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Mis sentimientos en una trinchera

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Esto es un ruidoso verano de 1917 durante la primera guerra

mundial cuando de repente veo volar hacia mí una granada del

ejército francés, sin anilla, a punto de estallar, a veinte

centímetros de mí. Lo primero que pensé fue en cubrirme o en

lanzarme de cabeza a la trinchera, pero había un problema, y es

que si elegía la primera opción probablemente moriría o acabaría

gravemente dañado; y era prácticamente imposible efectuar la

segunda, ya que la trinchera se encontraba a una distancia un

tanto alejada.

Por sorpresa me encontré con que el soldado el cual me había

tirado la granada no se encontraba tan lejos como creía, así que

me armé de valor, y mi acción repentina fue agarrar la granada

al vuelo y devolvérsela al ejército francés con todas mis

fuerzas.

Tuve la mala suerte de no dar por completo a ningún soldado

francés, simplemente conseguí dañar levemente a uno de los

franceses el cual se encargó de matar mi compañero, el recluta

alemán Norman Vorgrimler.

Por cierto ahora que me doy cuenta no me he presentado.

Mi nombre es Günther Kast, mi pueblo materno es Kronberg aunque

a los cinco años nos tuvimos que mudar a Stuttgart debido a que,

mi padre el apreciado soldado alemán August Kast, tenía la

obligación de defender a su preciado país en la primera guerra

mundial.

Recién cumplidos los dieciocho años nos llegó la triste,

horrible e inesperada noticia de que mi padre fue derrotado en

combate debido a que había pisado una mina del ejército

británico a los que, junto a los franceses y algunos más,

odiaban con todas sus fuerzas. Me comunicaron que tenía que ir a

batallar por mi padre. Por suerte volvería a casa pronto ya que

solo tenía que participar en una batalla, una lástima, debido a

que era la mas temida por todos los ejércitos; la batalla se

realizaba en un mapa muy difícil para las tropas aéreas ya que

la mayoría estaba cubierto por las copas de los arboles y muy

peligrosas para las tropas terrestres debido a sus claros sin

ningún tipo de escondite ni nada por el estilo.

Me daba miedo volver a dejar a mi madre Armin y a mi hermana

pequeña Jannick. Yo siempre la protegía del sol ya que era

albina; al sol, sus deslumbrantes ojos azules verdosos

destacaban ante sus brillantes y extensos cabellos semi-blancos,

mas bien rubios los cuales cortaba mi madre con la mayor

delicadeza.

Finalmente tuve la obligación de ir a la batalla.

No sabía dónde íbamos ni contra quien luchábamos; lo único que

hicieron fue darme como arma principal un fusil de asalto y una

pistola como arma secundaria.

Hacían un total de diez objetos sumando las cuatro granadas de

mano, la máscara anti-gas y las tres minas de suelo. La única

indicación que me hicieron fue: “Recluta Kast, como bien hizo su

preciado padre, dedíquese a matar”.

Yo ya había estado en algún campo de batalla anteriormente

Como auxiliar, pero nunca como recluta.

Hoy es el día de la batalla, me siento aterrado a la vez que

orgulloso. Ya estábamos preparados, a punto de alcanzar el campo

de batalla.

Ya llegamos a la batalla, cuando toqué tierra, sentía como los

nervios recorrían mi cuerpo de arriba abajo. Yo cargaba tres

sacos de arena protegidos por una plancha de acero. A unos 100

metros del inicio nos ordenaron al recluta Schmidt y a mi

construir una trinchera de unos 3,5 metros, la cual, tuvimos que

proteger con los sacos de arena.

Tardamos unos veinte minutos en acabar la trinchera y no salió

mal debido a que yo me fijaba en como lo hacían los reclutas

cuando acudía como auxiliar.

A los diez minutos nos comunicaron que se acercaban los primeros

enemigos; preparé mi fusil, cargué la pistola y abrí un hueco

entre dos sacos para disparar por ahí. Vemos a un enemigo del

ejercito francés armado también con un fusil pero antes de que

yo pudiera reaccionar ya lo habían matado. Al cabo de un rato Ya

habíamos hecho numerosas bajas en el ejercito francés y algún

que otro caído en nuestro ejercito entre ellos el recluta Weber.

Al cabo de un buen rato horrible e infernal recibí un disparo en

la pierna. Esta guerra no la había ganado nadie ya que ambos

ejércitos habían perdido reclutas; En cuanto al disparo que

recibí, por suerte, no me había alcanzado el hueso de la pierna

por lo que no resultó difícil de curar; aunque perdí algo de

sangre, al cabo de un rato me taponaron la herida. Al llegar a

la base me extrajeron la bala y me desinfectaron la herida. A

pesar del dolor yo intenté pensar en que por fin podría volver a

casa con mi familia, de repente se me ocurrió quedarme la bala

que me habían disparado así que se la pedí al doctor tras

extraérmela, pensaba en quedármela, pero finalmente decidí

dársela a mi querida hermana pequeña, Jannik. Hoy es el día, hoy

es cuando por fin vuelvo a casa. Probablemente tendré que volver

algun día pero por ahora me dedicaré a vivir el momento.

De esta experiencia he aprendido que en la guerra nadie gana,

que hay que vivir el momento y aprovechar las oportunidades

cuando se te presentan y lo más importante las cosas que quieres

hay que conseguirlas trabajando duro y esforzándote.

FIN

Tars

 

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