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LOS SIETE DEL ARCHIDUQUE

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La tarde del 27 de junio de 1914, un hombre caminaba a paso apurado por las calles

de Sarajevo, este, era un hombre joven, rubio, con barba y en buena forma física, iba

bien vestido y su tez era clara, lo que dejaba claro que este joven no era para nada

bosnio ni serbio. Cada vez que giraba una esquina miraba hacia atrás, como si temiera

que alguien lo siguiera, hasta que al final llegó a lo que parecía ser su destino, una

casa de aspecto ruinoso pintada de amarillo que carecía de cristales en las ventanas.

Al aproximarse directamente a la puerta, esta se entreabrió y una voz preguntó:

–          ¿Quién se acerca a la puerta de la libertad? – dijo la voz.

–          El enviado del Káiser. – contestó el hombre, tras lo cual la puerta se abrió del todo

dejándole pasar al interior.

Al entrar a la estancia el hombre rubio se encontró en la presencia de otros seis

hombres, cinco de ellos tenían rasgos yugoslavos, pero el más interesante del grupo

era un hombre castaño de tez aún más blanca que la suya que se encontraba sentado

en una butaca jugueteando con un revólver.

–          Soy el teniente segundo Fritz von Heidelberg, enviado del káiser para esta operación.

– dijo el recién llegado.

–          Yo soy Mijaíl Princip, este es mi sobrino Gavrilo Princip y el resto son Andrej

Birkantovic, Dragoslav Pyerovic, Luka Sokolovic y ese hombre del fondo es un enviado

del Zar, el capitán de infantería Nikolai Fedorov.

–          ¿Enviado del zar? – preguntó el alemán.

–           Sí, mi soberano Nikolai II, zar de todas las Rusias, quiere que haya un conflicto que

le permita librarse de un monje-brujo molesto para su gobierno. – contestó el ruso

desde el fondo de la sala, sin dejar de mirar a su pistola.

–          No tengo nada que objetar a eso. – respondió el alemán, a lo cual se sentó, al igual

que los demás en una de las butacas que había allí dispuestas.

Mijaíl Princip se puso en pie y se dirigió a los asistentes:

–          Ahora que estamos todos, nosotros en nombre de la “mano negra” y ustedes dos en

nombre de sus respectivas naciones, doy por comenzada la operación por la cual

nosotros le daremos un gran golpe a los planes austrohúngaros y ustedes les

debilitaran políticamente con la pérdida de su heredero y quizá una guerra forzada que

enfrente a Alemania y Austro-Hungría con Rusia, Francia y quizá Reino Unido, en la

cual Rusia acabaría con Austria y Alemania con Francia, el asesinato del archiduque

Franz Ferdinand de Habsburgo.

–          ¿Sabemos ya cómo lo haremos? – preguntó Nikolai.

–          Con una mina. – respondió Mijaíl.

–          No me parece suficientemente efectivo, sabemos por dónde va a pasar pero hay

bastante circulación que podría detonarla antes, y no hay certeza de que vaya a pasar

justo por encima de ella. – objetó el teniente von Heidelberg.

–          Estoy de acuerdo con el alemán, además, deberíamos tener varias alternativas de

asesinato, por si alguna falla. – dijo el ruso.

El serbio se quedó pensativo hasta que al final dijo:

–          ¿Y qué proponéis? – dijo este.

–          Yo me propongo como tirador en un tejado con mi Mauser 98. – dijo el Alemán.

–          Y yo como otro tirador con mi Winchester 1895. – dijo el ruso.

–          ¿Y el resto? – preguntó Mijaíl.

–          Pienso que estaría bien tener un hombre en el hospital, para asegurarse de que no

sobreviviera, y otro que les lanzara una granada. – sugirió Dragoslav.

–          Y otros dos podríamos hacernos pasar por policías. – añadió el joven sobrino de

Mijaíl, Gavrilo.

–          No sería mala idea, sin embargo tu solo tienes diecinueve años y no pasarías ni de

lejos por policía, lo mejor es que te quedes al margen y aprendas para el futuro. –

reflexionó Mijaíl. – Yo no soy buen tirador, así que opto por ser el infiltrado del hospital.

–          Yo querría ser uno de los policías. – pidió Dragoslav.

–          Y yo el otro, – dijo Luka. – Y Andrej, que es el más concienciado con la causa que sea

el que lance la bomba atacando el primero de todos.

–          Y me suicidaré después. – dijo Andrej hablando por primera vez con una voz seria y

ronca.

Tras este comentario Fritz miró a Nikolai, que le devolvió la mirada indicando que a él

también le había impactado las palabras del bosnio.

–          Pues entonces no hay tiempo que perder, hay que conseguir los uniformes de la

policía, armas y la granada, nos distribuiremos en dos grupos, Dragoslav, Fritz, Gavrilo

y yo iremos a conseguir las armas y la granada mientras que Nikolai, Andrej y Luka

iréis a conseguir los uniformes. – dirigió Mijaíl.

Nikolai se guardó su revólver en la chaqueta y tras despedirse con la mano, salió

seguido por los bosnios.

–          ¿Cuál es el plan? – preguntó Fritz.

–          Depende, ¿tienes pistola? – interrogó Mijaíl.

–          Obvio. –dijo Fritz sacando una luger de la chaqueta.

–          Pues asaltemos una fábrica clandestina. – resolvió el serbio levantándose animado

de la butaca y dirigiéndose a la puerta, y desde allí dijo: – ¡Vamos!

Los cuatro hombres salieron de las casas y comenzaron a caminar por las calles de

Sarajevo, cruzaron el río Miljacka y se aproximaron a un  gran edificio con aspecto de

abandono pero cuya puerta estaba custodiada por un guardia de cuyo pantalón

asomaba una pistola.

–          Mijaíl, ¿de quién es la fábrica? – preguntó el alemán al ver al guardia.

–          De un grupo criminal austriaco, distribuye armamento militar pesado por media

Europa. – respondió tranquilo Mijaíl.

–          ¿Y no había alguien más peligroso? – dijo Fritz con sarcasmo.

–          Es mejor que entremos por detrás. – dijo Mijaíl.

–          ¿Está menos defendido? – interrogó Fritz.

–          No…pero los tiros se oirán menos y nadie alertara a ningún agente de la ley

austrohúngaro. – contestó el serbio echando a andar en dirección a una callejuela que

se encontraba a la izquierda de la “fábrica”, a lo que todos le siguieron con discreción.

Cruzaron el callejón hasta doblar la esquina y se encontraron con una pequeña puerta

de metal custodiada por otro hombre que pasaba el tiempo leyendo el periódico

apoyado contra esta. Fritz cogió una botella del suelo, la colocó en la punta de la

pistola y se dispuso a apuntar al hombre, más Dragoslav sacó un cuchillo de caza de

su bota derecha y le hizo un gesto indicando que él se ocupaba de eso.

El serbio le pidió un cigarrillo a Mijaíl, el cual se lo dio extrañado y este tras meterse el

cuchillo en un gran bolsillo interior de su chaqueta, se puso a andar hacia la puerta.

Por el camino se puso el cigarro en la boca y al llegar junto al guarda se paró y le pidió

fuego.

El guarda cerró el periódico y metió la mano en su bolsillo para buscar su mechero,

pero en eso momento Dragoslav sacó el cuchillo y se lo clavó en el pulmón, para que

no pudiera gritar, lo giró, y lo sacó lleno de sangre, a lo que el cuerpo del guarda se

deslizó por la puerta hasta el suelo.

Sus tres compañeros se acercaron perplejos al lugar donde Dragoslav estaba ya

registrando al muerto en busca de la llave.

–          Solo tengo una pregunta. – dijo Fritz. – ¿Cómo sabias que tenía mechero?

–          El suelo está lleno de colillas, así que supuse que era fumador y por tanto que tenía

uno. – contestó este.

–          Eres un hombre inteligente Dragoslav. – le alabó el alemán.

–          Gracias teniente. – respondió el serbio sacando al fin algo de un bolsillo del difunto

guardia. – Aquí está la llave.

Dragoslav abrió la puerta y miró hacia el interior, a ambos lados había un largo

corredor que parecía tranquilo, así que entraron en la fábrica y arrastraron el cadáver

al interior. A continuación empezaron a andar hacia el lado derecho del pasillo

encabezados por Fritz, que apuntaba al fondo de este con su Luger.

De repente se oyeron pasos provenientes del final del pasillo y Fritz alzó la mano

mandándoles parar, al momento un hombre apareció cruzando una puerta cercana al

final del pasillo, a escasos diez metros de ellos, Fritz detectó al momento que iba

armado, pues llevaba una pistolera anexa al cinturón y le disparó a la cabeza,

desplomándose al instante, Fritz quitó la botella, ahora rota, del cañón de la pistola,

había cumplido su función, silenciar el disparo.

Mijaíl cogió la pistola del muerto y los cuatro hombres cruzaron la puerta por la que

aquel hombre acababa de salir y entraron en una sala que parecía ser un almacén,

tras asegurarse de que no había nadie allí, Mijaíl ordenó:

–          Buscar pistolas y munición para los que no tenemos y algún tipo de explosivo.

–          Aquí hay explosivos y metralla, podríamos meterlos en un recipiente de metal y una

mecha. – anunció Gavrilo.

–          Podría valer, cógelos. – le mandó su tío.

–          Y aquí revólveres y municiones. – dijo Dragoslav cogiendo una caja de madera del

suelo.

–          Pues ha sido fácil, – dijo Mijaíl. – vayámonos.

Los cuatro hombres taparon las cajas con trozos de tela y salieron de allí en dirección

a la casa.

En el otro lado de la ciudad dos agentes de la policía perseguían a un hombre

corriendo a través de los callejones de la ciudad, de repente este entro en un callejón

sin salida y al llegar al muro que le cerraba el camino levantó las manos y se giró

mirado a los agentes austrohúngaros.

Repentinamente dos sombras cayeron desde un balcón derribando a los policías y

procedían a estrangularlos. Una vez ambos hombres habían muerto, Nikolai dijo:

–          Ya tenemos los uniformes, buen trabajo Andrej.

–          Solo cumplo mi deber como miembro de la “mano negra”. – contestó este.

–          ¿Cómo los atrajiste? – preguntó Luka.

–          Fácil, robé a un tendero delante de ellos. – contestó sacando una cajita de su bolsillo.

–          Bien, cojamos los uniformes y vayámonos. – ordeno el ruso.

Desvistieron a los policías, cogieron los trajes y se fueron a toda prisa de allí.

Al anochecer todos los hombres se encontraban cenando en la casa, Fritz había ido al

albergue donde se iba a quedar originalmente a por su equipaje y su fusil y se había

instalado una alcoba del segundo piso.

Tras acabar de cenar, los serbios se fueron a dormir, todos sabían que habían de

hacer al día siguiente, más los dos militares extranjeros se quedaron en la sala

principal de la casa, sentados en unas butacas, ambos leían, Fritz el periódico

austriaco y Nikolai un libro en ruso.

–          ¿Sabes austriaco? – preguntó Nikolai tras un rato.

–          Es muy similar al alemán, de hecho es prácticamente igual, tu que sabes alemán

serias capaz de leerlo. –contestó este cerrando el periódico.

–          Mijaíl lo ha pintado todo muy bonito pero Alemania y Rusia tienen frontera así que en

unas horas podríamos ser enemigos.

–          Recemos por que no sea así.

–          Si mañana la bomba falla, nos tocará a nosotros disparar y media compañía de los

húsares se nos echará encima al momento.

–          No si usamos esto, – dijo Fritz sacando dos tubos cilíndricos de su bolsillo y dándole

uno. – Son prototipos alemanes que funcionan a medias, sirven para silenciar el

disparo, creo que encaja también en tu Winchester.

–          Gracias, ¿qué vas a hacer cuando el archiduque caiga?

–          Tomaré el primer tren a Viena, y de allí a iré a Berlín.

El ruso asintió, tras lo que se levantó, le dio las buenas noches al alemán y fue a

acostarse, el alemán acabó de leer el periódico y tras ello, hizo lo mismo.

Al día siguiente todos se levantaron temprano y se dirigieron hacia sus posiciones,

Fritz y Nikolai eligieron como lugar dos altos edificios unos enfrente del otro que

carecían de tejado, teniendo en su lugar un ático, desde donde estaban, podían ver el

puente donde atacaría Andrej. Los serbios habían conseguido pastillas de cianuro

para suicidarse tras atacar pero obviamente ese no era el plan de los otros dos

conspiradores, ahora solo quedaba esperar.

Tras un tiempo se vio llegar a la comitiva y Fritz buscó a Andrej entre la multitud con la

mira telescópica de su fusil, pero no le dio tiempo pues a través de la lente vio el

explosivo volar en dirección al coche del archiduque quien, al verlo, lo echó hacia atrás

por lo que mató e hirió a los que estaban detrás. Al instante el conductor aceleró e

intentó huir de allí.

El alemán se dispuso a apuntar al coche en movimiento pero al momento escucho

unos pasos cercanos y descubrió que dos soldados austriacos habían subido por la

misma trampilla que él. Disparó de cadera a unos de ellos acertándole en la pierna, lo

que provocó que se le cayera el fusil, y se lanzó contra el otro con su puñal,

encarnizándose en una lucha cuerpo a cuerpo.

Mientras tanto el coche del archiduque seguía avanzando por la calle a una velocidad

considerable, Nikolai veía lo que pasaba en otro tejado, vio al soldado herido coger su

fusil del suelo, tenía que tomar una decisión en segundos, salvar al alemán o matar al

archiduque, cambio la mira de objetivo varias veces en pocos segundos y al final

escogió uno, contuvo la respiración, apuntó y apretó el gatillo.

La bala le atravesó el cráneo al soldado austriaco, que estaba a punto de disparar,

pues Fritz había finalmente conseguido apuñalar al otro soldado, el alemán al ver lo

que había hecho el ruso por él, lo miró y al momento se lanzó a por su fusil y buscó el

coche del sucesor al trono austriaco, pero ya era demasiado tarde, ya había

desaparecido, miró al ruso de nuevo y le indicó que se verían abajo, a lo que bajó del

edificio y se reunió con él para dirigirse a toda prisa hacia la casa.

Nada más llegar a esta, ambos corrieron a coger sus cosas e intentar salir de allí antes

de que llegaran los serbios por si acaso a estos se les ocurría culparles del fracaso,

pero justo cuando estaban a punto de salir de la casa, Dragoslav apareció por la

puerta.

–          Señores síganme rápido con sus cosas.

Ambos le siguieron extrañados pues no parecía enfadado sino nervioso, los condujo

por las calles de la ciudad donde había un revuelo increíble y los llevó finalmente a un

establo, cogieron tres caballos y salieron cabalgando de la ciudad en siguiendo el río.

Cuando se habían alejado un poco de la ciudad, Dragoslav hizo parar a su caballo y

les dijo:

–          Sus monarcas estarán contentos, el archiduque y su mujer han muerto, les mató

Gavrilo de dos tiros, lo han arrestado, el cianuro era falso.

–          ¿Y entonces Andrej? – preguntó Nikolai. – Él se iba a tirar al río tras tomarla.

–          Se habrá ahogado o lo habrán capturado. – respondió este.

–          ¿Y ahora qué? – interrogó Fritz.

–          Si vas hacia el norte llegarás a Hungría tras unas jornadas y de allí podrás ir

fácilmente a Alemania, y tú si vas hacia el este llegarás a Serbia, si la cruzas, a

Rumania y de allí, a Rusia, yo iré al sudeste, a villa natal en Serbia. – contestó

Dragoslav.

–          Sea pues, ¡adiós! – se despidió Fritz, enfilando su caballo hacia la dirección indicada.

–          ¡Adiós! – dijo también Nikolai. – Pero si nos encontramos en el campo de batalla,

recuerda que me debes una.

–  ¡No lo olvidaré! – gritó el alemán mientras comenzaba a cabalgar hacia el norte.

 

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