Mondo

Una dulce melodía resuena en el jardín. Soy yo, que estoy tarareando una vieja canción. Sólo eso me relaja. Mientras estoy plantando un fresal en la parte trasera, oigo una voz en la puerta. Contesto con respe, imagino que es algún niño del pueblo gastándome una broma pesada. No me doy prisa, sigo enterrando las raíces con cuidado y ternura. No tengo intención de ir a abrir.

Al cabo de un rato, me levanto, subo a casa a buscar una cazadora y compruebo que no hay nadie en la puerta. Suena el teléfono, y subo a toda prisa las escaleras. La puerta está abierta, y puedo ver el teléfono desde allí. Intento fijarme en el nombre de la pantalla, pero no lo veo nítidamente.

De repente, siento una ola de calor que me recorre todo el cuerpo y todo se vuelve negro…

Piiii! Un ensordecedor pitido proveniente de algún lugar muy lejano me despertó. Abrí los ojos lentamente. No podía ver nada, todo estaba muy borroso. Había más gente junto a mí, pero no los veía claramente. Me asusté. Y mucho. Cerré los ojos con todas mis fuerzas, como los niños pequeños cuando tienen una rabieta. Había más individuos a mi alrededor, oía ruidos y movimiento, pero no escuchaba voces humanas. Tampoco sabía dónde estaba, no quería abrir los ojos, me aterrorizaba el exterior. Podía estar en una habitación de quirófano, en una cueva, en un prado inmenso, en un desierto, en el fondo del mar …

No podía levantarme, los músculos me pesaban demasiado, pero cuando intentaba relajarme para descansar, una gravedad inversa me obligaba a levitar.

Quería llorar, pero las lágrimas no salían de mis ojos, y cuando reprimía la tristeza, cientos de motivos tristes florecían en mí inesperadamente.

Al final, me atreví a mirar mi alrededor. No había nada. Literalmente, estaba en un espacio en blanco. Solo había vacío. No había ni paredes, ni suelo, ni techo siquiera. Tampoco había gravedad. Estábamos todos flotando en el aire. No sería capaza de dar un número exacto de personas que había en ese ‘espacio’. Hasta donde llegaba mi vista, centenares de personas estábamos comprimidas. Todas vestíamos igual, íbamos de blanco. Al principio me reí. Una carcajada salió de mi boca. Me dije para mí misma:

Qué imaginación tengo, mira qué sueños me invento.

Me pellizqué pues, más que un reconfortante sueño, parecía una pesadilla. No obtuve ningún resultado. Seguía allí, en aquel ‘espacio’.

Intentaba pensar, pero estaba demasiado abrumada, y cuando intentaba despreocuparme, millones de pensamientos venían a mi mente.

Quería gritar, pero las palabras no salían de mi boca. Era como si me hubiera olvidado de hablar. Pero cuando intentaba permanecer en silencio, con los músculos de la cara agarrotados por miedo a ser escuchada, volvía a tararear esa vieja canción, era el único recuerdo que conservaba de mi antigua vida.

El miedo me demolía por dentro. La sensación de impotencia y desesperación me destrozaban.

Me dispuse a hacer algo. Me dirigí a las personas de mi alrededor e intenté hablar con ellas. Me extrañé al darme cuenta que nadie me escuchaba, o al menos se hacían los sordos. Pero mi miedo fue a más cuando intenté moverme. No podía controlar mis acciones, cuando yo quería andar, solo ocurría hasta que dejaba de desearlo. Era una lógica inversa que me volvía loca. Al final, descubrí cómo controlarla: solo tenía que pensar lo contrario a lo que quería hacer. Al cabo de un rato, ya había avanzado unos cuantos metros, la gente de mi alrededor era diferente.

Llegué a un punto en el que el blanco en el que estaba se tornaba gris. Intenté volver atrás, pero seguía siendo gris. Cuando me miré, me di cuenta de que yo también estaba perdiendo los colores. Mi piel era más grisácea, mi pelo rubio se volvía blanquecino. Estaba demasiado cansada para asustarme, todavía no había asimilado nada. Y me dormí. Ni siquiera cerré los ojos, todavía no era una profesional de la ‘ilógica’, cerrarlos era demasiado complejo.

Cuando me desperté, ya no había nadie en el aquel ‘espacio’, a pesar de ser completamente negro, podía ver en él. Ahí sí que me asusté, ¿Dónde estaba toda esa gente, si era un espacio infinito? Estaba muy confundida. Todo había sido caótico: Me había despertado en un ‘infinito’, había centenares de personas, después el blanco se fue volviendo, gris, fui perdiendo los colores y ahora ya no había nadie en el espacio. Eran demasiadas cosas para asimilar, así que intenté hacerme unas preguntas para buscar respuestas hoy durante el día: ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué es un espacio en blanco?,¿Por qué el cielo se vuelve gris y perdemos los colores?, y ¿Por qué estoy sola?

Antes de que pudiera acabar, vi a otra persona en el vacío. Me acerqué a ella, y vi que era una niña de unos 10 años. La niña lloraba, y fui a darla un abrazo. La verdad es que no sabía si me iba a oír, si me iba a ver si quiera, pero necesitaba un abrazo. Estaba sucia, tenía la piel llena de roña y el pelo grasiento y enmarañado. El traje blanco era gris, y tenía pequeñas roturas.

Parecía que llevaba allí mucho tiempo, así que la pregunté:

– ¿Sabes qué es este lugar? ¿por qué estamos aquí?

-No estoy muy segura, pero yo sí que tengo algunos recuerdos de la otra vida. Mi última visión fue el fondo del mar, con burbujas saliendo de mi boca. No sé cuánto tiempo llevo aquí, pero lo suficiente como para saber que este es el mondo a la muerte. Como el portal de una casa, que no estas dentro ni fuera- no recordaba con exactitud lo que era un portal, el mundo pasado era confuso- solo sé, que de aquí solo se va a dos sitios: a la vida, o a la muerte.

-No lo entiendo.

-Verás, aquí la gente está cuando está a punto de morir o de resucitar. Este tiempo que se nos hace eternos aquí dentro solo son unos segundos decisivos en la vida real.

 

De repente, un estallido de colores apareció de la nada. Rosa, azul, verde, rojo, amarillo, morado, empezaron a teñir el ‘infinito’. Y eso no fue todo, más gente empezó a aparecer, junto con un cuerpo gigante, que tenía forma humana. La niña se esfumó, y me quedé sola otra vez.

Estaba muy asustada, y cuando miré al frente me asusté aún más.

La forma humana que vi antes era un espeluznante bicho asqueroso con tentáculos saliéndole de los ojos. Por muy raro que fuese, ese bicho me sonaba, ya le había visto en alguna parte. Era negro, y a su paso, iba absorbiendo los colores que había echado antes.

Fue cogiendo con los tentáculos de la izquierda a unos, y metiéndoselos en la boca. A otros, los recogió con los derechos, y los metió en un bolsillo detrás de la oreja. Nos miró todos con desagrado, como si fuésemos los siguientes. En aquel instante, me di cuenta de que algo iba mal. No sé si fue por la velocidad del aire o por que aumento la temperatura, pero algo iba mal. Debajo de nuestros pies se fue formando un pliegue, y nos fue atrapando a todos. Me arrepentí de todos los caracoles que había metido en una bolsa de plástico para que se ahogasen. El pliegue me atrapó.

Intenté mirar a mi alrededor, en busca de compasión, pero había gente que no estaban siendo arrastradas. El pliegue se convirtió en un remolino que empezó a dar vueltas sin control. Era como un autobús, paraba de girar y soltaba a alguien por el vórtice.

Cuando llegó mi turno, cerré los ojos y me dejé llevar. Era todo tan surrealista que me parecía que nada era imposible. Mientras caía, lo entendí todo, como cuando mueres que entiendes el significado de la vida, pues esta era mi muerte dentro de la muerte.

Donde había estado se llamaba Mondo, que significaba libre de cosas añadidas. Era las puertas a la muerte, y todo el tiempo que había estado allí, (que se me había hecho eterno), descubrí que solo fueron los segundos decisivos entre la vida y la muerte. La gente que no me había hablado era porque yo acababa de llegar y no era visible para ellos, y se había vuelto gris porque el señor de la muerte, el bicho de los tentáculos, se avecinaba. Escupía colores, que eran las almas que él mismo había llevado a la muerte, y se los comía después. Todos los que cogió iban derechos a la muerte, unos al cielo y otros al infierno. Y lo mejor de todo, el pliegue me llevaría de vuelta a mi casa. Cuando acabó la bajada, me desperté en una habitación de hospital. Toda mi familia estaba a mi alrededor.

  • Señora, le sentó mal una fresa que comió y lleva un tiempo en coma. Ha estado al borde de la muerte, pero gracias a Dios se ha salvado – me dijo una enfermera.
  • Como si no lo supiera yo, casi me muero-

Me abrazo a toda mi familia. Creo que no me he presentado: me llamo Julia, y tengo 74 años.

 

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