MI VECINO TIENE UN NOBEL.

Hace unos años, llegué a Santander. Mi familia y yo nos asentamos en una de las urbanizaciones más tranquilas de toda la ciudad. A pesar de que estuviera cerca de una fábrica bastante antigua, parecía una zona muy tranquila. En cuestión de semanas, la casa ya estaba bien ordenada tras aquella ajetreada mudanza que nos llevó cerca de un mes acabar. Dos días después de asignar nuestras habitaciones, mi hermana, que odia el silencio, me pidió cambiar la mía por la suya. Así que, tuvimos que añadir otros dos días de reformas moviendo cajas y muebles hasta terminar de colocar todo aquel alboroto. Me había tocado una habitación muy tranquila. Tenía un balcón que daba al jardín. Eso no era todo, pues el jardín solo tenía un árbol y ni siquiera los pajarillos que vivían en la zona paraban en él. En todo el día, no se podía escuchar ni un sonido. Ni el de la carretera que sí oíamos desde la cocina. Lo interesante de aquel jardín era la casa de enfrente.
Aquella casa era simétrica a la nuestra. La misma forma. Del mismo color, aunque, las persianas eran marrones. Quizás fuera porque era más antigua que nuestro reformado chalé.
En ocasiones, veía las mugrientas ventanas de la casa vecina, ligeramente entreabiertas. Pero nunca había nadie. Durante meses creí que era una casa sin dueño. La apertura de las ventanas cada domingo me hizo descartar aquella idea. Solo había pasado un mes de aburrido verano cuando se me ocurrió visitar al resto de vecinos de la urbanización. Hasta entonces no conocía a nadie de mi edad. La mayoría eran jubilados o personas de dinero.

Salí con mi hermana aquella mañana, con la ilusión de descubrir quién sería el dueño de la “casa abandonada”.  Como la urbanización era enorme, decidimos unánime visitar la mitad de las casas y, sobre todo, aquellas en las que hubiese cualquier mínimo símbolo de rastro infantil. Pasaron dos horas que parecieron siglos. La mitad de las puertas parecían no tener dueño, al igual que la casa abandonada; pero, los cuidados cartelillos que se encontraban en la portilla exterior delataban a los vecinos de su presencia. Le dije a mi hermana: ¡Qué vehementes son estos vecinos! – y ella me respondió – ¿Qué es “vehementes”?
He de admitir que no sabía muy bien lo qué significaba. Se lo escuché a mi madre una vez a la salida de un juicio, pero nada más. Y, aprovechando mi superioridad fraternal, me pude permitir no responder y mirarle por encima del hombro.

Cuando creíamos haber acabado de visitar todas las casas, volvimos a nuestro chalé. Ya era tarde; casi la hora de comer. Además, hacía calor y teníamos un hambre tremenda. Nuestro padre ya había llegado a casa, y nos dijo que no saliéramos más tarde de las cinco y media. Al parecer, a partir de esa hora había más tráfico en la urbanización. Comimos tranquilamente, con la televisión encendida (que sigue siendo un hábito muy normal en mi padre). Y por la tarde, cada uno se quedó en su habitación a la espera de nuestra madre, que volvía de un viaje. 


Había comenzado a leer uno de esos libros que mi madre calificaba como prohibidos: “El señor de las moscas”. Mi padre me solía hablar de filosofía y demás cosas que no recuerdo, porque a esa prematura edad no llegué a comprenderlas. Una de las cosas que acostumbraba a hacer en la clandestinidad, era dejarme libros debajo de la almohada para que los leyese durante las noches siguientes. Cuando terminaba de hacerlo, se los devolvía cuando podía, y hablábamos de ellos en el coche, en el parque…

Aunque mi padre fue militar, había estudiado psicología en la universidad. Debía de haber sido hace mucho tiempo. Por lo menos diez años. Decía que yo era un niño muy maduro y que entendía cosas que el resto de los niños de mi edad no llegaban a alcanzar. A veces me veía obligado a leer aquellos textos tan tétricos y extraños que me dejaba mi padre en la cama, en lugar de salir a jugar al parque o pasar el tiempo con la videoconsola. Pero él insistía en que todo esfuerzo tenía su recompensa. ¡Y vaya si tenía razón!

A falta de unas semanas para empezar el curso en el nuevo colegio, me volví a acordar de la casa sin dueño. Se me había olvidado por completo después de las múltiples lecturas que habíamos comentado mi padre y yo recientemente, aprovechando la ausencia de mi madre por los viajes del trabajo. 

Eran cerca de las siete de la tarde y el sol aún no había comenzado a ponerse. Sin embargo, hacía frío. Mi padre salió a dar un paseo con un amigo que llevaba tiempo sin ver. Mi hermana y yo nos quedamos solos en casa con la condición de portarnos bien. La disciplina férrea que nos enseñó nuestro querido padre era garantía de ello. Tenía la ventana de mi habitación cerrada y solo podía ver el exterior a través de los pequeños agujerillos de la persiana. Me aburría bastante, y empecé a “espiar” al pobre Fernando; el vecino que se pasaba todo el día jugando con el perro en el jardín. Y al poco tiempo me aburrí de ver a mi vecino. Tal aburrimiento me llevó a fijarme de nuevo en la casa abandonada que había pasado por alto las últimas semanas.

No era domingo, pero tenía una de las ventanas abiertas. Según mis cálculos espaciales, debía ser la del salón. Creo que mi hermana estaba jugando a las muñecas, y cuando juega a las muñecas, para ella desaparece el mundo exterior. Mi padre no estaba en casa. Todos ellos eran factores que me permitirían pasar unos minutos fuera sin que nadie se diera cuenta, y mi ansia por descubrir al dueño de la casa abandonada se multiplicó repentinamente en aquel momento. 

Salí con un abrigo por si hacía demasiado frío. Al final resultó hacer calor y lo tuve que llevar atado a la cadera. Como llevaba las llaves de casa en un bolsillo del abrigo y me molestaba al andar, me lo puse atado al cuello, como hacía mi padre cuando jugábamos a ser superhéroes. Llegué a la casa y me di cuenta de que era algo más vieja que las demás. El jardín delantero era más pequeño que el mío. Le daba un aspecto muy distinto. La fachada delantera tenía manchas de humedad, y las persianas tenían trozos secos de lo que un día fueron yedras.  Por educación llamé al timbre, aún sabiendo que nadie iba a responder. 

Cinco minutos pasé observando la casa desde la lejanía esperando algún movimiento, o alguna sombra. Y nada. Pasaron dos vecinos andando por delante de ella, a los que tuve que saludar tímidamente. Se coló un gato, y ello me animó a recordar aquella tarde filosófica en la que mi padre y yo hablamos del derecho a la propiedad; si ese gato podía entrar, ¿por qué no podía hacerlo yo? Y apresuradamente salí corriendo y salté el pequeño muro que la separaba de la calle. 

Una vez dentro, sentí miedo. Desconocía quién pudiera vivir allí y cómo reaccionaría ante un intruso. Mi instinto natural no me permitió pararme a pensar. Simplemente, actué por intuición. Con velocidad sobrehumana entré en el jardín interior y pude ver mi balcón y la luz encendida de la habitación de mi hermana. Seguía jugando a las muñecas. Mi corazón parecía explotar en cualquier momento, hasta que comencé a escuchar una pieza de música clásica. No sabía cuál era, pero la guardé en mi memoria durante muchos años. De algún modo, y continúo sin saber por qué, me quedé sentado en la fachada trasera de la casa sin dueño hasta el final del concierto. Casi siete minutos cuando sonó la voz de un hombre anciano. Comenzó a leer un poema, el cual no recuerdo, que me impactó en los primeros versos. Hablaba de una niña, de un río y de un señor muy malo. Cuando acabó de leer el poema, la música ya había dejado de sonar. La voz de anciano volvió a escucharse. Era otro poema. Me di cuenta de que era demasiado tarde, y decidí volver a casa antes de que mi hermana se diera cuenta o mi padre volviese. Por lo menos ya sabía una cosa: el dueño de la casa sin dueño debía de ser anciano.

Una semana estuve pensando acerca de ello, esperando al próximo domingo para repetir la experiencia. Era consciente de que, al empezar el curso, no sería tan fácil volver a entrar en aquella casa, así que quería aprovechar ese último domingo. 

Mi madre volvió como de costumbre el viernes cerca de las siete de la tarde. Mi padre y ella se pusieron a hablar en la habitación, aunque no lo hicieron en privado, porque no tenían la puerta cerrada. Y empecé a escuchar algo de un traslado. No podía ser cierto. Nos habíamos mudado dos veces en tan solo un año. Ni mi hermana ni yo queríamos volver a hacerlo. Nos gustaba bastante la nueva casa. Pero era inevitable, pues la empresa de mi madre le había conseguido un puesto fijo en Madrid; incluso, nos habían reservado un piso en el mismo centro de la ciudad, y habían preparado las matrículas para el colegio. Solo teníamos que coger un avión el domingo al mediodía. 

Al principio todos aceptamos la propuesta, aunque, con resignación. Y a la mañana siguiente, todos hicimos las maletas. No pude guardar mucho, y mi padre llegó a la habitación para ayudarme a meter más cosas. Tenía experiencia. Había llevado a zonas de combate hasta un peluche que le regalé. Sabía organizar una maleta mejor que su cajón de ropa interior. Y después de su breve curso acerca de cómo guardar media habitación en una maleta de treinta por cuarenta, salimos todos juntos a hacer unas compras. Mi madre se había ido con mi hermana a la otra punta. Mi padre y yo nos fuimos unos minutos a la sección de libros y cine del centro comercial. Me enseñó unas películas del lejano oeste de un tal “Eastwood” o algo por el estilo. No vimos nada de filosofía.

Cogimos el avión con casi una hora de retraso. El mal tiempo que estábamos teniendo últimamente por poco no nos permite despegar. En algo más de una hora, llegamos al aeropuerto de Madrid. No era del todo agradable aquella ciudad, y sé que no es la primera vez que estaba allí. Mis padres dicen que ya estuve con unos tres años. La ingente cantidad de coches, música, pantallas gigantes y espectáculos callejeros me hicieron recurrir imaginariamente a mi balcón de Santander para intentar evadirme. Pero aquello fue un grave error. Me acordé del vecino de la casa sin dueño. 

Durante el viaje en taxi hacia nuestro nuevo piso, le repetí a mi padre los primeros versos (que eran los únicos de los que me acordaba entonces), y le pregunté por su significado. Me explicó que era un poema, lo cual ya lo sabía, y que le sonaban de algo. No le dimos mayor importancia, y nuestra conversación al respecto se vio interrumpida por un furioso conductor que chocó nuestro taxi en mitad de una calle con mucho tráfico. El chico parecía tener prisa, y el taxista solucionó el problema con él lo antes que pudo. Aquel pobre hombre nos pidió disculpas por habernos llevado hasta nuestro nuevo piso con más de media hora de retraso. El tráfico, las hordas de oficinistas a las nueve de la mañana, la música a todo volumen, los anuncios por doquier, y las sirenas de la policía que sonaban de vez en cuando me hacían recordar mi tranquilo balcón de Santander; y, consecuentemente, al misterioso vecino de la casa sin dueño. 

Llegamos al nuevo cole un día más tarde que el resto de nuestros nuevos compañeros, pero ni mi hermana ni yo tuvimos ningún problema para integrarnos. Era un colegio privado, aunque, mucho más exigente de lo que se podía esperar. A las dos semanas la profesora de historia ya nos había mandado un proyecto, y me llevó mucho tiempo acabarlo. Debo confesar que mi madre me ayudó bastante con él. Mi hermana, sin embargo, no tenía mucha tarea, y poco después de una semana de clase, ya había invitado a varias amigas a casa. Mi padre salía demasiado al parque con nosotros. Al parecer, se iba a trabajar fuera un par de meses y quería aprovechar sus últimos días con nosotros. 

En la tercera semana de colegio, la aburrida y apática profesora de lengua castellana nos dejó como tarea ‘elaborar un poema’. ¿Pero qué pretendía aquella señora? Tan solo teníamos diez años. No éramos ningún prodigio. El resultado fue de esperar: un montón de “poemas” infantiloides y mal escritos a los que, además, se permitió criticar. Yo salí al encerado el último (gracias a mi padre que se apellidaba Zambujo), y tan solo receté cuatro versos. Los cuatro versos que recordaba del vecino de Santander. La profesora, al acabar, se quedó en silencio unos segundos y me dijo: ¿Eso es todo? -. En aquel preciso momento creí que no le habían gustado, y que los iba a destrozar con un par de explicaciones. Pero no fue así. Me preguntó por el autor. Le dije que eran míos. Me preguntó si me habían ayudado mis padres. Y le dije que no, insistí: eran míos. Me preguntó si los había sacado de Internet y, manteniendo la calma, le contesté de nuevo que eran míos. Me mandó sentar y me felicitó. Al parecer tenía la nota más alta de la clase (un 7). 

Siete meses más tarde de aquel suceso, ya había cumplido los once años, y mis padres me regalaron un viaje a un parque de atracciones en Francia. Desde luego que no me lo esperaba. 

Cuando acabó el curso, mi padre regresó a casa sano y salvo, aunque le veía demasiado cansado. Igualmente, cogimos un avión rumbo a Poitiers, Francia, y mi hermana tenía miedo a volar. Todavía me acuerdo de la cara de una de las azafatas al escuchar su llanto. Debía de ser uno de sus primeros vuelos. Llegamos allí de noche y, aunque fuera una ciudad enorme, era mucho más tranquila que la odiosa Madrid. 

El verano en Madrid fue mucho más entretenido que el año anterior, y buscando olvidar la ciudad un rato, mi padre y yo salimos al campo en múltiples ocasiones. Construimos nuestro propio refugio de madera cerca de un bosque, que, con el paso del tiempo y el descuido, acabó siendo engullido por la maleza. 

Solo han pasado siete años desde que abandoné mi casa en Madrid rumbo a un nuevo hogar. Y lo tenía claro: quería volver a la tranquila Santander. Todavía me acordaba del chalé donde mi familia y yo vivimos durante unas pocas semanas. Y por esto mismo, decidí visitar aquella vieja urbanización en busca de recuerdos. Llegué allí con el coche, aunque decidí explorarla a pie. No dudé en visitar lo primero de todo, la casa sin dueño. Estaba precintada por la policía, como en las películas de “Eastwood” que le gustaban a mi padre. No parecía haber sido hace mucho cuando lo precintaron, y en la puerta se podía leer un cartel en el que el gobierno te redireccionaba a una web de subastas públicas. Parecía que la hubieran embargado o algo por el estilo. Paseé unos minutos más por allí y me dirigí a un viejo bar que ya conocía. Me senté allí con el teléfono móvil en busca de aquella web de subastas. La encontré. La casa sin dueño verdaderamente no tenía dueño y solo un par de personas habían pujado por ella. Por ahora el precio era destacablemente bajo, y me lancé a la aventura. Pujé por ella tras ingresar en la web con mis datos personales. Era cuestión de tiempo que alguien más participara en la subasta. 

Visité otros antiguos pueblos y demás lugares de los que me acordaba. Nunca llegué a conocer a nadie en Santander durante mi infancia, así que los primeros días me quedé en un hostal de la periferia. Visité demasiadas casas. Tantas que ni siquiera recuerdo la cifra exacta. Treinta o cuarenta quizás. Fueron demasiadas, y solo una de ellas me llamó la atención: la casa sin dueño. Volví a entrar en la web esperando ver si la subasta había sufrido alguna actualización. Nada; en una semana la subasta terminaría y podría hacerme dueño de aquel viejo misterio. Estuve un par de días en la montaña, y dormí en el coche. Me lo pasé bastante bien. Conocí a gente muy agradable. Entre todos ellos a una chica que hacía quesos en una cueva cercana. 

Volví a los cinco días al hostal de Santander, a seguir repartiendo Currículum Vitae por la zona (de veras, el grado en Historia apenas tiene salidas, y la oposición para trabajar como maestro debería hacerla cuando tuviera un sitio fijo donde vivir). Me acerqué a una playa bastante concurrida para pasear, a la espera de nuevas noticias de la subasta. Efectivamente; nadie más había pujado por ella. Era dueño de la casa acerca de la cual tantas hipótesis había formulado.
Pasé el resto de la tarde en la playa, y tras ver la puesta de sol desde la arena, volví al hostal en bicicleta. 

Al día siguiente, alrededor de las diez de la mañana, fui a la oficina de una inmobiliaria que me habían facilitado a través de la web. Estuve un buen rato firmando papeles y atendiendo diversas explicaciones, hasta que, finalmente, me dieron unas llaves. Un señor encorbatado me acercó hasta mi nueva casa. Me dejó allí y me dio una tarjeta de identificación por si tenía cualquier problema con el inmueble. Lo primero que quise ver era el jardín trasero. Aquel en el que pasé unos minutos de mi infancia escuchando un concierto clásico y un poema del que solo recuerdo cuatro versos. Estaba bien, aunque yo lo recordaba con flores azules y naranjas. Todas las persianas estaban bajadas, y la casa no tenía buzón. Me decidí a entrar. La puerta también era vieja. La madera estaba muy mal cuidada y el pomo se salió cuando lo agarré con fuerza. Me costó abrir aquella puerta. Cuando lo conseguí, no pude ver nada. Poco a poco, me acerqué a una de las persianas de la cocina, que era la primera de las salas de la casa. La cocina, al igual que la puerta y toda la casa en su conjunto, era bastante vieja. Algunos muebles estaban restaurados. Con algo de luz me dirigí al salón. Tenía cuatro paredes, y tres de ellas estaban cubiertas por estanterías repletas de libros, también muy antiguos. En medio de la sala, se podía ver un gran sillón acompañado de un tocadiscos. Posado sobre el mismo sillón, dos vinilos en sus respectivas cajas. Por unos segundos me quedé observando el ambiente de aquel lugar, y repentinamente, me di cuenta de que aquella sala debía de tener ventanas. Por lo menos, desde fuera de la casa se podían ver las persianas cerradas que encajaban, en mi plano imaginario, con la sala de los libros. Por el momento no me preocupé, y subí a la planta superior. Nada nuevo: dos salas con una cama y un baño, como no, bastante viejo. 

Regresé de nuevo a la sala de los libros, que, por cierto, era la más limpia de todas. La casa llevaba más de un año abandonada, pero se podía distinguir que había más polvo en el resto de las habitaciones que en esta última. Cuando llegué abajo me di cuenta de un detalle que hasta entonces no había visto. Debajo de una de las estanterías había un baúl. Lo tapaba el sillón, así que no lo pude ver en un primer momento. El baúl era bastante viejo, aún más viejo que toda la casa y la puerta de la entrada. Parecía requerir una llave, pero no fue así. Estaba abierto.

Dentro del baúl había más libros, aunque estos últimos eran poemarios, y parecían estar hechos como meros borradores. Llevaba ya un buen rato sacando libros cuando sonó la puerta de casa. Los dejé bien apilados sobre la moqueta. 

La puerta era tan vieja, que ni siquiera tenía una mirilla, de modo que tuve que abrir sin saber quién pudiera estar tras ella. Era un vecino, que me advertía de que pronto vendrían a buscar algunas cosas. No me dio demasiadas explicaciones, y ni siquiera sigo seguro de que aquel hombre fuera un vecino, pues no le volví a ver por allí nunca más. 

De pronto, entre aquel montón de libros que quedaban dentro del baúl, vi una pequeña cuerdecilla roja que llevaba grabada una letra “N” en un estilo muy elegante. Tiré de ella, pensando que sería algo suelto, y resultó estar atado a algo al fondo del baúl. Continué sacando libros con el fin de descubrir a qué le pertenecía aquella cuerdecilla. Aquellos borradores sin duda parecían obra de una persona muy dedicada, pues había decenas de ellos, y todos estaban escritos a mano. Quizás el antiguo dueño de aquella casa era un coleccionista. Al fin, pude ver qué era aquello que estaba buscando: una caja cubierta por una finísima tela del mismo color que la cuerda. La saqué con mucho cuidado, pensando que aquello podría ser la obra maestra de todos los libros que allí había. Sin embargo, era mucho más grande que el resto. Con aún más delicadeza, retiré la tela que recubría aquel misterio. La caja era una pequeña vitrina de aluminio con un pequeño panel transparente que dejaba ver en su interior un medallón de oro. En él estaba grabado el perfil de un hombre. No era muy grande, pero estaba hecho de oro puro. Además del propio perfil, tenía también grabadas unas fechas en números romanos, y a su izquierda, se podía leer “ALFR. NOBEL”. Por un momento no llegué a ser consciente de lo que tenía entre mis manos, hasta que en mi cabeza se produjo una iluminación que, repentinamente, me hizo darme cuenta de lo que era aquello. ¡Era un premio Nobel! Además del medallón de oro, también me encontré un diploma protegido en un cilindro metálico, atado por una cuerdecilla roja, más fina que la anterior. El diploma acreditaba tal premio a “Eduardo Zunz”. Ni siquiera me sonaba. Busqué su nombre en Internet y no había rastro de ningún Eduardo Zunz. En ninguno de los libros del baúl estaba la firma de ningún Zunz, pero estaba seguro de que todos aquellos libros eran suyos. Llamaron al timbre a la voz de – “Policía Nacional. Abra la puerta.”- y guardé los libros como pude dentro del baúl.

Entendí que serían los hombres de los que me había advertido el vecino. Podrían haber venido a llevarse el Nobel; o alguna de sus obras. Igualmente, era la policía, y aquellos libros no eran míos. No me podía resistir a ocultarlos en ningún sitio. Les abrí la puerta a todos ellos, y en un par de minutos vaciaron todas las estanterías. Metían los libros en bolsas de plástico opacas. También se llevaron el baúl. Por alguna razón, no subieron a la planta superior, aunque, allí también había algunas cosas.

Días más tarde un equipo de forenses pasó la mañana en mi nuevo jardín. Levantaron las plantas que poco antes había instalado en mi modesta huerta, y cavaron bastante profundo en una de las esquinas del jardín. No se llevaron más que un tétrico cráneo de gato. 

La reforma de mi recién adquirida casa no fue del todo complicada. El jardín permaneció del mismo modo que lo habían dejado los forenses. Las fachadas no resultaron estar afectadas por la humedad, sino por el humor de unos gamberros que la noche de Halloween deciden tirar huevos. Las persianas sí merecieron una sustitución, al igual que la puerta. Los suelos fueron restaurados. Los muebles de la habitación también.

Varios días después de estar allí, con la casa definitivamente reformada, sentí la soledad de una forma muy extraña. Y este sentimiento me arrastró a la adquisición de una vieja televisión de segunda mano. Resultó ser bastante efectiva. Por el precio de la poca electricidad que consumía aquel aparato había conseguido inventar una compañía agradablemente alexitérica. 

Aunque no le prestaba demasiada atención, descubrí un canal televisivo en el que emitían las películas de Eastwood que tanto le gustaban a mi padre. Es lo que solía dejar emitiendo en la televisión durante todo el día. Llegó el momento en el que aquella cadena de televisión dejo de emitir señal. Y decidí empezar a acudir a un canal de noticias permanente. Lo suficientemente repetitivo como para no prestarle mucha atención. Sin embargo, a las pocas semanas, se confirmaba la muerte repentina de un tal “Eduardo Zunz”, español ganador del premio nobel de literatura de 1989. Fue una noticia que apenas duró veinte segundos. Tuve suerte de haberla visto, aunque solo fuera el axioma que terminó por confirmar mi bien estructurada hipótesis.

No volví a saber nada de aquel hombre. Ni familia, ni seguidores, ni viejos amigos volvieron a aquella casa en busca de recuerdos. 

Hoy se celebra la gala de entrega de estos tan reconocidos premios en Birkenau, en Polonia, por motivos meramente políticos. Me lo ha recordado el canal que emite noticias durante todo el día; el mismo que le rindió homenaje a la figura de Zunz durante efímeros veinte segundos.

Anónimo.



 

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