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Mas que un mago

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-¡Pásamela! – gritó mi mejor amigo Leo.

Le pasé el balón.

Leo era regordete y con gafas pero sin embargo, le encantaba hacer deporte. De hecho,

yo era mucho más vago que él.

-¡Ahí va!-dijo mientras chutaba el balón con tal potencia que no pude esquivar el

balonazo en la cara.

-¡Auch!- me quejé.

Leo se estaba riendo, mejor dicho, se estaba revolcando de la risa, así que cogí el balón

y se lo lancé como venganza amistosa.

-¡AAY!- gritó. Y acto seguido empezó a reírse, yo no lo pude evitar y comencé a

desternillarme junto a él. Me incorporé y me di cuenta de que el balón había

desaparecido.

-¿Dónde está el balón?-pregunté mientras Leo se levantaba.

-Creo que ha salido disparado hasta esa casa-dijo, señalando una casa oscura que

parecía bastante vieja.

-¡Vamos!- contesté.

Había una valla de metal que no dejaba acceder al jardín.

-¡Ayúdame a subir!-dije mientras me encaramaba a la valla. Noté el empujón de Leo y

conseguí pasar.

Corrí por el jardín a por la pelota, cuando de repente, una luz verdosa me deslumbró.

Me puse la mano para poder ver y distinguí que venía de una ventana. La verdad es que

yo era muy curioso, así que me acerqué. Miré a través de la ventana que estaba a ras de

suelo y me sorprendió ver a una chica joven que parecía muy enfadada. Apareció un

señor mayor, de unos setenta años, diciéndole algo que no pude descifrar. Ella le dio la

espalda y salió corriendo de la casa. Me apoyé en la ventana para poder ver mejor pero

está se abrió y me precipité sobre el suelo de la casa. Me incorporé de un salto.

-Perdone señor, no quería molestarle-dije.

-No pasa nada, al menos no has caído encima de nada valioso.-respondió.

-¿No se ha asustado, señor?-pregunté con intriga, ya que, si alguien se cae a mi lado

proveniente del cielo, yo me daría un susto de muerte.

-¿Por qué debería hacerlo? No eres nadie de quien debería sentir temor, ¿no crees?

Se oyó un portazo, probablemente, fuese de la chica.

-¿Quién era esa chica?-pregunté con precaución.

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-Mi ex ayudante-contestó, noté que resaltó mucho el “ex”.

-¿A qué le ayudaba?

-Ven por aquí.

Seguí al anciano y me fijé en sus canas.

-¿Cuántos años tiene, señor?-pregunté.

-¿Nunca te han enseñado que preguntar eso es de mala educación?

-No señor. Mis padres murieron cuando yo apenas tenía dos años y la verdad, no

tuvieron tiempo de enseñarme nada que recuerde.

-Lo siento.

-No pasa nada. Por cierto, ¿qué me iba a enseñar?

-Mira esto.

Él cogió una baraja de cartas y me pidió que eligiera una al azar.

-Mmm, ¡ésta!-dije mientras señalaba una carta que estaba a un extremo de la mano.

-Vale, mírala.

La levanté y vi el diez de tréboles.

-Yo no la he visto, ¿lo sabes?

-Claro que no la ha visto. Lo sé.

-Guarda la carta en la baraja en la parte que quieras.

La metí en el medio.

El señor mayor barajó las cartas y me preguntó qué carta había elegido.

-El diez de tréboles -repliqué.

Él tiró todas las cartas al suelo. Las miré y para mi sorpresa, todas ellas estaban boca

abajo menos el diez de tréboles,

-¡¿Qué?!

-C´est la magique!-dijo en un bien pronunciado acento francés.

-¿Cómo lo has hecho?

-Un buen mago nunca revela sus trucos…

-¿Me enseñará?

-Puede ser, pero ahora vete chico que es ya muy tarde.

Miré al reloj en la pared que marcaba las nueve.

-Es verdad, ¿Cómo te llamas?-pregunté.

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-Michael Sugist.

-Tom Rych, encantado.-dije mientras salía corriendo por la puerta.

Al salir, cogí el balón y volví a saltar la valla, encontrándome a Leo sentado en un

banco mientras tiraba piedras a una pared. Se le notaba aburrido.

-¡Ey! se me ha complicado el coger el balón ahí dentro.

-No pasa nada, vamos a casa.

Y los dos fuimos juntos hasta el internado.

-¡THOMAS RYCH Y LEONARDO RIECE!

-Porras.- dijo Leo.

-¿¡Qué horas son estas!?-gritó la señorita Swamm.

-Lo sentimos señorita Swamm.-dijimos a coro Leo y yo.

-Como castigo, hoy no cenaréis nada. Rápido, desapareced de mi vista.

Y desaparecimos de su vista, y bastante deprisa según mi parecer. Bastante flojo había

sido el castigo. Cuenta una leyenda del internado que a un niño le castigó obligándole a

permanecer un mes aislado en un lugar que llamamos ´´La Dragonera´´. Nadie sabe

cómo es en realidad ese lugar, pero algunas monitoras se han enterado de la historia y

nos amenazan con ello.

-¡Vaya, vaya, vaya! ¿A quiénes tenemos aquí?- dijo una voz detrás de mí.

-¿Qué quieres ahora?-preguntó Leo.

Tanto Leo como yo sabíamos de quién provenía esa voz. Nos obligaba a llamarle ´´El

destripador´´ pero en realidad se llamaba Lester. Era el abusón del orfanato junto con su

cuadrilla, que sacaban dos años a todo el mundo y se dedicaban a molestarnos para

obligarnos continuamente a realizar cosas bajo amenaza. Una vez cuando tenía ocho

años se lo dije a una de las cuidadoras, quien me impuso una sanción de una semana sin

postre por chivato.

-¡Más os vale darme vuestra ración de postre si no queréis tener graves

consecuencias…!

-Nos han castigado sin cena.-Mencionó Leo.

-¡Maldito…!- gritó el abusón, y le propinó un puñetazo a Leo en el estómago, que se

encorvó del dolor.

Lester y su pandilla se fueron riéndose y chocando las palmas.

-¿Estás bien?-pregunté.

-He tenido días mejores.

-Vámonos.- Dije mientras le levantaba.

Y como no teníamos cena nos fuimos a dormir.

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Al día siguiente me levanté temprano y desayuné a toda velocidad.

-¿Dónde vas?-preguntó Leo medio adormilado.

-Luego te lo cuento.

Salí corriendo hacia la casa vieja del día anterior. Al llegar, salté la valla y llamé al

timbre de la casa. Me abrió el mago y me pidió que pasase.

-Enséñame por favor.-dije.

-Tranquilo, la mejor cualidad de un mago es tener paciencia.

-Entonces tendré paciencia.

-Tendrás que demostrarlo. Ahora vuelvo.-dijo.

Me senté en una silla roja. Esperé unos cinco minutos, y después otros, y otros, y

otros… Pasaron unos cuarenta minutos que me parecieron siglos.

-Humm, parece que sí que tienes paciencia.-dijo el mago.

-Sí, ¿podemos aprender algún truco ya?

-No quieras correr sin saber caminar.

-Está bien. Dime qué tengo que hacer y lo haré.

-Toma esto.-dijo mientras tendía una pelotita de goma roja y una baraja de cartas.-Haz

este movimiento hasta que te salga con mucha fluidez.

Empezó a mover la pelota por toda su mano con tan sólo el pulgar. Se la pasó por todos

los lados y zonas de la mano. Cuando terminó cogió la baraja de cartas y las barajó en

cuestión de segundos. Las movió de un lado al otro igual que la pelotita. Terminó y me

volvió a tender los objetos. Los acepté.

-Practicaré.- prometí.

Y eso hice. Todo el tiempo del día me lo pasé practicando. Incluso en la cena, lo cual

casi me cuesta el postre. Al día siguiente, llovía muchísimo. Iba corriendo hasta la casa

del mago mientras movía los objetos. Cuando llegué estaba empapado y el frío invadía

cada centímetro de mi cuerpo. Estaba congelado.

-Será mejor que te acerques a la estufa si no quieres coger una pulmonía.-dijo el mago.

No decliné el consejo y me intenté calentar y secar.

-¿Qué tal vas con los movimientos?-me preguntó.

Intenté hacer los movimientos, pero estaba tiritando de frío. De hecho empecé a toser y

a sentirme realmente enfermo.

-Corre báñate aquí.-dijo mientras abría una puerta que daba al baño.

Vi una bañera repleta de agua, la toqué y estaba bastante caliente. Me desvestí con

rapidez y me metí en el agua, al hacerlo, sentí una especie de alivio.

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-Muchas gracias.

-De nada Tom.

-¿Sabías que iba a llegar con tanto frío?

-Siendo franco, no. El baño era para mí.

Después de aproximadamente media hora en el baño, sentí que ya estaba lo

suficientemente caliente como para salir. Y eso hice.

-Bueno ahora que estás listo, podrías enseñarme qué tal manejas los objetos.

Como respuesta empecé a moverlos y me salió bastante bien.

-Muy bien. Sigue practicando y mañana me enseñas que tal vas.

-Pero ya lo sé hacer, ¿por qué no aprendemos un truquito?

-Mejor sigue practicando. Paciencia, chiquillo. Todo a su debido tiempo.

Y eso hice. Al igual que el día anterior practiqué en todos los momentos del día.

Después de tres días de incansable esfuerzo siguiendo las indicaciones del mago, llegó

el día en el que me salía de corrido.

Con mucho orgullo, corrí hasta la casa del mago y le pregunté si podía realizar un truco

ya. Para mi sorpresa, el mago accedió.

-Vale, el truco consiste en hacer creer al público que la bolita ha desaparecido. Para ello,

tienes que manejar las manos con tal destreza que consigas que el público deje de saber

dónde está la pelota.-explicó.

Acto seguido, hizo una demostración.

-Ahora te toca.

Cogí las pelotas y traté de engañar al propio mago. Increíblemente, me salió bien.

-Con esfuerzo todo se consigue Ahora vete a casa.

Me marché tatareando muy feliz. Había aprendido mi primer truco de magia y era

emocionante. Al llegar al orfanato, me castigaron por el retraso, pero no me importó.

De hecho hasta me encontré con ´´El destripador´´ pero supe actuar con la suficiente

inteligencia como para no ganarme un guantazo. Encontré a Leo.

-Hola, ¿dónde has estado?

¿Te acuerdas de la casa vieja donde entré a por la pelota?

-Sí.

-Allí vive un señor mayor, un mago, que me enseña trucos de magia. Mira:

Y le hice el truco de magia que había aprendido ese día.

-¡Vaya! Pues sí que lo haces bien.-me valoró Leo.

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Después de estar hablando con él un buen rato me fui a la cama. Me sentía muy fatigado

a pesar de que no había hecho nada que cansara realmente. Al día siguiente me levanté

con un tremendo dolor de cabeza. Sin embargo, el deseo de aprender más trucos era más

fuerte que el dolor. La magia era para mí una puerta que me transportaba a un mundo de

ilusión, muy alejado de lo que era mi día a día.

-¡Hola Tom!-dijo el mago-Que tarde has llegado hoy ¿no?

-Sí, la verdad es que me siento un poco cansado.

-Te noto pálido. Acércate.-comentó el mago mientras me puso la mano en la frente.-

Sígueme.

Seguí al mago hasta su coche y me pidió que me montara. Entendí que era grave así

que me monté sin hacer preguntas. Me dolía mucho la cabeza, tanto que me desmayé.

Me desperté en el hospital con un tremendo dolor de cabeza. Me dijeron que debido al

frío había cogido pulmonía y que en un momento pensaron que no salía de esa. Vi al

mago hablando con un doctor. Más tarde, el doctor se acercó a mí y me dijo que había

pasado varios días en el hospital pero que ya podía irme. Me contó, además, que el

mago no se había separado de mí.

Sugist me llevó en su coche al internado.

Cuando llegué al internado, les explicó todo lo ocurrido a las cuidadoras.

Antes de que se fuese le di un cálido abrazo. Y mientras se alejaba, con los ojos llenos

de emoción, sentí por primera vez en mi vida, algo parecido a lo que, imagino, un hijo

puede sentir por su padre.

Encontré a Leo jugando al fútbol él sólo. Me vio y corrió a darme un abrazo.

-¡Maldito seas!-dijo mientras sonreía-¡Me has tenido en vela unos cuantos días!

-Lo siento, no pretendía enfermar.

Me dio una colleja amistosa y nos fuimos andando.

Un par de horas después nos encontramos al abusón y su pandilla que como siempre

intentaron fastidiarnos.

-¿Qué te ha pasado nenaza?-me preguntó.

Ni me digné a contestarle, no merecía la pena.

-¡Contéstame!

No lo hice.

-¡Canalla estúpido!

Si algo he aprendido de los abusones, es que son unos cobardes que sólo se meten con

gente a la que sacan tres cabezas. Sin embargo, a un abusón jamás hay que dejar que te

este continuamente molestando, hay que cortarlo de raíz.

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-Ven a por mí si te atreves-dije y salí corriendo. Atravesé el patio a toda velocidad.

Volví la mirada y pude ver que me seguía. Había picado el anzuelo. Corrí todo lo rápido

que pude hasta mi objetivo, la máquina de cafés. Todos los días a las diez y cuarto de la

mañana la señorita Swamm sale a tomar un café, si tenía la suerte de que saliera y

pillara al abusón, quizá consiguiese hacerle ´´´cambiar´´. Vi a Swamm ya saliendo por

la puerta justo en el momento que el abusón me lanzó un tremendo puñetazo a la cara.

Tuve buenos reflejos y le esquivé agachándome. Su puño impactó contra la máquina,

haciéndola un abollón.

-Niños a jugar a otra parte.-dijo la señorita Swamm.

-No estamos jugando, me está intentando pegar.-protesté pero Swamm hizo caso omiso.

Ella pulsó el botón para que se preparase un café, pero no funcionó, volvió a intentarlo,

tampoco sucedió nada. Vio el boquete y el autor de este.

-¡Castigado, ya verás lo que es bueno!-gritó al abusón mientras le cogía de la oreja.

Mi plan había sido un éxito.

Después de cenar le volví a ver, se acercó a mí y yo pensaba que me iba a matar cuando

me pidió perdón. Y yo le perdoné. La verdad es que yo tenía una vida dura pero él

también.

Al día siguiente fui a casa del mago, que me dijo que iba a aprender otro truco, esta vez

un poco más difícil. Me llevó al sótano y me dijo que iba a hacer aparecer ratones.

-Tienes que coger esta caja con ratones y esconderte uno.-me explicó.

Hay gente que le tiene miedo a los roedores, yo no soy una de esas personas.

Hice el truco, aunque sólo me salió a la tercera.

Todos los días iba a la misma hora a casa del mago, e iba con la esperanza de que él me

enseñara un truco nuevo cada día. Todos los días iba con ilusión de aprender cosas

nuevas ya que la magia me enseñaba un mundo nuevo, diferente, donde no hay penas ni

desgracias. Día tras día, mejoraba como mago, aprendía nuevos trucos y mejoraba como

persona.

Un día iba como de costumbre a la casa del mago y llamé al timbre, pero no contestó

nadie.

Volví a intentarlo con resultado igual que el anterior. Golpeé la puerta con fuerza pero

no recibí respuesta. Sabía que el mago tenía guardadas unas llaves suyas debajo del

felpudo así que las cogí y abrí la puerta.

-¡Holaaaa! ¡¿Hay alguien?!-grité sin recibir respuesta.

Me empecé a preocupar, le busqué por toda la casa sin obtener resultado alguno. Busqué

por el jardín, hasta por el sótano, y no le pude encontrar. Empecé a llorar

desconsoladamente. Algo le tenía que haber ocurrido. El mago jamás se hubiera ido sin

mencionármelo antes.

-¡Ven, chico!-dijo la vecina de al lado de la casa.

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Me acerqué.

-Tu amigo, el señor Sugist, me ha pedido que te diga que aunque su corazón está ya

viejo y gastado y le ha dado un buen susto, me dijo que no te librarás tan fácilmente de

él. Tranquilo chico, volverá pronto.

Me sequé las lágrimas y suspiré aliviado.

Diez años más tarde

-¡Bravooo!

-¡Viva!

-¡Increíble!

Las luces me cegaban. El público coreaba mi nombre, se oían gritos de emoción.

Levanté las manos y me dejé llevar por el ambiente del imponente Palacio Real de

Madrid. Mi actuación había dejado al público boquiabierto.

Estaba en el escenario, como casi todos los sábados de los últimos años, cogí el

micrófono, y pedí decir algunas palabras.

-Muchísimas gracias por venir, espero que haya sido de su agrado. Pero si hoy estoy

aquí ha sido gracias a la generosidad una persona que regalándome su tiempo y su

cariño, transformó mi vida. Una persona que me mostró otro mundo y que me hizo

sentir cosas que jamás había sentido.

Pido por favor, a la persona que me descubrió el mundo de la magia suba conmigo al

escenario.

Miré a la primera fila y distinguí a Leo y al mago. Este último se levantó y ayudándose

de su cachava subió al escenario, me miró y me dio un largo abrazo cargado de cariño y

emoción que me transportó a mi niñez. El mejor abrazo que me han dado nunca.

Pseudónimo: ibaiba.

 

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