MI YO

Hace ya más de una década de mis primeros recuerdos y, sin embargo, los rescato con bastante nitidez. El comienzo de mi vida académica en un centro bilingüe marcaría mis prioridades futuras. Es esta visión del pasado, la que me empuja a reflexionar sobre mi vida.

Todo trascurrió en calma, como a mí me gusta. Las primeras clases, el olor a material nuevo, la explosión de color alrededor mío y la sonrisa permanente de mis maestras me acompañarán siempre. Recuerdo disfrutar con cada juego, con cada actividad e incluso con los momentos de recoger. Las primeras clases en inglés fueron un descubrimiento para mí; no podía dejar de observar cada movimiento de aquella mujer irlandesa de mirada intensa y risa fuerte. Cada nuevo sonido, despertaba en mí la necesidad de repetirlo, de recordarlo. ¡Qué divertido! Debo confesar que casi lo que menos me gustaba era el recreo porque nunca he sido de mucho alboroto, de gritos, de enfados etc. Siempre he tenido pocos pero buenos amigos y sobre todo calmados. Investigar por el patio y observar lo que ocurría era suficiente para mí.

Los meses fueron pasando y casi sin enterarme, llegó al mundo mi querido y único hermano. El mejor regalo de mi vida se incorporaba al equipo familiar y eso me fascinaba. Cuando salía del colegio y le veía dormidito, esperándome, me alegraba muchísimo. Era un niño de aspecto nórdico, rubio como mi madre y de ojos azules como mi abuela, regordete y por qué no decirlo, un poco protestón. Era el complemento ideal para disfrutar al máximo en casa. Qué felicidad sentía. 

Terminada mi primera etapa y habiendo descubierto ya mis capacidades artísticas, me dispuse a empezar, sin agobios mis años de primaria. Lo que tengo grabado a fuego en mi subconsciente era cómo entendía a esas alturas y sin ningún esfuerzo todo el contenido de las clases en inglés. Varias veces comenté a mis padres que no entendía cómo lo hacía pero que me había convertido, sin pretenderlo, en el traductor oficial de la clase. De hecho, así lo manifestó en las notas, la nueva maestra inglesa. 

A estas alturas de la película de mi vida, yo ya disfrutaba leyendo y haciendo los comentarios de texto para los deberes del fin de semana. La diferencia con respecto a los demás niños era que yo gozaba muchísimo y no me quejaba, aunque nunca dije nada. Y es que, aunque todavía no he descrito mi forma de ser, yo siempre he sido introvertido, he disfrutado más de escuchar que de hablar, no me va ni un poco, ser protagonista de nada y sólo participo si no me queda más remedio. Así soy yo, para lo bueno y para lo malo.

Fue el segundo curso de primaria por una parte y Marta, la maestra asignada a ese nivel, el punto en el que el cambio empezó. Justo cuando acababa el curso, ella llamó a mis padres y les dio una cita. Ellos se sorprendieron y reconozco que yo también, porque jamás me he metido en ningún lío ni he tenido un parte ni nada por el estilo. ¿Para qué sería, nos preguntábamos? Nuestras dudas quedaron resueltas rápidamente. Había sospecha fundada, por parte de varios maestros de que estaban ante un niño de altas capacidades. La propuesta fue muy clara y muy bien planteada tanto a mis padres como a mí. Solicitaban permiso para iniciar trámites de evaluación. Tras el shock inicial de mis progenitores, esas pruebas vieron la luz justo al inicio de las vacaciones escolares. Fueron 5 largas horas de pruebas/exámenes donde se valoraban todas mis capacidades. Fue quizás ese momento el que recuerdo con más estrés porque se llevaron a cabo en tan sólo dos días y me resultó muy cansado. Sin embargo y como no podía ser de otra manera, me enfrenté a ello con todo el empeño. Cuando terminé, recuerdo que mi madre nos llevó a mi hermano y a mí a darnos un chapuzón. Una madre siempre sabe cuál es la mejor recompensa para sus hijos y la mía no era una excepción. Son esos pequeños detalles los que se quedan impresos en la memoria y se recuerdan con una media sonrisa de satisfacción imposible de superar.

Antes de que terminara julio, el teléfono sonó para la entrega de los resultados de las pruebas diagnósticas. Yo esperé en casa jugando como si nada pasara mientras en algún sitio, un grupo de personas a quien yo no conocía, decidían cambios importantes en mi vida.

Las conclusiones sacadas de las pruebas fueron claras y se llegó al punto en el que se veía necesario pasarme un curso. Era un alumno de altas capacidades. Creo que el instante en el que me lo comunicaron, mis neuronas se agruparon para asimilar tanta información y distribuirla de forma lógica y pausada. Vamos, como soy yo. Pasé el verano disfrutando de la playa, de las vacaciones y de mi familia. No soy persona de agobios ni grandes aspavientos. 

El comienzo del nuevo curso fue, cuando menos, atípico. Todos mis ya excompañeros en la fila de 3º de primaria y yo en la de 4º de primaria. Menos mal que aguanto muy bien la presión porque reconozco que fue un momento único. Todos, sin excepciones, increpándome. ¡Te has confundido de fila! Fue la frase de la mañana hasta que vino la directora y dio las explicaciones oportunas. Nada sospechaba yo, a esas alturas de lo que me esperaba a la salida. Fui el tema de conversación durante muchas semanas y mi madre pasó a ser mi portavoz forzosa. El revuelo y los comentarios del resto de padres fue un poco cansino y no siempre bien intencionado, pero es algo con lo que uno, pasado el tiempo, aprende a convivir. Y digo yo ¿por qué cuando un niño repite nadie dice nada y al revés se monta la marimorena? Soy consciente de la excepcionalidad del caso, pero una vez asimilado, no hay nada de malo ¿no?

En fin, a partir del cambio, todo fue muy bien, aunque a decir verdad yo nunca me encontré mal con mis antiguos compañeros. Quizás en ese instante, era consciente de mi mayor madurez y digamos que el ritmo y los contenidos eran más acordes a mí.

A partir de aquí y hasta secundaria todo transcurrió sin sobresaltos. Yo estaba enganchado al dibujo y a ver series y videos en versión original y mis rutinas eran sencillas. El contrapunto lo ponía mi hermano, que a estas alturas ya era el alma de cualquier fiesta. Siempre disfruté mucho con él y lo sigo haciendo. Intento ayudarle a controlar el nerviosismo cuando se ve atenazado y formamos un equipo indestructible. De hecho, no hemos discutido jamás, ni creo que lo hagamos. Compartimos aficiones y en ocasiones, hasta salimos juntos a dar una vuelta. Somos el tándem perfecto el uno con el otro y decir lo contrario, sería mentir. Lo que más me llama la atención es su impulsividad y su espontaneidad. Su afición por el teatro me causa admiración porque yo me veo incapaz. Me parece una habilidad muy útil y te permite ser muchas personas diferentes y eso indudablemente, te enriquece.

Mis padres, han sido y estoy convencido que serán mi mayor apoyo y juntos compartimos la pasión por viajar. La planificación escrupulosa de todas nuestras salidas por el mundo, nos han marcado y enseñado a disfrutar de otras culturas. Aprender de los demás, es algo que te da altura de miras y contribuye a ser una persona más abierta y racional. Es algo que debería hacerse siempre que se pueda, como parte de la formación de una persona.

Mi futuro está por escribirse, pero voy a intentar describirlo como si fuera adivino. Mis años universitarios pasarán entre clases, salidas con amigos, Erasmus en Suecia y quizás conozca a alguien especial con quien compartir mis momentos. Como buen español, con síndrome de titulación, haré uno o quizás dos másteres y después… ¿qué? Me veo trabajando en algo creativo o quizás creando mi propio negocio ¿Por qué no? Todo depende de las fuerzas e ilusión que tenga. Encontrar trabajo en Santander sería un sueño, pero tampoco me asustan los retos más allá de Cantabria. Silicon Valley sería una quimera, una meta, pero todo a su debido tiempo; tampoco me obsesiona. Ser una buena persona, formar una familia, mantener a mi grupo de amigos y la familia son mis mayores inquietudes a nivel particular. Es lo único que quizás me frenara a la hora de decantarme por una hipotética aventura americana.

El final de esta historia se escribe como empezó, apelando a los recuerdos. En este caso creo que rendir justo homenaje a los profesionales de la enseñanza, es lo que toca. Los que cada día luchan por hacer más fuertes a los que menos capacidades y recursos tienen, merecen nuestro apoyo y admiración. Para ellos un aplauso y para las dos personas que me apoyaron en el descubrimiento de mi yo. Una detectó y empezó el camino y la otra se volcó en hacerme unas pruebas diagnósticas de la manera más divertida posible. Para las dos, un abrazo póstumo y que descansen en paz porque el destino se las llevó antes de tiempo. 

PSEUDÓNIMO: VANCOUVER



 

Dejar un comentario