formar en los ojos: no me puedo permitir llorar ahora. Este

viaje me tiene que servir para olvidarme de las últimas semanas, para pasar

página…

Me paso las manos por la cara y me masajeo las sienes, para intentar

relajarme de una vez por todas. Saco mi libro de “Harry Potter y el

prisionero de Azkaban “de J.k Rowling.

***

Ya iba por la última página cuando se oye el neumático del avión chocando

con el suelo, me doy cuenta de que… por fin estoy en Alemania. Las

azafatas nos mandan salir del avión y coger un autobús para llegar a la

terminal D. Cuando me bajo del autobús y veo las puertas de embarque

abrirse, veo a mi hermano y pienso que ya me puedo permitir llorar. Todo

trascurre en menos de cinco segundos. Voy corriendo con los ojos llenos de

lágrimas, le abrazo y me dice su frase típica: "hola chiquitina".

Pseudónimo:hermionegranger

 

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