LOS PÁJAROS

“Siempre había sido un tipo curiosamente extraño. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas extrañas. Recuerdo una en concreto con especial cariño. Era un mujer de mediana estatura pero con unas piernas muy esbeltas, con una lacia melena castaño casi hasta la cintura (que siempre recogía en una alborotada coleta) y unos labios tan delicados en los que hasta la más brillante de las estrellas soñaba dormir hasta apagarse del todo. Pero lo más atractivo de su ella era su carácter: era capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo momento. Pero esa otra historia que no nos concierne, quizás en otra ocasión…

La mayoría de estas personas habían compartido numerosos momentos conmigo. Siempre, de una u otra manera, habían sido la pieza central en torno a la que giraba el pasaje de mi vida que me hacía verlas como personas extrañas. No digo malvadas. No digo estúpidas. La gente corriente acostumbra a confundir esta maraña de tan variados términos como si formaran uno solo. Quiero decir extrañas. Pero hay un hombre que sobresale sobre el resto. Un hombre al que apenas he visto dos veces en mi vida, pero que ha dejado en mi mente una huella que ni la mujer más espléndida será nunca capaz de borrar. Un hombre que merece ser dado a conocer.

II

Lo llamaremos el hombre de la mirada profunda. Pues bien, el hombre de la mirada profunda era un hombre extremadamente alto, que superaba los 2 metros de altura, y que tenía una espalda injustamente estrecha. Para más inri, ésta cargaba con una chepa muy posiblemente gestada en sus primeros años de vida, cuando todos sus compañeros pasaban las tardes jugando al fútbol en las plazas de los bloques de edificios en los que vivían mientras él se sumergía en la mesa de su escritorio sobre sus libros de pájaros. Lo cierto es que lo conocí ya avanzada una edad.

Yo estaba en un bar de carretera con mi pareja, cuando la campana de la puerta rompió el silencio del ajetreado bar con un estruendo casi imperceptible. Habíamos vuelto de un largo viaje en coche, lo suficientemente largo como para discutir acaloradamente sobre algo que había tenido lugar meses atrás y que, ciertamente, yo ni siquiera recordaba. Ella estaba sentada en una mesa custodiada por dos bancos situados en posición perpendicular a la ventana. En uno de ellos estaba sentada ella, concretamente en el más cercano a la puerta, que se fundía con el respaldo del contiguo.

– ¿Qué desea? – preguntó el camarero con un notable desdén.

Absorto en mis pensamientos de pareja, sus palabras me hicieron despertar del trance. Alcé la vista, y justo cuando iba a articular palabra, me di cuenta de que no era a mí a quien hablaba. Al lado mío, con la mano apoyada en una réplica del taburete sobre el que yo estaba sentado, yacía un hombre extremadamente alto y delgado.

– ¿Otra vez tú? ¿Tengo que volver a llamar a la policía?

Inmediatamente, el hombre recogió su sombrero de copa, coordinó sus infinitas piernas para comenzar la tarea de andar, y salió del bar.

– Ese hombre está loco. Llega siempre al bar, se queda con la mirada perdida pensando en sabe dios qué, y si le preguntas algo, te mira con esos ojos vaciados por el demonio sin decir nada. A mí me dan ganas de estrangularlo. Pero ya sabes, la policía prefiere que contemos con ellos si no queremos meternos en problemas. – y acto seguido, el camarero añadió – Y perdona, ¿qué deseas tomar?

Ella ya se había acabado el café. No sé qué clase de poción contendría, pero la dulcificó. Terminé de un sorbo apresuradamente el café, aún por la mitad, mientras un tacón de aguja rozaba con punzante suavidad mis pantalones. Agarré mi abrigo, y me deslicé a lo largo del banco hasta reencontrarme con sus carnosos y agridulces labios. Un escalofrío recorrió mi corazón. Como tantas otras veces. Me dio la sensación de que la puerta del bar se encontraba a kilómetros de distancia. No había tenido tantas ganas de llegar a la cama de mi habitación en todo el día de travesía. El camarero recogió nuestras tazas y se metió la propina en el bolsillo, todo ello sin tener la decencia de observar como nos alejábamos mientras el sonido de la pequeña campana se fundía con las vacías conversaciones inherentes a cualquier bar. La verdad es que las mejores conversaciones que he tenido en mi vida han sido apoyado en una barra de bar, con una cerveza en mano y algo disperso, pero sin duda alguna sus palabras iluminaban toda la oscuridad de la noche. No obstante, los bares a menudo están repletos de conversaciones intrascendentes, gente estúpida hablando de fútbol, u hombres sin alma tratando de conquistar a la primera mujer que se encuentran con sus berridos más viscerales. Por eso, si alguna vez entras a un bar, y te encuentras a una persona apoyada en la barra, a solas, en silencio, con la mirada perdida, no pienses que es la persona más desequilibrada que hay allí. De hecho, se trata de la única persona que merece la pena en ese lugar. Por desgracia, lo más lógico es que seas como cualquier otra persona de ese bar, y no sepas ver que la única lógica que existe en este mundo es la de no atarse a nada; saber exprimir cada gota de silencio, hasta que hayas reunido las suficientes como para poder quitarle la sed a alguien, aunque sea por un segundo. Todos tenemos sed, pero no todos sabemos cómo saciarla. Saberlo te hace diferente. Y ser diferente es algo bueno.

Le abrí la puerta del coche, era lo menos que podía hacer como caballero; ella me abriría sus piernas después, aunque yo en el único lugar de su cuerpo en el que quería entrar de verdad era en su corazón. Estaba a punto de entrar al coche, cuando sentí algo extraño escalando desde los pies hasta mi cabeza. Muy dentro de mí. Cuando llegó a la altura de mis ojos, me dio por mirar a mi derecha, y quedé perplejo, sosteniendo al mismo tiempo la puerta del coche, entreabierta, conmigo más fuera que dentro del contenedor de hierro que contenía a mi cita de aquella noche, en una escena bastante cómica y patética. En la otra acera, a unos doscientos metros, cubierto por una una enorme copa de un sombrero que parecía acariciar el cielo, el extraño hombre que se sostenía hacía unos minutos en un taburete al lado mío sin ni siquiera haber notado su presencia, permanecía de pie. Sus ojos estaban puestos en mí, o quizás en todo. O quizás en nada, tal y como pensaba el camarero. Era una mirada tan profunda que me hizo sumergirme en un estado de completa

absorción del resto de las cosas que formaban parte de mi mundo. Éramos yo, el silencio y la mirada de aquel hombre.

– ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Piiiiiiiiiiiii!!!!!!!!!! – el agudo chillido del claxon me hizo despertar del trance. – ¿Qué pasa? ¿Es que ahora soy poco para ti?

Otra vez enfadada. De mala manera arranqué el coche y, justo al llegar al cruce, en el lugar en el que instantes antes estaba aquel extraño hombre, no había nadie. Solo una explanada en la que se encontraba un campo. Tampoco hice mayor caso, y una vez el tráfico lo permitió, me incorporé a la circulación, y después de 40 minutos habíamos llegado a casa.

El día pintaba de mal en peor. Por si no fuera suficiente haber olvidado una maleta en el bar (la cual tuvimos que sacar para pagar, pues todo el poco dinero que nos había sobrado lo llevábamos allí), para colmo un pájaro había cagado sobre el capó. Debió de ser antes de retomar el camino a casa, pero después de salir del bar no vi nada, cosa difícil debido a su descomunal tamaño. Además, ella estaba más cabreada si cabe.

Deshicimos las maletas (por separado), reordenamos los armarios, cenamos y subimos a la habitación a dormir. Dormimos como lirones. Y normal haberlo hecho, ya que mientras subíamos las escaleras después de haber cenado, el tiempo se paralizó, y los problemas quedaron a un lado. En otras palabras, follamos como salvajes; follamos cómo hacía semanas que no lo hacíamos. Nunca volvimos a por la maleta.

III

Habían pasado ya dos años. Ella y yo habíamos tenido algún que otro buen polvo, pero ya no había nada más a lo que aferrarse. Aquello que hubo, aunque lo hubo, se terminó. No volví a verla, y a pesar de saber que lo mejor para ambos, y sobre todo para mí, era sacarla de mi vida, estaba más dentro que nunca.

A esta otra la había conocido tiempo después de la última vez que escuché la voz de ella. Era más simpática, más agradable, y sobre todo, tenía un corazón infinitamente más grande que ella. Incluso hay quien diría (en verdad, la mayoría de la gente) que era mucho más guapa. Pero mi corazón seguía con ella. O ella seguía en mi corazón. O ambas cosas.

A esta otra le gustaban exageradamente pasear. Paseábamos por todos lados. Por cada beso que me daba al yo había menos cinco mil pasos. Era agotador. Encima, no la quería. Recuerdo una vez, estábamos caminando por un sendero al margen de un río desconocido cuando, de repente, le vi. Me quedé congelado. Estaba allí, de pie, mirando fijamente, otra vez. La copa de su sombrero se perdía entre las de los árboles. Su mirada. Su mirada, tan profunda y sobrecogedora, parecía absorberme. Estaba totalmente paralizado. Mi acompañante se había acercado al margen del río para lavarse las manos, las cuales se había manchado de barro al apoyarse en una piedra subiendo un tramo un tanto complicado. Entonces, una voz me despertó del trance:

– Cariño, ¿qué es lo que miras? – me dijo dulcemente.

Desconcertado, la miré, incapaz de poder articular palabra. Tenía el cuerpo helado. La temperatura del ambiente había descendido cuanto menos 10 grados centígrados de golpe. Trataba de entrelazar mi mirada con la suya, pero era como si hubiese desaparecido. Ya no existía. Y no puedo asegurar con firmeza que alguna vez lo hubiese hecho.

– Hoy los pájaros tampoco han alzado el vuelo.

Era una voz sepulcral, casi inhumana. Un punto a medio camino en mitad de la nada entre oscuramente grave y un último chillido de dolor. Pronunció todas las palabras como si fuesen todas ellas una sola. Fue una sensación escalofriante, puramente indescriptible. Una sensación que se repite, cada semana, cada día, cada hora, cada segundo. Esas palabras hacen eco en mi cabeza de manera ininterrumpida desde el preciso momento que las escuché por primera vez. Y desde entonces no he dejado de hacerlo.

Cuando me giré, no había nadie ya allí. El tiempo se congeló. Nunca lo he pensado, y no quiero hacerlo ahora, en cómo se sentiría aquella chica al verme totalmente paralizado, mirando a la nada, tratando de encontrarle con mis ojos, pero incapaz de hacerlo. Incapaz de encontrarla con mi corazón.

Conocí a más chicas, pero ninguna de ellas fue capaz de ver a aquel hombre extremadamente alto y escuálido, amante de los pájaros, ni su mirada profundamente triste pues llevaba ya muchos años sin ver alzar el vuelo a uno solo. Ni siquiera ella. Solo veían a un hombre alto, fuerte, con un enorme corazón, quedarse congelado repentinamente sin aparente causa, incapaz de darles amor cuánto más lo necesitaban, pues no podía siquiera verlas. Ni siquiera a ella.

Recuerdo una vez, qué volviendo de un viaje, en un bar de carreter…”

En lo más profundo del bosque, el grito de un búho en la más absoluta oscuridad buscando su cena pareció una respuesta al relato que se contaba en el interior de la cabaña. Fuera de ésta, a través de la ventana, oculto entre las sombras, un extraño hombre con un interminable sombrero de copa, tan delgado que rozaba la enfermedad y con una chepa tan pronunciada que podía tocar el suelo con sus esqueléticas manos aun estando de pie, observaba en el silencio de la noche lo poco que quedaba de aquel viejo que, mientras hablaba solo, se iba consumiendo lentamente por última vez, como las escasas astillas de madera que ardían poco a poco, pero a un ritmo constante, en el fuego de la chimenea que hacía no muchos años ardía con fiereza.

Homie.



 

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