La violencia de género

Juan y María eran una pareja muy feliz. Llevaban casados treinta años, pero se conocían desde que iban al instituto.

Cuando ella tenía veinticinco años y él veintiocho tuvieron un hijo y en ese momento estaban encantados. Tres años después tuvieron su segundo hijo, pero ya ahí las cosas no estaban tan bien como antes.

A lo largo de los años, el matrimonio estaba muy feliz y muy enamorado el uno del otro, iban al cine, cenaban todos los sábados en un restaurante de lujo, pero al llegar a cierta edad, las cosas empezaron a ir de mal en peor, ya a que Juan cada vez le iba peor en el trabajo porque llegaba tarde, a veces iba borracho, etc. Cuando le dijo a su mujer que le habían echado del trabajo se enfadó mucho porque no entendía por qué lo había hecho, ella se sentía desgraciada y se preguntaba a diario qué había hecho para ser tan infeliz.

Todas las mañanas, Juan iba a dar un paseo y volvía a la hora de comer con el pan, ahí le esperaba su mujer con la comida hecha y él siempre se quejaba por la comida, nunca le gustaba, ya nunca estaba a gusto, ya nunca esa casa era la que fue… Hasta que un día María no lo aguantaba más.

Un día le dijo: – ¡Deja de quejarte porque igual ya no te espero más con la comida ni con nada! Desde ese día a Juan, no sabemos qué le pasó por la cabeza, se trastornó, y empezó a pegarla, a insultarla, a agredirla, a decirle que a él nadie le trataba así… , y todo esto delante de sus hijos.

Uno de los hijos, el más mayor, ya se estaba dando cuenta de que le estaba maltratando, entonces, llegó el día en que llamó a la policía porque decía que no era normal lo que le hacía a la madre. Juan se dio cuenta de que su hijo mayor había llamado a la policía, y aquello en vez de calmarlo, produjo el efecto contrario, empezó a maltratarla más y más, tenía que maquillarse antes de salir de casa, tenía que disimular delante de su familia, tenía que ir disculpándose por lo “patosa” que era. La única forma de disimular sus golpes era diciendo que se había caído, que se había dado con la mesa, que se había resbalado… Hasta que la gente dejó de creerla.

Al cabo del tiempo, cuando ella tenía sesenta años, a Juan le dio el arrebato y la mató. Huyó del país porque no quería dejar rastro para que la policía no le metiera en la cárcel.

Diez años después de la muerte de María, la policía volvió a investigar, porque fue un caso que no se resolvió. Entonces buscaron y buscaron a ver dónde podía estar Juan porque no sabían si estaba vivo o muerto. Después de seis meses lograron saber que Juan estaba vivo, en otro país, lejos, muy lejos, y se había vuelto a casar, tenía hijos, a los que también maltrataba… Pero antes que la policía, lo encontró su hijo. Iba dispuesto a vengar la muerte de su querida madre, tantos años atrás. Y lo cumplió, se lo encontró de cara y le apuñaló con un cuchillo que encontró en la cocina de su propia casa. Pedro, ese era su nombre, huyó con Mario, su hermano pequeño, ya que no quería que le metiera en la cárcel porque para él, este asesinato había sido justicia, no veía motivo ninguno para que le metieran en prisión…

La policía lo encontró y en el juicio dijo: -Ya que mi padre me arrebató a mi madre sin motivo alguno. Yo le quité la vida para que supiera lo que se sentía cuando alguien te mata sin razón-. Aunque dijera esto, por lógica el juez le mandó a la cárcel ya que había cometido un homicidio, con lo que finalmente Pedro pasaría el resto de su vida en la cárcel, sin padre, sin madre, y abandonando a su única familia, su hermano.

Con este relato yo quiero reflejar que la violencia de género tiene solución si llamas a tiempo, si pides ayuda. Nadie está sólo en este mundo, siempre hay gente que puede ayudarte.

Aunque este pequeño y triste relato lo haya inventado yo, es un ejemplo de los muchos casos que ocurren en la vida diaria. Tenemos que ayudar a esas mujeres que viven de manera trágica por culpa de hombres que no tienen sentimiento alguno. Mujeres que no se atreven a denunciar los maltratos que sufren.

Al final, todos somos culpables porque si vemos algún caso, por miedo a problemas con esos hombres nos callamos y lo único que conseguimos es que los maltratadores continúen haciéndolo y, es más, las agredidas terminan sintiéndose culpables y la mayoría, muertas en vida.

Todas las personas tienen derecho a una vida digna sin que nadie les aplaste o les haga sentir inferior al resto.

Firmado: Pmar

 

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