Rotary Club Torrelavega
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Export date: Tue Sep 17 8:22:47 2019 / +0000 GMT

MIKE


Desde pequeño, mis padres siempre me dijeron qué hacer. También me dijeron cuándo y cómo hacerlo.  Sin embargo, no recuerdo que me dijeran nunca un por qué.

 Mi padre era abogado, criado en una familia humilde del sur de California. Una infancia pendiente y noches enteras robadas al sueño le habían convertido en el dueño de uno de los bufetes más prestigiosos de la ciudad. Todo el mundo le conocía, y cuando yo iba a hacer los recados, muchas veces la gente me preguntaba cómo estaba él, a lo que siempre respondía que bien, a pesar de que ni siquiera estaba seguro. Él era un hombre muy serio, casi nunca sonreía y siempre tenía unas marcadas ojeras en el rostro. Irradiaba disciplina con su maletín de cuero oscuro y sus impolutos trajes con corbata.  Yo odiaba los trajes, eran molestos y a veces me picaba el cuerpo. Mi madre me obligaba a ponérmelos todos los domingos para ir a misa, y me prohibía bajo amenaza salir, argumentando que podría ensuciarme o agujerear el traje. 

-Michael, no se te ocurra salir afuera con el traje, ¿me has entendido?-repetía ella cada domingo, con su clásica mirada terrorífica. 

La verdad, la vida en la ciudad era bastante aburrida. Tenía que ir al colegio por la mañana, por las tardes mi madre me llevaba al estudio de mi padre, y allí me hacía estudiar y leer aún más.  Toda mi vida había sido diseñada al detalle para convertirme en la versión 2.0 de mi padre. 

-Si estudias, Michael, llegarás a ser como tu padre algún día.-decía ella, muy orgullosa de papá.

Siempre asentía al decirme cosas similares. El problema es que yo no quería parecerme a mi padre. Yo no quería ser el abogado serio y de traje que él era. 

Un día, busqué en el cajón donde escondían mis padres el dinero y saqué varias monedas de dólar. Salí de casa y entré al salón recreativo, tres manzanas al norte de mi casa. El sonido de botones y juegos, el olor a palomitas y unas luces cegadoras me inundaron. Contemplé, anonadado, la sala inmensa llena de máquinas y niños en la que me hallaba y me pregunté si estaba en el paraíso. Justo entonces pasó un camarero y me dio un vaso pequeño con refresco de cola.

-La primera bebida es gratis.-dijo con expresión aburrida y arrastrando mucho las palabras.

Definitivamente estoy en el paraíso.-pensé y me sumergí en aquel pequeño mundo de vicio, sonidos y luces.

El primer juego al que jugué fue al PacMan. De hecho fue al único que jugué aquella tarde, y me gustó, me gustó mucho. Me gustó tanto que una semana más tarde volví a coger dinero a mis padres para ir a jugar. Y una tarde llevó a otra, y otra a otra y finalmente, acabé yendo todos los días, cogiéndole a mi madre cantidades pequeñas de dinero. Y era tan bueno que con un cuarto de dólar podía jugar toda la tarde. Los niños empezaron a agruparse en torno a mí para verme jugar, a veces gritaban y coreaban mi nombre. En menos de dos meses, batí el récord de toda la ciudad en el PacMan. Pero nada dura para siempre, y un día mi madre pasaba mientras daba un paseo y me vio allí. Entró iracunda y me cogió de la chaqueta, arrastrándome hasta casa. Una vez allí, tal fue la reprimenda que acabé llorando. Así acabó mi era como rey de los videojuegos. 

De nuevo, las tardes en la ciudad volvieron a ser tan aburridas como antes. 

Todos los veranos viajábamos con mi familia al pueblo, y esa era mi parte favorita del año. 

La casa del pueblo era enorme. Tenía dos pisos conectados por una escalera inmensa, y me encantaba deslizarme por su barandilla. Las paredes blancas de la casa ocultaban además un montón de escondites, rincones y pasajes secretos, y estoy seguro que aún hoy quedan muchos sin haber sido descubiertos. 

Mi parte favorita de venir al pueblo no era la casa, allí estaban Mike, Sam y Alex. Ellos eran mis compañeros de aventuras. Pasábamos todos los veranos descubriendo lugares y corriendo por todos lados. Y ciertamente, así éramos felices. 

Pero con el que mejor me llevaba era con Alex sin duda. Siempre nos reíamos, o hacíamos estupideces juntos. A él le encantaba la música de todo tipo, y se pasaba los días recomendándome canciones o escuchándolas conmigo. 

-Algún día quiero ser músico.-recuerdo que decía siempre.

Juntos solíamos ir a sitios como al Campo Tenebroso, al que bautizamos así por el espantapájaros que ondeaba por las noches, o a la Torre, unas rocas encima de una colina. Pero si nos gustaba ir a un sitio, ese era al Acantilado. Y no era un acantilado cualquiera. Para nosotros era el Acantilado. Allí pasamos juntos tardes calurosas saltando al agua desde arriba del todo, contemplando el mar perderse por el horizonte al anochecer o relatando historias sobre barcos que en algún momento se hundieron entre las picudas rocas del Acantilado. 

Mi madre siempre me recordaba que comprobásemos la profundidad para ver si era seguro saltar, y siempre cumplíamos su voluntad. 

Pero si hay algo que he aprendido, es que a medida que creces, más estúpido te vuelves. 

Recuerdo en mi catorceavo año de vida, en un soleado día de agosto llegar a las inmediaciones del Acantilado y saltar de las bicis en marcha, dejándolas tiradas en el suelo. 

-¡Tonto el último que llegue!-gritó Alex.

Así que corrimos tan rápido como pudimos, temerosos por la idea. Al llegar Alex ya se encontraba sobre la piedra, preparado para saltar del Acantilado.

-Voy a saltar de cabeza.-anunció abriendo mucho las manos. 

Le miramos, expectantes. Aquella era la primera vez que ninguno de nosotros intentaba un salto de cabeza, y nunca deberíamos haber estrenado esta modalidad sin comprobar antes que había suficiente profundidad.

Pero no lo hicimos. 

Todo sucedió muy rápido. Alex se zambulló en el agua, sin apenas salpicar. Uno, dos, tres segundos, y él seguía sumergido. En este momento, nadie sabía qué hacer. Bueno, nadie menos Sam. 

Sam corrió hasta la piedra y saltó de pie. Al llegar al agua, tomó aire y buceó. Una eternidad más tarde salió, y empujó a Alex fuera del agua. 

-¡Llamad a una ambulancia!-gritó Sam desde el agua, sufriendo para mantener a Alex a flote. 

Salí corriendo sin pensármelo dos veces. Llegué hasta las bicis y continué pedaleando. Atravesé el camino que lleva al pueblo en tiempo récord y al llegar, sin aliento y con una enorme angustia en el pecho,  pedí ayuda en la primera casa que encontré.

Todo lo demás que recuerdo fueron las sirenas de la ambulancia retumbando en la cabeza y la imagen de Alex impidiéndome dormir. 

Al día siguiente volvimos a la casa en la ciudad. Y desde entonces jamás volvimos al pueblo. Tampoco volví a ver a Sam, Mike y por supuesto tampoco a Alex. 

Mis padres me contaron que Alex había permanecido en coma durante tres días, y había perdido la capacidad de mover las piernas. 

Estuve realmente triste durante mucho tiempo, pensando en lo injusta que puede llegar a ser la vida, y culpándome por lo sucedido, por no haberle avisado.

El resto del verano lo pasé sin ganas, sin rumbo y sin sentido. 

Un día de lluvia de principios de Septiembre decidí subir a mi desván, por puro aburrimiento. Al encender la luz de aquella sala vi un montón de cajas amontonadas unas sobre otras. Pensé en la cantidad de reliquias que debía de haber allí. Mamá me había hablado de algunos objetos del abuelo que había guardados. Pensé en encontrar estatuas, joyas, dinero, incluso un revólver. Entusiasmado comencé a buscar en las cajas.

Aquello era lo más parecido a una aventura que había tenido desde el incidente. Pero, tras unas horas, miré al montón de objetos encontrados y comprobé que ninguno era para nada tan interesante como esperaba. Decepcionado, me senté en el suelo y me quedé allí, inexpresivo, por un rato. Alcé de nuevo la mirada y vi una última caja intacta. Me levanté perezosamente y separé las tapas de la caja. En su interior yacía una guitarra. La saqué y la cogí con cuidado. Comprobé que no había ninguna cuerda rota y que la guitarra estaba en buen estado. Me fijé en unos papeles que tenían inscripciones, acordes y consejos para tocar el instrumento. Bajé mi hallazgo al salón, donde estaba mi madre leyendo un pequeño libro. 

-Mira lo que he encontrado, Mamá.

Apartó la vista por encima del libro para dar una fugaz mirada y volver a sumergirse en su libro.

-Fíjate que chula.-dijo sin demasiado entusiasmo.

Suspiré y fui a mi cuarto con la guitarra y los papeles. Allí pasé lo que quedaba de día tocando. Y también lo que restaba de verano, y del año, y era bastante bueno, cabe decir. Y así pasaba horas, tardes y días enteros, tocando las canciones que me gustaban y versionándolas. Y así hice covers de canciones de mis músicos favoritos, como Elvis, los Beatles incluso versiones de ACDC. Mientras tocaba todo a mi alrededor se desvanecía. Había encontrado mi pasión.

Tras aprobar el instituto llegaba el momento de decidir que quería estudiar. Mis padres ni se molestaban en preguntar, ya que daban por supuesto que simplemente seguiría la carrera de derecho y sucedería a mi padre en el bufete. Sin embargo, aquella idea me horripilaba. Pero estaba seguro de que  mis padres no aceptarían mi vocación y nunca encontraba el momento para confesarlo. 

-Mamá, Papá, tengo que deciros algo.-me atreví finalmente mientras removía el plato de pasta de la cena. 

Ambos giraron la cabeza hacia mí, con interés. 

-No quiero ser abogado.-admití entonces con la cabeza gacha, temiendo su reacción.

-Tal vez, ¿juez?-dijo mi madre con una sonrisa nerviosa.

-Mamá, creo que no lo has…-empecé.

Me percaté de la mirada horrorizada de mi padre. Suspiré. 

-No quiero ser juez, ni abogado ni nada por el estilo, quiero ser músico.-solté.

Y en un segundo la dicha de mi madre desapareció, y su sonrisa dio paso a una expresión severa, a la vez que preocupada. Mi padre se levantó de la silla, poniendo las manos sobre la mesa, con posición desafiante y me miró fijamente.

-¿Qué crees que estás diciendo?-me preguntó entonces.

-¿No ha quedado claro? No quiero ser abogado. No quiero ser como tú. No quiero vivir tu vida, quiero vivir la mía. Quiero estudiar música, en la universidad, y quiero ser feliz.-escupí entonces. Los ojos me picaban pero me resistía a llorar. 

Mi padre se irguió y levantó una ceja. 

-No pienso pagar una universidad para derrochar a mi hijo.

Aquella frase zanjó la discusión. Permanecí encerrado en mi habitación y esquivando a mis padres un tiempo. No entendía qué les parecía tan complicado, no entendía por qué estaban tan en contra. Y estaba enfadado con ellos.

Así que cuando vi un pequeño cartel pegado a un poste de electricidad, no dudé en guardarlo en mi bolsillo. Ponía: “Se buscan integrantes para un grupo musical. El viernes a las 10 en el Bucket. Interesados preguntad por TJ y Dave.”

El Bucket era un club nocturno de mala muerte en el que actuaban músicos por las noches en su pequeño escenario. Había oído hablar de él, pero el viernes a las diez fue mi primera vez en el Bucket. Al entrar, una melodía de jazz mezclada con el murmullo de la gente hablando me rodeó. Contemplé la sala en la que me encontraba, impactado  por el decorado lúgubre de unas paredes plagadas de grietas y mugre, pero sobre todo con la mirada fija en el grupo encima del escenario. 

-¡Eh, chaval!-me llamó alguien tocándome el brazo,-¿No vendrás por lo del grupo?

Me giré y contemplé a un chico, de unos 20 años sonriéndome enseñando sus dientes amarillentos. Portaba una boina en la cabeza y vestía con una chaqueta de cuero negra. A su lado había otros dos chicos más. Uno de ellos llevaba gafas de sol muy oscuras, a juego con su pelo rizado y un cigarro entre los dedos, éste se reía, como si lo que acabara de decir el otro chico fuese un chiste. El otro chico llevaba el pelo rapado y me miraba fijamente mientras toqueteaba la mesa.

-De hecho, sí.-respondí yo.

Las expresiones de sus caras cambiaron radicalmente, tornándose a sorpresa. Sin embargo, el chico con la boina me miró levantando una ceja, como si dudara de mí.

-Vaya, esto sí que no lo esperaba. Siéntate.

Me senté. El chico rapado seguía con sus percusiones a la mesa. 

-¿Cómo te llamas?-me preguntó el del cigarro.

-Llamadme Mike.-respondí yo. Siempre había odiado que me llamasen Michael.

-Está bien, Mike, yo soy Dave.-se presentó el chico con el cigarro entre los labios. Me sorprendió bastante su capacidad de hablar y fumar al mismo tiempo.-Éste es TJ.-dijo,  señalando al chico con la boina.

-A su servicio.-dijo haciendo una pequeña reverencia, con una sonrisa sarcástica en su boca.

-Y yo, yo soy Ryan-informó el chico de cabeza rapada. Hablaba de manera nerviosa y rápida, tartamudeando ligeramente. Mientras tanto, seguía dando golpes con los dedos a la mesa.

-¿Qué tocas, Mike?-preguntó TJ, toqueteándose la boina.

-La guitarra.

Tras pasar unas horas hablando con ellos, volví a casa.

Me contaron que TJ era el cantante, Ryan tocaba la batería y Dave la guitarra, pero que él se encargaba de los solos y yo sería el guitarrista rítmico. Además me invitaron a ir con el grupo a practicar con ellos el día siguiente.

Así que el día siguiente salí muy emocionado de casa, y me dirigí hasta el lugar donde habíamos quedado. Cuando llegué, vi una puerta de garaje algo oxidada y mal cuidada. Comprobé que era la dirección que me habían indicado y llamé a la puerta. 

Tras unos segundos la puerta se abrió, y apareció Dave que seguía fumando un cigarro con sus gafas de sol.

-Bienvenido a la fiesta, chaval.-me dijo mientras me invitaba a pasar con un gesto de la mano. 

Entré.

Dentro estaban TJ y Ryan, apoyados sobre la pared, mientras charlaban. Al verme interrumpieron su conversación. TJ se llevó dos dedos a la frente y me hizo un saludo militar mientras me sonreía.

Pasamos allí toda la tarde tocando. Y todos mis pensamientos desaparecieron, quedando tan solo la música. Empezamos con versiones de artistas famosos de la época, pero más tarde pasamos a interpretar canciones propias, compuestas sobre todo por TJ. Pude comprobar que su estilo era parecido al mío.

Al acabar, me quité el sudor de la frente y suspiré sonriendo. 

-Ha estado guay.-admití.

-De hecho ha estado genial.-dijo TJ. Me miró y se puso muy serio.-Escucha, Mike, no tenía pensado decirte esto, al menos tan pronto, pero el caso es que el jueves de la semana que viene nos vamos de gira. He conseguido que nos dejen tocar en muchos locales de música a lo largo del país.

Gesticulaba con cada palabra. Estaba muy serio y sus ojos brillaban de ilusión. Mientras tanto todos permanecíamos en silencio, escuchándole atentamente.

-Si aprovechamos esta oportunidad, si la aprovechamos, la gente empezará a conocernos. Cogeremos fama, tendremos dinero, y los locales se pelearán por tenernos en sus escenarios, y antes de que nos demos cuenta estaremos haciendo nuestro primer concierto. Tendremos a una muchedumbre coreando nuestros nombres y sobre todo, viviremos de la música. Y ahora dime, ¿te apuntas?

TJ dirigió su brillante mirada hacia mí. Realmente sonaba como un buen plan, aunque quizá demasiado optimista. Él alargó su mano. 

-Me apunto.

Mis padres, por supuesto, se negaron rotundamente,  escandalizados ante la idea de que me fuese unos meses fuera con una banda de desconocidos a tocar en locales. Sin embargo, me mantuve firme y les dije que esa vez, yo era el que decidía y, a pesar de que mi padre continuó con su repertorio de gritos, para mí la discusión había terminado. 

-¡Más te vale hacerme caso por una vez en tu vida, Mike!-gritó mientras me metía en mi cuarto. 

Pero al salir de éste para ir a cenar encontré a mi madre. Ella me miraba, con una expresión que mezclaba tristeza y decepción. 

-¿Es de verdad lo que quieres?-me preguntó.

-Lo es. 

-Hazlo entonces, yo hablaré con tu padre.-dijo ella.

La abracé, rodeándola con mis brazos completamente. 

-Ay, ¡que voy a tener un hijo músico!-dijo con una sonrisa triste.

El viernes por la mañana me levanté de un salto de la cama. Cogí la maleta con ropa, y cogí mi guitarra y salí fuera de mi habitación. Mi padre no estaba, ya que hasta en verano trabajaba, pero mi madre sí que estaba. 

-Recuerda, no tienes que tomar nada extraño para pasarlo bien, ¿vale? Tú tienes que tener tu personalidad, y aunque otros estén haciendo cosas tú no tienes por qué imitarles.

-No lo haré, mamá.

Me recolocó un poco la capucha y me dio un último abrazo.

-Sólo quiero que sepas que nada de lo que te hemos dicho ha sido con intención de amargarte la vida, sólo queríamos lo mejor para ti.

-Lo sé, mamá.

-Adiós, te quiero, hijo.

-Adiós, mamá, te quiero. 

Y salí de mi casa a un mundo totalmente nuevo, ahora desprotegido. 

Abajo me esperaban mis compañeros de grupo, en una enorme caravana blanca. Al salir de mi portal sonaron el claxon y me saludaron desde la ventanilla. Metí todo en el maletero y entré a la caravana. 

El plan era tocar en diferentes locales siguiendo la ruta que abarcaba desde Carolina del Sur hasta Nueva York, pasando por Carolina del Norte, Nueva Jersey y Pennsylvania. La primera actuación sería en Columbia, Carolina del Sur, e iba a ser al día siguiente.

Las horas por carretera eran muy diferentes. A veces eran soporíferas y nadie hablaba, mientras que otras veces eran entretenidas y cantábamos y nos reíamos juntos. Comíamos en estaciones de servicio, comida basura en gran medida. A Dave no le importaba que estuviésemos en un lugar cerrado, él y los cigarros permanecían juntos. Casi parecía que el cigarro era una parte más de su boca.

Llegamos a Columbia aquel mismo día por la noche mientras entonábamos a coro la última estrofa de “Help” de los Beatles. 

-Hoy tenemos que dormir en la caravana, no he encontrado ningún motel con nuestro presupuesto. 

Yo estaba demasiado cansado como para importarme el lugar donde dormir. 

Nuestra hora de entrada en el club era a las 10 de la noche, y terminaba sobre las 12, así que pasamos el día haciendo turismo en Columbia. Yo jamás había estado fuera de mi ciudad y mi pueblo, mucho menos de mi estado.

A las 10 menos cuarto comenzamos a montar los instrumentos en el escenario. La gente nos miraba con curiosidad mientras comían o bebían en sus mesas. La verdad es que el local estaba bastante lleno. Miré el reloj marcaba las diez y un minuto. Ryan dio la entrada golpeando sus baquetas y comenzamos a hacer sonar los primeros acordes de “Irreplaceable” compuesta por Dave. Era curioso mirar las caras de la gente mientras tocábamos. Algunos ni miraban y seguían comiendo o charlando tranquilamente, pero cada vez más y más personas nos miraban. Muchas probablemente se preguntaban: ¿Quién demonios son? Había gente que incluso marcaba el ritmo con la cabeza. Me sentía muy cómodo. A pesar de que era mi primera vez actuando delante de gente me sentía grande y sentía que todo el mundo podía escucharme.

Cuando finalizó la canción todo el mundo aplaudió. Algunos hablaban con sus compañeros de mesa mientras nos miraban. Y entonces comenzamos la segunda canción de la noche. Y a esa la sucedió otra, y otra más hasta que terminó la última canción y todo el mundo aplaudió mucho. Al volver al backstage nos miramos sin decir nada. Hasta que Dave, quien hasta tocó con el cigarro, rompió el silencio.

-¡Brutal! Un completo éxito. 

Todos estuvimos de acuerdo con él, y asentimos. 

Y así fue como pasamos la gira. Llegábamos al club, tocábamos, recogíamos el dinero y nos movíamos hasta el siguiente club. Tras siete u ocho actuaciones la gente comenzó a conocernos, incluso alguna vez salíamos en el periódico, donde informaban cuáles eran nuestros siguientes destinos. Y la verdad ganábamos mucho dinero de esa manera. Cuanta más gente iba a los clubs más nos pagaban los siguientes para que fuésemos. Y se me pasó el tiempo volando. Cuando me quise dar cuenta teníamos el último espectáculo. 

Nueva York, la gran ciudad. Actuábamos en un club llamado algo parecido a “Hard Rock Café” y se esperaba una audiencia de unas quinientas personas. Nunca habíamos actuado ante tal cantidad de gente, y estaba bastante nervioso.

Aquella noche fue la noche más feliz de mi vida. 

Las luces de Nueva York resplandecían mirases por donde mirases. Me sorprendió la cantidad de gente que caminaba por la calle. Se oía música en cada rincón, ya viniese de los locales nocturnos o de músicos callejeros. Yo desde la ventanilla miraba atónito a las auroras de luces que se formaban en los edificios. Me gustaba Nueva York.

Al llegar al club pudimos ver a aquellas quinientas personas sentadas. El club era realmente grande. 

Cuando comenzamos a tocar todo se sumergió en un silencio que solo rompía nuestras canciones. La gente bailaba con la cabeza, marcaban el ritmo con las manos y disfrutaba con nuestra música. Cuando TJ empezó a despedirse el público le interrumpió. 

-¡Otra, otra, otra...!-cantaban a coro.

Tuve un escalofrío de la emoción.

-Espero que paguen horas extra.-bromeó TJ. 

Y tocamos “Magic New York”, y de alguna manera fue mágico. Al terminar la gente aplaudió, incluso algunos se pusieron de pie. Nosotros se lo agradecimos con una pequeña reverencia y el telón se cerró. No se me ocurrió ningún final mejor para la gira. Pero sí que lo había. 

Cuando salimos del club y montamos los instrumentos en la caravana comenzamos a conducir sin rumbo por Nueva York. 

-¡Mirad eso!-dijo Ryan señalando a un grupo de gente bailando en la calle en las puertas de un local. 

Nos miramos entre nosotros, y salimos Ryan, TJ y yo de la caravana. Me giré y vi a Dave poniendo los ojos en blanco mientras abría la puerta. Nos dirigimos a la muchedumbre, oímos la música de los altavoces y comenzamos a bailar entre la gente. Y en ese momento simplemente dejé de pensar. 

La mañana siguiente me desperté en la cama de un hotel. Me dolía la cabeza. Me desperecé como pude y me levanté de la cama. Cogí mi guitarra y empecé a tocar los acordes de la canción que había compuesto. Sólo me faltaba la última estrofa para terminarla:

-Siempre fuiste tú, la que me enseñó a creer,

La que me enseñó a volar, la que me enseñó a ser…–canté. 

-Y… siempre fuiste tú… ¡Mierda!-dije frustrado, al ver que no se me ocurría ninguna frase que me convenciese. 

Comencé a vestirme para ir a desayunar.

La vida es caprichosa a veces, y a veces duele, y mucho. Si la vida no fuera caprichosa no habría sonado nunca ese teléfono.

Pero lo hizo. 

-Michael, ¿verdad?-preguntó una voz por la otra línea. 

Cuatro días más tarde me hallaba en el funeral de mis padres.

Murieron en un accidente de tráfico. Murieron como vivieron, juntos, y juntos les enterraron. Mientras el cura bendecía los cuerpos antes de ser sepultados yo miraba el suelo, impasible. Simplemente dejé de sentir en aquel momento. Levanté a la cabeza y al mirar a los lados me di cuenta que no conocía a nadie. Probablemente ni siquiera papá y mamá les conocieran a todos. Me quede apoyado en el muro de piedra que limitaba el cementerio. La gente, antes de irse, se acercaba a mí y me decía que lo sentían mucho. A la salida, los murmullos informaban a los desconocidos que yo era su hijo, y que ellos eran mis padres. Eran. Me picaban los ojos, me picaban mucho. Pero no conseguía que ninguna lágrima brotase de ellos, quizá no me quedaban. 

Entré en la casa, ahora vacía, y me tumbé en mi cama. Había conseguido bastante dinero en la gira, pero no lo suficiente. Antes no hubiera supuesto un problema, pero antes no estaba solo. 

Sonó el teléfono. 

-A las 10 en, en el Bucket.-era Ryan.

Así que a las diez de la noche entré por las puertas de aquel club. Vi a TJ, Dave y a Ryan sentados en la misma mesa que la primera vez que nos vimos. Me senté, sin articular palabra. Y así permanecimos, minutos, horas, días. 

-Escucha, lo sentimos mucho, sabemos cómo te sientes.-dijo finalmente Dave. Me fijé que no había cigarro entre sus labios aquella vez. 

-¿Cómo vais a saber cómo me siento?-repliqué yo, mirando fijamente a la mesa.

-Tranquilo, Mike.-dijo Ryan.

-No me digas que me tranquilice.-contesté yo elevando la voz. 

-¿Te apetece tocar algo para librarte de toda esa carga?-preguntó TJ.

-¡Vete a la mierda, TJ!-grité elevando la voz. Todo el club se calló, incluso los músicos dejaron de tocar, y todos me miraban, como si de un loco me tratara. Quizá era así.-Mejor aún, iros todos a la mierda.

Y me fui del bar, dejando atrás aquel silencio que penetraba y te comía por dentro. 

Pasé la noche entera sin dormir, con la guitarra. No la tocaba, solo la miraba. Y la guitarra era el motivo por la que tuvimos nuestra última pelea, fue el motivo por el que me fui del lado de mis padres, y fue el motivo por el que se fueron sin poder despedirme. Cada nota, cada acorde retumbaba en mi cabeza y me hacía sentir culpable. Y es que quizá si no me hubiese ido nada de esto hubiera pasado.

Tomé la guitarra por el mástil y palpé sus cuerdas. La levanté por encima de mí cabeza y la hice añicos contra el suelo, con todas mis fuerzas. Grité de impotencia, antes de llorar. Y así fue cómo perdí todo aquello que me importaba en unos días. 

Y a partir de ese momento, el alcohol fue mi pasaporte hacia la más profunda oscuridad. 

Un año más tarde no pude pagar más la hipoteca. Me quitaron la casa. Y aquella noche dormí tumbado en un banco, con el alma rota y frío. A la mañana siguiente, me desperté con el ruido de una obra al lado de mí. Abrí los ojos y vi a una niña pequeña, agarrada del brazo de su madre, mirándome a los ojos. No sonreía, estaba muy seria. Su madre insistía en llevársela de allí.

-¿Ese señor está bien?-preguntó la niña a su madre con una dulce voz aflautada.

-No, no está bien.-respondió la madre. 

La niña hizo una mueca de pena y se marchó, siguiendo a la madre. Me recordaba a mí, la niña. Me recordaba a mí cuando nada malo ocurría a mi alrededor. ¿Dónde quedó aquel niño que jugaba con sus amigos?

 Pasé los siguientes cinco años de mi vida pidiendo por las calles. Y no había nada que odiase más que tener que pedir dinero para vivir, si a aquello se le podía llamar vida. Dormía donde podía, cambiando frecuentemente de lugar y siempre deseando que todo se acabase cuanto antes. Pasé frío, mucho a veces. Un frío sin piedad que me hacía dejar de sentir el cuerpo. Pero todo duele más cuando se deja de sentir. También hambre, pero no era el tipo de hambre que conocía, sino un sentimiento de dolor, como si el estómago estuviese comiendo el resto de mi cuerpo. Comía una vez al día, con suerte.

Y vi muchas cosas en la calle. Cosas que cotidianamente no se dan importancia, o incluso se pasan por alto. Cosas que me helaban la sangre y atormentaban mi sueño. Personas pateando a sus perros para que no se entretuvieran, mujeres atemorizadas al  caminar solas de noche, personas insultándose por cualquier tontería, adolescentes vendiendo su futuro a las drogas, abuelos paseando a sus nietos, intentando hablar con ellos mientras estos no apartaban la mirada de la dichosa pantalla del móvil. 

Era un mundo distinto al que conocía.

Solo los niños más pequeños despertaban mi ternura. Ellos alumbraban las calles por las que pasaban, con sus sonrisas inocentes y sus miradas curiosas oteando todo. 

Y era en ellos en los que encontraba una forma de esperanza, como un recuerdo pasajero que me animaba a continuar. 

Pero entonces, llegó el día en el que algo maravilloso sucedió. 

Estaba sentado, contra la pared de un edificio de ladrillo de una de las calles más transitadas de mi ciudad. Miraba a la gente pasar, con atención, fijándome en sus rostros. La gente decía mucho de sí misma por su expresión al andar. Yo sin embargo, pasaba totalmente inadvertido entre la gente. Me sentía invisible. Pero él me vio. Era un hombre, en silla de ruedas,  de pelo castaño claro, sonriente, tenía algo que me resultaba familiar. Se acercó a mí, atravesando la multitud.

-¿Mike?-me preguntó. 

Abrí los ojos como platos. 

-¿Alex?

Debía de estar en un sueño. Me levanté y le di un abrazo, con algo de dificultad por la silla. No me lo podía creer, después de tantos años, y de todo lo pasado volvíamos a vernos. Había tanto que quería decirle, tantas cosas que contarle. 

-¿Qué haces por aquí?-fue lo mejor que se me ocurrió decir. 

-¿Quieres tomar un café y lo hablamos? Invito yo.-respondió Alex.

Ya en la mesa de la cafetería, con nuestros cafés delante, me contó cómo había cambiado radicalmente su vida desde el accidente del Acantilado.  Me dijo que había estudiado música en la universidad y había tocado en una banda de jazz allí, y que se dio cuenta de que su mundo no estaba en los instrumentos si no en los discos. Resulta que era el dueño de una discográfica medianamente importante, y que había trabajado con algún artista famoso. Me contó la manera en la que su trabajo le había hecho volver a creer en sí mismo.

Me hablo también de María. Una chica mexicana con la que estuvo saliendo 4 años, hasta que el año pasado se casaron. Ahora vivía con ella y con un gato en una casa del campo.

-Tendrías que verla, Mike. Es preciosa. Unos ojos azules, que parecen de cristal, y que al mirarte te arrebatan el alma.  Y unas curvas imposibles, recorridas por su melena negra que cae a los lados de su cuerpo. Yo solo soy con ella-contó con una sonrisa en la boca.-Y el gato, Kario, que es un poco cabrito, y le estoy quitando años. Él y yo nos medimos constantemente por la atención de María. A veces me araña y todo, pero en el fondo sé que me quiere. 

Y me di cuenta, de que entre aquella jaula de ruedas, había un hombre completamente feliz. Y la esperanza se iluminó en mis ojos. 

Y después llegó mi turno, y le relaté todo por lo que había pasado desde la última vez que nos vimos. Me sentí realmente bien al poder desahogarme y al tener a alguien que escuchaba con atención cada palabra que decía. Y al terminar me dijo:

-¿Dices que tienes una canción que has dejado a punto de acabar? Eso no se puede permitir. Escucha, te conseguiré un hueco en el estudio para que la termines. 

Él me tendió la mano y yo no dudé en tomarla.

El estudio estaba en una de las plantas de un edificio al centro de la ciudad. Al entrar contemplé una sala amplia, de paredes blancas, llena de instrumentos de todo tipo, y un micrófono situado en el medio de la sala. 

-Adelante, sírvete.-me dijo Alex-Cuando estés preparado me avisas.

Miré a la guitarra acústica, dubitativo. Me acerqué mientras la analizaba. Finalmente la tomé entre mis brazos y toqué un acorde.

Levanté la cabeza mirando a Alex.

-Estoy listo.

-Empecemos.-dijo él, abriendo los brazos. 

Allí pasamos toda la tarde grabando la canción. Repetimos muchas veces la parte de la guitarra, y es que casi había olvidado cómo tocarla. Pero poco a poco fui recuperando la técnica, y por fin, terminamos la canción. 

Tocaba la parte cantada. La canté varias veces, grabando las partes iniciales. Y entonces fue cuando tocaba grabar la última estrofa. Y simplemente me dejé llevar. 

-Siempre fuiste tú, la que me enseñó a creer,

La que me enseñó a volar, la que me enseñó a ser…–canté.-

Y ahora que los días se han acabado

Y lo más bonito del Sol es el atardecer,

Prométeme, mamá, que siempre me querrás,

Como yo siempre lo haré. 

Tres días más tarde mi primera canción fue lanzada desde la discográfica de Alex. Y fue un éxito. Las discotecas la ponían como una canción lenta, las cadenas de radio la emitían y poco a poco la canción fue cogiendo fama. 

Tanto fue así, que Alex me convenció para hacer un disco. Y así lo hicimos. Nos llevó meses componer las canciones, grabarlas y editarlas, pero finalmente lo conseguimos. La suerte nos sonrió y el disco fue muy vendido. Di varios conciertos y actué por todo el país, incluido Nueva York. Y ganamos mucho dinero. Tanto que ya no tendría que vivir más en la calle. 

Con lo que gané decidí comprarme un pequeño piso y una guitarra. Lo demás lo invertí en crear una asociación de ayuda para gente sin casa, o sin recursos. 

Y así fui una vez más feliz.

Yo siempre agradecía a Alex el hecho de haberme salvado y siempre le recordaba que le debía una, a lo que él siempre respondía que me había salvado yo solo y que él apenas había tenido que ver. 

Pero hubo un día en el que él me pidió algo. Así que le ayudé a montar en el coche y conducimos durante unas horas, en silencio los dos. Finalmente llegamos a nuestro destino, nos bajamos del coche y pasamos por la verde hierba tranquilamente con el retumbar de las olas rompiendo contra las rocas del Acantilado. De repente, Alex se tiró de la silla de ruedas. Cuando hice el ademán de ir a ayudarle se negó haciendo un gesto con la mano. Se sentó en la hierba como pudo. Yo hice lo mismo a su lado. Y allí permanecimos un rato sin hablar.

-¿Te acuerdas de cuando iba corriendo por el pueblo y me choqué contra una vaca?-contó él entonces. 

-Pues claro, esa vaca iba en dirección prohibida.-respondí yo. 

Los dos reímos a carcajadas y comenzamos a contar anécdotas de la niñez.

-Y entonces, él saltó por encima del Acant…-me interrumpí.

-Acantilado.-completó Alex, sonriendo.

Alex alargó el brazo y señaló en frente. 

Allí estaba el cielo pintado de un naranja muy intenso, y el Sol poniéndose tras el mar. Parecía que se estuviese hundiendo, lentamente, como un barco roto. 

Y ahí permanecimos, sin hablar, contemplando el atardecer, sentados en la hierba sobre el Acantilado, como si todo lo que había pasado no fuese más que un recuerdo fugaz. 

Y de hecho, no lo era. 

Fin.

Pseudónimo: Queen.

Post date: 2019-04-01 17:47:01
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