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LOS CUENTOS DEL REY SOL

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“La guerra había devastado París; allá donde mirases solo había pobreza y hambre. El

frío invierno estaba al caer y las lluvias se acercaban con pasos de gigante, el viento

azotaba las montañas y el susurro de este se podía apreciar ya en los valles; pronto

llegaría a la ciudad. Durante los últimos meses se había establecido una oscura neblina

en París, en el ambiente se respiraba sangre, dolor, sufrimiento y muerte; el inmundo

hedor que la sangre deja estaba impregnando la niebla y cada vez era más

desagradable salir a la calle. Tampoco había razón. La revolución había fracasado y

una vez más el pueblo estaba sometido al yugo del rey, un rey cobarde y cruel que huía

al mínimo atisbo de peligro y castigaba severamente la traición a la patria.

Teresa había perdido a su marido en la guerra y ella sola se encargaba de atender y

alimentar a su hijo pequeño Sol. Teresa era una mujer de mediana edad y curtida en

esta constante batalla llamada vida; esta mujer una vez llena de sueños y esperanza,

no era ahora sino una sombra de alma podrida, podrida por lo que la vida le había

hecho: la pérdida de sus padres a temprana edad, la muerte de su primera hija, Luna, y

la trágica y reciente muerte de su marido en acto de servicio. Tras la muerte del menor

de sus vástagos a causa de unas fiebres, al parecer provocadas por la niebla, su estado

mental había rozado la locura. No podía más, no podía más. Vivía por y para su hijo,

hasta el día en que su mente no aguantó más y; en un brote de una probable

esquizofrenia, se cortó las venas dejando a su pequeña criatura sola en este frío y duro

mundo, sin respaldo alguno.

Cuando la guardia se enteró de lo sucedido por el aviso anónimo de un extraño, la casa

fue clausurada y la mujer enterrada, pero no se encontró al niño ni prueba alguna de su

existencia. Todas sus pertenencias habían desaparecido: los dibujos de los que colmaba

a su madre durante sus continuas enfermedades, su ropa e incluso aquel peluche que le

había regalado su padre al nacer y que tanto quería. Lo más raro de todo fue que ni

siquiera la gente con la que convivía día a día se acordó del pequeño. Era como si se

hubiese esfumado, como si sólo fuese una creación de la enferma mente de su madre.”

–¡Muy bien hijo mío!, progresas asombrosamente rápido. Un día serás el mejor rey

que haya pisado este país, ¡qué digo este país! ¡el continente entero! Un día

gobernarás desde las tierras bárbaras del norte, hasta los fríos picos al sur del país; y

desde el mar del caluroso este, hasta el bravo Mar Cantábrico al oeste– respondió el

rey orgulloso tras escuchar el relato de boca de su hijo, el príncipe Maekar.

El joven niño preguntó una vez más por el origen de aquel texto aunque ya bien lo

supiera, pero le encantaban las historias.

Es mi historia –respondió el monarca–. Así fue como cambió mi destino de huérfano a

rey.

El niño dejó de jugar y se sentó junto a su padre cerca del trono y con una voz tierna y

despreocupada preguntó:

–¿Podrías contarme la otra historia, padre? La de qué pasó después de que Sol

desapareciese–.

El rey asintió y comenzó…

***

–¿Dónde estabas hijo?– preguntó Abel con su enferma voz.

–Fui al bosque por leña para avivar el fuego, que el frío ya llega y hay que cuidarnos. Y

si no cuidara yo de usted… ¿quién lo haría?– respondió Sol.

El inválido anciano sonrió y asintió desde su lugar en el camastro de madera sobre el

que ya tanto tiempo llevaba postrado.

A Sol le encantaban las historias y a Abel contarlas, así que pasaban la mayor parte del

tiempo que estaban juntos conversando afablemente e inventando nuevos títulos que

algún día deberían ser contados. Sol se sentó en su butaca tras atizar el fuego y cogió

su pluma para continuar con el cuento que estaba escribiendo, pero tras posar la

pluma en el papel, las campanas del pueblo comenzaron a replicar.

Si aquellas campanas sonaren –le dijo un día Abel– significaría que la guerra que

esperábamos habrá comenzado.

El vástago que despareció tras la muerte de su madre sabía lo que tenía que hacer, así

que montó a Abel sobre el viejo penco que descansaba en el cobertizo y que en tantas

ocasiones le había acompañado en sus aventuras, recogió lo básico y montó con el

anciano rumbo a la ciudadela.

Al llegar, llevó a Abel con el resto de ancianos, mujeres y niños de la villa, que fueron

escondidos en unas cavernas calizas bajo la ciudadela, y partió hacia los cuarteles

locales donde se armó y salió a unirse a la defensa. El rey Maeggor no tardó en llegar

para luchar codo con codo con sus hombres para defender esa bella tierra.

La inminente batalla se palpaba en el ambiente. El ejército inglés no tardaría en llegar;

pero el ansia y la pasión de los villanos y la guardia por defender y salvaguardar lo que

era suyo, no hacía sino reforzar tanto los ánimos como la fiereza del ejército

improvisado. Al ocaso, ese mismo día, la primera lluvia de flechas inglesas prendidas

hacía resplandecer el cielo y los silbidos de las puntas metálicas al cortar el aire

creaban una bella melodía. Si no fuere el inicio de una batalla, podría ser un

espectáculo digno de admirar. Pero esa noche no era belleza lo que creaba; sino que

auguraba sangre, dolor y muerte.

El improvisado ejército del rey tenía ya desenfundadas sus armas, pero las manos les

sudaban y los nervios les jugaban malas pasadas mientras contemplaban la llegada de

cientos de antorchas, como pequeñas luciérnagas en el horizonte. Finalmente los

ingleses llegaron a las murallas; se avecinaba una dura batalla. Los escudos se

quebraron, las espadas se rompieron y las lanzas se hicieron añicos. Muchos soldados

franceses habían caído ya y el ejército inglés ganaba en número, pero los franceses

mantuvieron la posición y lucharon con uñas y dientes.

Durante la batalla, los ejércitos habían salido a campo abierto, unas tierras ahora

baldías que habían sido bautizadas como “El Campo Sangriento”. A lo lejos, rey galo y

capitán inglés cruzaron miradas y avanzaron con paso firme el uno hacia el otro.

Cuando se encontraban a escasos metros, ambos iniciaron galope: diez metros, ocho

metros, cinco metros, tres, uno… y los aceros por fin se cruzaron. El estruendo del

continuo choque de sus espadas llamó la atención de Sol, el cual había luchado

valientemente y tan solo había recibido un tajo en el brazo izquierdo. Al girarse, Sol

atisbó cómo el capitán inglés alzó su filo y lo dejó caer sobre el rey de esas tierras,

dejándolo así malherido. Sol, sin pensarlo un momento, se alzó de valor y cargó contra

el líder del ejército inglés por la espalda, asestándole un golpe mortal en testa y cuello y

dejándolo fuera de combate en el acto. Mientras el capitán inglés espiraba su último

aliento, Sol corrió hacia el rey Maeggor y lo acomodó en su regazo. El moribundo rey

armó caballero a Sol y con sus últimas fuerzas y por falta de descendencia, nombró

heredero al trono a Sol, por su valentía y determinación. Momentos después, la poca

vida que quedaba en el rey se desvanecía dejando su cuerpo inerte en el regazo de Sir

Sol, el valiente; heredero al trono. Los cuerpos de sendos líderes, inglés y francés,

yacían aún calientes cuando el ejército francés derrotaba a los ingleses y éstos huían

despavoridos.

***

Y así fue como mi padre; el rey Sol, el valiente, primero de su nombre; cambió su

suerte de huérfano a rey.

Son muchas las historias que deben aun ser contadas y un servidor será quien narre el

resto de los cuentos del rey Sol para que todas sus gestas vean algún día la luz.

Fdo: Príncipe Maekar

 

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