LA VIDA DE ALBA

Era de Argentina y se llamaba Alba. Tenía los ojos color miel, el pelo rubio como el oro y la tez blanca como la nieve. Había nacido en Buenos Aires en 1972, y pertenecía a una familia muy pobre. Vivía con su padre Rubén y su madre Alicia en una pequeña cabaña en el vertedero de la ciudad. Sus padres trabajaban recogiendo chatarra y luego la intentaban vender, a pesar de intentarlo no ganaban mucho dinero.

Desgraciadamente, cuando Alba tenía 2 años su madre murió atropellada mientras recogía basura. Como no tenían dinero Rubén no pudo enterrarla como ella se merecía, pero él siempre la llevaría en su corazón.

Poco tiempo después, su padre intentó buscar otro empleo como vendedor de periódicos o mecánico, pero debido a su mal apariencia y a que no tenía a nadie con quien dejar a su hija mientras él iba trabajar, no le contrataron en ninguno. Como él no tenía dinero y su hija, ya de 4 años, tenía mal aspecto, no comía bien ni tenía una buena higiene, decidió darla en adopción. Sus padres adoptivos eran  Juan y Sofía, una familia adinerada con puestos de empleo fijos, ya que ambos eran grandes empresarios.

Alba estudió en los mejores colegios y a la edad  de 8 años, ya podía hablar numerosos idiomas como francés, inglés, chino y ruso, además sabía tocar el piano, la guitarra y el violín, y cantaba como los ángeles. Es decir, Alba era una niña prodigio.

Cuando tenía 16 años Alba se sacó el carnet de conducir, más tarde sus padres le compraron un coche con el que iba todas las mañanas al instituto.  Desde entonces, todos los días se encontraba con  un pequeño conejo de origami rosa en su parabrisas. Alba nunca sabía quién ni por qué se lo regalaban, pero aun así la hacía muy feliz recibir uno cada mañana. Asimismo, Alba siempre que venía del instituto con sus amigos, le daba un bocadillo de jamón y queso a un viejo vagabundo que siempre recogía chatarra enfrente de su instituto.

Un día, como normalmente hacia le dio el bocadillo, pero cuando el anciano se fue se  le cayó del bolsillo uno de esos conejos de origami que ella siempre recibía.  Pero no tuvo oportunidad de preguntarle el porqué de esos regalos, ya que él  ya estaba demasiado lejos y sus amigos la esperaban. Al llegar a su casa, se pasó toda la noche pensando en aquel vagabundo y sus regalos, incluso preguntó a sus padres pero ellos aseguraron que no sabían nada.

A la mañana siguiente Juan, el padre adoptivo de Alba, vio como el anciano dejaba su habitual regalo. Entonces le echó bruscamente a patadas y le prohibió acercarse a su hija y a esa casa.  Alba al ver que no había nada en su parabrisas decidió saltarse las clases, montarse en su coche e ir a buscarle. 

Tras una larga búsqueda encontró al mendigo sentado en un banco frente al mar llorando, pero cuando él vio a la chica sonrió inmediatamente. Después, ella le invitó a un café en una cafetería cercana y le pidió que le explicara cómo se hacían esos conejos de papel. Pero mientras se lo explicaba, Alba recibió una llamada de sus padres y se tuvo que ir corriendo. 

Días después, el 28 enero era su 17 cumpleaños y celebró una fiesta en su casa con sus amigos y familiares. De pronto apareció el vagabundo con un regalo en sus manos, pero sus padres lo tiraron a la basura e impidieron que hablara con Alba a pesar de que ella se resistió y lloró. Cuando la celebración se acabó, ella recogió el regalo de la basura y lo abrió. Cuando tuvo en sus manos ese conejo de peluche rosa, recordó que aquel anciano era su padre, Rubén, con el que había pasado 4 años de su vida y que aquel oso se lo regaló él cuando era pequeña, pero que lo perdió en el camino cuando la alejaron de su padre.

Tras recordarlo todo, corrió hacia el acantilado donde sospechaba que se encontraba su padre. Afortunadamente, llegó justo a tiempo impidiendo que Rubén se suicidara.

Justo en ese momento, cuando se abrazaron todo recuperó sentido y todo tuvo una explicación.

Ale.A.P



 

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