Que nadie te corte las alas

Mi nombre es Owen Jackson. Estoy ya muy viejo y llevo a mis espaldas decenas de libros que escribí recordando mis años en el ejército, pero hay una historia que jamás he contado. Hoy, a 29 de abril y siendo mi octogésimo tercer cumpleaños, me he dado cuenta de que ha llegado el momento de contarla. Todo el mundo conoce en realidad la historia de Dean Fliegen; sin embargo, puedo aseguraros que nadie puede narrárosla desde el punto de vista que yo tengo, pues no hubo persona que le conociera mejor que yo (excepto, evidentemente, el señor Fliegen, su padre). En lo que a su infancia respecta, no tengo tanta información, pues yo le conocí cuando teníamos diecisiete años, pero me habló mucho sobre aquella época. Y sin más que concretar, creo que ya podemos dar comienzo a la historia:

Dean nunca fue el joven más guapo, ni el más listo, ni tampoco el más gracioso. Pero os puedo asegurar con infinita certeza que él tenía algo de lo que vosotros carecéis. Él podía volar.

Se podría decir que desde antes de nacer la vida ya fue dura con él. Las dos alas de cartílago que llevaba pegadas a su espalda, dificultaron mucho el parto, dando como resultado la muerte de su madre y por poco la suya. En sus primeros años de vida, apenas salía de su casa, pues su padre temía que las demás personas pudieran hacerle daño o tratarle mal por ser diferente. Dentro de su casa no podía volar, porque el espacio era muy reducido, y las alas le dolían al no estirarlas. Solo por la noche podía salir unos minutos al exterior, mientras nadie podía verle, y estirarlas revoloteando por todo el pueblo. Pero a Dean le faltaba algo: quería tener amigos. Una mañana, cuando tenía diez años, se escapó por la ventana de su cuarto y voló hasta el descampado donde jugaban los chicos de su edad. Se posó suavemente en el suelo, como una pluma cayendo sobre una mesa, y se acercó a unos niños que estaban jugando al béisbol. Él no sabía lo que era, así que le preguntó al chico que tenía más cerca, que llevaba una gorra azul.

-¿A qué estáis jugando?

El niño se sobresaltó tanto que casi se le cae la gorra. Se quedó un rato mirando sus alas antes de responder.

-¿Cómo que a qué estamos jugando? ¿No sabes lo que es el béisbol?

Dean negó con la cabeza. Cuando el chico de la gorra iba a hablar, otro chico pelirrojo que estaba a unos cuantos metros le gritó:

-¡Jim, no hables con él! ¡Es el hijo amorfo de Frank Fliegen!

-No te preocupes, Jack. Dejémosle jugar una ronda. ¡Y dale el guante, no creo que sepa batear!

Después, le explicaron a Dean que tenía que lanzarle la pelota al chico de la gorra y cuando bateara, él y los otros chicos deberían cogerla. Estando ya todos preparados, Dean le lanzó la pelota a Jim, y cuando el chico la golpeó, se alzó al vuelo con la velocidad de una flecha y la atrapó antes de que llegara al suelo.

-¿Qué demonios haces?

-¡Baja ahora mismo mi pelota!

-¡Eres un tramposo!

Los chicos no paraban de gritarle y bajó al suelo asustado. El niño pelirrojo se acercó y le quitó la pelota de las manos con vehemencia.

-¿Se puede saber a qué estás jugando?

-No me habéis dicho que no se pudiera volar.

-¡Largo de aquí!- dijo el chico mientras hacía ademán de golpearle.

Dean comenzó a batir las alas para eludir el puñetazo y levantó una nube de polvo que cegó a los chicos. Luego, se fue volando a gran velocidad mientras uno de los chicos le gritaba: ¡MONSTRUO!

Al cabo de unos minutos, llegó a su casa llorando y su padre le estaba esperando en la puerta.

-¿Qué ha pasado, pequeño?- le preguntó él mientras lo rodeaba con sus grandes brazos.

Entraron juntos en casa y Dean le contó toda la historia. Tras eso su padre le imploró que no volviera a escaparse, que ya haría amigos con el paso del tiempo y que ahora solo podía confiar en él. El señor Fliegen trabajaba sacando piedra caliza en una cantera, y con su sueldo no podía permitirse a un profesor particular para que enseñara a Dean, así que todo lo que él aprendía se lo enseñaba su padre. Pasaron los años, y la única persona que tenía la libertad de explorar el mundo desde arriba, observaba día tras día ese mundo desde la ventana de su habitación, sin poder salir de allí. Cuando Dean cumplió diecisiete años, su padre se sentó con él para hablar de algo importante.

-Mira, Dean…Llevo mucho tiempo pensando en esto. Llevo mucho tiempo ahorrando. No sabes los sacrificios que he tenido que hacer, pero tengo el dinero suficiente.

-¿Suficiente para qué?

-He conseguido que te den una plaza en la Academia “Bull’s Strain” para jóvenes varones. Es una de las mejores del país, así que allí se adecuarán a tus conocimientos y harán de ti todo un erudito.

-Pero yo quiero quedarme aquí, contigo. Trabajaré en la cantera si hace falta…

-No, hijo. Tú no irás a la cantera. Mi padre jamás me habría dado la opción de estudiar, y por eso me tuve que quedar. ¿No lo entiendes? Tienes la oportunidad de hacer lo que siempre has soñado, de salir ahí fuera y conocer lo que hay más allá del horizonte. En la Academia aprenderás un montón de cosas y conocerás un montón de gente…

Dean hizo una mueca.

-Es por eso, ¿verdad? – le preguntó su padre con un tono más suave que el que había empleado hasta ese momento.

-Es que… ya sabes lo que piensa la gente cuando me ve. Tengo miedo de que me traten diferente por ser diferente.

-Dean, si es eso lo que te aflige, no debes temer. Todo el mundo conoce tu caso. Cuando naciste y tu madre…

Se miraron mutuamente y hubo un silencio incómodo, que no tardó en romperse.

-…saliste en todos los periódicos, Dean. En menos de una semana, todo el país te conocía ya como “El Niño Palomo”. Siempre le hemos dado mucha importancia, pero, ¿la tiene realmente?

Dean se quedó pensando un momento, se levantó y subió a su cuarto. Su padre le siguió, y le preguntaba qué era lo que estaba pensando. Dean, seguido de su padre, entró en su habitación y comenzó a sacar toda su ropa y a lanzarla, formando una montaña en mitad del dormitorio.

-Dean, por última vez, ¿qué tienes en mente?

-Tú lo has dicho. Todos recuerdan al “Niño Palomo” que nació hace diecisiete años, pero nadie se acuerda de Dean Fliegen.

-¿Y bien?

-Fíjate. ¿Lo ves?- Dean cogió una camisa y le enseñó a su padre los dos agujeros que tenía en la espalda, que era por los que sacaba las alas cuando se ponía una camisa.- Solo tenemos que coser los agujeros, luego encojo las alas, envuelvo mi cuerpo con ellas y ¡listo! Solo tengo que taparme con una camisa y seré un chico más en la Academia.

Su padre se quedó pensando un rato y luego habló.

-No sé, mi idea era que te mostraras tal y como eres, pero si aún no estás preparado… Lo único que te pido, es que llegue el día en que puedas decirlo sin miedo. ¿De acuerdo?

Dean lo pensó un momento, asintió, y padre e hijo se dieron un fuerte y duradero abrazo.

A los tres meses, fueron juntos a “Bull’s Strain”, y tras una melancólica despedida, el señor Fliegen se fue para volver a su casa. Dean pasó mucho tiempo en la Academia, y no tardó en hacer varios amigos, entre los cuales estoy orgulloso de poder decir que yo, Owen Jackson, me encontraba. Sí, así fue como él y yo nos conocimos. Dean realmente tenía ganas de decirnos la verdad sobre él, pero tenía miedo de que volvieran a tratarle como a una cosa rara. Aún recuerdo perfectamente cómo disfrutamos en aquella academia. No solo fue allí donde aprendí las bases de todo lo que hoy sé como escritor. También fue donde conocí a mis más valiosos amigos. Y ahí es donde volvemos con Dean. La mayoría de las cosas que me han ayudado a escribir sobre su niñez me las contó allí. Pero lo que realmente quiero compartir con vosotros, es el día en que me rebeló su secreto. Estábamos en el patio, tirados en un banco, estaba anocheciendo y una agradable brisa primaveral azotaba nuestros cabellos.

-¿Qué harás cuando salgas de aquí, Owen?- me preguntó él con ese tono tímido que le caracterizaba.

-No lo sé. Probablemente busque algún trabajo como profesor de literatura, o escriba mi propio libro.

-Interesante…- murmuró- ¿Y de qué trataría ese libro?

-Pues la verdad es que… es una buena pregunta.

Ambos reímos. Aquello era el paraíso. Solo faltaba un buen fuego para compensar el frío creciente. Dean miró al cielo y dijo:

-¿Sabes? Hoy sería una noche perfecta para volar.

Yo le miraba divertido.

-Si tuviéramos un par de escobas…-me burlé.

-Owen, quiero decirte algo.

-Escúpelo- le animé.

Entonces él se quitó la cazadora y se quedó en una fina camisa. En su espalda, dos bultos comenzaron a crecer hasta que la tela se rompió y dos majestuosas alas de cartílago se liberaron. Yo me quedé atónito.

-¡No puede ser real! ¡Eres el condenado “Niño Palomo”!

Dean se extrañó al verme tan eufórico.

-¿No te parece extraño?

-¿Bromeas? Esto es fantástico. ¡Eh!, espera un momento, ¿cuánto peso puedes llevar mientras vuelas?

-No lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

-Porque siempre he querido saborear las nubes.

Y así fue como Dean voló agarrándome por toda la ciudad. De todas las personas que hay y que habrá en el mundo, solo compartió el don de volar conmigo. Y debo decir que es una experiencia inolvidable.

Respeté al máximo su deseo de no compartir con los demás muchachos su secreto, al menos hasta que él estuviera preparado. Y así fue como, casi al final del curso, se lo contó también a ellos.

Solo quedaban dos días para el examen final, cuyo aprobado nos permitiría graduarnos. Los chicos que entramos allí ya salíamos convertidos en hombres. Pero en ese momento, cuando estábamos tan cerca del final, Dean recibió aquella llamada. Su padre había sufrido un terrible accidente en la cantera con una de las explosiones. Estaba en estado crítico, pero si Dean iba a verle perdería la oportunidad de hacer el examen final, y el esfuerzo de su padre por pagar sus estudios habría sido en vano. Tras pensar mucho en el dilema que suponía y contar con el apoyo de sus amigos, decidió volver a su pueblo natal para visitar a su padre, pues quizá él, Dean, fuera el único que pudiera salvarle de la muerte.

El hospital era un lugar frío y triste. Dean llevaba las alas escondidas, y caminaba hacia la habitación donde le habían enviado tras preguntar por Frank Fliegen. Cuando llegó, dos lágrimas brotaron de sus ojos al ver a su padre postrado en aquella cama con quemaduras y heridas por todo el cuerpo. Estaba despierto, pero demasiado aturdido para percatarse de su presencia.

-Papá… Papá, ¿cómo estás?

-¿Dean?- dijo él mostrando el lado más feliz que tenía en ese instante.

-Sí, aquí estoy. Soy yo.

-¿Qué haces aquí?- su tono era frágil y distante, como si no pudiera ver a su hijo.

-Estoy aquí porque me necesitas. No podía quedarme sabiendo lo que te había ocurrido.- Dean estaba al borde del llanto.

-Tenías un examen muy importante, hijo. Debías haberte quedado a hacerlo. Ya no hay esperanza alguna para mí

-¡Ni se te ocurra decir eso! ¡Te vas a poner bien! ¡Saldremos de ésta juntos!

Su padre comenzó a cerrar los ojos.

-¡¡¡PAPÁ!!!¡DESPIERTA!

-Te he enseñado bien, hijo. Has antepuesto el bien de los demás al tuyo. Estoy orgulloso de ti, Dean.

El joven agarró la mano de su padre con fuerza. Ya no podía contenerse y lloraba desconsoladamente.

-¡¡¡PAPÁ!!! ¿Qué voy a hacer ahora?

-Volar del nido.

La mano de su padre se soltó lentamente. El monitor al que estaba conectado emitía un pitido continuo. Dean se dejó caer sobre la pared mientras dos enfermeros intentaban en vano reanimar al señor Fliegen. Jamás olvidaría las últimas palabras de su padre.

Como es evidente, al no presentarse al examen, Dean suspendió y no obtuvo el graduado por el que tanto había luchado. De repente, acababa de perder todo lo que tenía en la vida. Todo, excepto a sus amigos. Un día, me dijo que quería hablar conmigo, y me pidió que me reuniera con él en el puente de la ciudad. Y así lo hice.

-Y bien, ¿para qué querías verme?

Él me miró con ojos deprimidos.

-Quería hablar con alguien. No he visto a ninguno de los chicos desde lo de mi padre, y ya hace cuatro meses de eso.

Así pues, le concedí su deseo y estuvimos hablando durante horas.

-¿Recuerdas aquella noche en la Academia cuando hablamos de nuestros futuros?- me dijo.

-Como si fuese ayer.

-¿Y qué tal vas con ese libro?

-No muy bien. No tengo ideas, y en cuanto a lo de ser profesor, he perdido las ganas. ¿Y qué hay de ti? No pudiste graduarte. ¿A qué vas a dedicarte ahora?

-Pues la verdad es que había pensado en alistarme en el ejército.

Aquello me sorprendió mucho viniendo de él. Nuestro país llevaba muchos años librando una guerra en la frontera, pero Dean no era nada patriota, ni mucho menos la clase de persona que se siente cómoda con un fusil en las manos.

-¿Lo dices en serio?

-La verdad es que no me hace mucha ilusión, pero es lo único a lo que aspiro ahora mismo.

-¿Y qué te parece si…

-¿Qué?- preguntó él intrigado.

Lo pensé un instante.

-Podríamos alistarnos juntos.

-¿Bromeas?

-¡Claro! Debe ser horrible para ti la sensación de ir a la guerra sin conocer a nadie, y así yo viviré experiencias que plasmar en mi libro.

Por la cara que puso, en aquel momento no sabría decir si Dean estaba extrañado o ilusionado, o tal vez las dos cosas.

Y tal y como lo acordamos, nos alistamos juntos y viajamos a la frontera. Aquello era el infierno. Incluso los que se suponía que eran nuestros aliados se comportaban de forma hostil. Se oía continuamente el ruido de las sirenas y las explosiones. En los entrenamientos, Dean y yo no nos separábamos el uno del otro. Y así fue durante meses, en los que los días se nos antojaban semanas y las semanas se nos antojaban años. Era una vida monótona, pero nos encargaban trabajos de poco riesgo. Teníamos una vida relativamente estable. Nadie sabía el secreto de Dean, y así seguiría siendo hasta cierto día. Enviaron a nuestro grupo al frente para combatir al enemigo. Tras un bombardeo, él y yo nos separamos. Por lo que sé, corrió con todas sus fuerzas hasta que fue divisado por un soldado enemigo, y cuando este iba a disparar, a Dean no le quedó más remedio que liberar sus alas y echar a volar. Por supuesto, ninguno de los dos bandos pasó por alto aquello. Aquella noche, cuando volvimos a la base, el Coronel reclamó la presencia de Dean, y dos soldados le llevaron ante él.

-¿Eres Dean Fliegen?- preguntó el Coronel, que quería saber todo acerca del joven soldado.

-Sí, Señor.

-¿Son esas cosas una malformación de nacimiento?

-Disculpe, Señor. No son una malformación. A mí padre no le gustaba ese término. Él prefería decir que me hacen especial.

Al Coronel aquello le sentó como si le hubieran dedicado el peor de los insultos a su madre.

-Limítate a contestar la pregunta si no quieres que te arranque de cuajo esas dos asquerosidades.

-Sí, Señor, ya nací con ellas.

-¿Puedes controlarlas con precisión?

-Sí, Señor. A lo largo de mi vida he desarrollado una gran experiencia para volar, incluso a grandes velocidades.

-¿Nadie te ha dicho nunca que podrían suponer un peligro para alguien?

-No, Señor. El único daño que he podido llegar a hacer fue de niño, cuando levanté una polvareda que casi ahoga a mis vecinos. Pero si cree que la gente me temerá, no es necesario que me maten ni me torturen. Me iré voluntariamente del ejército si así lo desean.

-¿Irte? No lo creo. Tengo muchos planes para ti.

Al día siguiente, se hizo público el nombramiento de Dean como nuevo bombardero. No tardó en forjarse una reputación, hasta el punto de que el niño que un día fuese llamado “El Niño Palomo”, hoy era conocido en todo el país como “El Halcón Ardiente”. En el bando rival tenían su imagen como un objetivo muy valioso, cuales cazadores que persiguen a una bestia legendaria. Pero el fuego anti-aéreo no hacía nada contra él, si no aumentar su concentración, y por tanto su precisión, pues aunque no fuera tan veloz como un avión, tenía más facilidad para esquivar. Solo tenían que armarle con unos cuantos explosivos, y con la rapidez de una estrella fugaz los dejaba caer sobre las bases enemigas. No me malinterpretéis, Dean no era para nada una persona que disfrutara matando, ni que se regocijara de una reputación de asesino. Lo que creo que ocurría realmente era que no se paró a pensar en lo que significaban esas bombas. Había vivido siempre con tantas ganas de integrarse, que ahora que lo había conseguido no se daba cuenta de sus métodos. Parece cosa de película que el resultado de una guerra dependiera solamente de un hombre, pero así era. Un día, habiendo acabado nuestras respectivas labores, nos sentamos a descansar en la orilla de un río cercano a la base.

-¿Cómo te sientes, Dean?

-¿A qué te refieres?

-Eres un héroe nacional, todo el mundo conoce al “Halcón Ardiente”. Por fin eres uno más, y la clave no estaba en ocultar tus alas. ¡La clave era sacarles provecho!

-No lo sé, Owen. Yo no me siento como un héroe nacional. Es más bien como una figura a la que pueden utilizar para sembrar el pánico entre el enemigo y dar esperanza a nuestro pueblo. Algo así como un superhéroe. Solo que nadie piensa en la persona que hay detrás. Es un hecho: mi vida habría sido mejor si hubiera nacido como un niño normal. Sin ir más lejos, aún tendría a mi madre.

-Quizá tengas razón.

-La tengo. Quiero decir… No trato parecer una víctima, pero es como si tuviera una maldición. Y lo más irónico de todo es que, ¿sabes cuándo es el único momento en que me siento libre? Cuando estoy volando. Sé que suena hipócrita, pero es como si todos mis problemas desparecieran. Creo que sabes lo que es. ¿O acaso no recuerdas aquella noche en Bull’s Strain?

-Jamás podría olvidarla.

El atardecer empezaba a convertirse en noche, y la temperatura estaba bajando rápidamente.

-Sinceramente, no sé qué será de nosotros, ni del país -dijo Dean- pero siempre que te tenga a ti no necesitaré volar.

Aquellas palabras me dieron qué pensar.

-Gracias, de verdad.- contesté- Y te aseguro que me tendrás.

Pasaron unos minutos hasta que oscureció del todo.

-Vamos.-le dije- Será mejor que volvamos. De noche no te puedes fiar ni de tu sombra.

Y volvimos juntos a la base, prácticamente en silencio.

En los próximos días, todo siguió su curso normal. Los soldados seguíamos arriesgando nuestras vidas en el campo de batalla mientras el Coronel esperaba en su tienda de campaña. Pero una tarde llegó una oscura noticia a la base. Dean había sido alcanzado por un proyectil y había caído en la base enemiga. Probablemente estuviera vivo, pero en ese caso, “estaría suplicando su muerte” (palabras textuales del Coronel). No fue hasta cinco semanas más tarde, que Dean volvió demacrado, con una herida de bala en el ala derecha y varios latigazos en la espalda.

-¡Me han tenido en una celda, con dos torturas diarias, y alimentándome de alpiste durante cinco semanas!- gritó indignado al Coronel.

-En toda guerra hay sacrificios, Fliegen, y tú sabías a lo que venías.

-¡Maldita sea! ¡Después de arriesgar mi vida en innumerables ocasiones mientras tú te limitabas a mirar desde tu tienda, no he recibido ni una miserable patrulla de rescate! De no ser por mí, ya habríamos perdido esta guerra.

-¡Demonios, soldado! ¡Estás vivo! ¿Qué más pides?

-Desde luego no gracias a vosotros, “camaradas”. He tardado más de un mes en encontrar el momento ideal para escapar, mientras esperaba que alguno de vosotros llamara a mi celda. Y probablemente no lo sepa, Coronel, ¡pero es increíblemente difícil volar cuando aún no se te ha cerrado el agujero de una bala!

-¡No lo sé, ni nadie en el mundo lo sabe, porque no somos bichos raros!

Pude notar en la expresión de mi amigo que lo que le había dicho el Coronel le había dolido

-¿Cómo puedes llamarme eso después de lo que mis alas os han ayudado?

-¡Por Dios! ¿Quién demonios te crees que eres? ¡Solo eres un monstruo! ¡Una aberración contranatural a la que no han aceptado en ningún sitio, cosa que me parece comprensible! ¡Aquí se te dio una oportunidad, pero eres débil! ¡¡¡Quiero que te vayas de aquí ahora mismo y no vuelvas a vestir el uniforme!!!

Dean estaba inmóvil, y toda la gente le miraba con desprecio.

-¡¡¡LÁRGATE DE UNA VEZ!!! ¡¡¡MONSTRUO!!!

Dean recogió sus cosas y se fue. Después de haber hecho tanto por sus compañeros, lo único que recibió cuando se iba era el desdén y los insultos de los que había considerado sus amigos. Ante la actitud de mis camaradas y mis superiores, deserté al poco tiempo y fui a visitar a Dean, a la casa donde me dijo que había vivido con su padre en su pueblo natal. Me recibió con los brazos abiertos y preparó algo de comer mientras hablábamos.

-¿Qué te impulsó a dejarlo?- me preguntó.

-¿Bromeas? No pensaba quedarme allí después de cómo te trató aquella gente.

-Tal vez tuvieran razón, Owen. Puede que sea un monstruo al fin al cabo.

-Escúchame bien, Dean. Ellos son los auténticos monstruos. ¿Qué pensaría tu padre si te oyera hablar así?

-Owen, olvídalo. Siempre me entristeció no poder conseguir el graduado, pero ¿quién me habría contratado? No importa el nombre que me pongan. Ya sea “El Niño Palomo” o “El Halcón Ardiente”, nadie me recordará como Dean Fliegen.

-Eso no es cierto. Yo sí.

Dos años más tarde, el frente de la frontera cayó y fuimos conquistados por el país vecino.

Cuando se instauró la nueva ley, se le puso un precio a la cabeza y las alas de Dean. El nuevo presidente afirmaba que era un criminal de guerra, y que desde nuestros tiempos más antiguos, era una costumbre ancestral del ser humano dar caza a las bestias Pero nadie mejor que yo sabe que Dean no era para nada una bestia. Y por si os lo estáis preguntando, no se escondió. Se hizo a la calle, y con los pocos adeptos que él y yo conseguimos, nos manifestamos contra la nueva ley. No se podía negar que éramos pocos hasta para cualquier minoría, pero al presidente le molestaba que “El Halcón Ardiente” siguiera con vida. Y no solo le molestaba. Yo creo que le temían. Pero cuando conseguimos más seguidores, y casi podíamos tocar la victoria con los dedos, Dean fue abatido y encarcelado. Muchos de nosotros, (entre los cuales me incluyo) salimos indemnes por falta de pruebas ante el juez, pero los demás fueron ejecutados. No obstante, ninguno de ellos sufrió un destino peor que el de mi pobre amigo Dean, y aún me culpo por no hacer nada al respecto, aunque hubiera perdido mi vida para nada. Obligaron a todo el país (pues se televisó) a ver cómo le rompían las alas en la Plaza Mayor, y después tuvo que caminar arrastrándolas y aguantando su dolor hasta las puertas del ayuntamiento, donde se las cortaron para “acabar con su dolor”.

Afortunadamente, conseguí que me dejaran visitarle en su celda, pues debía esperar veinticuatro horas hasta que le ejecutaran definitivamente.

-¡Dean! ¡¡¡Dean!!!

-¿Eres tú, Owen?- dijo acercándose a la puerta de su celda.

Era una visión desoladora verle sin alas y con dos muñones ensangrentados a la espalda. Y creo que él se dio cuenta de cómo le miraba.

-Escúchame, Dean. Tiene que haber alguna forma de sacarte de aquí.

-No la hay, Owen. Agradezco infinitamente el apoyo que me has dado desde que te conocí, pues eres el mejor amigo que alguien como yo hubiera podido tener. Y gracias a ti y a mi padre sé que moriré considerándome un hombre, y no una bestia.

-Por favor, Dean, no digas eso. Debe haber una manera.

-Presta atención. Un buen día, le dije a mi padre que tenía miedo de que me tratara diferente por ser diferente. Y es precisamente lo que me ha ocurrido y lo que me ha traído aquí. Hay gente que, si eres distinto, intentan aumentar esa distinción sintiéndose superiores u obligarte a cambiar para ser como ellos. Por eso me dieron alpiste y por eso me han cortado las alas. Pero la gente que cree en la diversidad y en la tolerancia, la gente como tú y como Papá, sois el vínculo que nos une a un futuro sin violencia y donde puedas hacer de tu vida algo feliz.

Y dicho esto me quedé mirándole hasta que un guardia me sacó de allí a la fuerza.

Al día siguiente, asesinaron a Dean delante de todo el mundo, pero yo me negué a ver aquel baño de sangre. No, prefería recordar a Dean como alguien con alas.

Y aquí, amigos, acaba el cuento. Espero que lo hayáis disfrutado y sí, sé de sobra que con la información que he dado me declaro culpable de haber colaborado con Dean Fliegen, pero si os digo la verdad no me importa lo más mínimo. Tengo ochentaitrés años, y por muchos guardias que vengan a mi casa a detenerme, nadie hoy me va a cortar las alas.

Pisapapeles

 

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